jueves, 25 de mayo de 2017

Aquel tipo triste de Lanzarote

En el Puerto del Carmen de Lanzarote viví una noche inolvidable
El Bodhran, el antro en el que todos nos volvimos locos con Johny Crowley


Hace unos años me fui a Lanzarote para estar muy triste. La cosa es que lo había dejado con mi novia después de varios años de mucha felicidad y no veía la salida por ningún lado. Así que decidí que eso me sabía a poco, que quería hundirme un poco más. Reflexioné durante días sobre cuál era la mejor manera para lograrlo. Tenía la posibilidad de irme todas las tardes enteras durante una semana al estanque del Retiro y cogerme una barca como solíamos hacer, pero lo descarté por mi absoluta torpeza para coger una yo solo. A la desolación no es necesario añadirle el ridículo. También barajé ponerme en bucle el mejor disco de pop español de los 90, Nubes y claros, de Tam Tam Go! que tantos domingos por la mañana habíamos escuchado juntos. Pero no. Para qué hacerlo fácil. Qué va. Soy por naturaleza complicado y ya sé que nunca le podré poner remedio.

Así que me fui a Lanzarote. Allí nos fuimos en nuestro primer viaje y siempre que volvíamos éramos más felices que en cualquier otro rincón del puto planeta. Pensé que era lo que necesitaba. En serio. Siempre me ha funcionado lo siguiente. Cuando estoy deprimido de verdad por algo, necesito hundirme en la mierda más absoluta. Es cuando toco fondo cuando siento que ya no hay posibilidad de caer más bajo. Al sentir eso, comienza el resurgimiento, por tópico que suene. Ya me he pateado todo el barrio de la tristeza, con sus tiendas de lágrimas y rincones de la impotencia. Me lo he recorrido entero. No hay más que rascar ahí. Así que, harto, decido salir ipso facto de ese lugar. Es como esas personas que comienzan a morderse las uñas hasta que se dan cuenta de que se las han destrozado y que ya no hay donde morder. No sé si el ejemplo es bueno, pero espero que me hayáis entendido. A mí me funciona. Igual piensas que estoy loco o que es una forma peculiar de combatir la tristeza. Cada uno tiene sus mecanismos y ese es el mío. Sin más.

Me compré unos billetes y me fui para allá. Cualquiera pensaría que a un lugar así se ha de viajar con alegría, pero yo os digo que no. Que estaba bien jodido. Que hay tantos viajes como viajeros y todas las emociones que les acompañan. Y aunque las otras veces me había metido en el avión con una ilusión de la hostia, en este caso las circunstancias habían cambiado por completo. Pero eso sí. Tenía muy claro que debía hacer ese viaje si quería volver a estar bien.

Durante el vuelo, activé el modo avión y el modo melancólico. Recordaba los diferentes sitios de la isla que habíamos visitado en nuestras escapadas. Los más turísticos oficialmente y los recomendados por la gente en webs como Trip Advisor. Intentaba planificarme para ver cuáles tenía tiempo de visitar. Deseaba volver a los Jameos del Agua aunque ya supiese el secreto de la cueva (tranquilos, no voy a hacer spoilers). Me moría de ganas de ir a aquel restaurante que tanto nos gustaba de Yaiza, con sus croquetas y su carne fiesta. Aunque cada vez que iba a Lanzarote, lo que más me fascinaba era su paisaje. Soy muy pesado porque siempre le digo a todo el mundo la misma frasecita: "es que es distinto a todo". Pero me da igual repetirme y ser un pelma. Es una verdad como una catedral de grande y todo lo que veas en Lanzarote, con su tierra volcánica, no se parece a nada de lo que hayas visto. Lo digo muy en serio.

Subiendo al Timanfaya en Lanzarote este es el paisaje


Al llegar allí, para variar, alquilé un coche de Medina Cabrera y emprendí rumbo a Puerto del Carmen, donde habíamos estado las anteriores veces. Es una zona muy agradable. La recomiendo mucho. Tiene todo lo que, al menos a mí, me parece necesario en un lugar de estas características. Un paseo marítimo, con su mar, sus playas, sus tiendas, sus bares, claro que sí, y sus guiris. Porque tienes que saber que si vas ahí tú eres el extranjero prácticamente. Me recuerda a Benidorm en cierta manera, aunque es más bestia.

Como soy de costumbres, y de lo que se trataba era de hundirme lo más posible, me alojé en los mismos apartamentos en los que habíamos estado la última vez. Tenían el nombre de Lanzaplaya, y cada vez que veía el nombre escrito en la entrada pensaba que se habían roto la cabeza los cabrones. No sé cómo no sufrieron un colapso mental a la hora de decidir el nombre. Vaya panda.

Fui a recepción. El recepcionista, muy canario él, se tomó su tiempo a la hora de darme las llaves de la habitación y revisar que todo estuviera bien. Por fin pude entrar y tumbarme un rato a descansar. Después de dormir un rato, cogí la ropa que me quería poner y me di una ducha para espabilarme un poco, que falta me iba a hacer para enfrentarme a todos los recuerdos, que estaban ya acechando a la salida de la puerta los malditos.

Bajé por la calle principal y me fijé en un local en el que no había puesto mi atención antes. Era minúsculo, con un aforo ridículo de ocho personas a lo sumo. Continué hasta llegar al Paseo de César Manrique, que era el nombre real que recibía el paseo marítimo. Siempre he pensado que es un gran error ponerle el nombre de alguien importante al paseo marítimo porque nadie nunca lo llamará por su nombre real. En Lanzarote, por cierto, todo es César Manrique. Podría decirse que Dios creó la Tierra y Lanzarote se lo dejó a César Manrique. Si vais, sabréis a lo que me refiero.

Una vez en el paseo marítimo (¿lo veis?) tenía claro donde ir. Tras andar un rato disfrutando del sol en la cara y del azul del mar, me fui a un mirador al que solíamos ir. Y no. No os voy a contar que allí nos declaramos amor eterno y chorradas por el estilo. Simplemente íbamos a ese rincón y éramos felices el uno con el otro. No nos hacía falta empezar a soltar tonterías por la boca.

Cuando estaba allí, apoyado en la barandilla, fijé mi atención en un tipo que estaba sentado en un banco. Parecía que estaba mirándome. Seguí a lo mío, que era intentar ponerme lo más triste posible. Volví a girarme y ahí continuaba el hombre, con la mirada, y más cosas sospechaba, perdida en algún punto indefinido del océano. Parecía una persona sencilla, con unas deportivas blancas, unos vaqueros muy gastados, y una camiseta azul sin ningún dibujo. Me habló. No tuve forma humana de librarme.

- ¿Qué has hecho? -me preguntó así de sopetón el colega.
- ¿Cómo? -respondí flipando un poco.
- Sí, que qué has hecho, tío. Me paso aquí los días viendo a todo tipo de gente. Y sé reconocer a los que la han liado. Tú la has liado. Estoy seguro.
- Bueno, no acabo de entenderte. Así que te pregunto: ¿En qué crees tú que la he liado?
- A ti te ha dejado la novia, chaval. A que sí.
- Sí. Pero no es algo de lo que me apetezca hablar. Y mucho menos contigo. - Tenía que largarme de ahí, joder.
- Tranquilo. Supongo que la echarás de menos. Yo vivo así. Quiero decir que vivo echando de menos. Desde hace doce años y cuatro meses. Te acostumbras y acabas haciendo tu vida. No es grave.
- Muy bien. Tomo nota. - Se quería poner a contarme su vida el menda. Y una mierda.
- Oye mira, no soy estúpido ni mucho menos. Estás a punto de salir huyendo. Solamente déjame decirte una cosa: esta noche vente al Bodhran. A las nueve. Toca Johny Crowley. - Y quién coño es Johny Corlwey, pensé mientras le veía marcharse de allí. Qué rabia me da cuando intento ser borde y la otra persona me acaba dando un corte sin oportunidad de replicar. Me sentí obligado a ir. 

Me fui con el coche a pasar la tarde a playa Papagayo, donde también habíamos vivido algunos momentos bonitos juntos. Hablo de momentos en los que nos reíamos sin motivo alguno y hacíamos listas de las cosas más tontas que os podáis imaginar. Lo digo porque parece que cuando uno habla de momentos bonitos junto a su pareja todo lo que no alcance la categoría de apoteósico parece una basura. Y yo tengo una cruzada contra esa forma de ver el amor. No sé si alguien más quiere acompañarme en esta guerra, pero serían bien recibidos a mi ejército.

Tras pasar por el apartamento para descansar algo y darme una ducha, llegué, puntual, a mi cita. Una vez ahí, lo primero que pensé, y perdonadme por ser tan malhablado, fue: "Hostia puta". Pensamiento muy de intelectual, diréis, fijo. Pero es que el desconocido me había citado en el habitáculo ese del que os he hablado antes, el del aforo enorme, ya sabéis. A punto estuve de darme la vuelta. No se me había perdido nada en ese sitio. Cuando quise darme la vuelta, le vi. Y ya no hubo marcha atrás posible. Sonrió al verme. De hecho, fue mucho más efusivo de lo que me esperaba después de haber sido tan asquerosamente borde con él.

Me invitó a sentarme en la barra. Era un cuchitril de los buenos, os lo aseguro. Nos pusimos a beber a lo tonto, quizá la mejor forma de beber que existe. Estoy seguro de que de beber a lo tonto han salido grandes historias. Estuvimos hablando de la vida, de lo jodido que es sufrir y de cómo te puedes acostumbrar a ello sin que ya te duela. Yo no me atrevía a preguntarle. Él tenía una herida, ya me lo había dicho, y era suficiente. También él conocía el boquete que a mí me habían provocado. Así que hablamos de cine. Mejor dicho, hablaba él. Era un auténtico enfermo. ¿Sabéis ese tipo de personas que se saben todos los datos de cada película? Algo así como el Bachi de la película Primos. Yo soy un ignorante del cine así que le dejaba hablar que es la mejor forma de aprender que tenemos las personas, dejar hablar a los que verdaderamente saben de algo y ese algo les provoca un brillo en los ojos. Si no le brillan los ojos al hablar de ello, es que no sabe tanto y por lo tanto, no hay que dejarle hablar más de la cuenta. De repente, todo el mundo se puso muy nervioso. Cuando digo todo el mundo hablo de las cinco personas que estábamos ahí dentro, claro. Una verdadera locura. Tres más y aforo completo, ojito ahí. Yo no entendía el motivo de tal exaltación repentina. En realidad, empezaba a no entender absolutamente nada de lo que estaba haciendo ahí, si os soy sincero.

Me quedé estupefacto cuando vi que las personas a mi alrededor se arrodillaban como si estuviese a punto de entrar un dios del espacio a saludarnos a todos. Y bueno, más tarde descubrí que algo así era. Al menos, para aquella gente y en aquellas circunstancias. Es que muchas veces menospreciamos algo sin pararnos a valorar las circunstancias. Y las circunstancias lo son todo en esta vida, hacedme caso aunque sea solo una vez. Y en lo de formar parte de mi ejército contra el romanticismo idiota que nos invade.

Entró un señor mayor por la puerta. Ya éramos seis. Aquello prometía. Debía estar en sus setenta, y no se mantenía mal del todo, a decir la verdad. Caí en la cuenta de que llevaba una guitarra eléctrica. <<Ahí lo tienes, Johny Crowley, prepárate>>, me soltó orgulloso mi amigo del que seguía sin saber su nombre, algo que tampoco me importaba demasiado, sinceramente. La expectación, para mi asombro, fue creciendo. Crowley se subió al escenario, si es que se le podía dar esa categoría en un recinto tan cochambroso como era aquel. Era el irlandés más cutre en el que había estado en mi vida. Y creedme, he estado en muchos. Siempre los busco, porque en un irlandés es más probable ser feliz que fuera de él. Es verdad de la buena.

Apagaron la tele y las luces. Se permitían el lujo de una iluminación tenue sobre el "escenario". Johny Crowley saludó a sus fans y me incluyó a mí, que estaba muy lejos de serlo. Empezó a cantar canciones conocidas por todos en todo el mundo. Los clásicos, ya os imagináis. Empezó fuerte con el Sweet Caroline, que yo hubiera colocado más de colofón, de auténtico broche de oro de la noche. Pero era otra forma, igual de válida, de incendiar los ánimos de los presentes. No iba a ser yo, John Smith en aquella tribu, el que le dijese al jefazo indio cómo tenía que distribuir sus temas. Yo me suelo venir muy arriba con los grandes clásicos, además, y me da igual el orden en el que los pongan. Me lo estaba pasando realmente bien. Ahí estaba, yo solo en aquel antro perdido, por la invitación de un desconocido, rodeado de tarados. No sabía quién coño era Johny Crowley pero me desgañitaba haciéndole los coros. La felicidad era eso, maldita sea.

Estaba dejándome la garganta cuando entró una mujer por la puerta. Tenía la pinta de querer unirse a esa panda de locos. Tendría alrededor de cuarenta y muchos años, llevaba un vestido negro ajustado y estaba un poco achispada. La recordé. Era la relaciones del local, que se pasaba el día dando vueltas por el paseo y yendo de un lado para otro sin un rumbo del todo claro. Era bastante llamativa, aunque no fuese mi tipo. De forma bastante descarada me echó un vistazo de arriba abajo, lo cual tampoco me disgustó, todo sea dicho. Observé cómo se acercaba al bueno de Johny Crowley a susurrarle vete tú a saber qué al oído. Recuerdo que pensé que nada bueno podía salir de ahí. Y resultó a medias. Digo esto porque le pidió una canción de Bruce Springsteen que me gusta mucho, I´m On Fire, pero por otro lado, como ya imaginaréis con el título, estaba temblando de miedo por lo que venía. No me equivocaba. Quería bailársela conmigo. Qué tía. Se me acercó con una seguridad pasmosa en sí misma y me iba poniendo caras que no podría ni tampoco querríais que os definiese. Me repetía una y otra vez que se llamaba Sarah con H. Le daba mucha importancia a ese puto detalle que a mí me daba completamente igual.

Mi amigo el desconocido me echó un capote y se quedó con ella un rato. Mientras, yo escuchaba embelesado a la gran estrella de la noche. Cantaba bien el tío, había que reconocerlo. Y para aquel conjunto de parroquianos del lugar, se podía entender que fuese una especie de dios que les alegraba la vida una noche a la semana. Es lo que os decía antes de las circunstancias. Intentar entender determinadas situaciones bajo el prisma de otros. Hay que intentarlo más a menudo. Se descubren cosas que no creeríais. 

Estaba sumido en mis reflexiones cuando algo dentro de mí comenzó a temblar. No era porque sí. Es que Crowley había empezado a tocar nuestra canción, Hotel California. Era la primera vez que la escuchaba desde que ya no estábamos juntos. Era la desolación absoluta. Era nuestro primer beso. Era una copa de vino una noche cualquiera. Era ella. Era yo. Éramos nosotros. En definitiva, era una puta mierda. Hay canciones en las que entras a vivir con una persona, y cuando la otra persona ya no está esa casa que era de los dos te parece la casa más triste del planeta. Eso era para mí esa noche Hotel California. La música me había elevado hasta ese momento de la noche y ahora estaba hundiéndome en la miseria más grande. Seguramente, era el más triste del bar y de todo Lanzarote. "Fucking Johny", pensé. Y lo pensé en inglés, por si acaso captaba mi pensamiento por telepatía, para que lo entendiese muy bien.

Decidí largarme porque me había puesto a llorar y nunca me ha gustado dar la nota. Mi amigo salió a buscarme. Trató de convencerme para que me quedase. En vano. Ya había tenido bastante por esa noche. Había conocido gente, había hecho un amigo por si un día volvía por allí, había bebido cervezas, me había venido arriba, había cantado con Johny Crowley, había casi ligado y a mí me gustaban mucho las historias de casi ligar, y finalmente, como mandan los cánones, me había entrado la bajona y había llorado. Es lo que se le puede pedir a la noche perfecta, ¿no?

Me fui un rato a la playa a pensar en ella. Ya estaba enfangado total en la tristeza. Solo un pelín más y ya no tendría más remedio que subir a la superficie por pura supervivencia. Hacía buena noche y se veía perfectamente el reflejo de la luna en el mar. Siempre le decía a ella que aquel sendero me parecía que marcaba el camino de la felicidad, y que todo lo demás estaba oscuro porque en el mundo hay más infelicidad que felicidad. Que por eso aquel sendero era tan fino. Porque era muy fácil salirse de él y volver a entrar en la zona oscura. Cuando empezaba con estas metáforas tan cursis, ella siempre me decía que dejase de decir tonterías, que había bebido mucho y que nos fuésemos a dormir la mona lo antes posible, que falta me hacía. 

A la mañana siguiente, antes de ir al coche para dirigirme al aeropuerto, quise pasarme por el bar. A veces lo hago. Me gusta ver el contraste entre los mismos lugares a diferentes horas del día. Hacía unas horas entre aquellas cuatro paredes un conjunto de chiflados lo habíamos dado todo, dirigidos por nuestro líder supremo Johny Crowley. Y ahora parecía como si nada hubiera ocurrido. Eso me produce cierta tristeza, como los lugares de veraneo cuando se van los veraneantes. Joder, aquí han pasado cosas, y cosas grandes hace nada. Y después parece como si viniesen unos señores a llevarse todas las vivencias a algún lado. Qué rabia.

Ya en el avión, antes de quedarme roque, iba pensando en lo vivido. Aunque me había quedado sin saber qué es lo que le había ocurrido hacía doce años y cuatro meses, ese hombre me había dado una lección. Si lo hizo con voluntad o no nunca lo sabré. Pero me enseñó que aunque te pase algo muy triste, la vida sigue. Suena muy lógico, pero no por eso quiere decir que sea fácil. Recibimos muchas decepciones y malas noticias con las que no contábamos. Forman parte de la vida. No vale de nada deleitarse en la tristeza. Se trata de incorporarla a lo que uno vive. A él le había pasado algo muy triste, según decía, y ahí estaba, disfrutando, pasándoselo bien. Seguramente se acordaba de lo que le había pasado a menudo pero no hacía girar su vida alrededor de aquel hecho. Sabía que había mucho más y no quería negarse la oportunidad de ser feliz. "La felicidad regalada es cómoda, pero tiene más mérito la que uno conquista". La frasecita no es mía, no os flipéis. Me la dijo aquel tipo triste de Lanzarote.

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jueves, 18 de mayo de 2017

De cuando me colé en el concierto de Bruce Springsteen

Bruce Springsteen actuaba en el Santiago Bernabéu, en Madrid
Ahí estaba Bruce conquistando una vez más la ciudad de Madrid

Os voy a contar una cosa que me ocurrió y que muchas personas de mi entorno ya conocen porque di mucho la lata con ella. Lo que pasa es que siempre he creído que hay historias que se ganan a pulso el derecho a que des la lata las veces que sean necesarias con ellas. Y me parece que esta es una digna de tales honores. Por eso la quiero compartir aquí hoy con todos vosotros.

Sucedió hace aproximadamente un año. Venía Bruce Springsteen a actuar a Madrid, en el Bernabéu, donde ya había tocado las últimas veces. A Bruce le descubrí gracias a mi tío. Luego comprobé que mis padres también tenían vinilos suyos, entre ellos, mi preferido, el que publicó en el año de mi nacimiento, 1984: Born in the U.S.A. Pero de mis padres recibí otras influencias musicales, no había escuchado mucho a Springsteen en casa. Recuerdo que cuando lo descubrí sufrí ese síndrome compulsivo que me entra a mí cuando conozco algo por primera vez y me entusiasma. Me vuelvo loco, de verdad. Lo escuchaba a él y a su banda la E Street Band en bucle. Podía escuchar algunas canciones 1.254 veces al día sin dar muestras de agotamiento en ningún momento. Se convirtió muy rápido en una de mis referencias musicales.

Lo había visto ya en directo tres veces. Para una de ellas, hice algo que no haré nunca más. Una noche entera haciendo cola en la calle Preciados para comprar las entradas en la FNAC, al lado de Sol, con un tipo al que había conocido ese verano en unas prácticas y que luego resultó ser un cretino porque me dejó tirado el día del concierto. Springsteen era una pasada. A su edad dudo que yo esté para esos trotes. Pero el cabrón se entrega en cuerpo y alma durante las casi tres horas del espectáculo. Va de un lado para otro. Yo creo sinceramente que suda más que algunos de los jugadores del Madrid que suelen pisar ese césped. Es uno de esos artistas por el que merece la pena pagar ese pastón que suele costar verle. No se reserva ni una gota de sudor el prenda. Lo recomiendo firmemente como una experiencia a tener en la vida, aunque no hayas escuchado una sola canción suya. Algo que, por cierto, debería estar tipificado como delito en el Código Penal, pero bueno, ese es otro tema. Habría mucha gente en la cárcel según mis obsesiones.

Esta vez no había comprado entradas. Fueron esos momentos de duda en los que acabas diciendo: <<bueno, me ahorro la pasta>> pero, por otro lado, estás ahí rumiando: <<joder, es que es el puto Bruce, y me puedo llevar a mi novia para que viva eso de lo que tanto le ha hablado el pesado de su novio>> pero finalmente no las compras y te quedas intranquilo. Tienes la sensación de que cuando llegue el día te van a entrar unas ganas muy locas de estar ahí dentro. Tal cual.

Cuando quedaban pocos días, comenzó a hablarse del concierto en los medios. Ya empezaban a calentar el ambiente los malditos. Recordaban sus últimas actuaciones, hablaban del nuevo disco y viviendo como vivía cerca del Bernabéu iba viendo los preparativos los días previos. Parecía como si entre unos y otros me lo quisieran restregar en la cara, joder. Ante semejante acoso de los elementos a mi alrededor, comencé a buscar como loco en las redes a gente que no pudiese acudir y que vendiese la entrada de última hora. Tuve varios "casi" de esos horribles que te ponen la miel en la boca para luego decirte que nada. Auténticas cobras, os lo aseguro. Menuda gentuza.

Finalmente, llegó el Día D y ahí estaba yo, como me había imaginado, deseando entrar a un lugar para el que no tenía entrada. Como no me apetecía quedarme en casa, decidí irme al Paseo de La Castellana. Me di cuenta de que algo se escuchaba más o menos. Me acerqué más y me quedé en el lado de la Castellana en el que está el estadio. Estaba todo cortado y no te podías acercar más. <<Esto es lo más cerca que vas a estar del Boss, chaval>> me dije algo desolado, que es sin duda la peor forma de dirigirse a uno mismo. Para animarme, llamé por teléfono a mi amiga Irene, que es también fanática de Bruce. Estuvimos hablando muchísimo rato. Y mientras nos poníamos al día, le iba poniendo canciones que iban sonando ahí dentro y que se escuchaban mejor de lo que hubiera imaginado al llegar ahí. Era una forma distinta de asistir al evento.

Durante la primera hora me quedé ahí. Estaba yo solo. Recuerdo que había un grupo de policías que de vez en cuando me echaba un ojo, pero ya debieron darse cuenta de que, más allá de estar un poco loco, no tenía demasiado peligro. De repente, vi que quitaron las vallas y que el camino estaba despejado hasta el estadio. Les pregunté si se podía pasar y me dijeron que sí. Continuaba sin poder entrar, pero iba a poder estar en las mismas puertas de acceso, a unos metros del epicentro del terremoto que estaba teniendo lugar aquella noche de mayo en Madrid.

Decidí irme a la zona de detrás, porque ahí estaba todo más desierto y sin presencia policial. No sé por qué lo hice. Quizá mi cerebro había comenzado a tramar algo sin decírmelo. A veces pasa. Pero estar ahí me daba más tranquilidad, no me preguntéis por qué. Me coloqué muy cerca de una de las puertas de acceso y Bruce, como si lo supiese, empezó a darlo todo con los grandes temas de su repertorio. Y cuando llegó Born in the U.S.A. no pude reprimirme. Ahí, de noche, solateras, delante del guardia de seguridad, empecé a cantar, bailar y brincar como si no hubiese un mañana. Sabía que parecía un maldito chiflado, pero es que me ocurre siempre. Cuando escucho una canción que me gusta mucho, nunca he sabido contenerme. Enseguida empiezo a mover los pies, o a silbarla, o a mover los labios como si la cantase. Admiro a la gente que, en lugares públicos, es capaz de escuchar una canción que les entusiasma y quedarse como si tal cosa.

Ya le iba dando vueltas a la idea, y pensé que me arrepentiría siempre de no haberlo intentado. Así que le pregunté directamente al vigilante si existía alguna posibilidad de colarme. Me dijo que imposible y me lo razonó bastante bien, algo innecesario porque yo ya contaba con el no y me parecía de cajón no poder entrar a una fiesta como aquella sin haber pagado la entrada. Seguí a lo mío. Me volví loco de nuevo con Dancing in the dark. Realmente era muy feliz solo con estar ahí.

Debía quedar ya poco, porque el ambiente iba in crescendo como suele ocurrir en los conciertos de Bruce Springsteen. El clímax se acercaba. De repente, escucho dos palabras: <<Venga, cuélate>>. Como a veces me pasa que estoy tan ensimismado que acabo creando realidades que no existen, no hice caso. Pero miré al guardia, por si acaso. <<Venga, cuélate>>, me dice el tío otra vez. Y me señala hasta el camino con la mano. No acababa de creérmelo. Subí las escaleras con muchas más ganas de las que las he subido en otras ocasiones para escuchar el Himno de la Champions League en ese estadio. Y de repente, ahí tenía a Dios Todopoderoso en el escenario, entregado en cuerpo y alma, como no podía ser de otra manera, a sus fieles.

Era consciente de que debía quedar muy poquito. Y recé porque aún le quedase alguna buena bala en la recámara. Todavía no había sonado el clásico Twist and Shout de los Beatles mezclado con La Lambada con el que "El Jefe" suele finalizar cada una de sus actuaciones, así que sabía que eso al menos lo disfrutaría. Estaba haciendo mis elucubraciones cuando de repente "¡Two, three, four!"..."Bobby Jean", mi puta canción preferida de Bruce Springsteen. ¿No os pasa que hay canciones que os calan de tal manera que sientes que se te meten dentro de ti y que no puedes hacer nada para evitarlo? Con Bobby Jean me pasa exactamente eso. No sirve de nada oponer resistencia, me posee por completo. Es una canción que me emociona mucho cada vez que la escucho, por la música, por la letra, por la forma de cantarla, por todo. 

Cuenta la historia, o al menos así lo he creído yo siempre, de ese amigo de la infancia/adolescencia del que no vuelves a saber nada más nunca. Aquel con el que compartías "la misma música, las mismas bandas, la misma ropa" y del que crees que "nunca nadie me va a entender de la manera que tú lo hacías". La parte más bonita de la canción es en la que Bruce le dice que, allá donde esté, "in some bus or train traveling along in some motel room" habrá una radio sonando, y que si suena esta canción, la cante con él y sabrá que está pensando en él. Evidentemente, lloré. Claro que lloré. Como un niño. El poder estar ahí cuando pensaba que sería imposible. Que justo tocase aquella maldita canción. Había estado en tres conciertos y en ninguno la había tocado, joder. Menuda forma más estupenda de quitarme la espina. Me parecía demasiado todo lo que estaba viviendo. Me daba igual no haber visto el concierto porque aquellos minutos lo habían compensado todo.

Después vino ese mix del que os he hablado antes. Una combinación muy loca entre Twist and Shout y La Lambada que hace bailar a todo el mundo y despedirse a lo grande. Canté dejándome la garganta y bailé pensando que era el jodido último baile de mi vida. Y quedaba un final completamente inesperado: un clasicazo como Thunder Road pero en una versión lenta que cayó suavemente sobre aquella noche de Madrid que nunca podré olvidar.

Esa noche aprendí que puedes buscar la suerte. Y no. No me refiero a las idioteces de que si quieres puedes que tanto mal han hecho. Si quieres, no siempre puedes. La vida es muy puta y las frustraciones forman parte de ella. Eso es así. Y cuesta darse cuenta. Pero es la cruda realidad. Lo que quiero decir es que si yo aquella noche me hubiese quedado en casa deprimido pensando que tenía que haber comprado las entradas no me hubiese pasado nada de lo que me pasó. A veces tienes que poner de tu parte. A veces tienes que coger a la vida y decirle "¡Eh! ¡Aquí estoy yo y tengo algo que decir!". Que por lo menos vas a intentarlo con todas las ganas del mundo. Si no te sale, no te castigues. El premio es el saber que no te rendiste sin siquiera intentarlo. Al final, como dice uno de mis poemas preferidos, tanto el triunfo como la derrota son dos impostores. No les concedas demasiada importancia a ninguno de los dos.



jueves, 11 de mayo de 2017

La chica para la que fui Superman



Un día fui Superman para una chica. De verdad. Algo así no se olvida. Me lo dijo ella, no es que yo haya transformado la historia en mi memoria hasta llegar a ese punto. Qué va. Un día una chica me dijo de su propia boca que una vez yo había sido Superman para ella. Es una de las mejores cosas que te pueden ocurrir si te gustan los superhéroes y te gusta ponerte las gafas aunque no las necesites para creer que puedes salir volando en cualquier momento.

No recuerdo el año exacto y no creo que sea importante. Era en mi época universitaria. Y también sé que era un viernes. Quizá de un martes o de un jueves no me acordaría, porque suelen ser aburridos. Pero me acuerdo de que tenía unas ganas locas de salir de ahí. Me refiero a la universidad. Estaba en la clase de un tipo que me caía horrible, del que jamás nadie podría aprender nada útil y que nos hablaba con la superioridad del que no tiene ni idea de nada en realidad.

Pasaba la hora y el muy pelma continuaba dando la charla. Por fin se dignó a terminar y salí corriendo de allí sin apenas despedirme de nadie. Tan solo quería irme a casa, comer con mi familia, dormir la siesta y salir a beber con mis amigos esa noche. Todo muy normal en el viernes de un universitario cualquiera, supongo. Estaba cruzando el patio. Sí. Digo el patio porque estudiaba en una privada y aquello se parecía más a un colegio que a un campus universitario. 

Iba por allí ya proyectando en mi cabeza las aventuras del fin de semana cuando me pareció que una chica me saludaba desde un banco. Ya comenzaba a no ver bien de lejos, así que pensé que debía ser un error. Era muy mío devolver el saludo y que no fuese yo el destinatario del mismo. Continué andando pero ella seguía realizando el gesto. Me quedé mirándola. Y sí, ella se me quedó mirando también. Resulta que sí que era yo el destinatario. Con un vestido blanco impecable, y esa media melena castaña, me pareció que era la universitaria más guapa de toda la primavera de Madrid. Y estaba reclamando mi atención. La comida en casa y la siesta podían esperar.

Me senté a su lado en el banco. Estaba un poco desconcertado. No entendía nada. Quise creer que era otra estudiante pero el lado paranoico de mi mente, que nunca descansa, no descartaba que bien pudiera ser una loca que hubiese entrado al recinto y se hubiese sentado ahí. Fui sincero y le confesé que no la conocía. Siempre hay que soltar ese lastre por si luego la otra persona da por hecho que sabes quién es o que deberías de saberlo. Me miraba de manera dulce. La situación le divertía. Ella parecía saber perfectamente quién era yo pero no me decía ni una palabra, la cabrona.

Finalmente, me lo soltó, así, de sopetón: "Tú fuiste Superman una vez para mí, fuiste mi superhéroe". Podría haberme caído al suelo en ese mismo instante, aunque no lo hice. No pude evitar pensar por un momento que aquello era una broma. Que alguien me la estaba jugando. Que quizá me había dormido en la clase del tipo inaguantable y la chica era el mejor sueño de mi imaginación. Tras un silencio de varios segundos, le pedí que por favor me lo explicase y que me asegurase que no estaba de coña. Hizo las dos cosas.

Resulta que hacía unos años, en su primer curso en la universidad, ella se tropezó en las escaleras y estuvo a punto de pegarse una buena. Y resulta que el que lo evitó había sido yo. Por lo visto, al verla caer, la sujeté y con ello impedí una caída que habría tenido más de dolor de humillación de novata en su primer año cayéndose en medio de la multitud que físico. Ella lo recordaba como si hubiese pasado hacía unas horas y para mí era como si me lo estuviesen contando en el telediario. No recordaba nada de aquel episodio. Nada. Me sorprendió su forma de contarlo, con tal cantidad de detalles. Me fascinaba que aquello hubiera ocurrido hacía unos años y que ella nunca me hubiese dicho nada. Me explicó que más de una vez había querido pero que por vergüenza y otras cosas nunca había podido. Pensé en todos esos minúsculos gestos a los que no damos ninguna puta importancia y que tienen toda la del mundo como la tuvo para ella que yo la sujetase.

Yo no salía de mi asombro y seguía sin descartar que aquello fuese la genial broma de alguno de mis cabrones de amigos. Dime tú a quién le pasa salir de la universidad justo un viernes y que una chica así te salude y te diga que una vez, hace años, la salvaste  y que tú no tengas ni idea de lo que te están hablando. El caso es que nos quedamos hablando ahí un buen rato y por mí nos hubiésemos quedado hasta que anocheciese. Los bancos siempre me han parecido el mejor lugar para que un chico y una chica hablen de sus cosas, debe ser por las series tipo Dawson Crece y demás. Hablamos de lo que nos parecían las clases, le despotriqué del cretino de la última hora, y resultó que le hacía muchísima gracia la manía que le tenía y la forma que tenía de expresarla.

Aún quedaba la traca final. Me invitó a su cumpleaños que celebraba esa misma noche en el bar La Trama, en Andrés Mellado, por Moncloa. "A tomar por culo los planes con mis amigos", pensé en un primer momento. Una princesa vestida de blanco acababa de cruzarse en mi camino y me estaba invitando a su fiesta de cumpleaños. Si no eran capaces de entender la magnitud de los acontecimientos, no eran amigos de verdad. Le dije que sí a lo del cumple antes de que su boca terminase la frase. Solo me da rabia que después se me ocurrió que tenía que haberla respondido con un "Allí estaré, Lois". Siempre se me ocurren las frases geniales cuando la chica ya no está, jo.

No sé qué hora sería, pero por fin nos despedimos y quedamos en vernos por la noche. Estaba completamente aturdido. Mentiría si dijese que una parte de mí no se hizo ilusiones. A ver quién es el guapo o guapa que no se las haría si algo así le ocurriese. Me dormí la siesta malamente, como todo lo que se hace cuando tienes la cabeza en otro lugar. Yo la tenía en el bar de aquella noche, expectante. Así que la interminable tarde terminó, cené y para allá que me fui con esta canción de Five for Fighting en mi cabeza.

De la fiesta recuerdo poquito, lo que tampoco me sorprende por las razones habituales. Solo sé que ella estaba radiantemente guapa y que yo estaba tonto perdido. Si esperábais algún final romántico con beso, no lo hubo. Ni siquiera, y esto es gordo, en mis múltiples universos alternativos. Finalmente, comprendí que había dado con una chica extraordinariamente simpática a la que siempre estaré agradecido por hacerme vivir la experiencia de haber escuchado de los labios de una mujer las palabras: "Tú fuiste Superman una vez para mí, fuiste mi superhéroe, me salvaste".

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miércoles, 3 de mayo de 2017

Un aire viciado



No le gustaba esa casa. Tampoco entendía el desprecio en la mirada de sus nuevos vecinos. Le conocían de solo unas horas pero ya estaban juzgándole. Qué sabían ellos de su pasado. Había recibido burlas, aunque las prefería a las amenazas que también le habían dirigido. Luego estaba aquel silencio insoportable. La soledad que tanto le asustaba. No sabía el tiempo que le tocaría estar ahí. Era un cambio de aires obligado. Ojalá no hubiese tenido que llegar a ese punto. Aunque no sentía el menor arrepentimiento.

La despedida de su familia había sido lo peor, sin duda. Desde el mismo instante en que recibió la comunicación pensó en su hijo. Cómo explicárselo, se decía. No existía una buena manera de hacerlo. Únicamente podía prometerle que se trataba de algo temporal. Que pronto estaría de regreso. Que los líos se acabarían. Asunto bien distinto era su mujer. Comenzaron a distanciarse cuando él empezó a tener aquellas compañías que tan poco le gustaban a ella. Nunca se lo dijo claramente, y él siguió haciendo, hundiéndose un poco más cada vez. Su mirada de reproche en el momento de salir de la vivienda ponía probablemente fin a su amor. Nunca le miró así en veinticuatro años de matrimonio, veintiocho de novios.

Con él caerían todos. Lo tenía claro. Le habían dejado hundirse en la ciénaga. Pero también lo pagarían. Nunca nadie le paró. Jamás le preguntaron. No quisieron saber. Incluso le ofrecieron lealtad y colaboración para salvarlo si las cosas se torcían. Recordaba con nitidez las palabras de su amigo del alma: “Arturín, lo que te haga falta, tú pide”. La traición era lo que más le dolía de todo lo que había ocurrido. Nunca se imaginó que le diesen la espalda de aquella manera. Un caso aislado decían los caraduras. Se iban a enterar. Aquello no quedaría así.

Se sentía víctima de un engaño y ahora estaba ahí. Él no había hecho nada malo, trataba de decirle a uno de sus nuevos vecinos con el que se había cruzado en el patio de la comunidad. Había salido a despejarse, pero el aire que respiraba estaba viciado, nada que ver con el de la urbanización a las afueras de Madrid donde residía. Necesitaba caminar aunque fuese un poco. Intentaba saborear la libertad del momento. Quiso mirar la hora. No se acordaba de que le habían quitado el reloj. Vio que los demás se iban retirando. Debían ser las nueve y media, hora de volver a la celda.