jueves, 22 de noviembre de 2018

En el bosque nunca pasa nada

Relato de misterio sobre cuatro amigos en el bosque


En el bosque nunca pasa nada. Con esa frase finalizaba cualquier razonamiento nuestro amigo David. En el bosque nunca pasa nada, era la coletilla que añadía siempre al final de todo lo que decía desde que habíamos llegado al albergue en el que nos quedaríamos dos noches. Porque David necesitaba siempre hacer saber al mundo lo poco que le gustaba algo y lo campestre era un ejemplo. No lo aguantaba, no era un hábitat en el que se sintiese cómodo. Estaríamos mejor con unas cervezas en cualquier bar de Madrid, repetía como un mantra. Y nosotros hacíamos oídos sordos a sus protestas.

Habíamos decidido escaparnos unos días fuera de la ciudad. Hacía tiempo que no podíamos estar juntos un fin de semana entero. Incluso David estaba emocionado, a pesar de sus constantes refunfuños.

Todos, en alguna medida, lo necesitábamos. Pero quizá el que más, yo, Santi. Hacía poco que mi relación con Alba se había terminado y no acababa de adaptarme a una nueva vida sin ella. Era muy feliz y ya no lo soy tanto, era lo que solía responder cuando alguien me preguntaba cómo estaba. Me parecía que era una manera muy sencilla y real de describir mis sentimientos acerca de la ruptura. Jaime seguía soltero pero andaba un poco tristón en aquella época porque le daba por pensar que no encontraría a nadie. Mario atravesaba turbulencias en su relación con Miriam. Y David estaba, una vez más, sin trabajo.

A pesar de que nos habíamos ido cerca de un pueblo, estábamos en medio de un bosque. Era un albergue muy pequeño al que no fue fácil llegar. Comenzaba el otoño y se veían ya las hojas de los árboles en el suelo y esa luz tan especial de los bosques en esta estación. Porque la luz brilla de manera distinta en cada temporada del año y los mismos paisajes nunca son los mismos en realidad.

Nuestra idea no iba mucho más allá de andar y andar. No disponíamos de muchas más posibilidades. En el albergue había un bar, el único en kilómetros a la redonda. Llegamos a media tarde. Pronto caería la noche y poco habría que hacer ahí fuera. Era tontería salir para que se hiciese de noche en poco tiempo, concluimos. Y en el bosque de noche no se nos había perdido nada, ya habría tiempo a la mañana siguiente de recorrerlo a gusto...y con luz.

Estuvimos bebiendo en el bar hasta tarde. Hablábamos del pasado, porque parece que llegada cierta edad sólo se sabe hablar de lo que ocurrió, y estuvimos riéndonos de tantas cosas que nos habían ocurrido. Nos conocíamos desde pequeños y siempre habíamos estado muy unidos a pesar de ser tan radicalmente diferentes. Supongo que la amistad va un poco de eso, de hacerte amigos de distintos a ti para no agotarte con otros como tú, con tus mismos gustos y pedradas en la cabeza.

Estábamos ya dormidos cuando escuché un ruido que me despertó. Abrí los ojos de golpe y sólo veía oscuridad. Cogí mi móvil y traté de iluminar el cuarto de manera que no despertase a los demás. Iba alumbrando poco a poco cada esquina, cada cama. Estaban todos en sus camas. Continué la comprobación y me sobresalté al ver que David no estaba en la suya. Me acerqué a mirar de cerca y no, no estaba. Salí fuera de la habitación y di una vuelta por el bar y la recepción del albergue, eché un ojo por alguna ventana, y ahí fuera únicamente había la temible oscuridad que tanto odiaba desde que era pequeño y una noche tuve que recorrer el pasillo de casa de mis abuelos porque me hacía pis. No recuerdo haber pasado mayor miedo en mi vida que en ese trayecto de ida y vuelta, de verdad.

Regresé con los demás y les desperté tranquilamente porque tampoco pretendía asustarles. David no está en su cama, tíos, dije, con el tono más neutro posible. Puto David fue lo que salió de los labios de todos casi al unísono. Siempre hace este tipo de cosas, cómo le gustan, se quejaban. Deberíamos quedarnos durmiendo y que le den, ya volverá, proponían. Yo, al contrario, les dije que creía que debíamos salir a buscarle.

Y es lo que acabamos haciendo. Debían ser las dos y algo, y me vino a la cabeza la frase de una serie que me gustaba mucho en la que aseguraban que nada bueno pasa nunca después de las dos. Salimos por la puerta del albergue y ante nosotros, mil posibilidades de hacia donde ir, todas igual de oscuras. Gritamos su nombre que era lo más fácil de hacer en ese momento. Si estaba cerca, podía escucharnos, volver con nosotros y a seguir durmiendo. Siempre hay que explorar primero las soluciones más fáciles, después que vengan las complicaciones. Hay gente que lo hace al revés, no lo entiendo.

Decidimos empezar a caminar, porque alguna dirección teníamos que tomar. Resultó que Jaime había traído una linterna que no era gran cosa, pero daba más luz que las que teníamos en nuestros teléfonos. Íbamos mirando al suelo por si aparecía alguna huella, algún objeto, algo que nos hiciese tener una pista que seguir, que nos indicase que David había pasado por ahí.

Empecé a sentirme intranquilo. No me gustaba todo aquello. No éramos expertos en el bosque y estábamos andando a oscuras sin rumbo y alejándonos del albergue. Algunas sombras me causaban inquietud, y se escuchaba el ulular de algún búho. Se lo dije a los demás. Estábamos decidiendo qué hacer cuando escuchamos algo cerca que nos asustó. Sonó rápido y brusco. Nos miramos unos a otros. Mario se acercó y fuimos detrás de él Jaime y yo. Algo se movía. No me fiaba un pelo. Finalmente, vimos que salía corriendo de allí un animal que no acertamos a ver en medio de tanta negrura.

Yo ya quería volverme pero ahora fueron ellos los que me dijeron que no, que nos quedábamos a buscar a David. Empezaba a parecer algo difícil. No había ni rastro. Por ningún lado. Nada. Seguíamos yendo de un lado para otro y ya más o menos cada uno en su interior era consciente de que nos habíamos perdido, porque uno sabe cuando se ha perdido en la vida, aunque siga actuando como si nada hubiese pasado. Así estábamos nosotros, en plena madrugada, en aquel bosque, buscando a David.

Hicimos un parón y en ese momento escuchamos su voz llamándonos. Gritaba, pero lo raro era que no era un grito desesperado, ni que mostrase peligro alguno. Fuimos rápido hacia la dirección en la que sonaba su voz. Llegamos a un claro del bosque. Ahí no había nadie. Pero nos quedamos atónitos en el momento en el que escuchamos su voz llamándonos ahí mismo. David nos llamaba en nuestras narices. Era él, no había lugar a dudas. Pero lo escalofriante era escuchar su voz tan nítida y que allí no hubiese nadie.

Nos empezamos a asustar bastante. David, esto no tiene ni puta gracia. Miramos hacia todos lados, hacia las copas de los árboles, no quedó esquina sin iluminar por la linterna de Jaime. Allí no había nadie. Él nos llamaba, pronunciaba nuestros nombres y nos decía que estaba bien, que no estaba asustado, ni nos asustásemos nosotros.

De repente comenzamos a escuchar un silbido. Se había levantado aire y se movían las hojas a nuestro alrededor. Eché un vistazo más allá y las hojas no se movían. Sólo sucedía en ese claro. No sabíamos qué estaba pasando pero era algo que no nos gustaba y que nos daba miedo. Ese viento únicamente existía en ese mismo claro. En el mismo lugar en el que nuestro amigo David nos gritaba sin estar ahí. No entendíamos nada.

Me voy, dije cuando ya no pude más. Pero cómo te vas a ir, hombre, protestaron los otros dos. Que me voy, cojones, que me muero de miedo. No puedo más. Ellos también estaban muertos de miedo, y al final, cedieron. Empezamos a andar rápido, pero al final acabamos corriendo y no recuerdo cómo lo conseguimos pero dimos de casualidad con el albergue. Explicamos lo ocurrido al recepcionista que mostró su estupor ante la aventura que le estábamos contando. Nos vio tan asustados que accedió a llamar a la policía. Tardaron en venir varios agentes, que salieron a buscar a David. Sin éxito. Mencionaron un viento extraño.

No pudimos pegar ojo en toda la noche. A la mañana siguiente volvimos a buscarle, junto a la policía, y nada de nada. Por la tarde emprendimos el regreso a Madrid. Y fue en el coche cuando Mario, desde el asiento de atrás, y rompiendo el sepulcral silencio que nos acompañaba, nos preguntó si nosotros también lo habíamos notado. Incluso Jaime, que conducía, se giró a la vez que yo y le clavamos nuestras miradas. Ayer por la noche, en el bosque, ¿no lo notasteis? No, no notamos nada, pero si nos ayudas un poco, igual te decimos que sí. Ese viento...Sí, ese viento sólo estaba en el claro, era una cosa rarísima, dije. No...es que...ese viento...vino hacia mí...y noté que me atravesaba...¿a vosotros también? Sentí un escalofrío. Me enfadé y le dije que no me gustaba nada que hiciésemos bromas con lo que había ocurrido. Jaime directamente no dijo nada y subió el volumen de la radio. Coño, que es verdad, que ese viento vino y me atravesó el cuerpo y no sé qué fue. Tras insistirnos todo el trayecto de vuelta a casa, finalmente, le creímos, porque no tenía motivo para inventarse algo así. ¿Pero qué significaba aquello?

Han pasado treinta y dos años de aquello. Y nadie nunca ha sabido nada de David. Nosotros nunca hemos querido tocar el tema entre nosotros. Pero todos, cuando se levanta el viento en algún lugar, no podemos evitar preguntarnos si es David intentando decirnos algo. Le han buscado por todos lados, con todo tipo de métodos científicos. Han informado de él en televisión, su imagen se hizo viral en redes sociales. Nada. Por ningún lado. Desapareció aquella noche. Porque, en ocasiones, sí que ocurren cosas en el bosque. Y os puedo asegurar que, hoy en día, en ese mismo claro en el que escuchamos a David, se siguen escuchando susurros cada noche.

sábado, 25 de agosto de 2018

Todo lo que serás

Poema sobre amores que no llegan a nacer


Serás un orgasmo soñado,
un desnudo imaginado,
los lunares escondidos por descubrir,
los labios que lo prometían todo,
los gritos de placer perdidos en el cuarto donde
se pierden las mejores cosas de la vida,
tu lado salvaje que asomaba en ocasiones,
los ojos dispuestos a todo,
tus ganas, tu risa,
la forma en la que estabas
y la forma en que te convertiste en una cuenta pendiente,
siempre por todo lo alto.

domingo, 8 de julio de 2018

El partido que lo decidía todo


Un partido de fútbol decisivo, que lo decidiría todo


Era el partido más importante de sus vidas. El resultado marcaría un antes y un después, sin duda. Se habían preparado a conciencia para ganar. Conocían bien al rival. El problema era que el rival también les conocía bien a ellos. Fuera del campo tenían una relación cordial. Sin duda, eso ayudaba a mantener el respeto en los momentos más delicados, con esas jugadas polémicas en las que los ánimos se encendían demasiado.

Caras de concentración absolutas en el momento del saque de centro. Primeros pases y primeras pérdidas de balón. Se notaban los nervios. Demasiado en juego. Hasta el más experimentado siente vértigo ante semejantes retos. El balón empezó a ir de un lado a otro, sin mucho sentido. Nadie quería la posesión. El miedo se imponía claramente.

Los goles empezaron a caer. Lo hicieron de una manera caótica y de las más diversas maneras. En un rebote, en un cabezazo, otro en propia puerta. No existía lógica que pudiese explicar lo que estaba ocurriendo en el terreno de juego. Todos corrían de un lado para otro y trataban de hacerlo lo mejor posible.

Parecía que estaban pasándoselo bien, qué eran felices jugando, y que esa felicidad se traducía en el maravilloso caos que se observaba en el campo. Pero el tiempo apretaba y sólo ganaban de un gol. Había que matar el partido. Y para eso únicamente se les ocurría una cosa. Era lo que les había funcionado otras veces y que no habían podido ejecutar en este partido aún. Pero Bárbara siempre aparecía cuando se la necesitaba.

En un momento dado, a escasos minutos del final, le llegó el balón. Estaba en el centro del campo. Y desde ahí, empezó. Se fue de uno, de otro, dejó a un tercero dando vueltas, se plantó frente al portero, le engañó como quiso, y gol. Bárbara lo había vuelto a hacer. Les había vuelto a dar una victoria importantísima. Se abrazaron a ella y celebraron el gol por todo lo alto, ante las miradas de impotencia de los rivales, conscientes de que habían sufrido el ataque de un arma al que no podían hacer frente.

En el momento en el que aún estaban celebrando, sonó el timbre. Había que volver a clase, encima tocaba mates. Lo afrontarían mejor después de haber ganado a los del A. Al día siguiente, volverían a verse las caras. Pero eso era otra historia. De momento, ese día, ellos eran los reyes del recreo en el cole. Gracias a su estrella, Bárbara.

domingo, 1 de julio de 2018

Una canción inesperada


Relato sobre un viaje en autobús y sobre música


Viajaba con la ilusión de conocer a Celia y se enamoró de Faina. Aún no era capaz de comprender lo que le había ocurrido durante aquel trayecto en autocar. Sin embargo, era feliz. Nunca había sido una persona de dejarse llevar. Más bien lo detestaba. Pero tenía que reconocer que en esta ocasión la letra de Vetusta Morla "dejarse llevar suena demasiado bien" cobraba todo el sentido del mundo.

Pablo lo había preparado todo con el máximo detalle. Llevaba ya cerca de medio año escribiéndose con Celia, una chica de Granada a la que había conocido en un foro indie. Tras pasar el filtro de que le gustase Lori Meyers tanto como a él, todo lo demás le daba igual. No podía concebir estar con una persona que no compartiese su mismo nivel de entusiasmo por la banda granadina.

Medio año de conversaciones a través de pantallas. Hablaban a través del foro, otras veces mediante mensajes en redes sociales, y sobre todo, por el móvil. Incluso se llamaban. Decidieron conocerse de una vez. Él bajaría desde Madrid a Granada un puente para conocerla. Apuntó todos los bares indies de la ciudad para ir con ella, entre los que no faltaba el Amador. Nada podía fallar. Incluso había reservado hace muchos meses, con plena confianza en su historia de amor moderna, para visitar La Alhambra.

Con los nervios, había olvidado el resguardo del billete. El conductor le dijo que con el DNI valía. Subió con su mochila y siguió por el pasillo. Había comprado el asiento al fondo, para poder estar a su aire. Quedaban diez minutos aún para salir, pero él ya se puso sus cascos para escuchar LN Granada de Supersubmarina y de esa manera ir entrando en ambiente soñando con el Paseo de los Tristes alegrar.

Había estado mirando a las personas que iban de un lado para otro de las dársenas de la Estación Sur. No se había dado cuenta de la melena rubia que asomaba en el asiento de delante. Siguió a lo suyo. El conductor arrancó. Le gustaba mucho viajar en autobús. Siempre había pensado que los trayectos en otros medios de transporte eran más o menos iguales para todos, pero que los viajes en autocar tenían un significado especial para cada uno.

Llevaban una hora de viaje cuando la chica de delante asomó la cabeza por el pequeño hueco entre la ventana y el asiento. Le pidió que bajase el volumen, porque a pesar de los auriculares ella también escuchaba la música. Aquello le irritó. Le respondió que no, que la buena música se escucha así o no se escucha. Ella le miró asombrada y se levantó de su asiento. Pablo se preguntó qué narices estaba haciendo. Observó sorprendido cómo se sentó a su lado. No pudo evitar fijarse en sus ojos verdes.

―Ponme dos canciones que cuando las escuches se te olviden todos los problemas. Y te diré si merece la pena ese volumen ―le pidió con una sonrisa ante el desconcierto que se dibujaba en la cara de Pablo.

―No te conozco de nada, no sé por qué te has sentado aquí conmigo. Aún así, te las voy a poner. No es fácil, no me has pedido mis dos canciones preferidas, sino dos canciones con las que olvide todos mis problemas, pero allá van. ―Y le prestó los cascos para que escuchase Emborracharme de Lori Meyers y Años 80 de Los Piratas.

Mientras las escuchaba, no podía dejar de observarla atentamente. No le estaba cayendo especialmente bien aquella desconocida, pero cuando daba su música a escuchar a otras personas sentía siempre un deseo muy fuerte de que también les gustase. Ella escuchaba con indiferencia hasta que terminó. Se le quedó mirando.

―Los primeros no estaban mal, aunque no los conozco. Y la segunda, por favor. ¿Escuchas a Ferreiro y se te olvidan todos los problemas? ¿De verdad? ¡Yo lo escucho y me aparecen hasta problemas nuevos que no tenía!― soltó.

―No tienes ni puta idea de música, así, con todo el respeto te lo digo  ―respondió visiblemente molesto Pablo. No conocía a Lori y encima despreciaba a Ferreiro. No podía consentirlo―. ¿Y qué te gusta a ti si se puede saber? Verás...

―Pues de todo. No puedes con esa respuesta, ¿eh? Se te revuelve todo, a que sí. Seguro que eres un festivalero intensito de esos que no soporta todo lo que no sea una definición más cuadriculada. Si te digo que me gustan Sabina, Amaral y Kings of Leon por igual, te peta la cabeza, estoy convencida ―dijo partiéndose de risa.

―Llegados a este punto, en el que acaba de quedar demostrado quién sabe de música y quién no, me doy por satisfecho y podemos continuar con nuestro viaje en este maravilloso autobús cada uno en su asiento. Por mí está resuelto el conflicto. Bajo la música y ya está, ningún problema ―respondió él intentando zanjar el episodio.

―Me parece perfecto. Voy a seguir leyendo, ahora igual puedo concentrarme si bajas el sonido de tus cascos tan modernos  ̶  se burló ella mientras regresaba a su sitio.

Qué petarda de tía, pensó Pablo. Con la tontería le había quitado media hora de ir mirando los paisajes mientras se imaginaba el encuentro con Celia. Aunque estaba convencido de que todo iría bien, también tenía miedo de que en persona no fuese lo mismo. A veces eso pasa y le podía ocurrir a él esta vez. No sabía si habían aplazado demasiado el conocerse en persona. Medio año ni más ni menos. Seis meses intentando estar seguros de algo, cuando a veces ni en una vida entera se está seguro de nada.

Sintió que le tocaban en el hombro. Se sobresaltó. Se había quedado dormido. Vio la melena rubia y los ojos verdes. Le agradeció el gesto. Ella se giró y bajó las escaleras. Recogió las cosas para no dejar nada dentro y salió él también. Siguió a la masa hacia el área de servicio. Tras pedir, se dedicó a buscar mesa. Ya estaba todo bastante ocupado. Se fijó en que la desconocida estaba comiendo sola en una mesa. Tuvo dudas, pero si ella había sido tan impertinente en una ocasión, él tenía todo el derecho de serlo ahora. Se sentó con ella, que le miraba divertida.

―Bueno, si voy a comer con un hipster, al menos me gustaría saber su nombre.

―Si sigues por ahí, me levanto. He venido sin ánimo de molestar. Me llamo Pablo. Y tú eres...

―Faina. Ya tienes el nombre de la insolente para contarle a tus amigos indies las barbaridades que han salido de mi boquita.

―Lo haré, no lo dudes. ¿Podemos pasar pantalla? ¿A qué vas a Granada? ―le preguntó para salir del bucle.

―Bueno...es complicado, no es algo que se cuente así tan alegremente a un desconocido. Pero tú has preguntado, tú tienes tu respuesta. Voy a dejar a mi novio. Tranquilo, no es ningún drama. Ya está más que hablado. Se trata de hacerlo oficial, digamos. Seis años lo merecen, digo yo ―confesó ella mientras bajaba la cabeza.

―Vaya, de verdad que lo siento. No escuches mucho a Sabina, mejor ― dijo intentando arrancar una sonrisa de su cara.

―Si te parece, puedo escuchar a Ferreiro, no te jode.

Se rieron a carcajadas. Fue de repente, sin esperarlo. Admiró que aún en un momento así tuviese esa capacidad para reírse de su situación y continuase vacilándole. Le transmitía un optimismo que a él le había faltado en más de una ocasión en la vida.

―Bueno, a qué vas tú. ¿Qué hay en Granada? Vas a golfear, lo llevas en la cara desde que me he montado en el autobús y te he visto ensimismado mirando por el cristal con tu música. Venga, suelta, cambio la pregunta: ¿quién hay en Graná?

―Hay...una chica. Pero no la conozco. Es raro. Pero tengo ilusión. Creo que puede salir bien. Tengo muchas ganas de conocerla ―intentó explicarse Pablo.

―Chico, qué entusiasmo, madre del amor hermoso. Espero que cuando la veas se te note esa ilusión que dices tener, porque yo soy ella y te digo que te des la vuelta para Madrid, que o vienes con todas las ganas o no vengas, que a medias en la vida no se va, hijo mío. Entiéndeme lo que quiero decir ― le reprendió ella.

―No, no, si yo quiero, y tal. Pero me gusta ser prudente. No se sabe. No se sabe nunca, es lo que intento decirte ―acertó a decir Pablo.

―Las putas cautelas son las que se cargaron mi relación. Y no voy a entrar en detalles. Pero la prudencia está sobrevalorada, créeme.

―Bueno, aún así las prefiero. Pero gracias. Oye, creo que se ha ido todo el mundo hacia el autobús. Vamos a darnos prisa.

Algo dentro de él se había torcido. No sabía qué era y eso era sin duda lo peor. Tenía urgencia por volver al refugio de sus canciones. Se lo había pasado bien en la comida y eso le preocupaba. Contemplaba la melena rubia de Faina ya sentados cada uno en su sitio y se preguntaba muchas cosas.

Se asustó porque a él no le pasaban estas cosas. Había tenido siempre una cierta estabilidad emocional. Los arrebatos de pasión no iban con él. Por eso mismo no entendía lo que le estaba ocurriendo. No se reconocía en esos síntomas. Por favor, si apenas había cruzado con ella dos conversaciones, se decía. En el monólogo que tenía consigo mismo, de repente localizó el motivo definitivo para poner freno a todo eso: había dicho, textualmente, de Lori, que "los primeros no estaban mal, aunque no los conozco". Ya está. Cerró los ojos para dormirse hasta llegar. Pero fue imposible.

¿Qué tenía Faina cómo para llegar al punto de que le diese igual que no conociese a su grupo fetiche? Intentó analizarlo todo de la forma más racional posible. Su descaro. Le había descolocado por completo. Todo había empezado por ahí. Su sentido del humor. Se había reído en su cara de lo más sagrado para él. Y además, se había reído al hablar de dejar una relación de muchos años. Quería conocer más esa personalidad.

Se levantó y se sentó a su lado. Ella sonrió y apartó la mochila.

―¿Cuál es la canción que más escuchas estos días? ― preguntó él con sincera curiosidad.

―Amor se llama el juego, de Sabina. No es de las más conocidas, no la conocerás. Es muy triste y muy melancólica. Empieza contando que hace demasiados meses que sus payasadas no provocan las ganas de reír de otra persona. Y creo que es lo que me pasó a mí con Fran. Supongo que también es lo que les pasa a tantas parejas. La gente lo deja cuando sus payasadas dejan de hacer reír al otro. Hay un momento en el que eso pasa. Y hay que estar preparado.

―¿Puedes repetir todo eso? Quiero apuntarlo y compartirlo en mi Instagram con una foto que mole. Tal vez un poco pesimista, pero joder, me ha gustado. ¿Te sueles expresar así de bien o es el desamor? ―dijo un Pablo ya entregado a la causa.

―Bueno, no sé. Cuando uno pasa por ciertas experiencias a veces se vuelve un filósofo. Mira toda la música que te gusta a ti. Todos esos grupos indies no existirían sin desamor. Creo que lo sabes, que no tengo que venir a decírtelo yo. ¿Podemos hablar de otro tema? Cuéntame cosas de ti  ̶  le pidió ella.

Le contó brevemente de su vida, de su barrio y de su trabajo como freelance precario escribiendo sobre música y yendo a conciertos. Ella le habló mucho de su familia, de su hermana pequeña en concreto. Le explicó cómo la habían despedido hacía medio año de la agencia de comunicación en la que estaba y cómo desde entonces iba enlazando un trabajo inestable con otro. En su forma de hablar había siempre entusiasmo ante la vida, aunque lo que contase no fuese a veces lo más alegre.

Conversaron otro rato de lo que significaba para ellos viajar en autobús. Él compartió con ella su teoría de que para las personas que viajan así el trayecto tiene un significado especial para cada una de ellas. Aseguraba que en los aviones y en los trenes no era lo mismo, que ahí, en el autobús, era todo más romántico, más auténtico. Ella le escuchaba atentamente, como había venido haciendo durante todo el trayecto cada vez que Pablo abría la boca para decir cualquier cosa. Era un loco, pero le hacía gracia.

Para ella, según le contaba, el viaje en autobús era su infancia. Casi cada fin de semana iba en el autobús con su familia hasta un pueblo de Burgos para visitar a su abuela. Eran viajes que hacía feliz. Por eso casi siempre elegía ese medio de transporte, porque le garantizaba transportarse a la mejor época de su vida. Iba jugando con su hermana a ver qué montañas de las que veían por el camino serían capaces de subir y cuáles no. Y al final, esperaba su abuela, la persona a la que más había querido. La época más feliz, sin corazones rotos y con chucherías.

Hubiera estado escuchando hablar a Faina horas. Se hubiera quedado en ese autobús dos días más si hubiera hecho falta. No sabía qué hacer. No sabía si a ella le pasaba algo parecido. Seguramente no, tenía la cabeza en otras cosas. Pero eso daba igual ahora mismo. El problema lo tenía él. Y era bien gordo. Se habían desvanecido sus ganas de conocer a Celia. Todo lo ocupaba Faina. Se imaginaba yéndose de cañas con ella por la Plaza del 2 de Mayo, llevándola a un concierto de Ferreiro entre risas, yendo él quizá a un concierto de Amaral, leyendo algún libro que ella le recomendase.

No, no, no. Tenía que parar todo eso. Celia iba a estar esperándole en la estación. Maldita sea, ¿qué iba a hacer? No había forma de salir de aquel embrollo. Así que, de perdidos al río, le pidió el teléfono a Faina. Si la vida se complicaba, que se complicase bien, a lo grande. El gesto de sorpresa en su cara le preocupó. Se preguntaría que qué demonios estaba haciendo, seguro. Pero después de un instante demasiado largo, como lo son tantos en la vida, se lo dio.

―No sé si alguna vez te apetecerá tomarte una caña cuando estemos en Madrid. Pero me gustaría, de verdad.

―No entiendo lo que estás haciendo, pero te salva que tampoco entiendo lo que yo estoy haciendo. Me parece bien. Y si esa caña se da bien, te vienes a una noche sabinera conmigo a la Galileo ― finiquitó ella.

―Oye, una última pregunta ―dijo Pablo de repente―, ¿qué ha significado para ti este viaje?

―Parecía un final, pero se ha convertido en un principio. ¿Y para ti?

―Un comienzo, también. Distinto al que pensaba, pero un comienzo.

El autobús enfiló la Avenida Juan Pablo II de Granada. Ya estaban ahí. Se despidieron con dos besos, una sonrisa y una caña pendiente, que acabó resultando la primera de muchas. Siempre hay una canción inesperada esperando en cualquier lugar. No importa lo que hayas vivido hasta ese momento. Llega y te lo cambia todo, sin previo aviso. Entra en ti y no puedes dejar de tararearla una y otra vez.

martes, 12 de junio de 2018

Los crímenes del padre


Un relato sobre un hijo que recuerda a su padre


Su padre estaba en el hospital, para morir seguramente. Tenía que ir a verle lo antes posible. Si se retrasaba, al llegar estaría ya todo lleno de infames periodistas buscando carroña sin respetar un momento tan íntimo. Había recibido la noticia hace pocos minutos. No había sentido nada. Sabía que tenía que ocurrir. Demasiado había durado, pensó. Una vida intensa la de su padre, llena de subidas al cielo y descensos al peor de los infiernos. Nunca en el gris, siempre en el blanco o en el negro. No supo quedarse callado en ningún momento. Quizá fuera ese uno de los peores pecados que pudo cometer.

Amado por tantos, odiado por tantos. Lo primero se trataba de algo escandalosamente lógico. Regaló alegría, hizo felices a muchos, a todo un pueblo y a millones de personas de otros pueblos. Por contra, muchos no le perdonaron el delito de ser el mejor. Ser el mejor nunca sale gratis y con él no sería una excepción. Son los que se alegraron cuando le partieron la pierna y cayó lesionado durante tanto tiempo. A todo eso había que añadirle el crimen antes mencionado de no callarse jamás. De denunciar las injusticias y cantarle las cuarenta a los que mandan.

Por todo eso, sabía que en el momento en el que se conociese la noticia de su fallecimiento tenía que estar preparado para que mucha gente lo sintiese como el día más triste de su vida, pero también, y sobre todo, para comprobar que sus enemigos serían capaces de alegrarse por su muerte. Nunca resultó fácil ser hijo de Diego Armando Maradona.

miércoles, 6 de junio de 2018

Los ruidos de la nueva casa


Relato breve sobre una chica fantasma y unos ruidos nocturnos


Otra vez los ruidos. Como cada noche durante la última semana. Los ruidos nocturnos no son algo que pueda estudiarse cuando uno visita un piso. No existe la posibilidad de pedirle al casero, o a la inmobiliaria, poder pasar una noche en la casa para ver qué sonidos hay por las noches en su interior. Y entras, claro que entras. Porque te has enamorado de ese pasillo, o ese salón, porque es lo que en tu imaginación aparecía como el piso ideal para pasar una temporada. Y entras. Y a las dos noches, los ruidos.

Aquella noche los ruidos fueron distintos. Más reales, digamos. Sentía claramente como si alguien estuviese paseando por su casa con toda la tranquilidad del mundo. No eran crujidos de paredes, ni de muebles. Ahí había una persona. O algo. No sabía qué le daba más miedo, que hubiese alguien o que hubiese algo. De las dos posibilidades extraía conclusiones terroríficas.

Tocaron a la puerta. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Claudio se tapó con todo lo que tenía a su alcance, sábana, manta y colcha, la reacción lógica y tan irracional de tantas personas en los momentos de susto por la noche. Se le aceleró el corazón de una manera que le asustó. Se dio cuenta de que intentaba moverse pero no podía. Una parálisis absoluta se había adueñado de su cuerpo. Toc, toc. Volvían a llamar a la puerta. Tenía el móvil debajo de la almohada. Quizá podía intentar llamar a la Policía o al 112.

TOC, TOC. Esta vez no tocaron la puerta, la aporrearon. Estaba muerto de miedo. Aguantar así era imposible. Se le iba a salir el corazón pero tenía que hacer algo. Decidió reunir todo el coraje y se levantó de la cama. Dio dos pasos hacia la puerta. Se paró. No sabía lo que se iba a encontrar. Estaba muy asustado. Otros dos pasos. Le temblaba todo. Dudó si no era mejor quedarse al otro lado de la puerta. No saber es siempre más cómodo que saber.

Puso su mano sobre el picaporte. Aguantó la respiración. Cerró los ojos. Se armó de valor. Tenía que abrir la puerta de golpe, no valía de nada abrirla lentamente. Miraba hacia el suelo, en busca de alguna marca que le hiciese intuir lo que podía encontrarse al otro lado. Levantó la mirada y se quedó sin respiración durante unos segundos. Todo se paralizó. No podía moverse, no era capaz de articular palabra. Se quedó mirando fijamente a la chica ensangrentada que le miraba.

Tuvieron que pasar minutos enteros hasta que pudo normalizar, si es que se podía normalizar algo así, la situación. Ella no hacía más que observarle. No le había atacado y podía haberlo hecho en su momento de pánico. Eso le tranquilizó en cierta manera. Se fijó en ella. Tenía manchas de sangre por toda la ropa. El cuello estaba morado. Sus ojos eran tristes, pensó. Estaba muy asustado, pero la intriga empezaba a poderle al miedo. Y se lanzó a intentar sacar algo de información.

Le preguntó quién era. Ella se movió y se sentó en el sofá. No le respondió. Pensó que igual debía acercarse. Así lo hizo. Volvió a preguntarle. Nada. Pero esta vez, ella desplazó su mano hacia el cubilete en el que tenía los bolis. Al intentar coger uno, vio como su mano traspasaba el objeto. Se le pusieron los pelos de punta al verlo. Se levantó rápidamente y se alejó de ella. Empezó a gritar, a pedirle que se fuese de allí, que él no le había hecho nada, que por favor dejase de atormentarle, que no se conocían de nada. Lo hizo desesperadamente, con la voz quebrada.

El fantasma empezó a llorar. Esto pilló desprevenido a Claudio, que se sintió mal por haberle gritado de aquella manera. Pero es que no entendía nada, y tenía muchísimo miedo. Se acercó lentamente a ella. Le preguntó qué podía hacer él por ella, que se lo contase, que intentaría hacerlo si estaba en sus manos, pero que si no le decía nada, él no iba a poder hacer nada tampoco. Se lo suplicó.

De repente, ella se levantó, movimiento que asustó a Claudio, que se echó hacia atrás tropezándose con la mesa. Ella entró en la habitación. Se fue directa a la mesilla del otro lado de la cama. Él intentaba no perderse detalle de sus movimientos, por si podía sacar alguna información valiosa que le ayudase a entender todo lo que le estaba ocurriendo aquella noche. Vio como se agachaba y abría uno de los cajones. Se acercó donde ella estaba para ver exactamente qué hacía, qué buscaba, qué intentaba decirle.

De repente, cayó en la cuenta de que el cajón tenía doble fondo. Era extraño, porque parecía como si ella lo supiese. Después de implorarle, ella había ido directamente allí. No había dudado en ningún momento. Estaba convencida de que tenía que ir a ese mueble, a ese cajón. ¿Cómo podía saberlo? Las preguntas empezaban a amontonarse en su cabeza pero las respuestas no llegaban.

Miró al suelo y vio que estaba mojado. Se acercó más y pudo ver como de la cara de la fantasma caían lágrimas. No era un gran llanto. Eran las lágrimas de nostalgia, de recordar algo que ya no estaba, casi peores que los llantos. Sintió pena y prefirió alejarse un poco detrás de ella. Veía que rebuscaba. Se giró súbitamente hacia él, pegándole un buen susto. Señalaba hacia el interior del cajón. Le dio miedo lo que tuviese que enseñarle. Pero no tenía más remedio que agacharse junto a ella y conocer lo que le estaba señalando.

Su dedo señalaba una fotografía que había en el cajón. La cogió, la vio y se le heló el corazón. En ella aparecía una pareja joven, en sus veintipocos, con una cerveza en la mano cada uno, cogidos de la cintura y haciendo el tonto, demostrando la felicidad de unos más que probables inicios de relación. Era ella, pero los ojos de ahora no tenían nada que ver con los de la foto. Qué distintos los ojos de las personas en cada época de la vida, pensó.

Después se fijó en él. Un chico moreno, alto, de complexión fuerte. Sus ojos hablaban de alguien que tenía ilusiones, quería contarle a todo el mundo lo feliz que era en ese momento junto a esa chica. Nada que ver con los ojos que tenía hace dos semanas, cuando le citó para visitar el piso. Esos ojos no querían contarle nada a nadie. Más bien, querían esconderlo todo. Para siempre.

lunes, 28 de mayo de 2018

Esos ojillos traviesos


Un relato sobre una pareja joven con un hijo pequeño


Lo que les voy a contar no es nada extraordinario. Es una historia de lo más frecuente en nuestra época. Siento la decepción. Sucedió un viernes 24 de noviembre. Era un día frío en la ciudad de Madrid. En la radio anunciaban chubascos para todo el fin de semana y una caída brusca de las temperaturas. Recién salido de la ducha, elegía la ropa para ir a trabajar. La noche anterior se había quedado dormido estudiando la importante reunión de la mañana siguiente y no pudo dejársela preparada como en él era habitual. Planificando, siempre planificando, cómo no podía ser de otra manera.

Comió lo primero que encontró al abrir el armario de la cocina, ya iba justo de tiempo y no era el día más adecuado para pegarse un homenaje. Si todo iba bien, se lo podría conceder el sábado por la mañana, acompañado de su mujer y su hijo. Ella se había ido ya al periódico, tenía una rueda de prensa a primera hora y quería pasar antes por la redacción. Él llevaría esa mañana a Nico al cole. Se preparó el café. Eso sí que no podía fallarle. Se trataba de algo sagrado para él. Mejor no cruzarse en su camino las escasas mañanas en las que se daba cuenta de que se le había olvidado comprar.

Salió de casa y dejó al niño en el cole. De camino a la oficina, pensó que no se había despedido lo suficientemente cariñoso. Tiene cuatro añitos, se dijo. La maldita reunión, pensó. Continuó conduciendo mientras abandonaba el barrio de Hortaleza, en el que llevaban viviendo cinco años, el tiempo en el que las cosas, por fin, habían empezado a ir bien. Logró ese puesto de consultor que tanto le costó conseguir. Con la posición estable de Vero en el periódico, decidieron dar el paso de tener a Nico y comprar la casa en ese barrio madrileño.

Durante aquellos años todo había ido sobre ruedas. Era valorado en la empresa y tenía un futuro prometedor. Pero a veces le venía a la mente la queja, "el maldito trabajo". Solía ser en momentos de mucho estrés, de reuniones con clientes, de proyectos que se complicaban. Notaba que le afectaba a nivel personal y no le gustaba nada. Se preguntaba si merecía la pena, si acaso no era un sacrificio inútil, si no habría otras formas de vivir más relajadas y otra felicidad posible. La respuesta siempre acababa siendo la misma: el dinero, necesitas el dinero.

Aquella mañana llegó algo más tarde de lo habitual. Saludó a sus compañeros. Se fijó en que no estaba David. Era extraño, pero no le dio más importancia. Cuando preparó lo que tenía que preparar, Carlos se fue a por el segundo café. En ocasiones llegaba a tres, pero intentaba evitarlo. Se asustaba con el temblor de manos. Quedaba poco tiempo para la reunión y David seguía sin estar. Lo necesitaba, aunque si no llegaba intentaría defender él solo la totalidad del proyecto ante el nuevo cliente. Se puso nervioso.

A la hora indicada, acudió a recepción. Allí, puntual, estaba Elena Ceballos, la representante de la empresa interesada en contratar sus servicios. Se estrecharon la mano y caminaron hacia la sala de reuniones. Le gustaba cuando el cliente al menos de entrada era amable y cordial, le parecía una manera agradable de comenzar cualquier cosa en la vida. Le preguntó si había llegado bien y hablaron del atasco de aquella mañana, uno más, en el nudo de Manoteras.

Entró su jefe por la puerta de la sala. Le comunicó que David no acudiría, sin ofrecer más detalle. Mientras ellos se saludaban, Carlos intentaba encajar la información. Le tocaba explicar absolutamente todo el proyecto a él y aunque habían trabajado juntos en aquella presentación, no conocía a fondo la parte que le tocaba exponer a David. Había aprendido a entrenar su mente para poner el foco en salir adelante de las situaciones complicadas. No únicamente en el terreno profesional. Al final, o te obligas a ti mismo, o ahí te quedas y te pasan por encima, se decía. Aún así, no le había pasado eso nunca en el tiempo que llevaba en la empresa. No se podía creer que no se lo hubieran comunicado. Esperaba al menos un capote del jefe si la situación se torcía.

Nada de eso ocurrió. Cuando iba por la mitad de la exposición, todo empezó a irse al traste. Ceballos comenzó a realizarle preguntas completamente lógicas y previsibles acerca de los costes y la logística de lo que pretendían hacer. Era la parte de David y se quedó totalmente en blanco. Respondió con unas vaguedades impropias de la empresa a la que pertenecía. Ella torció el gesto y lanzó una mirada hacia Alfredo, el jefe. Continuó como pudo, pero empezó a sudar, de repente le faltaba aire y, en un momento dado, tuvo que pedir permiso para salir. Se acercó a una ventana y cogió todo el aire que pudo. Se encontraba mejor.

Al volver a la sala, no había nadie. Fue a recepción y tampoco estaban allí. Bajó al parking y allí a lo lejos les vio hablando. Ella hablaba de manera enérgica y el jefe no hacía más que disculparse. No le gustó lo que observó. Se echó a temblar. Decidió subir antes de que Alfredo regresase al hall para evitar una incomodísima subida en el ascensor.

Se fue a su puesto a no saber qué hacer, pero al menos no estaría dando vueltas sin sentido. De repente, escuchó su nombre. Alfredo le llamaba para que le acompañase al despacho. Quiso llorar. Le siguió hasta que estuvieron dentro. Cerró la puerta y se sentó. Se le quedó mirando y golpeó la mesa. Le preguntó que cómo era posible lo que acababa de suceder, que sentía vergüenza, que era intolerable. Le anunció que estaba despedido. Que la decisión la había tomado la semana pasada y se la había comunicado a David la tarde anterior, el cual se había negado a realizar la presentación en protesta para intentar forzar un cambio de decisión en Alfredo. Pero era irrevocable. Y la catástrofe de la reunión lo confirmaba. "Has perdido reflejos, Carlos" le dijo con una voz gélida. Le concedió media hora para recoger sus cosas.

Se le cayó el alma a los pies. No entendía como en un día todo podía haber cambiado de aquella manera. En ningún momento notó que hubiese bajado la guardia, pero en la empresa así lo habían percibido. Y contárselo a Vero al llegar. Se le caían las lágrimas según arrancaba el coche. No podía ser, se repetía. No ahora, que todo iba bien. No tenía ganas de nada, ni de conducir. Se asustó y tuvo mucho vértigo de la vida.

Llegó a casa y se quedó tumbado en la cama mirando el techo durante horas hasta que llegaron Vero y Nico. Al entrar en el cuarto, ella se fijó en el maletín en el escritorio y en las hojas por los suelos. Le miró a los ojos, se acercó y le abrazó, como había hecho siempre en los momentos difíciles. Mientras se abrazaban en mitad de la habitación, Nico se asomó por la puerta con esos ojillos traviesos que tenía y al mirarle, Carlos, por un instante, tuvo algo de esperanza en el futuro.

miércoles, 23 de mayo de 2018

Soy fan de los últimos besos

Siempre hablamos de los primeros besos. Yo quiero hablar de los últimos.


Siempre se habla más del primer beso que del último. Nadie pregunta nunca por el último beso de nadie. El primero es el niño mimado de los besos, que nadie lo dude. Pero hay que entenderlo. Aparece con fuerza, lo sacude todo, viene a demoler nuestros cimientos, su ilusión arrolla con todo lo que encuentra en su camino. Es felicidad y esperanza.

Del último contamos que es triste, y de ahí pasamos a la nostalgia, que tanto engancha y en la que más de uno se quedó a vivir. Pero joder, cómo no va a ser triste un beso que das sin saber que era el último. Y eso por no hablar de los primeros besos que acaban siendo los últimos.

jueves, 17 de mayo de 2018

Todo lo que vi en veinte minutos corriendo

Un paseo por Madrid para escribir
Cae la tarde en Santa Engracia

Ayer salí veinte minutos a correr y vi todo esto, aún no doy crédito.

Vi a una madre con su hija pequeña. Iban a comprar unos rotuladores a la papelería, dijeron. Al salir, un chico de aspecto joven dejaba su moto justo delante de mi portal. Un grupo de adolescentes iban hablando de un concierto al que estaban a punto de entrar en una sala musical cerca de donde vivo. Mencionaron el nombre del artista, pero ni idea. Un matrimonio salía de una panadería con dos barras de pan. Pensé que sólo quedaba la última comida del día y me sorprendió lo de las dos barras. Supuse que les gustaba mucho el pan o que tenían hijos aún en casa. Quizá lo congelaban para desayunar por las mañanas. Ese tipo de nimiedades son cosas que me muero por saber.

A veces siento unas ganas imperiosas de ir y preguntarle a la gente. El problema es que me iban a mirar como a un loco. Si no fuese por ese inconveniente, me pasaría el día entero haciéndole todo tipo de preguntas a todo tipo de desconocidos. ¿Por qué compras plátanos y no manzanas? Así, a bocajarro, en el momento de pesar la compra de fruta en el supermercado. Perdón, me he despistado en mi tarea. Les contaba lo que pude ver ayer en veinte minutos que salí a correr por mi barrio. Lo que pasa es que según veía las cosas también pensaba para mis adentros y al compartirlo con ustedes, me sale todo, hechos y reflexiones. Continúo, si me lo permiten.

Había muchos niños y muchas niñas. Enloquecidos todos. Salían del colegio y pensé que algo mal hacían ahí dentro, porque salían corriendo, espantaban a las palomas, chillaban, jugaban y se mostraban exultantes. ¿También hacía yo eso al salir de mi cole? Por cierto, a propósito de las palomas, creo que alguien, que disponga de mucho tiempo libre, debería estudiar la relación entre niños, palomas y perros. Hay toda una tesis ahí, me parece, y convendría desarrollarla. A mí al menos me interesa, de verdad.

Hacía buen tiempo, se podía ir en manga corta, experiencia empírica que de poco me sirvió ya que más tarde salí a dar un paseo y me cogí la chaqueta. Un rollo porque luego tuve que ir cargando con ella en los brazos toda la noche. No sé por qué lo hice. A veces algo es obvio y ni por esas entramos en razón. Muchos ejecutivos también. Vivo en zona de oficinas. Era la hora de salir del trabajo aunque no parecían especialmente contentos. Quizá al llegar a casa tenían que seguir preparando las reuniones.

Vi a un hombre pasear al perro. Era graciosísimo porque era un perro de estos minucias y no paraba de ladrar el tío. El dueño ya no sabía que hacer para intentar callarle. Era un poco ridículo todo, y a él se le veía consciente de que lo era, me pareció. Había también dos hombres de mediana edad sentados en el borde de un escaparate y tres hombres sentados en un banco delante de ellos. Parecía que se miraban y se retaban de alguna manera. Pero igual de alguna manera es sólo para mí. En realidad, puede que no se mirasen, pero la escena ganaba mucho en interés de esa manera a la hora de contársela a ustedes.

Pasé por una zona de terrazas. La imagen de una terraza llena de gente bebiendo, hablando y riendo me alegra la vida siempre que la veo. Había todo tipo de personas. En una mesa, tres chicas hablaban. Cada una con su cerveza. Una había conocido a alguien, según parecía. Era curioso porque no se interrumpían, la escuchaban atenta. Creo que los hombres nos interrumpimos, nos ponemos nerviosos y comenzamos a hacer bromas de lo más estúpido cuando nos ponemos a contarle a nuestros amigos que hemos conocido a alguien. No sé qué pensarán ustedes.

De la puerta del Mercadona salían y entraban riadas de gente como si se fuese a acabar el mundo. Igual sí. No estoy nada conectado a las noticias. Agradecería un comentario al final del artículo informándome de ello. Había un chico muy joven que llevaba dos bolsas muy cargadas. Seguramente un estudiante que había sobrevalorado su fuerza y ahora estaba pasándolo fatal. En ese tipo de fracasos haciendo la compra se aprende un montón de la vida, créanme.

Chicos y chicas con bolsas de las tiendas de la calle Orense. Quizá un día malo, quizá un capricho porque sí. Y punto. Tampoco hay que buscarle explicación a cada acto del ser humano, ¿no? Pasé delante de una tienda de ropa que huele de maravilla. Aunque vaya distraído y agotado por la carrera, siempre que paso por ahí, es imposible no darme cuenta. Me crucé con dos tipos muy altos. Pasé miedo, como siempre que tengo delante a un ser humano de mayor altura que yo. Una chica joven iba en bici y casi la atropellan. Qué susto se llevó todo el mundo.

Subí toda una cuesta, que se me hizo eterna, hasta llegar a Cuatro Caminos, lugar castizo donde los haya. Intenté seguir fijándome en todo lo que veía a mi alrededor. En una cafetería muy mona los clientes merendaban. Tres jubiladas se reían a carcajadas en una mesa. Quiero reírme así cuando tenga su edad, pensé. Había un hombre que leía el periódico, El Mundo, creo. Estaba en las páginas de opinión. Llegué a Cuatro Caminos. Descansé diez segundos en los que, como siempre que paso por ahí, me dedico a observar fijamente a todas las personas que pasan ese momento. Háganlo alguna vez. Váyanse una tarde a la glorieta de Cuatro Caminos y quédense mirando. No hay más que hacer. Ir allí y mirar. Ya me contarán qué tal la experiencia.

Cuando bajé la cuesta de nuevo, me fijé en que el hombre seguía en las mismas páginas de opinión en las que le había dejado antes. Carai con el hombre. Si no sale de esa página no se va a enterar de que se acaba el mundo, pensé. Estaba agotado y respiraba de tal manera que algunos transeúntes me miraban un tanto preocupados, otros directamente asustados. Tenía ganas de ofrecerles una explicación y de paso tranquilizarles con que no me iba a morir ahí delante de ellos, que eso sería una faena.

Me quedé con las ganas de saber qué llevaban en las bolsas todos. Los que salían de hacer la compra y los que salían de las tiendas. O de preguntarle a un señor el motivo de su horrorosa camisa rosa estampada con puntos azules pequeños extendidos por todos lados. O si las personas que entraban a esa librería se compraban libros para ellas o de regalo. Siempre quiero hacerles preguntas a los demás. Es un problema, créanme. Al llegar a casa, me duché y me quedé dormido. No sé si se ha acabado el mundo, si es así, les agradecería que me lo hicieran saber. Muchas gracias, de verdad.

miércoles, 9 de mayo de 2018

Los cuentos empiezan por ti

Relato sobre la soledad

No. No me va muy bien en lo sentimental. Mucho tiempo sin nadie al que esperar para ver los capítulos de una serie. Muchos besos perdidos y ojalás innecesarios. Noches sin arrebatos, demasiadas.

Tampoco espero a la princesa mágica. Nunca creí en los cuentos de "estaba perdido y apareciste tú". "¿Y en qué crees entonces?", me preguntan alarmados. Y yo respondo: "en estar bien conmigo mismo, que un sofá para uno es un auténtico paraíso, no un drama, y en que la felicidad es para el que la quiere, aunque sea solo un poquito y en las circunstancias que sean".


jueves, 3 de mayo de 2018

El verano de Plutón

El verano de 2006 me lo pasé indignado porque decidieron que Plutón ya no sería un planeta


En el verano de 2006 se cometió una de las mayores injusticias de la historia contemporánea. La Unión Astronómica Internacional (UAI) decidió retirarle la categoría de planeta a Plutón. Os puede parecer una tontería, sé que hay mucha gente que se resguardó en la indiferencia ante semejante atrocidad. Pero no lo es. ¿A santo de qué tenían esos señores que decirle a Plutón que ya no era un planeta? Lo habíamos estudiado así. Y de repente, nos lo cambiaban. 

El caso es que me pasé el verano indignado. No concebía las razones por las que se cometía tamaña tropelía con el bueno de Plutón. Me daba pena, de verdad. Me ponía en su lugar y me daba mucha rabia que todo eso estuviese pasando y que nadie hiciese nada por impedirlo. Me caía bien Plutón a mí, jo. No había derecho. Estás en lo más alto y de repente un día, sin haber hecho nada para merecerlo, te quitan de ahí a patadas. El mensaje era desolador. Con 21 años, los señores de la UAI me estaban diciendo que daba igual lo que consiguieses en la vida, que un día de repente podías perderlo todo sin previo aviso y sin explicación. Deseé con todas mis fuerzas que hubiese unos alienígenas ahí dentro y que viniesen para arrasar con la Tierra, a ver quién era planeta y quién no era planeta entonces.

Recuerdo que conseguí transmitir mi monumental enfado a la pandilla de los veranos. Gritábamos "¡Plutón no se toca!", que me parece un cántico perfectamente legítimo para cantar con tus amigos en la playa en una madrugada de verano cuando tienes veintipocos. A las escasas chicas que conocí ese verano les hablaba de Plutón y de lo injusto que era el mundo. Claro, les hablaba de esto a altas horas de la noche y ellas únicamente podían hallarle una explicación en el hecho de que había bebido. 

Pero lo que se quedaron sin saber es que no. Que si hubiesen aparecido por la playa, pongamos, a las seis de la tarde, o a la una del mediodía, también les hubiese soltado mi memorable discurso contra ese atropello. Soy una persona a la que no le gusta demasiado que le cambien las cosas, y que coge cariño rápido. Y a Plutón se lo tenía, os lo aseguro. He leído que la NASA podría reconsiderar su decisión y darle de nuevo el estatus de planeta. Me da igual. No podrán hacerme olvidar el dolor del verano del año 2006. Muchas personas no entienden que esta cuestión sea tan importante para mí. Pero es que los adultos no entienden nunca nada, y los de la NASA menos aún.


miércoles, 18 de abril de 2018

Mándalo a la mierda

Manifestación por la huelga feminista del 8 de marzo de 2018 en Madrid
La manifestación histórica del 8 de marzo de 2018 a su paso por la Gran Vía de Madrid

A la mierda el que no te quiera libre,
a la mierda el que te amenace,
a la mierda el que te asuste,
a la mierda el que te haga sentir miedo,
a la mierda el que te vea como objeto,
a la mierda el que se crea más que tú,
a la mierda el que te vea como una carga,
a la mierda el que no te permita crecer,
a la mierda el que te asfixie,
a la mierda el que no te valore,
a la mierda el que no quiera buscar tiempo para "perderlo" contigo,
a la mierda el que te haga dudar de ti misma,
a la mierda el que crea que le perteneces,
a la mierda si es incapaz de hacer el esfuerzo de entenderte.
Os queremos vivas,
os queremos libres,
os queremos iguales.

jueves, 12 de abril de 2018

Mejor aquí, mejor ahora

Una reflexión sobre vivir más y dudar menos en el amor


Ten cuidado con ocultar tus sentimientos. 
Existen personas que, un día, cuando fueron a buscarlos, ya no los encontraron.
Cuidado con ir despacio. Con esperar el momento.
Con esperar que las expectativas sean o no las mismas.
Con el qué pasará si pasa esto o no pasa lo otro.
Cuidado con administrar en exceso las emociones.
Cuidado con anticipar los finales antes de que nada haya sucedido.
Cuidado con tardar demasiado.
Con quedarte a vivir en la duda, en el miedo.
Un poquito más de aquí y ahora nunca viene mal.

domingo, 8 de abril de 2018

Emociones en cuarentena

Reflexiones sobre la felicidad, las emociones y la razón
Cuadro "The times of day" de uno de mis pintores favoritos: Caspar David Friedrich


Las emociones son buenas, son positivas, nos ayudan, debemos tenerlas en cuenta y procurar entender lo que nos dicen. Ahora bien, dejar que toda nuestra vida se decida por ellas es elegir un mal camino. Soy una persona que se entrega mucho a ellas en todos los aspectos de la vida, y eso me ha traído alegrías pero también unos cuantos disgustos. 

Una vez un amigo me habló del razonamiento emocional. Consiste en establecer realidades absolutas basadas única y exclusivamente en nuestras emociones. Explicado de forma sencilla viene a ser un "me siento así, pues esto debe ser así". Razonamos tanto en función de lo que sentimos que elevamos a categoría de verdad absoluta todas nuestras sensaciones.

Y hay ocasiones en las que debemos pararnos, pensar, y analizar racionalmente la situación a la que nos enfrentamos. No pasa nada por dudar de las emociones. Mi amigo me dijo una frase que se me quedaría marcada: "a partir de ahora, vamos a poner en cuarentena nuestras emociones". Eso nos ayuda a saber mejor lo que necesitamos. 

A las emociones no hay que darlas demasiado poder. Pero eso no significa que dejes de vivir la vida con intensidad, de entusiasmarte con cada nueva oportunidad, que dejes de ilusionarte por aquellas cosas que creas que merezca la pena que salgan adelante, o de vaciarte en cada beso y en cada abrazo. 

lunes, 26 de marzo de 2018

Corazones rotos y viajes en Delorean

Texto poético sobre corazones rotos y viajes en Delorean


El tiempo lo cura todo, dicen. No voy a entrar a valorar la certeza o falsedad de este dicho popular y cura universal. Sólo diré que siempre me ha parecido una putada de las grandes. Porque me parece incompleta y tramposa. 

¿Cuál es el tiempo necesario para cada corazón roto?

¿Y qué hacemos con la indefensión que sentimos en el momento que llega el abandono?

¿Hay algo o alguien que nos acerque a la esperanza?

Ojalá una máquina que te dijese "en dos años y tres meses estarás curado",

y un Delorean en el que poder ahorrarte todas esas solitarias noches.