viernes, 2 de abril de 2021

Capítulo 1

Portal del número 7 de la calle Farmacia, Malasaña, Madrid.


Al menos, a los piratas de La Isla del Tesoro, para sentenciarlos a muerte, les daban “la mancha negra”. A mí, Sonia no me dio nada. Creo que debería existir algo parecido en el amor, aunque solo sea para poder cambiar algunas cosas. Pero si te lanzan la decisión a la cara, no hay nada que puedas hacer.

Estoy tirado en la cama. Me han dado las once, hace un sol estupendo de mediados de noviembre ahí fuera y apetece salir a disfrutar de lo poco que le queda a 2017. Es domingo, ayer ni siquiera salí. Y hoy, ¿voy a aprovechar el día? Seguramente no. Tengo mensajes en el móvil de Saúl y de Jorge diciéndome si nos tomamos unas cañas por ahí. No me apetece una mierda, pero de momento no les digo nada. Decido levantarme de una vez. Me paso un rato decidiendo la ropa, como si una parte de mí no descartase acabar saliendo de casa. Me cuesta sentir el cuerpo como mío mientras voy a la ducha, como si aún estuviese entrando en él desde hace una hora que me he despertado. A veces me pasa.

Al empezar a correr el agua, pienso en Sonia. Ella siempre dejaba el pomo de la ducha en el extremo izquierdo, a una temperatura no apta para los seres humanos. Alguna vez, despistado, dejaba correr el agua hasta quemarme de repente. Me pregunto ahora si aquello era un gesto de los muchos que tenía Sonia como guiño hacia su ideología política. Más de una vez, en decisiones muy cotidianas, optaba siempre por la posibilidad más a la izquierda. Reconozco que aquellas tonterías me gustaban mucho, porque los dos pensábamos parecido.

El agua sigue corriendo sobre mí y me da por pensar que igual sí que intentó avisarme y no lo supe ver. Dos meses antes de dejarme, por mi cumpleaños, me regaló unas lentillas que había comprado en internet. Yo me negaba siempre a usarlas, me da grima colocarme eso en los ojos. Y ella insistía. Pero quizá si le hubiese hecho caso hubiera visto venir la catástrofe que se avecinaba, si es que es posible ver el final del amor. Lo peor de todo es que no me he deshecho de ellas. Las tengo en un cajón, no vaya a ser que vuelva a necesitar ver algo con antelación en algún momento de mi vida.

Pero esto ocurrió hace dos años, tres meses y doce días. Ha pasado mucho tiempo ya. Y yo he pasado página, por fin. No fue sencillo, pero lo he conseguido. O no. La verdad es que creo que no hay manera de estar convencido de ciertas cosas en la vida. Pasar página es una de ellas. ¿Cuándo se considera que has olvidado del todo a esa persona?

Recuerdo que al principio de dejarme, le pedí que no hablásemos en una temporada, por eso de que duele mucho seguir hablando como si nada con alguien que lo ha sido todo. Más adelante, fui yo el que tomó la iniciativa de recuperar el contacto. Habían pasado seis meses más o menos y me veía capacitado para saber qué era de su vida. Pero saber qué era de su vida significó enterarme de que ya tenía a otro. Y la sospecha de que ese otro pudiese estar ahí en el momento de dejarme. De nuevo silencio durante meses.

No podía parar de recordarlo todo. Los paseos por Madrid Río, las cervezas en La Latina, las noches de Palentino y después al Penta, tantos atardeceres en el Templo de Debod, las tardes de cine en el Proyecciones, la papelería de Fuencarral, perdernos en cualquier librería. Disfrutamos de Madrid el tiempo que nos duró el amor, cinco años, cuatro meses y nueve días exactos. Hay personas que dicen alegrarse por el tiempo compartido. Tonterías, en mi opinión.

Por fin, pasado un tiempo, reuní de nuevo el valor suficiente para saber algo de ella. Ya me había revolcado mucho en los recuerdos y estaba un poco cansado de la tristeza. La llamé para tomar un café y la cosa fue bien, que es como yo llamaba a todo lo que no fuese acabar llorando. Finalmente quedamos y pudimos hablar. Acabé pidiéndole volver. El último desastre.

Y al despedirme de ella ese día todo cambió. Me di cuenta de que no había más que hacer. De alguna manera, entender que no hay nada que uno pueda hacer por cambiar una situación es una liberación. O eso se cree uno. Las cosas que se llegan a creer, madre mía.

De repente caigo en que aún estoy en la ducha. Al salir, me pongo la toalla para secarme y preparo un café de cápsula. Si Sonia me viese, pienso. Si existiese un personaje que fuese la loca del café, sin duda sería ella. A mí me gusta mucho el café, pero no teorizo sobre él. Ella sí. Me contaba mil historias. Y fíjate, lo único que recuerdo es que el arábica es el bueno y que odiaba el café de cápsulas. Yo lo descubrí como se descubren tantas cosas cuando uno vive solo, por pereza. El último capricho de Sonia era un molinillo de café, pero eso ya supongo que se lo ha tenido que tragar el tipo con el que está ahora.

Pongo a tostar pan mientras dejo la toalla y me voy vistiendo. Vaqueros y camiseta, ideal para quedarme en casa o salir rápido si al final me animo. Ya con todo el desayuno preparado, me siento a la mesa y lo primero que hago es contestar a Saúl y a Jorge diciéndoles que sí, que me apunto. Aunque no es verdad del todo. Es para que no me den más la turra.

Hago un rápido chequeo de mis redes sociales. No veo nada que me interese. Me entretengo repasando las noticias y leyendo algún artículo. Recuerdo que nuestros desayunos de domingo, con la prensa, no acababan nunca ¿Cómo serán los que tiene ahora con ese? ¿De qué hablarán?

Hoy puedo considerarme afortunado. Acabo de estrenar mis 34, y llevo años trabajando en la sección de cultura de un diario digital. No cobro lo que me gustaría, pero con eso puedo vivir. El panorama en el mundo del periodismo es bastante desolador y yo no soy ninguna excepción. Tengo la suerte, al menos, de estar dentro. Muchos se quedaron fuera. Acabas valorando la precariedad, porque la alternativa es terrorífica. Pienso en los cuentos tan bonitos que me contaron hace tiempo. Que si estudiaba tendría un buen trabajo. Que Sonia y yo estaríamos juntos siempre. En fin.

Vivo en el número 7 de la calle Farmacia, en el barrio de Malasaña. Es un piso pequeño, pero estoy a gusto en él. No necesito mucho más para vivir bien.  Lo malo es que tendré que compartirlo en breve. A mi casero se le ocurrió subirme el precio. Con el contrato en la mano le expliqué que no era legal, pero me dijo que le daba igual, que si no aceptaba las nuevas condiciones, podía irme a buscar en otro lado. Y acepté con esa resignación tan característica de estos tiempos. Nos las dan por todos lados y aceptamos. Y así nos van anulando poco a poco. Así que ya estoy buscando, porque no puedo con tantos gastos, y me daría mucha pena tener que abandonar esta calle estrecha. Me puedo pasar horas en la terraza, cuando no hace mucho frío, mirando a la gente. Es de lo más entretenido. Vivir en esta calle es como vivir en un pueblo muy pequeño. Tengo la librería Tipos Infames cerca de casa. A veces me paso horas en ella. Ah, y tengo cerca la taberna de La Ardosa, un clásico de Madrid. Libros y cervezas, no me falta de nada. Bueno, sí, una chica, igual.

Desde lo de Sonia no he tenido mucha suerte. Tampoco le he puesto muchas ganas, lo confieso. Conocí a Laura, pero no escuchaba bien por un oído y yo no era capaz nunca de acordarme de cuál era el oído por el que le tenía que hablar y al final eso acabó siendo un auténtico disparate, se enfadaba mucho conmigo porque se lo decía, pero es que no podía hacer otra cosa, las personas son como son, y hay que aceptarlas, pero cada uno debe entender también sus limitaciones, vamos digo yo. Más tarde conocí a Mara, pero en poco tiempo se tuvo que ir a vivir al extranjero por trabajo, y entre que llevábamos poco y tampoco nos desvivíamos el uno por el otro, decidimos acabar la relación sin penas ni dolores de ningún tipo. Llegó Carol pero Carol tenía un problema muy grande que no sé si habrá solucionado a día de hoy con hacer cosas. Quiero decir que no podía parar de hacer cosas y cuando no hacía cosas, estaba planificándolas. Me dejó ella a mí, por no seguirle el ritmo. Me vino bien incluso. Estaba agotado, de verdad.

Ahora mismo no hay nadie en mi vida. De alguna u otra forma sé que aparecerá. Y que tendrá el mismo problema que todas: no ser Sonia. Maldita sea, éramos iguales, joder. Aunque puede ser que eso mismo fuese lo que acabó con nosotros. Algo así me intentó explicar ella cuando me dejó, pero no lo entendí muy bien. Cuando te dejan, uno por lo general no suele enterarse de nada de lo que le están diciendo.

Antes de ella, yo era un soltero feliz. Y no por lo de la libertad y todas esas memeces, qué va. Lo que pasaba es que me resultaba más cómodo imaginarme a la chica ideal y proyectarla en todas las chicas que iba conociendo. Y un día, en una tienda de discos en El Rastro, apareció Sonia, que buscaba un vinilo de Bruce. Ya está. Se acabó la búsqueda. Es Ella, me decía. Y desde luego que fue Ella durante los cinco años, cuatro meses y nueve días exactos que estuvimos juntos, hasta que decidió dejar de serlo.

Al recordar este momento, automáticamente la parte sádica de mí decide buscar música de Bruce Springsteen para pasar la soleada mañana de domingo en mi casa. Y la parte sádica de Spotify decide de manera unilateral que suene mi canción preferida del Boss: Bobby Jean. Sonia decía que era de lo más cursi. Sabía que a mí me hacía llorar cada vez que la escuchaba y buscaba provocarme. Nunca la perdonaré por eso.

Ahora he vuelto un poco a mi estado previo a Sonia. Voy enamorándome todo lo que puedo y sin hacerme mucho daño. He aprendido que soy vulnerable, lo cual nunca viene mal. Por eso me gusta enamorarme en un trayecto de metro, o tomando un café en una cafetería de la chica que está sentada dos mesas más allá. Es inofensivo del todo.

Aún queda una hora y algo para quedar con estos dos. No tengo nada que hacer y decido hacer lo que hago siempre que no tengo nada que hacer. Me acerco a la estantería, cojo El guardián entre el centeno y me tumbo en el sofá a leerlo por cualquier página de manera aleatoria. El libro de Salinger es mi biblia particular y sí, también lo era para Sonia. Unos tienen a Superman, otros a Batman. Nosotros teníamos a Holden Caulfield.

Cuando hablo de Sonia con mi entorno me dicen de todo. Mis padres me reprochan que no esté con ella. Creen que fue mi culpa que me dejase. Por otro lado, me animan a buscar a otra persona. Me parece contradictorio. Mi hermana se enfadó conmigo al principio, pero rápidamente me animó a divertirme y a no tener nada serio con nadie. De locos. Y mis amigos, bueno. Cuando se lo conté a Saúl, se preocupó y lo hizo todo por ayudarme sin darse cuenta de que estaba siendo un pelma. Jorge, al contárselo, me dijo que tenía un seminario de kárate el siguiente fin de semana.

Recibo un mensaje. Es Saúl. Me dice textualmente que "dónde cojones estás". Miro qué hora es. Son las seis de la tarde, me quedé completamente dormido hace unas cuatro horas. Tengo el móvil lleno de improperios hacia mi persona. Jorge, que si he dejado de ir a no sé qué clase de no sé qué arte marcial para quedar contigo y ni apareces. En realidad, sí dice qué arte marcial es, pero es que a mí me parecen todas iguales. 

Obvio todas las barbaridades que me dicen mis amigos y agradezco que mis padres sean unos forofos de la música y llenen el grupo de la familia con sus tendencias melómanas. Así puedo distraerme con un vídeo de Dire Straits, es su grupo preferido y siempre nos ponían sus vinilos a mi hermana y a mí cuando éramos pequeños. Después del vídeo, veo que mi padre también se ha puesto exigente, me ha mandado unos cuantos mensajes más para saber por qué no le contesto. Y de paso se ha sumado mi hermana también. De repente se me para el corazón. Tengo un mensaje de Sonia.

A mi familia les digo algo rápido para dejarles tranquilos. A los otros paso.

Me centro en lo importante. Contengo la respiración y leo. Leo las tres líneas de mierda en las que realmente no me dice nada. Bueno, sí, me pregunta qué tal. Tengo ganas de responderle en serio. Decirle que no sé a ciencia cierta cómo estoy. Que llevo dos años, tres meses y doce días sin saber cómo estoy. Que la mayoría de los días me muero por volver con ella, que éramos la pareja perfecta, que sigo sin entender nada, que vuelva y que nos olvidemos de todo este mal rollo.

"Aquí, con Holden", es lo que en realidad le respondo. Y que con eso ella entienda lo que quiera. No quiero arrastrarme más. Además, no es necesario que yo haga nada. Cada vez me parece más evidente que se va a dar cuenta del error que cometió. Cualquier día aparece aquí, en la puerta de casa, y me monta una escena romántica. Yo me rindo al momento y después lo hacemos por toda la casa.

Todos se han creído que ya lo tengo superado. Es lo que les cuento, y es también lo que me cuento a mí mismo. Pero no es del todo verdad. Aún duele. Tengo que hacer algo, pero es que no sé muy bien el qué.