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miércoles, 9 de mayo de 2018

Los cuentos empiezan por ti

Relato sobre la soledad

No. No me va muy bien en lo sentimental. Mucho tiempo sin nadie al que esperar para ver los capítulos de una serie. Muchos besos perdidos y ojalás innecesarios. Noches sin arrebatos, demasiadas.

Tampoco espero a la princesa mágica. Nunca creí en los cuentos de "estaba perdido y apareciste tú". "¿Y en qué crees entonces?", me preguntan alarmados. Y yo respondo: "en estar bien conmigo mismo, que un sofá para uno es un auténtico paraíso, no un drama, y en que la felicidad es para el que la quiere, aunque sea solo un poquito y en las circunstancias que sean".


jueves, 22 de junio de 2017

Una mujer normal

Era una mujer normal con una vida feliz


Era una mujer normal. Sin grandes pretensiones, le gustaba la sencillez. Por las noches se ponía el despertador y contaba las horas de sueño que tendría por delante. Se había acostumbrado a dormir poco y no necesitaba más de seis horas, aunque a veces eran cinco y entonces sí que lo notaba. Le costaba más todo al día siguiente. Ni siquiera el segundo café de urgencia la sacaba del estado somnoliento que le atrapaba en los días en los que su cuerpo no había descansado el tiempo marcado como necesario por su reloj biológico.

Era una mujer normal. Estaba casada, con un marido maravilloso, Ramiro, que la cuidaba y se preocupaba por ella. Su relación nunca había pasado por ningún momento de crisis. Quizá fuese por el carácter calmado de ambos y debido a que habían decidido ser felices porque sí, quizá la forma más fácil y sencilla de ser feliz que tenemos a nuestro alcance los seres humanos. Él trabajaba en la Administración. Sacó unas buenas oposiciones en su momento y eso era innegable que había ayudado a la estabilidad que siempre les había acompañado a lo largo de su vida.

Era una mujer normal, con sus dos hijos, Pablo y Susana, en la universidad el primero y en el instituto la segunda. Se les veía buenos chicos a los dos, educados siempre que uno se los cruzaba por el barrio, amables y cariñosos hasta con los que llevaban poco tiempo viviendo allí. Algún domingo se les veía a los cuatro juntos saliendo a comer a cualquier lado. Era una familia feliz, nadie podría asegurar lo contrario.

Era una mujer normal. Profesora de Historia en el Instituto Lope de Vega, en la calle San Bernardo, en pleno corazón de Madrid. Terminó sus estudios y logró sacar una plaza para poder dedicarse a su pasión toda la vida. Más de una mañana se cruzaba con algún vecino al bajar en el ascensor. Iban hablando un rato al salir del portal situado en la calle Bretón de los Herreros, y después sus caminos se separaban cuando ella subía Bravo Murillo hacia la glorieta de Cuatro Caminos para coger el metro allí. Alegraba el día coincidir con ella por la vitalidad que inspiraba en todo momento.

Era una mujer normal. Era elegante de la mejor forma que se puede ser elegante, sin buscarlo. Era ciertamente atractiva. Tenía seguridad en sí misma y sabía transmitirlo. Las clases le habían curtido mucho, sin duda. Solía sonreír, pero no de esa forma excesiva que a veces acaba denotando ganas de gustar más que otra cosa. Se preocupaba por saber de la vida de la gente que le rodeaba, de forma discreta y sin caer en el cotilleo. Se diferencia claramente a unas personas de otras. Ella se quedaba mirando a alguien y recordaba lo que le había contado la última vez. Y entonces le preguntaba si aquel examen le había salido bien o si el problema que tenía se había solucionado ya. Se ganaba el carisma ella sola con esa cercanía que demostraba por todo y por todos.

Era una mujer normal. Tan extraordinariamente normal que nada hacía presagiar lo que aquella fría mañana de finales de noviembre se encontraron los vecinos al irse a trabajar como cualquier día. Al salir del ascensor, unas luces se reflejaban en el interior del portal. Fuera, en la calle, había varias ambulancias. El conserje estaba con la mirada completamente ida, simplemente no estaba. Al hacerse un hueco entre la multitud,  por fin podía verse. El cuerpo yacía en el suelo, ensangrentado. Era ella. La mujer normal se había suicidado. Se había tirado desde su ventana del sexto piso. La mujer normal se moría de tristeza por dentro y nadie se había enterado.

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jueves, 25 de mayo de 2017

Aquel tipo triste de Lanzarote

En el Puerto del Carmen de Lanzarote viví una noche inolvidable
El Bodhran, el antro en el que todos nos volvimos locos con Johny Crowley


Hace unos años me fui a Lanzarote para estar muy triste. La cosa es que lo había dejado con mi novia después de varios años de mucha felicidad y no veía la salida por ningún lado. Así que decidí que eso me sabía a poco, que quería hundirme un poco más. Reflexioné durante días sobre cuál era la mejor manera para lograrlo. Tenía la posibilidad de irme todas las tardes enteras durante una semana al estanque del Retiro y cogerme una barca como solíamos hacer, pero lo descarté por mi absoluta torpeza para coger una yo solo. A la desolación no es necesario añadirle el ridículo. También barajé ponerme en bucle el mejor disco de pop español de los 90, Nubes y claros, de Tam Tam Go! que tantos domingos por la mañana habíamos escuchado juntos. Pero no. Para qué hacerlo fácil. Qué va. Soy por naturaleza complicado y ya sé que nunca le podré poner remedio.

Así que me fui a Lanzarote. Allí nos fuimos en nuestro primer viaje y siempre que volvíamos éramos más felices que en cualquier otro rincón del puto planeta. Pensé que era lo que necesitaba. En serio. Siempre me ha funcionado lo siguiente. Cuando estoy deprimido de verdad por algo, necesito hundirme en la mierda más absoluta. Es cuando toco fondo cuando siento que ya no hay posibilidad de caer más bajo. Al sentir eso, comienza el resurgimiento, por tópico que suene. Ya me he pateado todo el barrio de la tristeza, con sus tiendas de lágrimas y rincones de la impotencia. Me lo he recorrido entero. No hay más que rascar ahí. Así que, harto, decido salir ipso facto de ese lugar. Es como esas personas que comienzan a morderse las uñas hasta que se dan cuenta de que se las han destrozado y que ya no hay donde morder. No sé si el ejemplo es bueno, pero espero que me hayáis entendido. A mí me funciona. Igual piensas que estoy loco o que es una forma peculiar de combatir la tristeza. Cada uno tiene sus mecanismos y ese es el mío. Sin más.

Me compré unos billetes y me fui para allá. Cualquiera pensaría que a un lugar así se ha de viajar con alegría, pero yo os digo que no. Que estaba bien jodido. Que hay tantos viajes como viajeros y todas las emociones que les acompañan. Y aunque las otras veces me había metido en el avión con una ilusión de la hostia, en este caso las circunstancias habían cambiado por completo. Pero eso sí. Tenía muy claro que debía hacer ese viaje si quería volver a estar bien.

Durante el vuelo, activé el modo avión y el modo melancólico. Recordaba los diferentes sitios de la isla que habíamos visitado en nuestras escapadas. Los más turísticos oficialmente y los recomendados por la gente en webs como Trip Advisor. Intentaba planificarme para ver cuáles tenía tiempo de visitar. Deseaba volver a los Jameos del Agua aunque ya supiese el secreto de la cueva (tranquilos, no voy a hacer spoilers). Me moría de ganas de ir a aquel restaurante que tanto nos gustaba de Yaiza, con sus croquetas y su carne fiesta. Aunque cada vez que iba a Lanzarote, lo que más me fascinaba era su paisaje. Soy muy pesado porque siempre le digo a todo el mundo la misma frasecita: "es que es distinto a todo". Pero me da igual repetirme y ser un pelma. Es una verdad como una catedral de grande y todo lo que veas en Lanzarote, con su tierra volcánica, no se parece a nada de lo que hayas visto. Lo digo muy en serio.

Subiendo al Timanfaya en Lanzarote este es el paisaje


Al llegar allí, para variar, alquilé un coche de Medina Cabrera y emprendí rumbo a Puerto del Carmen, donde habíamos estado las anteriores veces. Es una zona muy agradable. La recomiendo mucho. Tiene todo lo que, al menos a mí, me parece necesario en un lugar de estas características. Un paseo marítimo, con su mar, sus playas, sus tiendas, sus bares, claro que sí, y sus guiris. Porque tienes que saber que si vas ahí tú eres el extranjero prácticamente. Me recuerda a Benidorm en cierta manera, aunque es más bestia.

Como soy de costumbres, y de lo que se trataba era de hundirme lo más posible, me alojé en los mismos apartamentos en los que habíamos estado la última vez. Tenían el nombre de Lanzaplaya, y cada vez que veía el nombre escrito en la entrada pensaba que se habían roto la cabeza los cabrones. No sé cómo no sufrieron un colapso mental a la hora de decidir el nombre. Vaya panda.

Fui a recepción. El recepcionista se tomó su tiempo a la hora de darme las llaves de la habitación y revisar que todo estuviera bien. Por fin pude entrar y tumbarme un rato a descansar. Después de dormir un rato, cogí la ropa que me quería poner y me di una ducha para espabilarme un poco, que falta me iba a hacer para enfrentarme a todos los recuerdos, que estaban ya acechando a la salida de la puerta los malditos.

Bajé por la calle principal y me fijé en un local en el que no había puesto mi atención antes. Era minúsculo, con un aforo ridículo de ocho personas a lo sumo. Continué hasta llegar al Paseo de César Manrique, que era el nombre real que recibía el paseo marítimo. Siempre he pensado que es un gran error ponerle el nombre de alguien importante al paseo marítimo porque nadie nunca lo llamará por su nombre real. En Lanzarote, por cierto, todo es César Manrique. Podría decirse que Dios creó la Tierra y Lanzarote se lo dejó a César Manrique. Si vais, sabréis a lo que me refiero.

Una vez en el paseo marítimo (¿lo veis?) tenía claro donde ir. Tras andar un rato disfrutando del sol en la cara y del azul del mar, me fui a un mirador al que solíamos ir. Y no. No os voy a contar que allí nos declaramos amor eterno y chorradas por el estilo. Simplemente íbamos a ese rincón y éramos felices el uno con el otro. No nos hacía falta empezar a soltar tonterías por la boca.

Cuando estaba allí, apoyado en la barandilla, fijé mi atención en un tipo que estaba sentado en un banco. Parecía que estaba mirándome. Seguí a lo mío, que era intentar ponerme lo más triste posible. Volví a girarme y ahí continuaba el hombre, con la mirada, y más cosas sospechaba, perdida en algún punto indefinido del océano. Parecía una persona sencilla, con unas deportivas blancas, unos vaqueros muy gastados, y una camiseta azul sin ningún dibujo. Me habló. No tuve forma humana de librarme.

- ¿Qué has hecho? -me preguntó así de sopetón el colega.
- ¿Cómo? -respondí flipando un poco.
- Sí, que qué has hecho, tío. Me paso aquí los días viendo a todo tipo de gente. Y sé reconocer a los que la han liado. Tú la has liado. Estoy seguro.
- Bueno, no acabo de entenderte. Así que te pregunto: ¿En qué crees tú que la he liado?
- A ti te ha dejado la novia, chaval. A que sí.
- Sí. Pero no es algo de lo que me apetezca hablar. Y mucho menos contigo. - Tenía que largarme de ahí, joder.
- Tranquilo. Supongo que la echarás de menos. Yo vivo así. Quiero decir que vivo echando de menos. Desde hace doce años y cuatro meses. Te acostumbras y acabas haciendo tu vida. No es grave.
- Muy bien. Tomo nota. - Se quería poner a contarme su vida el menda. Y una mierda.
- Oye mira, no soy estúpido ni mucho menos. Estás a punto de salir huyendo. Solamente déjame decirte una cosa: esta noche vente al Bodhran. A las nueve. Toca Johny Crowley. - Y quién coño es Johny Corlwey, pensé mientras le veía marcharse de allí. Qué rabia me da cuando intento ser borde y la otra persona me acaba dando un corte sin oportunidad de replicar. Me sentí obligado a ir. 

Me fui con el coche a pasar la tarde a playa Papagayo, donde también habíamos vivido algunos momentos bonitos juntos. Hablo de momentos en los que nos reíamos sin motivo alguno y hacíamos listas de las cosas más tontas que os podáis imaginar. Lo digo porque parece que cuando uno habla de momentos bonitos junto a su pareja todo lo que no alcance la categoría de apoteósico parece una basura. Y yo tengo una cruzada contra esa forma de ver el amor. No sé si alguien más quiere acompañarme en esta guerra, pero serían bien recibidos a mi ejército.

Tras pasar por el apartamento para descansar algo y darme una ducha, llegué, puntual, a mi cita. Una vez ahí, lo primero que pensé, y perdonadme por ser tan malhablado, fue: "Hostia puta". Pensamiento muy de intelectual, diréis, fijo. Pero es que el desconocido me había citado en el habitáculo ese del que os he hablado antes, el del aforo enorme, ya sabéis. A punto estuve de darme la vuelta. No se me había perdido nada en ese sitio. Cuando quise darme la vuelta, le vi. Y ya no hubo marcha atrás posible. Sonrió al verme. De hecho, fue mucho más efusivo de lo que me esperaba después de haber sido tan asquerosamente borde con él.

Me invitó a sentarme en la barra. Era un cuchitril de los buenos, os lo aseguro. Nos pusimos a beber a lo tonto, quizá la mejor forma de beber que existe. Estoy seguro de que de beber a lo tonto han salido grandes historias. Estuvimos hablando de la vida, de lo jodido que es sufrir y de cómo te puedes acostumbrar a ello sin que ya te duela. Yo no me atrevía a preguntarle. Él tenía una herida, ya me lo había dicho, y era suficiente. También él conocía el boquete que a mí me habían provocado. Así que hablamos de cine. Mejor dicho, hablaba él. Era un auténtico enfermo. ¿Sabéis ese tipo de personas que se saben todos los datos de cada película? Algo así como el Bachi de la película Primos. Yo soy un ignorante del cine así que le dejaba hablar que es la mejor forma de aprender que tenemos las personas, dejar hablar a los que verdaderamente saben de algo y ese algo les provoca un brillo en los ojos. Si no le brillan los ojos al hablar de ello, es que no sabe tanto y por lo tanto, no hay que dejarle hablar más de la cuenta. De repente, todo el mundo se puso muy nervioso. Cuando digo todo el mundo hablo de las cinco personas que estábamos ahí dentro, claro. Una verdadera locura. Tres más y aforo completo, ojito ahí. Yo no entendía el motivo de tal exaltación repentina. En realidad, empezaba a no entender absolutamente nada de lo que estaba haciendo ahí, si os soy sincero.

Me quedé estupefacto cuando vi que las personas a mi alrededor se arrodillaban como si estuviese a punto de entrar un dios del espacio a saludarnos a todos. Y bueno, más tarde descubrí que algo así era. Al menos, para aquella gente y en aquellas circunstancias. Es que muchas veces menospreciamos algo sin pararnos a valorar las circunstancias. Y las circunstancias lo son todo en esta vida, hacedme caso aunque sea solo una vez. Y en lo de formar parte de mi ejército contra el romanticismo idiota que nos invade.

Entró un señor mayor por la puerta. Ya éramos seis. Aquello prometía. Debía estar en sus setenta, y no se mantenía mal del todo, a decir la verdad. Caí en la cuenta de que llevaba una guitarra eléctrica. <<Ahí lo tienes, Johny Crowley, prepárate>>, me soltó orgulloso mi amigo del que seguía sin saber su nombre, algo que tampoco me importaba demasiado, sinceramente. La expectación, para mi asombro, fue creciendo. Crowley se subió al escenario, si es que se le podía dar esa categoría en un recinto tan cochambroso como era aquel. Era el irlandés más cutre en el que había estado en mi vida. Y creedme, he estado en muchos. Siempre los busco, porque en un irlandés es más probable ser feliz que fuera de él. Es verdad de la buena.

Apagaron la tele y las luces. Se permitían el lujo de una iluminación tenue sobre el "escenario". Johny Crowley saludó a sus fans y me incluyó a mí, que estaba muy lejos de serlo. Empezó a cantar canciones conocidas por todos en todo el mundo. Los clásicos, ya os imagináis. Empezó fuerte con el Sweet Caroline, que yo hubiera colocado más de colofón, de auténtico broche de oro de la noche. Pero era otra forma, igual de válida, de incendiar los ánimos de los presentes. No iba a ser yo, John Smith en aquella tribu, el que le dijese al jefazo indio cómo tenía que distribuir sus temas. Yo me suelo venir muy arriba con los grandes clásicos, además, y me da igual el orden en el que los pongan. Me lo estaba pasando realmente bien. Ahí estaba, yo solo en aquel antro perdido, por la invitación de un desconocido, rodeado de tarados. No sabía quién coño era Johny Crowley pero me desgañitaba haciéndole los coros. La felicidad era eso, maldita sea.

Estaba dejándome la garganta cuando entró una mujer por la puerta. Tenía la pinta de querer unirse a esa panda de locos. Tendría alrededor de cuarenta y muchos años, llevaba un vestido negro ajustado y estaba un poco achispada. La recordé. Era la relaciones del local, que se pasaba el día dando vueltas por el paseo y yendo de un lado para otro sin un rumbo del todo claro. Era bastante llamativa, aunque no fuese mi tipo. De forma bastante descarada me echó un vistazo de arriba abajo, lo cual tampoco me disgustó, todo sea dicho. Observé cómo se acercaba al bueno de Johny Crowley a susurrarle vete tú a saber qué al oído. Recuerdo que pensé que nada bueno podía salir de ahí. Y resultó a medias. Digo esto porque le pidió una canción de Bruce Springsteen que me gusta mucho, I´m On Fire, pero por otro lado, como ya imaginaréis con el título, estaba temblando de miedo por lo que venía. No me equivocaba. Quería bailársela conmigo. Qué tía. Se me acercó con una seguridad pasmosa en sí misma y me iba poniendo caras que no podría ni tampoco querríais que os definiese. Me repetía una y otra vez que se llamaba Sarah con H. Le daba mucha importancia a ese puto detalle que a mí me daba completamente igual.

Mi amigo el desconocido me echó un capote y se quedó con ella un rato. Mientras, yo escuchaba embelesado a la gran estrella de la noche. Cantaba bien el tío, había que reconocerlo. Y para aquel conjunto de parroquianos del lugar, se podía entender que fuese una especie de dios que les alegraba la vida una noche a la semana. Es lo que os decía antes de las circunstancias. Intentar entender determinadas situaciones bajo el prisma de otros. Hay que intentarlo más a menudo. Se descubren cosas que no creeríais. 

Estaba sumido en mis reflexiones cuando algo dentro de mí comenzó a temblar. No era porque sí. Es que Crowley había empezado a tocar nuestra canción, Hotel California. Era la primera vez que la escuchaba desde que ya no estábamos juntos. Era la desolación absoluta. Era nuestro primer beso. Era una copa de vino una noche cualquiera. Era ella. Era yo. Éramos nosotros. En definitiva, era una puta mierda. Hay canciones en las que entras a vivir con una persona, y cuando la otra persona ya no está esa casa que era de los dos te parece la casa más triste del planeta. Eso era para mí esa noche Hotel California. La música me había elevado hasta ese momento de la noche y ahora estaba hundiéndome en la miseria más grande. Seguramente, era el más triste del bar y de todo Lanzarote. "Fucking Johny", pensé. Y lo pensé en inglés, por si acaso captaba mi pensamiento por telepatía, para que lo entendiese muy bien.

Decidí largarme porque me había puesto a llorar y nunca me ha gustado dar la nota. Mi amigo salió a buscarme. Trató de convencerme para que me quedase. En vano. Ya había tenido bastante por esa noche. Había conocido gente, había hecho un amigo por si un día volvía por allí, había bebido cervezas, me había venido arriba, había cantado con Johny Crowley, había casi ligado y a mí me gustaban mucho las historias de casi ligar, y finalmente, como mandan los cánones, me había entrado la bajona y había llorado. Es lo que se le puede pedir a la noche perfecta, ¿no?

Me fui un rato a la playa a pensar en ella. Ya estaba enfangado total en la tristeza. Solo un pelín más y ya no tendría más remedio que subir a la superficie por pura supervivencia. Hacía buena noche y se veía perfectamente el reflejo de la luna en el mar. Siempre le decía a ella que aquel sendero me parecía que marcaba el camino de la felicidad, y que todo lo demás estaba oscuro porque en el mundo hay más infelicidad que felicidad. Que por eso aquel sendero era tan fino. Porque era muy fácil salirse de él y volver a entrar en la zona oscura. Cuando empezaba con estas metáforas tan cursis, ella siempre me decía que dejase de decir tonterías, que había bebido mucho y que nos fuésemos a dormir la mona lo antes posible, que falta me hacía. 

A la mañana siguiente, antes de ir al coche para dirigirme al aeropuerto, quise pasarme por el bar. A veces lo hago. Me gusta ver el contraste entre los mismos lugares a diferentes horas del día. Hacía unas horas entre aquellas cuatro paredes un conjunto de chiflados lo habíamos dado todo, dirigidos por nuestro líder supremo Johny Crowley. Y ahora parecía como si nada hubiera ocurrido. Eso me produce cierta tristeza, como los lugares de veraneo cuando se van los veraneantes. Joder, aquí han pasado cosas, y cosas grandes hace nada. Y después parece como si viniesen unos señores a llevarse todas las vivencias a algún lado. Qué rabia.

Ya en el avión, antes de quedarme roque, iba pensando en lo vivido. Aunque me había quedado sin saber qué es lo que le había ocurrido hacía doce años y cuatro meses, ese hombre me había dado una lección. Si lo hizo con voluntad o no nunca lo sabré. Pero me enseñó que aunque te pase algo muy triste, la vida sigue. Suena muy lógico, pero no por eso quiere decir que sea fácil. Recibimos muchas decepciones y malas noticias con las que no contábamos. Forman parte de la vida. No vale de nada deleitarse en la tristeza. Se trata de incorporarla a lo que uno vive. A él le había pasado algo muy triste, según decía, y ahí estaba, disfrutando, pasándoselo bien. Seguramente se acordaba de lo que le había pasado a menudo pero no hacía girar su vida alrededor de aquel hecho. Sabía que había mucho más y no quería negarse la oportunidad de ser feliz. "La felicidad regalada es cómoda, pero tiene más mérito la que uno conquista". La frasecita no es mía, no os flipéis. Me la dijo aquel tipo triste de Lanzarote.

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miércoles, 3 de mayo de 2017

Un aire viciado



No le gustaba esa casa. Tampoco entendía el desprecio en la mirada de sus nuevos vecinos. Le conocían de solo unas horas pero ya estaban juzgándole. Qué sabían ellos de su pasado. Había recibido burlas, aunque las prefería a las amenazas que también le habían dirigido. Luego estaba aquel silencio insoportable. La soledad que tanto le asustaba. No sabía el tiempo que le tocaría estar ahí. Era un cambio de aires obligado. Ojalá no hubiese tenido que llegar a ese punto. Aunque no sentía el menor arrepentimiento.

La despedida de su familia había sido lo peor, sin duda. Desde el mismo instante en que recibió la comunicación pensó en su hijo. Cómo explicárselo, se decía. No existía una buena manera de hacerlo. Únicamente podía prometerle que se trataba de algo temporal. Que pronto estaría de regreso. Que los líos se acabarían. Asunto bien distinto era su mujer. Comenzaron a distanciarse cuando él empezó a tener aquellas compañías que tan poco le gustaban a ella. Nunca se lo dijo claramente, y él siguió haciendo, hundiéndose un poco más cada vez. Su mirada de reproche en el momento de salir de la vivienda ponía probablemente fin a su amor. Nunca le miró así en veinticuatro años de matrimonio, veintiocho de novios.

Con él caerían todos. Lo tenía claro. Le habían dejado hundirse en la ciénaga. Pero también lo pagarían. Nunca nadie le paró. Jamás le preguntaron. No quisieron saber. Incluso le ofrecieron lealtad y colaboración para salvarlo si las cosas se torcían. Recordaba con nitidez las palabras de su amigo del alma: “Arturín, lo que te haga falta, tú pide”. La traición era lo que más le dolía de todo lo que había ocurrido. Nunca se imaginó que le diesen la espalda de aquella manera. Un caso aislado decían los caraduras. Se iban a enterar. Aquello no quedaría así.

Se sentía víctima de un engaño y ahora estaba ahí. Él no había hecho nada malo, trataba de decirle a uno de sus nuevos vecinos con el que se había cruzado en el patio de la comunidad. Había salido a despejarse, pero el aire que respiraba estaba viciado, nada que ver con el de la urbanización a las afueras de Madrid donde residía. Necesitaba caminar aunque fuese un poco. Intentaba saborear la libertad del momento. Quiso mirar la hora. No se acordaba de que le habían quitado el reloj. Vio que los demás se iban retirando. Debían ser las nueve y media, hora de volver a la celda.

domingo, 23 de abril de 2017

Mi mejor amigo Holden

El libro El guardián entre el centeno es un clásico de la literatura


Holden Caulfield me aseguró que todo saldría bien. Y no me quedó más remedio que creerle. Era mi mejor amigo y a los mejores amigos se les cree aunque te cuenten la mayor trola del mundo. Estaba necesitado de confiar en alguien, además. Aunque fuese un personaje de ficción. Una cosa de locos. Las cosas no me iban del todo bien en aquella época. No recuerdo la edad exacta, y tampoco creo que a nadie le interese. Sé que atravesaba la adolescencia con mucha más pena que gloria. De suspenso en suspenso en el cole y de rechazo en rechazo con las chicas. Súmenle a eso unos padres desesperados por los sucesivos fracasos de su hijo. Y la gente que me acompañaba en las clases. Ni uno solo había que mereciese la pena, de verdad.

Conocí a Holden gracias al bibliotecario del instituto, el único tipo que se salvaba de aquel lugar. Lo único que me dijo fue que era un clásico de la literatura y que a mí precisamente me gustaría mucho. Y lo dijo muy convencido el tío. Se refería a El guardián entre el centeno, de un tal Salinger. No me habían hablado nunca de él en las clases. Con mi escepticismo por bandera, me lo llevé dando las gracias y demostrando poco entusiasmo.

En mi casa no se leía. Se decía que era una garantía de perder el tiempo. Mis padres se empeñaban en que estudiase, una actividad a la que nunca fui capaz de encontrarle el sentido. Pero se suponía que cuando fuese mayor lo agradecería. No había forma de entender nada. Visto lo visto, y que nada marchaba como debería marchar, qué mejor que intentar escapar de aquel horror haciendo nuevas amistades.

Desde el primer momento quedé cautivado con sus desventuras. Los dos pasábamos una adolescencia difícil. Ninguno de los dos entendíamos a los mayores. Estábamos rodeados de gente que no nos interesaba lo más mínimo. Teníamos una hermana pequeña a la que considerábamos la única persona decente en este mundo. Pero sobre todo nos unía ser unos incomprendidos. Nadie podía entendernos. Es que ni siquiera se esforzaban. Juntos hicimos un buen tándem para defendernos de aquella incomprensión a nuestro alrededor.

Nos llevábamos tan bien que a veces intercambiábamos nuestros mundos. De repente, yo estaba en Manhattan y no paraban de ocurrirme cosas disparatadas. Pasaba algún rato con Phoebe, su hermana. A él le tocaba soportar a mis compañeros de la escuela. Al volver, lo primero que me preguntaba Holden era si ya lo sabía. Y con mucha pena siempre tenía que responderle que no, que no había podido averiguar dónde iban los patos del lago de Central Park en invierno cuando el agua se congela. No había forma de que nadie en esa maldita ciudad se interesase por los pobres patos.

Llegó el día en que llegué a la última página. Se leía rápido y me vi obligado a prolongar su lectura más tiempo del que realmente hubiera sido necesario. Sentía verdadero pánico ante la posibilidad de terminarlo. Estaba convencido de que Holden Caulfield se evaporaría en ese momento y no le vería más. Lo que no sabía entonces, porque no había leído lo suficiente, es que ni Holden ni ningún personaje que nos haya marcado desaparece nunca. Que se quedan a vivir dentro de nosotros. Nadie podrá saber nunca lo que aquel libro significó para mí. Ni falta que hace. Tampoco podría explicarlo lo suficientemente bien.

Hoy estoy en la treintena. Las cosas me van precariamente, pero me van. Y sí. Cuando lo necesito, sigo hablando con él. No desapareció, no.  Sé que puede resultar algo alocado, pero sólo el que haya sentido algo parecido con cualquier personaje de alguna novela podrá entenderlo. En el libro, Caulfield  decía que los libros que le gustaban eran aquellos que cuando acabas de leerlos piensas que ojalá el autor fuera muy amigo tuyo para poder llamarle por teléfono cuando quisieras. Lo que me ocurrió a mí fue que directamente me hice amigo de su protagonista, mi mejor amigo Holden.

lunes, 13 de febrero de 2017

Adiós, compañera

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Imagen de Pinterest


No le gustaban un pelo las despedidas. No estaba hecho para ellas. Se había resistido a ese momento. Lo había negado mil veces en su cabeza. Pero las posibilidades se habían agotado. Tenía que aceptarlo, asumirlo y avanzar sin volver la vista atrás. Se dice fácil, qué historia tan distinta esa de ser capaz de hacerlo.

Eran tantos momentos juntos. Se habían conocido siendo él un cándido adolescente. Era una época en la que no se separaban jamás. Allí donde él iba, estaba ella. Si se la veía por algún lado, podía asegurarse sin miedo a equivocarse que él estaba cerca también. Uña y carne. Vivió de cerca sus desgarradoras historias de amor, como lo son todas las historias de amor y no tan de amor a esas edades, y le consoló de la mejor forma que pudo.

Le acompañó en las noches tristes que nunca se acababan. En alguna ocasión incluso le escuchó llorar. En otras, él no aparecía hasta que las primeras luces del día entraban por la ventana. Eran estas últimas las únicas ocasiones en las que ella se sentía ignorada. Torpemente llegaba a la cama, se tumbaba, y ya estaba dormido.

No siempre fue fácil. Tuvieron discusiones nocturnas, y él la culpaba de no poder dormirse. Ella oponía toda la resistencia de la que era capaz. Jamás se callaba. Nunca lo había hecho y nunca lo haría. A veces, pasado un rato, y tras confirmar que ella no tenía la culpa de su falta de sueño, acababa regresando a ella, que nunca le hizo ningún reproche por haberla abandonado instantes antes.

Estaban también las noches con los ruidos. Entonces el papel de ella era fundamental. Él la buscaba para refugiarse de lo que sea que estuviese provocando esos sonidos que provenían de la oscuridad de su habitación. Se sentía tranquilo escuchando su voz. Otras veces era ella la que, con toda la intención, le asustaba, y entendía que él no quisiera escucharla cuando eso pasaba.

Era consciente de todas las emociones que ella le había hecho sentir. Había sentido verdadero miedo muchas noches. Otras veces había tenido el efecto de relajarle después de un día tenso. También le había hecho reír a carcajadas y con ello, había hecho que se olvidase de las tristezas que le rondaban. Le había entretenido mucho en las interminables tardes de sábado y domingo que habían pasado juntos. En determinados momentos, le había emocionado. Causarle semejante torrente de sensaciones había provocado en él una fuerte adicción. Siempre quería más.

Llegaron los veintitantos y esas ocasiones en las que él llegaba de día aumentaron notablemente. A veces ella tenía algún ataque de celos porque no se sentía tan querida como antes. Pero él siempre sabía cómo arreglar la situación. Y seguía llevándola como a una reina, allá donde él fuese. Si había quedado con unos amigos, se la llevaba. Le acompañó a muchos viajes también. En un autobús por la carretera, de noche, observándole mientras él soñaba con los ojos abiertos. Le gustó especialmente que la defendiese cuando sus amigos se reían de ella. Fue un acto de lealtad. Ellos no lo entendían, ni lo podrían entender nunca.

A cierta edad, pasó algo que suponía una completa novedad. Él conoció a una persona. No era la primera vez que notaba una presencia extraña alrededor. Pero no solían permanecer mucho tiempo. Esta vez era distinto. Parecía que no iba a marcharse pronto en esta ocasión. Él le aseguró que aquello no significaba que le fuese a abandonar. No le creyó hasta que se lo demostró como hay que demostrar las cosas, con hechos. Le explicó a la persona el papel fundamental que ella jugaba en su vida. Ella se mostró sorprendida, pero no puso ningún problema. Se acostumbró a tenerla ahí en muchos momentos.

Pasaron los años hasta que ocurrió lo inevitable. Un día, ella comenzó a dar síntomas de agotamiento. Al principio, imperceptibles. Poco a poco, comprobó que la cosa iba en serio. De repente, una noche, al encenderla, la radio no funcionaba. Su pequeño transistor, compañero de tantos años, ya no le haría compañía esa noche. 

Feliz Día Mundial de la Radio a todos los que aman este medio tan mágico y a los que no lo aman, pero porque aún no lo han descubierto.