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jueves, 21 de mayo de 2020

"Prolijo y complicado" es nombre de grupo indie


El cielo de Madrid desde el confinamiento del coronavirus

Al ver las imágenes de las cacerolas en unos barrios y las colas del hambre en otros, me vinieron a la cabeza unas palabras de Holden Caulfield en El Guardián entre el centeno. Un profesor le dice que la vida es una partida y Holden piensa que "de partida un cuerno. Menuda partida. Si te toca del lado de los que cortan el bacalao, desde luego que es una partida. Pero si te toca del otro lado, no veo dónde está la partida. En ninguna parte. Lo que es de partida, nada".

En un paseo, escucho a una adolescente decirle a sus amigas "no os conté mi bochorno en Pachá", y luego dijo algo de una cachimba. Supongo que el bochorno era ese, estar en un sitio como Pachá y sentarte en un sofá a fumar cachimba, digo yo.

Algunas noches, tarde, desde el sofá, veo pasar el 149 por mi calle y me da mucha pena. Lo peor es que no puedo explicar bien por qué me pasa. Creo que a veces algo te da mucha pena y por mucho que te esfuerces no sabes el motivo y es mejor dejarlo así.

Un buen amigo tiene una historia bonita de amor con una chica. Ella ha estado viviendo en el extranjero durante los últimos tiempos. Por fin, pudo volver a España hace poco. Y justo en ese momento empezó el coronavirus. Viven en distintas provincias, así que llevan sin poder verse todos estos meses. Pienso en todas las historias de amor que comenzaban y que se han visto paradas temporalmente. 

En una entrevista en El País, Yolanda Díaz, Ministra de Trabajo, hace hincapié en la importancia de las relaciones personales a la hora de lograr acuerdos. Me gusta mucho que lo diga porque es algo con lo que yo tengo una buena pedrada. Si tú te llevas bien con alguien, es más fácil que puedas entenderte con él aunque penséis distinto. Siempre he oído que en la Transición había buenas relaciones personales y que eso ayudó mucho a que se consiguiese todo lo que se consiguió. Durante los últimos años yo decía mucho medio en broma medio en serio que si Rajoy y Mas se hubieran ido de cañas en su momento no hubiera pasado nada de lo que pasó.

Relacionado con esto, se me ocurrió una idea que quizá os parezca una locura, a ver. Al ver las imágenes de personas protestando delante de la casa de Pablo Iglesias y de Irene Montero, pensé que sería un auténtico golpe de efecto que saliese Iglesias y invitase a uno o dos de los que estaban ahí a pasar a su casa a tomar un café o una cerveza. Yo siempre tengo en mente a Mandela. Y Mandela se metía en el bolsillo a sus enemigos por gestos así. Personas que querían ver muerto a Mandela se rendían a él después de pasar un rato en su compañía.

A mí me fascinan los que piden libertad y aseguran estar oprimidos en plena calle, sean de la ideología que sean. Sin embargo, tienen talento. Quiero decir que consiguen que haya gente que les crea. Yo salgo con Oli y mis amigos a la calle y nos ponemos a decir que estamos oprimidos y es que creo que nos mandan confinados a casa un año por el ridículo espantoso que haríamos. Lo que pasa es que hay que creerse que de verdad estás oprimido, y eso a mí no me pasa. No en la España de 2020.

Salinger montó un pollo de mucho cuidado por una coma. Lo contó el editor de The New Yorker William Maxwell en una entrevista. En el momento de ir a ser imprimido, un corrector le dijo a Maxwell que pensaba que en una frase de un relato debía haber una coma. Maxwell intentó ponerse en contacto sin éxito con Salinger y apoyó la decisión de colocar la coma. Cuando Salinger leyó el relato y se encontró con la coma entró en cólera y armó un gran escándalo. Yo lo entiendo. Si yo no he puesto una coma ahí, no vayas tú y me la pongas. Los detalles son importantes, siempre.

Esta semana y la anterior son las semanas en las que se tenía que haber visto un rebrote muy grave del coronavirus. Todo esto según los que se pasaron los días acusando a los españoles de "irresponsables". Resulta que los datos no han demostrado nada de eso que decían los amigos del #todomal. La evolución sigue siendo buena. Aún así, cada día, tienes que leer comentarios del tipo "así no saldremos nunca" porque hay gente que es irreductible a la realidad. Son gente que a las once de la noche te dicen que no es de noche, que es de día, que cómo no puedes ver el sol.

Oli cuida de mí. Cuando salimos a pasear estos días intenta que antes de las nueve estemos en casa para que no me cruce con ninguno de los de las cacerolas. Y si estamos en casa, un poco antes de las nueve me manda a hacer la cena para que esté distraído y no escuche el ruido de la calle. Un poco como Good bye Lenin, que no se entere el pobre de la que hay liada ahí fuera.

Leo en una entrevista a Javier Solana, presidente del Patronato del Museo del Prado, asegurar que para la reapertura del museo hay que "preparar al personal" y que el plan es "bastante prolijo y complicado". Y al leer esto, me viene a la cabeza de repente que "Prolijo y Complicado" sería un maravilloso nombre de grupo indie. A veces me vienen cosas así a la cabeza.

Estoy muy enganchado a la serie Baron Noir. La primera vez que oí hablar de ella fue a Errejón. Después, he sabido que mis padres también la han visto. Es una maravilla. Cada capítulo te impresiona de alguna manera. Es francesa y trata sobre intrigas políticas en el partido socialista francés. Hay un tío ahí, el protagonista, que se pasa la vida conspirando, es agotador, no para nunca. He leído que ha sido la serie preferida de algunos políticos durante el confinamiento, Pedro Sánchez incluido.

El gobierno de Holanda recomienda a los solteros buscar un compañero sexual para pasar el confinamiento. A mí me parece un poco lío esto porque no sé cuál es el nivel de confianza para ir y decirle a alguien si quiere ser tu compañero sexual para el confinamiento. ¿Y es sólo para el confinamiento? ¿O puede seguir después? También hablan de un compañero para dar abrazos. Yo supongo que los holandeses y holandesas se pondrán como locos a buscar compañeros de abrazos, estoy convencido.

Descubro una canción de esas que te alegra el día aunque tú no quieras que una canción te alegre el día, que son quizá las canciones más necesarias de todas. Como esas personas que te pillan enfurruñado y te saben sacar de ahí. Se titula Con mi voz y es del grupo Mäbu. Hay un momento de la canción en el que incluso me río cada vez que lo escucho porque la cantante hace cosas graciosas con la voz. Además, tiene una frase que me gusta mucho y me gustan las frases que son latigazos en mitad de canciones alegres. La frase es "no puedo darle todo a quién no quiera".

jueves, 23 de abril de 2020

Diario del confinamiento VIII: Woody Allen y los gintonics de Esperanza Aguirre


Mi sofá es el Rastro en este confinamiento


En el Supersol hay una señora que va hablando por teléfono y al que sea con el que esté hablando le dice que ella de lo que tiene ganas es de ir y pegarle un garrotazo a alguien. Tal cual. La escucho y la miro atento. Se me pasa por la cabeza decirle que si puedo ir con ella a pegar garrotazos al que sea porque también tengo ganas. Sobre todo si ese alguien ha dicho algo como "éramos felices y no lo sabíamos".

Mi lado del sofá se parece cada día más al Rastro. En él, puedes encontrar desde una pelota de béisbol que me trajo mi hermana de Estados Unidos a una armónica, y muchas libretas también, claro. Tengo ahí todo lo que pueda necesitar. Es lo que mi madre ha llamado siempre "el despliegue" porque cuando vivía en casa de mis padres y decidía pasar una tarde en el sofá del salón iba ahí con todas mis cosas: el libro, la radio, etc.

Leo en unas instrucciones la típica frase de poner a "fuego moderado". Y me da por pensar que qué entiende el que escribe eso por "moderado". Hay gente que te dice que es moderada y de repente un día tomando una copa de noche van y te dicen que el capitalismo es la muerte.

Decía Bukowski que lo malo del alcohol es que se bebe para celebrar, se bebe para olvidar y se bebe para provocar que pasen cosas cuando no pasa nada. Siguiendo esta lógica en tiempos del confinamiento, la cosa puede acabar muy mal, porque beberemos para celebrar cuando nos dejen salir, bebemos mientras para olvidar que no podemos salir, y como no pasa nada encerrados en casa, bebemos con la esperanza de que pase algo, aunque no sepamos muy bien el qué.

La otra tarde tenía mucho sueño pero no me quería dormir. Me apetecía leer, ver alguna peli o serie, lo que fuese, me apetecía estar activo. Pero se me cerraban los ojos. Y me puse a pensar en qué hará la gente cuando tiene sueño pero no quiere dormir. Me gustaría poder salir a la calle y preguntárselo a todo el que me encuentre pero hay cosas que no se pueden hacer así por así porque enseguida a la gente le da por pensar que estás loco de remate. Pero a mí me obsesionan los detalles cotidianos de la vida de las personas y podría pasarme la vida haciendo este tipo de preguntas a todo el mundo.

Hablando de la vida cotidiana, el otro día en una videollamada con mi hermana, su amiga Deya, mi amigo Luis y una amiga de Barcelona, María, lo primero que me preguntaron fue: "¿has puesto cara de odio al ver la llamada? Es que sabemos que eres muy de horarios". Me conocen muy bien, no sé si decir demasiado porque "demasiado" tiene connotación negativa y a mí saberlo todo de alguien nunca me ha parecido algo malo. Y como me conocen tanto sabían que a esa hora yo ya podía pasar de videollamadas porque estaría o cenando o viendo alguna serie. Pero resulta que acepté la llamada y fue la mejor videollamada de todo el confinamiento. Me reí un montón. Nada como romper una rutina establecida para que ocurran cosas divertidas.

Hay cosas que me sacan de quicio, como que se me queme la pizza en el horno o que se me caigan los calcetines en el trayecto entre la lavadora y el tendedero. Creo que lo segundo me molesta incluso más porque es más real. Lo primero no me ocurre nunca, aunque yo siempre creo que el horno va a arder desde que en una nochevieja a mi madre se le incendió un poco el horno. Qué susto más grande, de verdad.

Escuché que iban a dar aprobado general. Lo primero que pensé fue lo bien que me hubiera venido a mí en alguna época de mi vida. Siempre se me atravesaron las matemáticas. Tenía siempre un profesor particular. Tuve unos cuantos, entre ellos el que tiempo después se convertiría en mi tío, Purdi. Se iban sucediendo. Y a mí me daba mucha pena a veces. Porque los cogía cariño y después se tenían que ir. Coger cariño a la gente es un rollo de mucho cuidado.

Oli suele ser la última en meterse en la cama y apaga la luz, claro. Y a veces hace una cosa que no me gusta nada. Apaga la luz y se queda ahí quieta en la oscuridad durante unos segundos. Y yo me muero de miedo porque no sé dónde está ni lo que va a hacer. Una vez en una casa rural, compartía habitación con mi amigo Luis. Antes de dormirme le dije que me daba miedo que me atacase durante la noche porque le viniese algo raro a la cabeza. Y cuando vivía en casa de mis padres, me daba miedo que mi hermana viniese a mi habitación por la noche y solía poner la portería que tenía como barrera detrás de la puerta. A veces no me siento a salvo con nadie porque creo que cualquiera puede convertirse en un psicópata. Pero es que yo estas cosas las pienso en serio.

Vi una charla de varios políticos, algunos de ellos actual y espero que temporalmente retirado, hablando de música, libros, series y películas. Eran Eduardo Madina, Borja Sémper, Andrea Levy, Íñigo Errejón y Gabriel Rufián. La conversación la organizó El País y está en Youtube. Y es un gusto escucharles. No conocía a más de la mitad de los artistas que mencionaban pero verles hablar y reírse me hizo sentirme bien. Porque pensé que la cultura une lo que parece que es imposible unir.

En esa charla, Madina decía que estos días de confinamiento estaba recurriendo a sus "certezas musicales". Me gustó la expresión. Mis certezas musicales serían Bruce y música de los 80 en general. Aunque estos días estoy escuchando cosas nuevas. Y así descubrí una canción de La Bien Querida que se me atravesó. Me gusta mucho ese momento en el que descubres una canción y se te atraviesa. Es la canción "¿Qué?" en la que habla de algo que creo que todos hemos vivido en el amor. Hay una frase del estribillo en la que dice: "Lo que me pasa contigo es que no distingo entre lo que es real y lo que me he inventado yo". 

Me estoy poniendo al día con Woody Allen. Ya había visto alguna, pero sus clásicos no. He visto Manhattan, Annie Hall, Desmontando a Harry. También Cafe Society. He visto Annie Hall a mis 35 años y me siento culpable. Porque además, me gustó mucho. Me hizo reír y es una comedia romántica muy realista. Cuando me siento mal por descubrir cosas así tan tarde, siempre pienso en Esperanza Aguirre. Aguirre le dijo una vez a Jordi Évole que se tomó su primer gintonic a los sesenta años, y que le gustó. Así que siempre se pueden descubrir cosas aunque sean tarde, ya sea Woody Allen o sean los gintonics. Aunque a mí estas cosas a veces me dan pena, porque es como cuando conoces a alguien y te llevas tan bien con él que te hubiera gustado que fuese tu amigo desde hace muchos años. A mí eso siempre me suele poner muy triste.

lunes, 13 de mayo de 2019

Estar enfermo de música




El otro día, en una de mis tardes como vigilante en el Museo del Prado, descubrí un cuadro que me gustó y cuya historia me pareció interesante. Se trata de "San Francisco confortado por un ángel músico" de Francisco Ribalta. Cuenta el momento en el que un ángel músico se le aparece a un enfermo San Francisco de Asís para mitigarle la nostalgia que siente por la música que escuchaba en su juventud. Y es esto último lo que me fascinó.

He buscado más información y no he conseguido aclarar si Francisco de Asís estaba enfermo de nostalgia por la música de su juventud o si su enfermedad era debida a otras causas y en ese sufrimiento sentía nostalgia por aquella música. En todo caso, lo que me llamó la atención es el concepto de estar enfermo de música. El que una persona pueda sentir tanta nostalgia de algo que llegue a enfermar por ello.

Al igual que el gran dilema que se planteaba Nick Hornby en Alta Fidelidad ("¿Escucho música pop porque estoy triste o estoy triste porque escucho música pop?"), me pregunto si la nostalgia que yo sentiría sería por la música que escuchaba en la juventud o por todo lo que viví en aquella época. ¿Eran aquellas experiencias provocadas por la música que escuchaba o eran las experiencias las que me provocaban escuchar aquellas canciones?

Todos los momentos que viví. Los besos que di, los que no di, los amores, los desamores, las alegrías, las penas. El paisaje de mi juventud está lleno de muy buenos momentos y algunos no tan buenos. En todos ellos estuvo presente la música. Todas las canciones me ayudaron. De distinta manera, porque nunca una canción te ayuda igual que otra. Cada una a su manera te levanta el ánimo o te lo acaba de hundir. Pero incluso la que te lo hunde, lo hace para ayudarte a sentir, para que te identifiques con una tristeza, para decirte que no estás solo, que esa historia triste ya existe y alguien la cantó porque tenía la misma pena que tú.

No sé si podría llegar a estar enfermo de nostalgia por la música que me acompañaba en mi juventud. Sólo sé que a la música hay que agradecerle siempre que esté ahí, haciéndonos sentir.

Escribiendo esto me han venido a la cabeza dos canciones sobre la juventud y la nostalgia que, curiosamente, me suelen levantar mucho el ánimo. Por si alguien las quiere escuchar, son: "Cuando éramos reyes"de Quique González, y "Summer of 69" de Bryan Adams.

domingo, 1 de julio de 2018

Una canción inesperada


Relato sobre un viaje en autobús y sobre música


Viajaba con la ilusión de conocer a Celia y se enamoró de Faina. Aún no era capaz de comprender lo que le había ocurrido durante aquel trayecto en autocar. Sin embargo, era feliz. Nunca había sido una persona de dejarse llevar. Más bien lo detestaba. Pero tenía que reconocer que en esta ocasión la letra de Vetusta Morla "dejarse llevar suena demasiado bien" cobraba todo el sentido del mundo.

Pablo lo había preparado todo con el máximo detalle. Llevaba ya cerca de medio año escribiéndose con Celia, una chica de Granada a la que había conocido en un foro indie. Tras pasar el filtro de que le gustase Lori Meyers tanto como a él, todo lo demás le daba igual. No podía concebir estar con una persona que no compartiese su mismo nivel de entusiasmo por la banda granadina.

Medio año de conversaciones a través de pantallas. Hablaban a través del foro, otras veces mediante mensajes en redes sociales, y sobre todo, por el móvil. Incluso se llamaban. Decidieron conocerse de una vez. Él bajaría desde Madrid a Granada un puente para conocerla. Apuntó todos los bares indies de la ciudad para ir con ella, entre los que no faltaba el Amador. Nada podía fallar. Incluso había reservado hace muchos meses, con plena confianza en su historia de amor moderna, para visitar La Alhambra.

Con los nervios, había olvidado el resguardo del billete. El conductor le dijo que con el DNI valía. Subió con su mochila y siguió por el pasillo. Había comprado el asiento al fondo, para poder estar a su aire. Quedaban diez minutos aún para salir, pero él ya se puso sus cascos para escuchar LN Granada de Supersubmarina y de esa manera ir entrando en ambiente soñando con el Paseo de los Tristes alegrar.

Había estado mirando a las personas que iban de un lado para otro de las dársenas de la Estación Sur. No se había dado cuenta de la melena rubia que asomaba en el asiento de delante. Siguió a lo suyo. El conductor arrancó. Le gustaba mucho viajar en autobús. Siempre había pensado que los trayectos en otros medios de transporte eran más o menos iguales para todos, pero que los viajes en autocar tenían un significado especial para cada uno.

Llevaban una hora de viaje cuando la chica de delante asomó la cabeza por el pequeño hueco entre la ventana y el asiento. Le pidió que bajase el volumen, porque a pesar de los auriculares ella también escuchaba la música. Aquello le irritó. Le respondió que no, que la buena música se escucha así o no se escucha. Ella le miró asombrada y se levantó de su asiento. Pablo se preguntó qué narices estaba haciendo. Observó sorprendido cómo se sentó a su lado. No pudo evitar fijarse en sus ojos verdes.

―Ponme dos canciones que cuando las escuches se te olviden todos los problemas. Y te diré si merece la pena ese volumen ―le pidió con una sonrisa ante el desconcierto que se dibujaba en la cara de Pablo.

―No te conozco de nada, no sé por qué te has sentado aquí conmigo. Aún así, te las voy a poner. No es fácil, no me has pedido mis dos canciones preferidas, sino dos canciones con las que olvide todos mis problemas, pero allá van. ―Y le prestó los cascos para que escuchase Emborracharme de Lori Meyers y Años 80 de Los Piratas.

Mientras las escuchaba, no podía dejar de observarla atentamente. No le estaba cayendo especialmente bien aquella desconocida, pero cuando daba su música a escuchar a otras personas sentía siempre un deseo muy fuerte de que también les gustase. Ella escuchaba con indiferencia hasta que terminó. Se le quedó mirando.

―Los primeros no estaban mal, aunque no los conozco. Y la segunda, por favor. ¿Escuchas a Ferreiro y se te olvidan todos los problemas? ¿De verdad? ¡Yo lo escucho y me aparecen hasta problemas nuevos que no tenía!― soltó.

―No tienes ni puta idea de música, así, con todo el respeto te lo digo  ―respondió visiblemente molesto Pablo. No conocía a Lori y encima despreciaba a Ferreiro. No podía consentirlo―. ¿Y qué te gusta a ti si se puede saber? Verás...

―Pues de todo. No puedes con esa respuesta, ¿eh? Se te revuelve todo, a que sí. Seguro que eres un festivalero intensito de esos que no soporta todo lo que no sea una definición más cuadriculada. Si te digo que me gustan Sabina, Amaral y Kings of Leon por igual, te peta la cabeza, estoy convencida ―dijo partiéndose de risa.

―Llegados a este punto, en el que acaba de quedar demostrado quién sabe de música y quién no, me doy por satisfecho y podemos continuar con nuestro viaje en este maravilloso autobús cada uno en su asiento. Por mí está resuelto el conflicto. Bajo la música y ya está, ningún problema ―respondió él intentando zanjar el episodio.

―Me parece perfecto. Voy a seguir leyendo, ahora igual puedo concentrarme si bajas el sonido de tus cascos tan modernos  ̶  se burló ella mientras regresaba a su sitio.

Qué petarda de tía, pensó Pablo. Con la tontería le había quitado media hora de ir mirando los paisajes mientras se imaginaba el encuentro con Celia. Aunque estaba convencido de que todo iría bien, también tenía miedo de que en persona no fuese lo mismo. A veces eso pasa y le podía ocurrir a él esta vez. No sabía si habían aplazado demasiado el conocerse en persona. Medio año ni más ni menos. Seis meses intentando estar seguros de algo, cuando a veces ni en una vida entera se está seguro de nada.

Sintió que le tocaban en el hombro. Se sobresaltó. Se había quedado dormido. Vio la melena rubia y los ojos verdes. Le agradeció el gesto. Ella se giró y bajó las escaleras. Recogió las cosas para no dejar nada dentro y salió él también. Siguió a la masa hacia el área de servicio. Tras pedir, se dedicó a buscar mesa. Ya estaba todo bastante ocupado. Se fijó en que la desconocida estaba comiendo sola en una mesa. Tuvo dudas, pero si ella había sido tan impertinente en una ocasión, él tenía todo el derecho de serlo ahora. Se sentó con ella, que le miraba divertida.

―Bueno, si voy a comer con un hipster, al menos me gustaría saber su nombre.

―Si sigues por ahí, me levanto. He venido sin ánimo de molestar. Me llamo Pablo. Y tú eres...

―Faina. Ya tienes el nombre de la insolente para contarle a tus amigos indies las barbaridades que han salido de mi boquita.

―Lo haré, no lo dudes. ¿Podemos pasar pantalla? ¿A qué vas a Granada? ―le preguntó para salir del bucle.

―Bueno...es complicado, no es algo que se cuente así tan alegremente a un desconocido. Pero tú has preguntado, tú tienes tu respuesta. Voy a dejar a mi novio. Tranquilo, no es ningún drama. Ya está más que hablado. Se trata de hacerlo oficial, digamos. Seis años lo merecen, digo yo ―confesó ella mientras bajaba la cabeza.

―Vaya, de verdad que lo siento. No escuches mucho a Sabina, mejor ― dijo intentando arrancar una sonrisa de su cara.

―Si te parece, puedo escuchar a Ferreiro, no te jode.

Se rieron a carcajadas. Fue de repente, sin esperarlo. Admiró que aún en un momento así tuviese esa capacidad para reírse de su situación y continuase vacilándole. Le transmitía un optimismo que a él le había faltado en más de una ocasión en la vida.

―Bueno, a qué vas tú. ¿Qué hay en Granada? Vas a golfear, lo llevas en la cara desde que me he montado en el autobús y te he visto ensimismado mirando por el cristal con tu música. Venga, suelta, cambio la pregunta: ¿quién hay en Graná?

―Hay...una chica. Pero no la conozco. Es raro. Pero tengo ilusión. Creo que puede salir bien. Tengo muchas ganas de conocerla ―intentó explicarse Pablo.

―Chico, qué entusiasmo, madre del amor hermoso. Espero que cuando la veas se te note esa ilusión que dices tener, porque yo soy ella y te digo que te des la vuelta para Madrid, que o vienes con todas las ganas o no vengas, que a medias en la vida no se va, hijo mío. Entiéndeme lo que quiero decir ― le reprendió ella.

―No, no, si yo quiero, y tal. Pero me gusta ser prudente. No se sabe. No se sabe nunca, es lo que intento decirte ―acertó a decir Pablo.

―Las putas cautelas son las que se cargaron mi relación. Y no voy a entrar en detalles. Pero la prudencia está sobrevalorada, créeme.

―Bueno, aún así las prefiero. Pero gracias. Oye, creo que se ha ido todo el mundo hacia el autobús. Vamos a darnos prisa.

Algo dentro de él se había torcido. No sabía qué era y eso era sin duda lo peor. Tenía urgencia por volver al refugio de sus canciones. Se lo había pasado bien en la comida y eso le preocupaba. Contemplaba la melena rubia de Faina ya sentados cada uno en su sitio y se preguntaba muchas cosas.

Se asustó porque a él no le pasaban estas cosas. Había tenido siempre una cierta estabilidad emocional. Los arrebatos de pasión no iban con él. Por eso mismo no entendía lo que le estaba ocurriendo. No se reconocía en esos síntomas. Por favor, si apenas había cruzado con ella dos conversaciones, se decía. En el monólogo que tenía consigo mismo, de repente localizó el motivo definitivo para poner freno a todo eso: había dicho, textualmente, de Lori, que "los primeros no estaban mal, aunque no los conozco". Ya está. Cerró los ojos para dormirse hasta llegar. Pero fue imposible.

¿Qué tenía Faina cómo para llegar al punto de que le diese igual que no conociese a su grupo fetiche? Intentó analizarlo todo de la forma más racional posible. Su descaro. Le había descolocado por completo. Todo había empezado por ahí. Su sentido del humor. Se había reído en su cara de lo más sagrado para él. Y además, se había reído al hablar de dejar una relación de muchos años. Quería conocer más esa personalidad.

Se levantó y se sentó a su lado. Ella sonrió y apartó la mochila.

―¿Cuál es la canción que más escuchas estos días? ― preguntó él con sincera curiosidad.

―Amor se llama el juego, de Sabina. No es de las más conocidas, no la conocerás. Es muy triste y muy melancólica. Empieza contando que hace demasiados meses que sus payasadas no provocan las ganas de reír de otra persona. Y creo que es lo que me pasó a mí con Fran. Supongo que también es lo que les pasa a tantas parejas. La gente lo deja cuando sus payasadas dejan de hacer reír al otro. Hay un momento en el que eso pasa. Y hay que estar preparado.

―¿Puedes repetir todo eso? Quiero apuntarlo y compartirlo en mi Instagram con una foto que mole. Tal vez un poco pesimista, pero joder, me ha gustado. ¿Te sueles expresar así de bien o es el desamor? ―dijo un Pablo ya entregado a la causa.

―Bueno, no sé. Cuando uno pasa por ciertas experiencias a veces se vuelve un filósofo. Mira toda la música que te gusta a ti. Todos esos grupos indies no existirían sin desamor. Creo que lo sabes, que no tengo que venir a decírtelo yo. ¿Podemos hablar de otro tema? Cuéntame cosas de ti  ̶  le pidió ella.

Le contó brevemente de su vida, de su barrio y de su trabajo como freelance precario escribiendo sobre música y yendo a conciertos. Ella le habló mucho de su familia, de su hermana pequeña en concreto. Le explicó cómo la habían despedido hacía medio año de la agencia de comunicación en la que estaba y cómo desde entonces iba enlazando un trabajo inestable con otro. En su forma de hablar había siempre entusiasmo ante la vida, aunque lo que contase no fuese a veces lo más alegre.

Conversaron otro rato de lo que significaba para ellos viajar en autobús. Él compartió con ella su teoría de que para las personas que viajan así el trayecto tiene un significado especial para cada una de ellas. Aseguraba que en los aviones y en los trenes no era lo mismo, que ahí, en el autobús, era todo más romántico, más auténtico. Ella le escuchaba atentamente, como había venido haciendo durante todo el trayecto cada vez que Pablo abría la boca para decir cualquier cosa. Era un loco, pero le hacía gracia.

Para ella, según le contaba, el viaje en autobús era su infancia. Casi cada fin de semana iba en el autobús con su familia hasta un pueblo de Burgos para visitar a su abuela. Eran viajes que hacía feliz. Por eso casi siempre elegía ese medio de transporte, porque le garantizaba transportarse a la mejor época de su vida. Iba jugando con su hermana a ver qué montañas de las que veían por el camino serían capaces de subir y cuáles no. Y al final, esperaba su abuela, la persona a la que más había querido. La época más feliz, sin corazones rotos y con chucherías.

Hubiera estado escuchando hablar a Faina horas. Se hubiera quedado en ese autobús dos días más si hubiera hecho falta. No sabía qué hacer. No sabía si a ella le pasaba algo parecido. Seguramente no, tenía la cabeza en otras cosas. Pero eso daba igual ahora mismo. El problema lo tenía él. Y era bien gordo. Se habían desvanecido sus ganas de conocer a Celia. Todo lo ocupaba Faina. Se imaginaba yéndose de cañas con ella por la Plaza del 2 de Mayo, llevándola a un concierto de Ferreiro entre risas, yendo él quizá a un concierto de Amaral, leyendo algún libro que ella le recomendase.

No, no, no. Tenía que parar todo eso. Celia iba a estar esperándole en la estación. Maldita sea, ¿qué iba a hacer? No había forma de salir de aquel embrollo. Así que, de perdidos al río, le pidió el teléfono a Faina. Si la vida se complicaba, que se complicase bien, a lo grande. El gesto de sorpresa en su cara le preocupó. Se preguntaría que qué demonios estaba haciendo, seguro. Pero después de un instante demasiado largo, como lo son tantos en la vida, se lo dio.

―No sé si alguna vez te apetecerá tomarte una caña cuando estemos en Madrid. Pero me gustaría, de verdad.

―No entiendo lo que estás haciendo, pero te salva que tampoco entiendo lo que yo estoy haciendo. Me parece bien. Y si esa caña se da bien, te vienes a una noche sabinera conmigo a la Galileo ― finiquitó ella.

―Oye, una última pregunta ―dijo Pablo de repente―, ¿qué ha significado para ti este viaje?

―Parecía un final, pero se ha convertido en un principio. ¿Y para ti?

―Un comienzo, también. Distinto al que pensaba, pero un comienzo.

El autobús enfiló la Avenida Juan Pablo II de Granada. Ya estaban ahí. Se despidieron con dos besos, una sonrisa y una caña pendiente, que acabó resultando la primera de muchas. Siempre hay una canción inesperada esperando en cualquier lugar. No importa lo que hayas vivido hasta ese momento. Llega y te lo cambia todo, sin previo aviso. Entra en ti y no puedes dejar de tararearla una y otra vez.

jueves, 25 de mayo de 2017

Aquel tipo triste de Lanzarote

En el Puerto del Carmen de Lanzarote viví una noche inolvidable
El Bodhran, el antro en el que todos nos volvimos locos con Johny Crowley


Hace unos años me fui a Lanzarote para estar muy triste. La cosa es que lo había dejado con mi novia después de varios años de mucha felicidad y no veía la salida por ningún lado. Así que decidí que eso me sabía a poco, que quería hundirme un poco más. Reflexioné durante días sobre cuál era la mejor manera para lograrlo. Tenía la posibilidad de irme todas las tardes enteras durante una semana al estanque del Retiro y cogerme una barca como solíamos hacer, pero lo descarté por mi absoluta torpeza para coger una yo solo. A la desolación no es necesario añadirle el ridículo. También barajé ponerme en bucle el mejor disco de pop español de los 90, Nubes y claros, de Tam Tam Go! que tantos domingos por la mañana habíamos escuchado juntos. Pero no. Para qué hacerlo fácil. Qué va. Soy por naturaleza complicado y ya sé que nunca le podré poner remedio.

Así que me fui a Lanzarote. Allí nos fuimos en nuestro primer viaje y siempre que volvíamos éramos más felices que en cualquier otro rincón del puto planeta. Pensé que era lo que necesitaba. En serio. Siempre me ha funcionado lo siguiente. Cuando estoy deprimido de verdad por algo, necesito hundirme en la mierda más absoluta. Es cuando toco fondo cuando siento que ya no hay posibilidad de caer más bajo. Al sentir eso, comienza el resurgimiento, por tópico que suene. Ya me he pateado todo el barrio de la tristeza, con sus tiendas de lágrimas y rincones de la impotencia. Me lo he recorrido entero. No hay más que rascar ahí. Así que, harto, decido salir ipso facto de ese lugar. Es como esas personas que comienzan a morderse las uñas hasta que se dan cuenta de que se las han destrozado y que ya no hay donde morder. No sé si el ejemplo es bueno, pero espero que me hayáis entendido. A mí me funciona. Igual piensas que estoy loco o que es una forma peculiar de combatir la tristeza. Cada uno tiene sus mecanismos y ese es el mío. Sin más.

Me compré unos billetes y me fui para allá. Cualquiera pensaría que a un lugar así se ha de viajar con alegría, pero yo os digo que no. Que estaba bien jodido. Que hay tantos viajes como viajeros y todas las emociones que les acompañan. Y aunque las otras veces me había metido en el avión con una ilusión de la hostia, en este caso las circunstancias habían cambiado por completo. Pero eso sí. Tenía muy claro que debía hacer ese viaje si quería volver a estar bien.

Durante el vuelo, activé el modo avión y el modo melancólico. Recordaba los diferentes sitios de la isla que habíamos visitado en nuestras escapadas. Los más turísticos oficialmente y los recomendados por la gente en webs como Trip Advisor. Intentaba planificarme para ver cuáles tenía tiempo de visitar. Deseaba volver a los Jameos del Agua aunque ya supiese el secreto de la cueva (tranquilos, no voy a hacer spoilers). Me moría de ganas de ir a aquel restaurante que tanto nos gustaba de Yaiza, con sus croquetas y su carne fiesta. Aunque cada vez que iba a Lanzarote, lo que más me fascinaba era su paisaje. Soy muy pesado porque siempre le digo a todo el mundo la misma frasecita: "es que es distinto a todo". Pero me da igual repetirme y ser un pelma. Es una verdad como una catedral de grande y todo lo que veas en Lanzarote, con su tierra volcánica, no se parece a nada de lo que hayas visto. Lo digo muy en serio.

Subiendo al Timanfaya en Lanzarote este es el paisaje


Al llegar allí, para variar, alquilé un coche de Medina Cabrera y emprendí rumbo a Puerto del Carmen, donde habíamos estado las anteriores veces. Es una zona muy agradable. La recomiendo mucho. Tiene todo lo que, al menos a mí, me parece necesario en un lugar de estas características. Un paseo marítimo, con su mar, sus playas, sus tiendas, sus bares, claro que sí, y sus guiris. Porque tienes que saber que si vas ahí tú eres el extranjero prácticamente. Me recuerda a Benidorm en cierta manera, aunque es más bestia.

Como soy de costumbres, y de lo que se trataba era de hundirme lo más posible, me alojé en los mismos apartamentos en los que habíamos estado la última vez. Tenían el nombre de Lanzaplaya, y cada vez que veía el nombre escrito en la entrada pensaba que se habían roto la cabeza los cabrones. No sé cómo no sufrieron un colapso mental a la hora de decidir el nombre. Vaya panda.

Fui a recepción. El recepcionista se tomó su tiempo a la hora de darme las llaves de la habitación y revisar que todo estuviera bien. Por fin pude entrar y tumbarme un rato a descansar. Después de dormir un rato, cogí la ropa que me quería poner y me di una ducha para espabilarme un poco, que falta me iba a hacer para enfrentarme a todos los recuerdos, que estaban ya acechando a la salida de la puerta los malditos.

Bajé por la calle principal y me fijé en un local en el que no había puesto mi atención antes. Era minúsculo, con un aforo ridículo de ocho personas a lo sumo. Continué hasta llegar al Paseo de César Manrique, que era el nombre real que recibía el paseo marítimo. Siempre he pensado que es un gran error ponerle el nombre de alguien importante al paseo marítimo porque nadie nunca lo llamará por su nombre real. En Lanzarote, por cierto, todo es César Manrique. Podría decirse que Dios creó la Tierra y Lanzarote se lo dejó a César Manrique. Si vais, sabréis a lo que me refiero.

Una vez en el paseo marítimo (¿lo veis?) tenía claro donde ir. Tras andar un rato disfrutando del sol en la cara y del azul del mar, me fui a un mirador al que solíamos ir. Y no. No os voy a contar que allí nos declaramos amor eterno y chorradas por el estilo. Simplemente íbamos a ese rincón y éramos felices el uno con el otro. No nos hacía falta empezar a soltar tonterías por la boca.

Cuando estaba allí, apoyado en la barandilla, fijé mi atención en un tipo que estaba sentado en un banco. Parecía que estaba mirándome. Seguí a lo mío, que era intentar ponerme lo más triste posible. Volví a girarme y ahí continuaba el hombre, con la mirada, y más cosas sospechaba, perdida en algún punto indefinido del océano. Parecía una persona sencilla, con unas deportivas blancas, unos vaqueros muy gastados, y una camiseta azul sin ningún dibujo. Me habló. No tuve forma humana de librarme.

- ¿Qué has hecho? -me preguntó así de sopetón el colega.
- ¿Cómo? -respondí flipando un poco.
- Sí, que qué has hecho, tío. Me paso aquí los días viendo a todo tipo de gente. Y sé reconocer a los que la han liado. Tú la has liado. Estoy seguro.
- Bueno, no acabo de entenderte. Así que te pregunto: ¿En qué crees tú que la he liado?
- A ti te ha dejado la novia, chaval. A que sí.
- Sí. Pero no es algo de lo que me apetezca hablar. Y mucho menos contigo. - Tenía que largarme de ahí, joder.
- Tranquilo. Supongo que la echarás de menos. Yo vivo así. Quiero decir que vivo echando de menos. Desde hace doce años y cuatro meses. Te acostumbras y acabas haciendo tu vida. No es grave.
- Muy bien. Tomo nota. - Se quería poner a contarme su vida el menda. Y una mierda.
- Oye mira, no soy estúpido ni mucho menos. Estás a punto de salir huyendo. Solamente déjame decirte una cosa: esta noche vente al Bodhran. A las nueve. Toca Johny Crowley. - Y quién coño es Johny Corlwey, pensé mientras le veía marcharse de allí. Qué rabia me da cuando intento ser borde y la otra persona me acaba dando un corte sin oportunidad de replicar. Me sentí obligado a ir. 

Me fui con el coche a pasar la tarde a playa Papagayo, donde también habíamos vivido algunos momentos bonitos juntos. Hablo de momentos en los que nos reíamos sin motivo alguno y hacíamos listas de las cosas más tontas que os podáis imaginar. Lo digo porque parece que cuando uno habla de momentos bonitos junto a su pareja todo lo que no alcance la categoría de apoteósico parece una basura. Y yo tengo una cruzada contra esa forma de ver el amor. No sé si alguien más quiere acompañarme en esta guerra, pero serían bien recibidos a mi ejército.

Tras pasar por el apartamento para descansar algo y darme una ducha, llegué, puntual, a mi cita. Una vez ahí, lo primero que pensé, y perdonadme por ser tan malhablado, fue: "Hostia puta". Pensamiento muy de intelectual, diréis, fijo. Pero es que el desconocido me había citado en el habitáculo ese del que os he hablado antes, el del aforo enorme, ya sabéis. A punto estuve de darme la vuelta. No se me había perdido nada en ese sitio. Cuando quise darme la vuelta, le vi. Y ya no hubo marcha atrás posible. Sonrió al verme. De hecho, fue mucho más efusivo de lo que me esperaba después de haber sido tan asquerosamente borde con él.

Me invitó a sentarme en la barra. Era un cuchitril de los buenos, os lo aseguro. Nos pusimos a beber a lo tonto, quizá la mejor forma de beber que existe. Estoy seguro de que de beber a lo tonto han salido grandes historias. Estuvimos hablando de la vida, de lo jodido que es sufrir y de cómo te puedes acostumbrar a ello sin que ya te duela. Yo no me atrevía a preguntarle. Él tenía una herida, ya me lo había dicho, y era suficiente. También él conocía el boquete que a mí me habían provocado. Así que hablamos de cine. Mejor dicho, hablaba él. Era un auténtico enfermo. ¿Sabéis ese tipo de personas que se saben todos los datos de cada película? Algo así como el Bachi de la película Primos. Yo soy un ignorante del cine así que le dejaba hablar que es la mejor forma de aprender que tenemos las personas, dejar hablar a los que verdaderamente saben de algo y ese algo les provoca un brillo en los ojos. Si no le brillan los ojos al hablar de ello, es que no sabe tanto y por lo tanto, no hay que dejarle hablar más de la cuenta. De repente, todo el mundo se puso muy nervioso. Cuando digo todo el mundo hablo de las cinco personas que estábamos ahí dentro, claro. Una verdadera locura. Tres más y aforo completo, ojito ahí. Yo no entendía el motivo de tal exaltación repentina. En realidad, empezaba a no entender absolutamente nada de lo que estaba haciendo ahí, si os soy sincero.

Me quedé estupefacto cuando vi que las personas a mi alrededor se arrodillaban como si estuviese a punto de entrar un dios del espacio a saludarnos a todos. Y bueno, más tarde descubrí que algo así era. Al menos, para aquella gente y en aquellas circunstancias. Es que muchas veces menospreciamos algo sin pararnos a valorar las circunstancias. Y las circunstancias lo son todo en esta vida, hacedme caso aunque sea solo una vez. Y en lo de formar parte de mi ejército contra el romanticismo idiota que nos invade.

Entró un señor mayor por la puerta. Ya éramos seis. Aquello prometía. Debía estar en sus setenta, y no se mantenía mal del todo, a decir la verdad. Caí en la cuenta de que llevaba una guitarra eléctrica. <<Ahí lo tienes, Johny Crowley, prepárate>>, me soltó orgulloso mi amigo del que seguía sin saber su nombre, algo que tampoco me importaba demasiado, sinceramente. La expectación, para mi asombro, fue creciendo. Crowley se subió al escenario, si es que se le podía dar esa categoría en un recinto tan cochambroso como era aquel. Era el irlandés más cutre en el que había estado en mi vida. Y creedme, he estado en muchos. Siempre los busco, porque en un irlandés es más probable ser feliz que fuera de él. Es verdad de la buena.

Apagaron la tele y las luces. Se permitían el lujo de una iluminación tenue sobre el "escenario". Johny Crowley saludó a sus fans y me incluyó a mí, que estaba muy lejos de serlo. Empezó a cantar canciones conocidas por todos en todo el mundo. Los clásicos, ya os imagináis. Empezó fuerte con el Sweet Caroline, que yo hubiera colocado más de colofón, de auténtico broche de oro de la noche. Pero era otra forma, igual de válida, de incendiar los ánimos de los presentes. No iba a ser yo, John Smith en aquella tribu, el que le dijese al jefazo indio cómo tenía que distribuir sus temas. Yo me suelo venir muy arriba con los grandes clásicos, además, y me da igual el orden en el que los pongan. Me lo estaba pasando realmente bien. Ahí estaba, yo solo en aquel antro perdido, por la invitación de un desconocido, rodeado de tarados. No sabía quién coño era Johny Crowley pero me desgañitaba haciéndole los coros. La felicidad era eso, maldita sea.

Estaba dejándome la garganta cuando entró una mujer por la puerta. Tenía la pinta de querer unirse a esa panda de locos. Tendría alrededor de cuarenta y muchos años, llevaba un vestido negro ajustado y estaba un poco achispada. La recordé. Era la relaciones del local, que se pasaba el día dando vueltas por el paseo y yendo de un lado para otro sin un rumbo del todo claro. Era bastante llamativa, aunque no fuese mi tipo. De forma bastante descarada me echó un vistazo de arriba abajo, lo cual tampoco me disgustó, todo sea dicho. Observé cómo se acercaba al bueno de Johny Crowley a susurrarle vete tú a saber qué al oído. Recuerdo que pensé que nada bueno podía salir de ahí. Y resultó a medias. Digo esto porque le pidió una canción de Bruce Springsteen que me gusta mucho, I´m On Fire, pero por otro lado, como ya imaginaréis con el título, estaba temblando de miedo por lo que venía. No me equivocaba. Quería bailársela conmigo. Qué tía. Se me acercó con una seguridad pasmosa en sí misma y me iba poniendo caras que no podría ni tampoco querríais que os definiese. Me repetía una y otra vez que se llamaba Sarah con H. Le daba mucha importancia a ese puto detalle que a mí me daba completamente igual.

Mi amigo el desconocido me echó un capote y se quedó con ella un rato. Mientras, yo escuchaba embelesado a la gran estrella de la noche. Cantaba bien el tío, había que reconocerlo. Y para aquel conjunto de parroquianos del lugar, se podía entender que fuese una especie de dios que les alegraba la vida una noche a la semana. Es lo que os decía antes de las circunstancias. Intentar entender determinadas situaciones bajo el prisma de otros. Hay que intentarlo más a menudo. Se descubren cosas que no creeríais. 

Estaba sumido en mis reflexiones cuando algo dentro de mí comenzó a temblar. No era porque sí. Es que Crowley había empezado a tocar nuestra canción, Hotel California. Era la primera vez que la escuchaba desde que ya no estábamos juntos. Era la desolación absoluta. Era nuestro primer beso. Era una copa de vino una noche cualquiera. Era ella. Era yo. Éramos nosotros. En definitiva, era una puta mierda. Hay canciones en las que entras a vivir con una persona, y cuando la otra persona ya no está esa casa que era de los dos te parece la casa más triste del planeta. Eso era para mí esa noche Hotel California. La música me había elevado hasta ese momento de la noche y ahora estaba hundiéndome en la miseria más grande. Seguramente, era el más triste del bar y de todo Lanzarote. "Fucking Johny", pensé. Y lo pensé en inglés, por si acaso captaba mi pensamiento por telepatía, para que lo entendiese muy bien.

Decidí largarme porque me había puesto a llorar y nunca me ha gustado dar la nota. Mi amigo salió a buscarme. Trató de convencerme para que me quedase. En vano. Ya había tenido bastante por esa noche. Había conocido gente, había hecho un amigo por si un día volvía por allí, había bebido cervezas, me había venido arriba, había cantado con Johny Crowley, había casi ligado y a mí me gustaban mucho las historias de casi ligar, y finalmente, como mandan los cánones, me había entrado la bajona y había llorado. Es lo que se le puede pedir a la noche perfecta, ¿no?

Me fui un rato a la playa a pensar en ella. Ya estaba enfangado total en la tristeza. Solo un pelín más y ya no tendría más remedio que subir a la superficie por pura supervivencia. Hacía buena noche y se veía perfectamente el reflejo de la luna en el mar. Siempre le decía a ella que aquel sendero me parecía que marcaba el camino de la felicidad, y que todo lo demás estaba oscuro porque en el mundo hay más infelicidad que felicidad. Que por eso aquel sendero era tan fino. Porque era muy fácil salirse de él y volver a entrar en la zona oscura. Cuando empezaba con estas metáforas tan cursis, ella siempre me decía que dejase de decir tonterías, que había bebido mucho y que nos fuésemos a dormir la mona lo antes posible, que falta me hacía. 

A la mañana siguiente, antes de ir al coche para dirigirme al aeropuerto, quise pasarme por el bar. A veces lo hago. Me gusta ver el contraste entre los mismos lugares a diferentes horas del día. Hacía unas horas entre aquellas cuatro paredes un conjunto de chiflados lo habíamos dado todo, dirigidos por nuestro líder supremo Johny Crowley. Y ahora parecía como si nada hubiera ocurrido. Eso me produce cierta tristeza, como los lugares de veraneo cuando se van los veraneantes. Joder, aquí han pasado cosas, y cosas grandes hace nada. Y después parece como si viniesen unos señores a llevarse todas las vivencias a algún lado. Qué rabia.

Ya en el avión, antes de quedarme roque, iba pensando en lo vivido. Aunque me había quedado sin saber qué es lo que le había ocurrido hacía doce años y cuatro meses, ese hombre me había dado una lección. Si lo hizo con voluntad o no nunca lo sabré. Pero me enseñó que aunque te pase algo muy triste, la vida sigue. Suena muy lógico, pero no por eso quiere decir que sea fácil. Recibimos muchas decepciones y malas noticias con las que no contábamos. Forman parte de la vida. No vale de nada deleitarse en la tristeza. Se trata de incorporarla a lo que uno vive. A él le había pasado algo muy triste, según decía, y ahí estaba, disfrutando, pasándoselo bien. Seguramente se acordaba de lo que le había pasado a menudo pero no hacía girar su vida alrededor de aquel hecho. Sabía que había mucho más y no quería negarse la oportunidad de ser feliz. "La felicidad regalada es cómoda, pero tiene más mérito la que uno conquista". La frasecita no es mía, no os flipéis. Me la dijo aquel tipo triste de Lanzarote.

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jueves, 18 de mayo de 2017

De cuando me colé en el concierto de Bruce Springsteen

Bruce Springsteen actuaba en el Santiago Bernabéu, en Madrid
Ahí estaba Bruce conquistando una vez más la ciudad de Madrid

Os voy a contar una cosa que me ocurrió y que muchas personas de mi entorno ya conocen porque di mucho la lata con ella. Lo que pasa es que siempre he creído que hay historias que se ganan a pulso el derecho a que des la lata las veces que sean necesarias con ellas. Y me parece que esta es una digna de tales honores. Por eso la quiero compartir aquí hoy con todos vosotros.

Sucedió hace aproximadamente un año. Venía Bruce Springsteen a actuar a Madrid, en el Bernabéu, donde ya había tocado las últimas veces. A Bruce le descubrí gracias a mi tío. Luego comprobé que mis padres también tenían vinilos suyos, entre ellos, mi preferido, el que publicó en el año de mi nacimiento, 1984: Born in the U.S.A. Pero de mis padres recibí otras influencias musicales, no había escuchado mucho a Springsteen en casa. Recuerdo que cuando lo descubrí sufrí ese síndrome compulsivo que me entra a mí cuando conozco algo por primera vez y me entusiasma. Me vuelvo loco, de verdad. Lo escuchaba a él y a su banda la E Street Band en bucle. Podía escuchar algunas canciones 1.254 veces al día sin dar muestras de agotamiento en ningún momento. Se convirtió muy rápido en una de mis referencias musicales.

Lo había visto ya en directo tres veces. Para una de ellas, hice algo que no haré nunca más. Una noche entera haciendo cola en la calle Preciados para comprar las entradas en la FNAC, al lado de Sol, con un tipo al que había conocido ese verano en unas prácticas y que luego resultó ser un cretino porque me dejó tirado el día del concierto. Springsteen era una pasada. A su edad dudo que yo esté para esos trotes. Pero el cabrón se entrega en cuerpo y alma durante las casi tres horas del espectáculo. Va de un lado para otro. Yo creo sinceramente que suda más que algunos de los jugadores del Madrid que suelen pisar ese césped. Es uno de esos artistas por el que merece la pena pagar ese pastón que suele costar verle. No se reserva ni una gota de sudor el prenda. Lo recomiendo firmemente como una experiencia a tener en la vida, aunque no hayas escuchado una sola canción suya. Algo que, por cierto, debería estar tipificado como delito en el Código Penal, pero bueno, ese es otro tema. Habría mucha gente en la cárcel según mis obsesiones.

Esta vez no había comprado entradas. Fueron esos momentos de duda en los que acabas diciendo: <<bueno, me ahorro la pasta>> pero, por otro lado, estás ahí rumiando: <<joder, es que es el puto Bruce, y me puedo llevar a mi novia para que viva eso de lo que tanto le ha hablado el pesado de su novio>> pero finalmente no las compras y te quedas intranquilo. Tienes la sensación de que cuando llegue el día te van a entrar unas ganas muy locas de estar ahí dentro. Tal cual.

Cuando quedaban pocos días, comenzó a hablarse del concierto en los medios. Ya empezaban a calentar el ambiente los malditos. Recordaban sus últimas actuaciones, hablaban del nuevo disco y viviendo como vivía cerca del Bernabéu iba viendo los preparativos los días previos. Parecía como si entre unos y otros me lo quisieran restregar en la cara, joder. Ante semejante acoso de los elementos a mi alrededor, comencé a buscar como loco en las redes a gente que no pudiese acudir y que vendiese la entrada de última hora. Tuve varios "casi" de esos horribles que te ponen la miel en la boca para luego decirte que nada. Auténticas cobras, os lo aseguro. Menuda gentuza.

Finalmente, llegó el Día D y ahí estaba yo, como me había imaginado, deseando entrar a un lugar para el que no tenía entrada. Como no me apetecía quedarme en casa, decidí irme al Paseo de La Castellana. Me di cuenta de que algo se escuchaba más o menos. Me acerqué más y me quedé en el lado de la Castellana en el que está el estadio. Estaba todo cortado y no te podías acercar más. <<Esto es lo más cerca que vas a estar del Boss, chaval>> me dije algo desolado, que es sin duda la peor forma de dirigirse a uno mismo. Para animarme, llamé por teléfono a mi amiga Irene, que es también fanática de Bruce. Estuvimos hablando muchísimo rato. Y mientras nos poníamos al día, le iba poniendo canciones que iban sonando ahí dentro y que se escuchaban mejor de lo que hubiera imaginado al llegar ahí. Era una forma distinta de asistir al evento.

Durante la primera hora me quedé ahí. Estaba yo solo. Recuerdo que había un grupo de policías que de vez en cuando me echaba un ojo, pero ya debieron darse cuenta de que, más allá de estar un poco loco, no tenía demasiado peligro. De repente, vi que quitaron las vallas y que el camino estaba despejado hasta el estadio. Les pregunté si se podía pasar y me dijeron que sí. Continuaba sin poder entrar, pero iba a poder estar en las mismas puertas de acceso, a unos metros del epicentro del terremoto que estaba teniendo lugar aquella noche de mayo en Madrid.

Decidí irme a la zona de detrás, porque ahí estaba todo más desierto y sin presencia policial. No sé por qué lo hice. Quizá mi cerebro había comenzado a tramar algo sin decírmelo. A veces pasa. Pero estar ahí me daba más tranquilidad, no me preguntéis por qué. Me coloqué muy cerca de una de las puertas de acceso y Bruce, como si lo supiese, empezó a darlo todo con los grandes temas de su repertorio. Y cuando llegó Born in the U.S.A. no pude reprimirme. Ahí, de noche, solateras, delante del guardia de seguridad, empecé a cantar, bailar y brincar como si no hubiese un mañana. Sabía que parecía un maldito chiflado, pero es que me ocurre siempre. Cuando escucho una canción que me gusta mucho, nunca he sabido contenerme. Enseguida empiezo a mover los pies, o a silbarla, o a mover los labios como si la cantase. Admiro a la gente que, en lugares públicos, es capaz de escuchar una canción que les entusiasma y quedarse como si tal cosa.

Ya le iba dando vueltas a la idea, y pensé que me arrepentiría siempre de no haberlo intentado. Así que le pregunté directamente al vigilante si existía alguna posibilidad de colarme. Me dijo que imposible y me lo razonó bastante bien, algo innecesario porque yo ya contaba con el no y me parecía de cajón no poder entrar a una fiesta como aquella sin haber pagado la entrada. Seguí a lo mío. Me volví loco de nuevo con Dancing in the dark. Realmente era muy feliz solo con estar ahí.

Debía quedar ya poco, porque el ambiente iba in crescendo como suele ocurrir en los conciertos de Bruce Springsteen. El clímax se acercaba. De repente, escucho dos palabras: <<Venga, cuélate>>. Como a veces me pasa que estoy tan ensimismado que acabo creando realidades que no existen, no hice caso. Pero miré al guardia, por si acaso. <<Venga, cuélate>>, me dice el tío otra vez. Y me señala hasta el camino con la mano. No acababa de creérmelo. Subí las escaleras con muchas más ganas de las que las he subido en otras ocasiones para escuchar el Himno de la Champions League en ese estadio. Y de repente, ahí tenía a Dios Todopoderoso en el escenario, entregado en cuerpo y alma, como no podía ser de otra manera, a sus fieles.

Era consciente de que debía quedar muy poquito. Y recé porque aún le quedase alguna buena bala en la recámara. Todavía no había sonado el clásico Twist and Shout de los Beatles mezclado con La Lambada con el que "El Jefe" suele finalizar cada una de sus actuaciones, así que sabía que eso al menos lo disfrutaría. Estaba haciendo mis elucubraciones cuando de repente "¡Two, three, four!"..."Bobby Jean", mi puta canción preferida de Bruce Springsteen. ¿No os pasa que hay canciones que os calan de tal manera que sientes que se te meten dentro de ti y que no puedes hacer nada para evitarlo? Con Bobby Jean me pasa exactamente eso. No sirve de nada oponer resistencia, me posee por completo. Es una canción que me emociona mucho cada vez que la escucho, por la música, por la letra, por la forma de cantarla, por todo. 

Cuenta la historia, o al menos así lo he creído yo siempre, de ese amigo de la infancia/adolescencia del que no vuelves a saber nada más nunca. Aquel con el que compartías "la misma música, las mismas bandas, la misma ropa" y del que crees que "nunca nadie me va a entender de la manera que tú lo hacías". La parte más bonita de la canción es en la que Bruce le dice que, allá donde esté, "in some bus or train traveling along in some motel room" habrá una radio sonando, y que si suena esta canción, la cante con él y sabrá que está pensando en él. Evidentemente, lloré. Claro que lloré. Como un niño. El poder estar ahí cuando pensaba que sería imposible. Que justo tocase aquella maldita canción. Había estado en tres conciertos y en ninguno la había tocado, joder. Menuda forma más estupenda de quitarme la espina. Me parecía demasiado todo lo que estaba viviendo. Me daba igual no haber visto el concierto porque aquellos minutos lo habían compensado todo.

Después vino ese mix del que os he hablado antes. Una combinación muy loca entre Twist and Shout y La Lambada que hace bailar a todo el mundo y despedirse a lo grande. Canté dejándome la garganta y bailé pensando que era el jodido último baile de mi vida. Y quedaba un final completamente inesperado: un clasicazo como Thunder Road pero en una versión lenta que cayó suavemente sobre aquella noche de Madrid que nunca podré olvidar.

Esa noche aprendí que puedes buscar la suerte. Y no. No me refiero a las idioteces de que si quieres puedes que tanto mal han hecho. Si quieres, no siempre puedes. La vida es muy puta y las frustraciones forman parte de ella. Eso es así. Y cuesta darse cuenta. Pero es la cruda realidad. Lo que quiero decir es que si yo aquella noche me hubiese quedado en casa deprimido pensando que tenía que haber comprado las entradas no me hubiese pasado nada de lo que me pasó. A veces tienes que poner de tu parte. A veces tienes que coger a la vida y decirle "¡Eh! ¡Aquí estoy yo y tengo algo que decir!". Que por lo menos vas a intentarlo con todas las ganas del mundo. Si no te sale, no te castigues. El premio es el saber que no te rendiste sin siquiera intentarlo. Al final, como dice uno de mis poemas preferidos, tanto el triunfo como la derrota son dos impostores. No les concedas demasiada importancia a ninguno de los dos.