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martes, 14 de febrero de 2017

Escritores locos de amor

Amor en el Día de San Valentín
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Hoy celebramos San Valentín y este blog no quería quedarse al margen de una fiesta en la que se celebra un sentimiento que, con frecuencia, transforma nuestras vidas. El amor puede ser desbordante. Desolador. Entusiasmado. Engañoso. Trágico. Arrebatador. Cegador. Incluso divertido. El amor es el sentimiento más bonito que podemos sentir. Todos estamos capacitados para sentirlo. Nadie puede permanecer inmune a la pasión. Hablamos del amor de pareja, del que uno comienza a sentir por alguien hasta sentirle como imprescindible. Pero hay mil formas de sentirlo. Puede ser duradero, pero también puede ser un amor fugaz, de un trayecto de metro, de una conversación de una noche en un bar, de una sonrisa cruzando una calle. ¿Por qué no regalarle una rosa al desconocido o desconocida de la biblioteca? El amor nunca debe ser menospreciado. Por nada ni por nadie. Cualquier historia de amor es válida porque no hay en ella obligación de seguir los senderos de la lógica. Disfrutémoslo de la mejor forma que se nos ocurra, tengamos o no tengamos pareja.

Los grandes escritores han vivido el amor por todo lo alto. Y supieron reflejarlo muy bien. Algunos perdieron la cabeza. Tuvieron sus musas y a ellas dedicaron sus historias. Hundidos a veces en el dolor más visceral y extasiados de felicidad, otras. Hoy he querido darles voz a ellos y  a cómo expresaron el amor. Lo que sintieron en diferentes momentos. Son fragmentos de novelas, de cartas, de autobiografías, en los que sus sentimientos más ocultos quedan al desnudo. Espero que los disfrutéis y os emocionéis aunque sea un poco leyendo algunos de estos textos. Y si queréis compartir en los comentarios algunos que os gusten a vosotros y que no figuren aquí, estaré encantado. Son muchos los escritores y escritoras e innumerables sus grandes pasiones. Aquí va mi selección. Y que no se me olvide, Feliz San Valentín a todos y a todas.

- El enamoramiento de Honoré de Balzac:

La condesa polaca Eveline Hanska fue el gran amor del escritor Honoré de Balzac. Mantuvieron una relación por correspondencia, estando ella casada, desde 1832 hasta 1850. Su marido falleció en 1841 pero no fue hasta 1850 cuando finalmente se casó con Balzac, que murió tan sólo cinco meses después de haber visto hacerse realidad su tan ansiado sueño. Esto le decía el escritor francés a su amada:

"Estoy prácticamente loco por ti, tanto como uno puede estar loco: no puedo unir dos ideas sin que tú te interpongas entre ellas. No puedo pensar en nada más que en ti. Me siento tonto y feliz tan pronto pienso en ti".

- La angustia tras una pelea, por Rimbaud:

Los poetas malditos Arthur Rimbaud y Paul Verlaine mantuvieron una relación muy pasional durante unos años, con muchas idas y venidas. En uno de esos momentos en los que parecían alejarse definitivamente tras una pelea, el joven Rimbaud le dedicaba estas palabras a su amado, el cual había abandonado a su mujer y a su hijo por él.

"Vuelve, vuelve, querido amigo, único amigo, vuelve. Te juro que seré bueno. Si me he mostrado desagradable contigo, fue tan sólo una broma; me cegué, y me arrepiento de ello más de lo que puedes imaginar. Vuelve, todo estará totalmente olvidado. ¡Que desgracia que hayas tomado en serio esta broma! No paro de llorar desde hace dos días. Vuelve. Sé valiente, querido amigo. Nada está perdido todavía. (…) No me olvidarás ¿verdad? No, tú no puedes olvidarme. Yo te tengo aquí siempre. Di, contesta a tu amigo ¿acaso no volveremos a vivir juntos los dos? Sé valiente, contéstame pronto. No puedo quedarme aquí por más tiempo. Oye sólo lo que te dicte tu buen corazón. Dime pronto si tengo que reunirme contigo. A ti, para toda la vida. Rimbaud."

- Amor empedernido, según John Keats: 

El poeta británico John Keats murió de tuberculosis a la edad de 25 años. Pero tuvo suficiente tiempo para enamorarse perdidamente de Fanny Brawne, a la que amó con locura hasta su muerte. Ella quedó devastada por su pérdida y aunque se casó y tuvo tres hijos, siempre llevó el anillo que él le había regalado. Aquí una carta preciosa de Keats a su amada Fanny.

"Tengo que escribirte una o dos líneas y ver si eso me ayuda a alejarte de mi espíritu aunque sea por unos instantes, no puedo existir sin ti. Todo lo olvido salvo la idea de volver a verte. Mi vida parece detenerse ahí: más allá no veo nada. Me has absorbido.

En este mismo momento tengo la sensación de estar disolviéndome...Si no tuviera la esperanza de verte pronto me sentiría en el colmo de la desdicha. Tendría miedo de separarme, de estar demasiado lejos de ti. Mi dulce Fanny, ¿no cambiará nunca tu corazón?, Amor mío, ¿no cambiarás? Alguna vez me asombró que los hombres pudieran ir al martirio por su religión. Temblaba de pensarlo. Ahora ya no tiemblo; podría ir al martirio por mi religión- El amor es mi religión-, y podría morir por él....

Me has cautivado con un poder que soy incapaz de resistir; y sin embargo lo era hasta que te vi; y desde que te he visto me he esforzado a menudo en razonar contra las razones de mi amor. Ya no puedo hacerlo, el dolor sería demasiado grande. Mi amor es egoísta. No puedo respirar sin ti....
Tu afectuoso
JK"

- La forma correcta de amar, según el romántico Victor Hugo:

En sus cartas a su adorada Juliette Drouet, el autor de Los Miserables explicaba de la siguiente manera su amor, así como la mejor forma para expresarlo.

"Te amo, mi pobre angelito, bien lo sabes, y sin embargo quieres que te lo escriba. Tienes razón. Hay que amarse y luego hay que decírselo, y luego hay que escribírselo, y luego hay que besarse en los labios, en los ojos, en todas partes. Tú eres mi adorada Juliette.

Cuando estoy triste pienso en ti, como en invierno se piensa en el sol, y cuando estoy alegre pienso en ti, como a pleno sol se piensa en la sombra. Bien puedes ver, Juliette que te quiero con toda mi alma. Tienes el aire juvenil de un niño, y el aire sabio de una madre, y así yo os envuelvo con todos estos amores a un tiempo.

Besadme, bella Juju!"

- El amor de leyenda entre Frida y Diego:

Sin duda, la pintora Frida Kahlo y Diego Rivera protagonizaron una de las pasiones más bonitas de la historia. Cualquiera puede emocionarse con el amor y admiración que se profesaban mutuamente. Tuvieron muchas crisis, muchas infidelidades, primero de él, y luego ya mutuas. Pero se amaron como pocos seres humanos se han amado en la Historia. Comparto aquí en esta ocasión sentimientos de los dos.

Frida: "Te quiero más que a mi propia piel, y que aunque tú no me quieres de igual manera, de todos modos algo me quieres, ¿no? O si no es cierto, siempre me quedará la esperanza de que sea así, y con eso me conformo… Quiéreme tantito. Te adoro."

Diego, cuando Frida murió: "Yo me he dado cuenta de que lo más maravilloso que me ha pasado en mi vida ha sido mi amor por Frida".

Frida Kahlo y Diego Rivera, un amor de leyenda
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- Cuando dudas sabiéndolo todo, por Pablo Neruda:

No podía faltar si se habla de amor y escritores el autor de la poesía más triste y realista que nadie ha escrito jamás. Sí, hablamos del chileno Pablo Neruda, que a pesar de amar a muchas mujeres, tuvo un gran amor llamado Matilde Urrutia. 

"Hay algo más importante que tu y que yo, somos tu y yo. Juntos somos lo que la pobre gente no alcanza jamás, el cielo en la tierra. Te aprieto a mi corazón, amor mío, con cuerpo, alma y amor..".

Y esta otra frase, corta, pero que me parece que describe muy bien una sensación que todos hemos tenido en algún momento u otro de nuestras vidas, dudas pero lo sabes:

"No sé si te quiero, pero te quiero"

- Acabas de conocer a alguien y ya sabes que te cambiará la vida, por Carlos Barral:

El poeta y editor Carlos Barral conoció a Yvonne. Nacía entonces una historia de amor que quedaría profundamente ligada al pueblo de Calafell, en Tarragona. En esa localidad marítima se casaron un 4 de octubre de 1954. Esta reflexión hacía Barral en su libro de memorias Años de penitencia

"El encuentro con Yvonne había movido mi centro de gravedad, modificando mi posición de equilibrio con respecto al mundo que me rodeaba o, mejor, había como desplazado la idea que me venía haciendo de mí mismo. Desde el principio, desde los primeros e inocentes paseos, caí en la cuenta de que aquella relación, si conseguía hacerla prosperar, estaba destinada a determinar el proyecto definitivo de mi vida, a sosegar las ensoñaciones aventurescas de la última adolescencia y a enraizarme. Porque mi amor era espléndido, cegador, y era, en efecto, una experiencia definitiva".

- La tentación de negar el amor, por Hemingway:

En su maravillosa novela Por quien doblan las campanas, Ernest Hemingway cuenta una muy bella historia de amor. El protagonista de la novela es Robert Jordan, un americano que lucha en el bando republicano y que se enamora de María, una joven que le hará recuperar la ilusión por la vida.

"No te engañes a ti mismo y trates de negarlo todo y de estropearlo todo. Estabas perdido desde el momento en que viste a María. En cuanto ella abrió la boca y te habló, quedaste flechado, y lo sabes. Y ya que te ha llegado lo que nunca creíste que te podría llegar, porque no creías que existiera, no hay motivos para que trates de negarlo, ya que sabes que es una cosa real [...] ¿Por qué mentir? Te sentiste extraño interiormente cada vez que la mirabas y cada vez que ella te miraba a ti." 

- La nostalgia tras echarlo todo a perder, por Scott Fitzgerald y Zelda.

Otra gran pareja de esas en las que no puedes hablar únicamente de uno de los dos. Se conocieron en un baile en un club de campo en Alabama, se casaron en 1920, porque no querían perderse ni un minuto de la Década Feliz que estaba a punto de comenzar, se amaron, brillaron como las estrellas más brillantes del firmamento, se detestaron y echaron todo al traste. Una pareja que se amó, que se admiró, que fue la más feliz sobre la faz de la Tierra durante muchos años, y la más desgraciada del universo años más tarde. Él murió de un infarto mientras escuchaba un partido de fútbol por la radio. Ella murió años más tarde, al incendiarse el hospital psiquiátrico en el que permanecía ingresada desde hacía mucho tiempo. Hay un detalle bonito en este amargo final: Scott y Zelda fueron enterrados juntos, en Maryland, gracias a la insistencia de "Scottie", el apelativo cariñoso que los dos daban a su única hija, que sabía que sus padres se quisieron por encima de todas las cosas y quería que descansasen juntos eternamente. Aquí va un texto de cada uno, del libro Querido Scott, Querida Zelda:

Scott Fitzgerald: 

"Te necesito aquí. La tristeza del pasado me acompaña siempre. Las cosas que hicimos juntos y las cicatrices atroces que nos convirtieron en el pasado en supervivientes de guerra persisten como una especie de atmósfera que rodea todas las casas que habito. Las cosas agradables y los primeros años juntos, los meses que pasamos hace dos años en Montgomery me acompañarán siempre y tienes que creer como yo que podemos recuperarlos, si no en una nueva primavera, en un nuevo verano. Te quiero, amor mío, cariño."

Zelda: 

Queridísimo y siempre, Queridísimo Scott:


La idea del esfuerzo que has hecho por mí, el sufrimiento que ha causado esta nulidad sería insoportable para cualquiera salvo para un mecanismo completamente vacuo. Si yo tuviera sentimientos serían todos de gratitud a ti y de pena por el hecho de que de toda mi vida no quede el más pequeño vestigio del amor y la belleza con que empezamos para ofrecértelos al final.

Has sido tan bueno conmigo... y cuanto puedo decir es que existió siempre esa corriente más profunda en mi corazón: mi vida: tú.

¿Recuerdas las rosas del patio de los Kinney... eras tan amable y yo pensaba «es la persona más encantadora del mundo» y tú dijiste «cariño». Aún lo eres. La tapia estaba húmeda y cubierta de musgo cuando cruzamos la calle y dijimos que amábamos el sur. Yo pensaba en el sur y en un pasado feliz que nunca tuve y creía que era parte del sur. Tú dijiste que amabas esta tierra preciosa. La glicina de la cerca era verde y la sombra era fresca y la vida era vieja.

Me gustaría haber pensado alguna otra cosa, pero era una idea cómplice, romántica y nostálgica. Cuando me quité el sombrero tenía el cabello húmedo y me sentía segura y hogareña y a ti te complacía que me sintiera así y fuiste respetuoso. Volvimos a casa radiantes y felices todo el camino.

Ahora que ya no hay ninguna felicidad y el hogar ha desaparecido y ni siquiera existe pasado ni emoción alguna más que las que sean tuyas donde pueda haber algún consuelo: es una pena que nos hayamos encontrado en desabrimiento y frialdad donde una vez hubo tanta ternura y tantos sueños. Tu canción.

Me gustaría que tuvieras una casita con malvas y un sicomoro y el sol vespertino encajado en una tetera de plata. Scottie correría por algun sitio en blanco, en Renoir, y tú escribirías docenas de libros. Y aún habría miel para el té, aunque la casa no estuviera en Granchester.

Me gustaría que fueras feliz, si existiera la justicia lo serías, quizá lo seas de todos modos.

Ay, Do-Do

Do-do.

Zelda

Te quiero de todos modos, aun cuando no exista ningún yo ni ningún amor ni siquiera vida alguna.

Te quiero.


- Lo que Bukowski echaba de menos del amor cuando se acababa:

Charles Bukowski fue un personaje muy excéntrico. Iba contra todo y contra todos. Un escritor maldito con todas las de la ley. Hoy en día se le considera uno de los escritores más influyentes. En su novela Mujeres, recomendada por la Casa del Libro las pasadas Navidades, describe sus sucesivas e intensivas relaciones con diferentes mujeres. Es en este libro dónde aparece el siguiente fragmento, en el que enumera todas las pequeñas cosas que echa de menos cuando finaliza una relación:

"Yo era sentimental respecto a muchas cosas: unos zapatos de mujer bajo la cama; unas horquillas olvidadas; la manera cómo decían <<Voy a hacer pis>>...; cintas de pelo; pasear por el bulevar con ellas a la 1.30 de la tarde, sólo dos personas caminando juntas; las largas noches bebiendo y fumando, hablando; las discusiones; los pensamientos suicidas; comer juntos y sentirse bien; las bromas, la risa saliendo de ninguna parte; sentir milagros en el aire; estar juntos en un coche aparcado; comparar pasados amores a las 3 de la madrugada; que te dijeran que roncabas, oírlas roncar; madres, hijas, hijos, gatos, perros; algunas veces la muerte y otras el divorcio, pero siempre yendo adelante, viendo a través; leyendo a solas un periódico y comiendo un triste sándwich sintiendo naúseas porque ella ahora estuviese casada con un dentista tartamudo; hipódromos, parques, picnics; incluso cárceles; sus estúpidos amigos, tus estúpidos amigos; tu bebida, sus bailes; tus flirteos, sus flirteos; sus píldoras, tus polvos con otras personas y ella haciendo lo mismo: dormir juntos...".

- El sentimiento de rechazo, por Antoine de Saint-Exupéry:

El famoso autor de El Principito sufrió por su último gran amor. Se ha dicho siempre que era una joven de 23 años de la que Saint-Exupéry estaba enamorado, pero su nombre jamás salió a la luz. Ella nunca correspondió sus sentimientos, lo que le causó una herida que le llevó a escribir estas desgarradoras palabras:

"No hay más Principito, hoy día ni jamás. El Principito está muerto o se volvió totalmente escéptico. Un Principito escéptico no es más un Principito. Estoy resentido con usted por estropearlo", escribió.  "No habrá más cartas, teléfono ni señal. No fui prudente ni pensé que arriesgara pena, pero me lastimé en el rosal cogiendo una rosa. El rosal preguntará: ¿Qué importancia tenía para usted? Ninguna, rosal, ninguna. Nada importa en la vida. No más vida. Adiós rosal".



























lunes, 14 de noviembre de 2016

París siempre será una fiesta



Decía el escritor Ernest Hemingway que París no se acaba nunca. Él vivió durante siete años y sabía de lo que hablaba. Pero no es necesario vivir allí tanto tiempo. Basta poner los pies encima una sola vez para que su recuerdo te acompañe siempre. Para que sientas la necesidad de volver una y otra vez.  He estado en varias ocasiones en distintas circunstancias. Siempre descubres sitios nuevos. Con mi familia las primeras veces, otra vez con un buen amigo a visitar a mi hermana que vivió un tiempo allí, la última vez con mi novia. París siempre vale la pena, como también decía Hemingway.

Todo en ella es especial. Parece una ciudad cuidada como un escenario. Puedes ir a ver la Torre Eiffel, a visitar la Tumba de Napoleón, a disfrutar de los cuadros de los impresionistas en el Museo D`Orsay o en L´Orangerie, te puedes cansar de todo lo que hay que ver. Pero al final, con lo que uno más disfruta es de sus calles, de cada rincón, de cada esquina, de sus terrazas con las estufas, de sus farolas, de sus cafés, de las escenas que uno contempla en cada lugar.

Me quiero detener en El Barrio Latino, Le Quartier Latin. Es el barrio en el que siempre he querido vivir. Siempre he tenido clarísimo que, de vivir una temporada en París, viviría ahí. Porque tiene un encanto que no tiene ningún otro barrio del mundo, al menos que yo haya conocido. No puede compararse con nada. Es el barrio bohemio de la ciudad. Me podría pasar horas caminando por el Boulevard Saint Germain, deteniéndome en cada una de sus tiendas, fijándome en cada uno de los personajes que lo transitan, entrando en cualquiera de sus tiendas, parándome a tomar un café, una cerveza o lo que surja en sus innumerables terrazas, hasta llegar a la plaza Saint Michel para seguir observando todo lo que ocurre a mi alrededor.

Entre sus calles han vivido siempre personajes relacionados con la cultura. Sobre todo escritores. En los felices años 20 uno de mis escritores preferidos, Hemingway, se instaló ahí con su mujer. En la Rue Cardenal Lemoine.  De sus años en la capital parisina salió su novela París era una fiesta que no deja de ser un diario de aquellos años en los que el joven escritor y periodista americano afirmaba que “éramos muy pobres y muy felices”. Yo confieso que en realidad siempre he querido ser Hemingway y vivir en los años 20 en París. Siempre he soñado con escribir mi primera novela en Les Deux Magots, como él, uno de mis grandes ídolos literarios.



Una de mis fotos preferidas, sin duda. Escribiendo mi primera novela en Les Deux Magots.

El escritor americano se movió a París en concreto porque allí vivían “las personas más interesantes del mundo”. Se ganaba la vida como corresponsal del Toronto Star. En aquella década se concentraban en París intelectuales, pintores, escritores. Un numeroso grupo de artistas con ganas de devorar la vida. Entre ellos, el irlandés James Joyce, con el que Hemingway se pegaba buenas juergas alcohólicas hasta casi perder el conocimiento, Ezra Pound, Scott Fitzgerald, Picasso y la escritora americana Gertrude Stein, que se convirtió en la mentora de varios de ellos.

Su vida transcurría entre los cafés de Saint Germain Des Prés. Allí acudían todos los días. Hemingway se dedicaba a escribir. Su lugar favorito para que le viniese la inspiración era el mítico café de Les Deux Magots, al lado del no menos mítico Café de Flore. Le gustaba sentarse fuera, al abrigo de las estufas, y contemplar lo que ocurría delante de él. Entraba en calor con un clásico “café au lait” que luego ya pasaba a ser un ron St James según avanzaba la escritura, supongo que con el consiguiente cambio de trazo del lápiz en su libreta de lomos azules.

Relacionado con este mundo, os hablaré ahora de mi librería favorita del mundo mundial: Shakespeare and Company, un lugar muy auténtico. Situada en la orilla izquierda del Sena, frente a la imponente catedral de Notre Dame, es un rincón que cualquier debería visitar al menos una vez en la vida. Me la descubrió mi profesora de Literatura en mi primer año de Periodismo, Margarita Garbisu. Llevé ahí a mis padres y a mi hermana y les gustó mucho. Ahora he llevado a mi novia y también le ha parecido un lugar con un encanto especial. No dejéis de ir si tenéis la oportunidad.



Aquí, con esta cara de felicidad en mi librería y mirando hacia Notre Dame.


No se trata de una librería al uso, estamos hablando de un verdadero rincón para los amantes de la literatura. Hay que decir que no es la original, que estaba situada en la Rue de L´Odéon, a unos 650 metros de la de ahora, en la Rue de la Bûcherie. La Shakespeare and Company de los años 20 y 30 fue fundada por Sylvia Beach, una librera y editora americana que convirtió a este lugar en el mayor centro de la cultura anglosajona en aquella época. Sylvia Beach fue como una madre para muchos de esos artistas. Incluso tenía dos camas arriba por si alguno necesitaba quedarse alguna noche a dormir. Ella publicó el Ulises de Joyce cuando este libro había sido prohibido en Estados Unidos y Reino Unido por “pornográfico”.



Aproveché y me compré mi libro favorito en mi librería favorita: El guardián entre el centeno.


La librería cerró con la ocupación alemana de París. Un oficial nazi pidió el último ejemplar que quedaba de la reciente novela de Joyce, Finnegans Wake, y Sylvia Beach se negó a dárselo. Cerraron el local y a ella se la llevaron a un campo de concentración a Alemania. Allí estuvo seis meses. Sobrevivió.

En 1951 un americano que había llegado a París como soldado en la II Guerra Mundial, llamado George Whitman, abrió una nueva librería, Le Mistral, que se convirtió en un referente también. En el año 1958, Sylvia Beach conoció a Whitman y decidió traspasarle “el nombre y el espíritu” de su antigua librería. A los dos años de morir Beach, Whitman cambió el nombre de su librería y así renació la Shakespeare and Company. Hoy en día es gestionada por la hija de Whitman, a la que su padre quiso poner de nombre Sylvia Beach. Sigue manteniendo el mismo espíritu. Y arriba sigue habiendo dos camas y un precioso piano que cualquiera puede tocar. Una parada inolvidable en el recorrido de cualquier persona que visite París. Para pasar una noche en una de las camas, hay que dedicar dos horas de trabajo durante el día a la librería, dedicar una parte del tiempo a leer o escribir en ella, y es condición indispensable escribir una autobiografía de una página.



No podía irme sin hacerme esta foto.


Otro de mis rincones preferidos es la conocida como Plaza de los Pintores, en el también bohemio barrio de Montmartre. Podría quedarme horas dando vueltas por la plaza y por las callejuelas de alrededor, creo que no me cansaría. Es un lugar lleno de vida. Los pintores enfrascados en su arte, los habituales del barrio reunidos en alguna mesa de algún café, los turistas paseando y dejándose retratar en algunos casos. No te puedes perder ningún detalle y da rabia porque sabes que es imposible verlo todo y eres consciente de que te estás perdiendo cosas que están ocurriendo ahí, delante de ti.




Una de las cosas que más me gustan o que más gracia me hace cuando voy a París, o a cualquier otro lugar de Francia, es la capacidad infinita que tienen los franceses para debatir. No paran. Se sientan en cualquier mesa de cualquier terraza, debajo de su estufita, o en el interior, da igual. Siempre están debatiendo. Incluso poniendo un poco el oído te das cuenta de que pueden dar mil vueltas al mismo tema y volver a empezar. Me parece fascinante que no se agoten de reflexionar tanto y sobre temas tan serios y tan a menudo. Yo no sería capaz.

En mi última visita estaba tomando algo en un irlandés (siempre hay que ir a un irlandés, estés en el lugar del mundo en el que estés). Tenía al lado a tres hombres discutiendo a muerte. Pero era curioso porque en las pantalla estaba el partido de fútbol de la selección francesa y pasaban olímpicamente de él, pero cuando marcaban se volvían medio locos, hacían algún comentario al ver la repetición del gol, exaltaban a los suyos o los ponían a parir dependiendo de si el gol había sido a favor o en contra, para después continuar debatiendo como si no hubiese un mañana sin mirar a la pantalla en ningún momento. Me reía mirándolos.

Existe de siempre un eterno debate. En esta vida todo es elegir. Lo de los matices no se lleva hoy en día. Y en el mundo suele haber dos bandos: el de los que prefieren París y el de los que se quedan con Nueva York. La Gran Manzana me impactó cuando fui, incluso no me disgustaría vivir allí una temporada. Pero si alguien me dice: elige en diez segundos, ¿prefieres una casa en Nueva York o en París? Mi respuesta sería París. Porque París me gusta mucho.

Me gusta mucho París porque es bonita. Porque es elegante. Porque es romántica. Porque es antigua en sus formas y moderna en su pensamiento. Porque es especial. Porque está llena de vida. Porque tiene la Rue Huchette, una callejuela muy animada en el corazón del Barrio Latino. Porque tiene el Sena y pasear por Le Quai de Montebello, en su margen izquierda, mientras contemplas Notre Dame y vas viendo los puestos de los libreros es de lo mejor que te puede ocurrir en la vida, si eres una persona que sabe disfrutar de las pequeñas cosas de la vida. Me gusta París, también, porque sabe rendir homenajes a sus héroes históricos. Son numerosas las placas que te puedes encontrar por muchos rincones en honor a las personas que lucharon en la Resistencia contra la ocupación nazi de París y que ayudaron posteriormente a su liberación. Me gusta París porque el 13 de noviembre de 2015 unos salvajes trataron de impedir que la ciudad siguiese siendo una fiesta y no se enteraron de que París nunca jamás dejará de ser una fiesta.



La Rue Huchette, llena de bares. Un buen plan para empezar la noche.

P.D. Poco después de los brutales atentados del 13 de noviembre de 2015, el libro París era una fiesta se agotó en numerosas librerías de París. Mucha gente dejaba un ejemplar como homenaje entre las flores y las velas en los lugares de homenaje. También numerosos ciudadanos llevaban el libro en sus manos en el minuto de silencio del lunes 16 de noviembre de 2015.