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viernes, 2 de octubre de 2020

Prórrogas del verano

El atardecer en Calafell con las barquitas


Como futbolero, siempre he disfrutado como un niño de las prórrogas en los partidos, eso sí, cuando me resulta indiferente el ganador. No me gustó nunca el Gol de Oro, que daba la victoria automática al primero que marcase. Si estás disfrutando de algo, qué mejor que tener un rato extra más para disfrutarlo. Y así es cómo me encontré con mi particular prórroga del verano con una semana de vacaciones en Calafell en pleno septiembre. Y claro, la viví con la misma intensidad con la que vivo esas prórrogas en el fútbol. "Nadar y broncearse y ser joven y estar cerca del mar", decía Fitzgerald, y para qué va uno a querer más. 

En esos días en Calafell fui al dentista por un dolor y hice una de las mías. En un momento dado la doctora me pidió que le acompañase por un pasillo en el que había varias habitaciones. En un momento dado, me metí en una de las habitaciones. Y tan tranquilo, fui y me senté tan cómodo en la silla del paciente. Me quedé esperando a que viniesen. No venía nadie. Y en un momento dado, escuché a la doctora hablar con la enfermera preguntándose: "¿pero dónde está?". Y ya deduje que me había metido en la habitación que no era. Al verme ahí sentado les dio una reacción entre alucine y partirse de risa. Empiezo a pensar que esto mío de meterse en sitios que no me corresponden es digno de psicoanálisis. Creo que lo de la academia de Brighton me marcó tanto que mi vida es un permanente intento de igualar o superar aquello. Pero es imposible. 

En una entrevista en televisión salía una persona desde su casa en su habitación y el tío tenía la puerta entornada. Me pasé la entrevista entera sufriendo. Es que ni sé lo que dijo. Yo sólo tenía ojos para la puerta esperando que no apareciese nadie detrás. Tampoco hubiese podido avisar al individuo de que estaban a punto de asesinarle en directo pero me daba tranquilidad vigilar la puerta por él. No puedo, no he podido nunca con las puertas entornadas. Me dan un miedo atroz. Alguna noche Oli ha querido dejar la puerta entornada y cada vez que me despertaba no podía evitar mirar pensando que en cualquier momento iba a ver algo que no me iba a gustar nada. Es una cosa horrible. 

Un señor en el autobús hablaba por teléfono y no hacía más que responderle a su interlocutor "vamos concretando". Lo repitió ochenta y siete veces, o a mí me lo parecieron. Me hizo recordar un botellón de hace muchos años en la facultad de Periodismo en la Complutense. Creo que celebraba mi cumpleaños y éramos un montón ahí. Llegó el temido momento de irse a los bares. Y viendo la cantidad de gente que éramos, me bloqueé y entré en un bucle en el cual sólo era capaz de decir: "lo mejor es que vayamos en tandas". Daba igual lo que las personas me decían. A todo respondía eso. No era capaz de salir de ahí. Se me podía haber acercado una chica que quisiera ligar conmigo en ese momento invitándome a su casa que le hubiera respondido: "lo mejor es que vayamos en tandas". 

La Sexta tiene una aplicación en la cual existe una opción que es "escuchar La Sexta" que utilizo muchas veces. El otro día me fui así a comprar al Mercadona. Intentar separar la bolsa de la fruta mientras tienes a Ferreras en tu cabeza no se lo recomiendo a nadie. El caso es que pensé que el primero que tuvo la idea de lo de escuchar la tele fue mi abuelo, que cuando mi hermana y yo pasábamos unos días de verano con él y con mi abuela en Gandía y nos quejábamos de que al comer no se veía la tele desde la mesa, nos decía siempre: "la tele se escucha". Es algo que me parecía incomprensible y que ahora entiendo perfectamente. 

Aunque no es definitivo, el Ayuntamiento de Madrid ha decidido quitar las calles a Largo Caballero e Indalecio Prieto. Fue una propuesta de VOX y PP y Ciudadanos la apoyaron. El problema es ese mismo, que era una propuesta de VOX. Y algunos siguen sin enterarse de que las propuestas de un partido de ultraderecha se ignoran. Y ya que algunos sigan a estas alturas con el discursito de igualar ambos bandos me agota y me irrita a partes iguales. Insisto, la Guerra Civil fue un adelanto de la II Guerra Mundial. Y a nivel mundial, pobre de aquel que se atreva a equiparar nazis con aliados. Pero en España seguimos teniendo que aguantar esas malditas patrañas. 

Cada día que pasa, más alucino con el nivel de irresponsabilidad que está mostrando la Comunidad de Madrid respecto a la salud de sus habitantes. Y soy de los que opina que todo esto es algo nuevo y que es difícil encontrar soluciones. Pero cuando ves que en otros territorios no les ha temblado el pulso a la hora de imponer restricciones y que en Madrid no se ha hecho nada durante agosto y ahora hemos llegado a este punto, ahí, ya se acaba la paciencia. Encima, no se ha aprovechado ese tiempo para contratar rastreadores, médicos y reforzar la atención primaria. Es que no se ha hecho nada de nada. Y no me molestaría tanto si lo que estuviese en juego no fuese la salud de las personas. Porque lo prioritario es eso, la salud de las personas, y no la economía, por importante que sea esta última.

jueves, 3 de septiembre de 2020

El verano feliz es un verano sencillo

Las Perseidas son un clásico del verano que nunca me pierdo


En un momento dado de su novela "Suave es la noche", Scott Fitzgerald afirma "los placeres más sencillos, en los lugares más sencillos". Creo que es la frase que resume mi verano. Sin grandes viajes, en el lugar de todos los veranos, con la familia y los amigos de toda la vida. No contaba para nada con tener un verano tan feliz como el que he tenido. Cuando piensas que no vas a poder hacer nada y te encuentras con que sí que puedes hacer, aunque sea lo mínimo, lo celebras por todo lo alto.

A mí me parece que el verano hay que vivirlo así, como una celebración por todo lo alto. Desde que empieza hasta que acaba. Si no es así, no es verano. Lo que entiendo yo por celebración es todo. Creo que el verano ofrece la oportunidad de hacer cosas que en ninguna otra época se pueden hacer y por eso, cuando la vida te pone por delante ofertas así, hay que aceptarlas sin rechistar. Por eso celebro dándome interminables baños en la playa, saliendo a cenar algo por ahí, tomando las cervezas que sean, disfrutando de un gintonic en una terraza. Porque es verano, porque estoy de vacaciones, y en septiembre ya no podré hacer todo esto. El verano es desinhibición, siempre. Y conviene ser consciente de ello, porque habrá personas que pasen por el verano como pasan por el invierno. Y no se puede ir así por la vida, sin celebrar las alegrías y sin llorar las penas.

Estuvimos viendo las Perseidas dos noches. Yo creo que a la vida hay que ponerle la atención que se le pone a una lluvia de estrellas. O intentarlo, al menos. En una lluvia de estrellas fijas tu mirada en un punto pero de reojo estás también atento para no perderte nada. Las estrellas fugaces son imprevisibles y pueden cruzarse delante de ti por cualquier lado. Un poco así debe ir uno por la vida. Atento en todo momento para no perderse nada: desde una buena conversación a una página de un libro pasando por un simple cruce de semáforo. Ver una estrella fugaz es algo excepcional. La vida tiene también destellos que conviene no perderse.

Lo de escuchar conversaciones ajenas está empezando a ser algo enfermizo. Lo que más me gusta es cuando escucho a alguien decir una verdad universal de esas de las que mi padre diría "se sabe". Este verano, tomando algo una noche con Oli en Platja D´Aro, había dos niños jugando  al fútbol en la playa. Y uno le dijo al otro: "no hay fueras, el campo es toda la playa". Poco me faltó para dejar el gintonic en la mesa, levantarme y aplaudir al niño. Porque si has jugado al fútbol en la playa de pequeño, sabes que eso es una verdad universal en Platja D´Aro, y en Copacabana.

Ondas gravitacionales sin explicación

La NBA le declara la guerra a Trump, parece. Lo hace en su lucha contra el racismo como protesta contra los asesinatos de personas de raza negra a manos de la policía. Valiente la NBA y valientes sus deportistas. Otros pensarían que mejor no mojarse, que para qué te tienes que meter en líos, NBA. Que mejor no meterse en un asunto de tanta gravedad como es el racismo sistémico que parece existir en Estados Unidos. Que para qué luchar por la igualdad, hombre, déjate de tonterías, NBA, y juega al baloncesto.

No estoy aquí para hablar de quién me sigue en Twitter, salvo que me empiece a seguir alguien que me hace mucha ilusión. Esta semana me ha seguido el escritor gallego Juan Tallón. Leí su novela Rewind a principios de año y me encantó. He ido a varias presentaciones suyas y me he reído a carcajadas. Me cae muy bien, y cuando me ha firmado algún libro ha sido simpático siempre.

Los científicos han detectado una onda gravitacional que no debería existir. Es una noticia científica histórica. No sé si la habéis visto, pero a mí me tiene loco. Desde pequeño me fascina todo lo que tiene que ver con el universo. Soy de letras y por tanto no suelo entender mucho de lo que leo sobre el tema. Con esta noticia me ocurre lo mismo, que me fascina y leo todo lo que puedo sobre ella, pero entender, entiendo poco. Lo que me llama tanto la atención supongo que es el misterio que hay en ello, que los científicos detecten algo que no debería existir y que no sean capaces de explicarlo.

La otra tarde, al ir a trabajar, la máquina que nos mide la temperatura en el Museo me dijo que tenía una temperatura "anormal" de, ojo, 33.4. Durante la tarde fui en cada descanso a ver si seguía dándome lo mismo y sí, no había quién remontase eso. Se lo conté a Oli, que al rato me dijo que había buscado síntomas en internet y que decían que era "torpeza y falta de coordinación" por lo que me dijo que estuviese tranquilo, que debía estar siempre con esa temperatura. Confesaré que una o dos veces saludé a algún compañero con el que me cruzaba por los pasillos y que me quedaba muy atento a ver si se daban cuenta de que les había saludado y sobre todo, si me respondían. Nunca se sabe cuando te has convertido en un espectro y conviene saberlo me parece, porque así pasado el disgusto ya puedes empezar a hacer cosas de espectros.

Acabo ya con una recomendación. Os animo a los que estéis en Madrid a visitar una exposición muy especial. Es especial porque es de mis compañeros del Museo del Prado. Muchos de ellos son auténticos artistas y han hecho su propio homenaje a las obras que vigilan cada día. La exposición se llama "Ell@s nos cuidan, ell@s nos pintan". Os dejo todos los detalles aquí

jueves, 3 de mayo de 2018

El verano de Plutón

El verano de 2006 me lo pasé indignado porque decidieron que Plutón ya no sería un planeta


En el verano de 2006 se cometió una de las mayores injusticias de la historia contemporánea. La Unión Astronómica Internacional (UAI) decidió retirarle la categoría de planeta a Plutón. Os puede parecer una tontería, sé que hay mucha gente que se resguardó en la indiferencia ante semejante atrocidad. Pero no lo es. ¿A santo de qué tenían esos señores que decirle a Plutón que ya no era un planeta? Lo habíamos estudiado así. Y de repente, nos lo cambiaban. 

El caso es que me pasé el verano indignado. No concebía las razones por las que se cometía tamaña tropelía con el bueno de Plutón. Me daba pena, de verdad. Me ponía en su lugar y me daba mucha rabia que todo eso estuviese pasando y que nadie hiciese nada por impedirlo. Me caía bien Plutón a mí, jo. No había derecho. Estás en lo más alto y de repente un día, sin haber hecho nada para merecerlo, te quitan de ahí a patadas. El mensaje era desolador. Con 21 años, los señores de la UAI me estaban diciendo que daba igual lo que consiguieses en la vida, que un día de repente podías perderlo todo sin previo aviso y sin explicación. Deseé con todas mis fuerzas que hubiese unos alienígenas ahí dentro y que viniesen para arrasar con la Tierra, a ver quién era planeta y quién no era planeta entonces.

Recuerdo que conseguí transmitir mi monumental enfado a la pandilla de los veranos. Gritábamos "¡Plutón no se toca!", que me parece un cántico perfectamente legítimo para cantar con tus amigos en la playa en una madrugada de verano cuando tienes veintipocos. A las escasas chicas que conocí ese verano les hablaba de Plutón y de lo injusto que era el mundo. Claro, les hablaba de esto a altas horas de la noche y ellas únicamente podían hallarle una explicación en el hecho de que había bebido. 

Pero lo que se quedaron sin saber es que no. Que si hubiesen aparecido por la playa, pongamos, a las seis de la tarde, o a la una del mediodía, también les hubiese soltado mi memorable discurso contra ese atropello. Soy una persona a la que no le gusta demasiado que le cambien las cosas, y que coge cariño rápido. Y a Plutón se lo tenía, os lo aseguro. He leído que la NASA podría reconsiderar su decisión y darle de nuevo el estatus de planeta. Me da igual. No podrán hacerme olvidar el dolor del verano del año 2006. Muchas personas no entienden que esta cuestión sea tan importante para mí. Pero es que los adultos no entienden nunca nada, y los de la NASA menos aún.


jueves, 1 de junio de 2017

Mi abuelo y las luces de los faros

Mi abuelo me enseñó a contar las luces de los faros en Gandía


Hoy me hace ilusión compartir con vosotros una serie de recuerdos que tengo de mi abuelo. Más de una vez me acuerdo de él y lo hago con muchísimo cariño. Las memorias que tengo de él son momentos que se quedaron a vivir en mi cabeza sin yo saberlo en el momento en el que los estaba viviendo. Entre ellos, el más importante, en el que me hablaba de los faros. Él era valenciano, por lo que le tengo mucho aprecio a la ciudad de Valencia. Y muchos recuerdos que tengo de él están asociados a esas tierras que tan bien reflejó en sus pinturas Joaquín Sorolla (si no habéis visitado aún su casa-museo en Madrid, ¿a qué esperáis?).

De mi abuelo se decía en ocasiones que era una persona seria. Menuda mentira. No es seria una persona que cuando se reía lo hacía llorando de la risa. No se reía mucho, puede ser. Pero es lo que os digo: cuando se reía lo hacía con una fuerza extraordinaria, le recuerdo en pleno ataque de risa cuando le contaba alguna cosa rara de esas que a veces me ocurren. No es seria una persona que cuando entraban sus nietos en casa les ponía la mano detrás de la oreja y les sacaba una moneda de chocolate. Decidme vosotros si vuestros abuelos eran capaces de sacaros una moneda de chocolate de detrás de vuestras orejas. No es seria, y aquí os vais a partir de risa, una persona que engaña a su nieto y le dice que el origen del nombre de la horchata se debe a que cuando los españoles descubrieron América, descubrieron también ese producto, y al volver a España les decían a sus mujeres "¡Esto es oro, chata!" y el nieto, yo, se lo creía a pies juntillas. De hecho, os diré que no tengo la menor idea del origen de esa bebida que tanto me gusta, y que aún hoy le cuento esa versión a muchas personas. Lo que pasa es que me río al contarlo y no me creen. 

Quizá podía ser poco hablador, no lo sé. El caso es que tengo un recuerdo grabado a fuego en mi memoria, que es el del silencio sepulcral que se hacía en el salón de casa de mis abuelos cuando él hablaba o daba alguna opinión sobre algún tema importante de actualidad. Las expresaba de forma lenta, de forma que iba creando expectación mientras las emitía. Siempre se las tenía muy en cuenta, o al menos yo me llevaba esa impresión cada vez que ocurría ese momento.

Recuerdo los veranos junto a mi hermana en Gandía con Loli (mi abuela es una mujer muy presumida y no quería que la llamásemos abuela) y el abuelo. Y una enseñanza en concreto de la que siempre me acuerdo en distintos momentos. Cuando nos sentábamos en la mesa a comer, después de haber pasado toda la mañana en la playa, a veces no podía ver bien la tele desde donde estaba sentado y, naturalmente, protestaba por ese motivo. Hasta que un día mi abuelo me dijo un poco enfadado que la tele se escuchaba, no se veía. Yo no lo entendí, si os digo la verdad. Pero como con tantas cosas, lo entendí años después. 

En Gandía nos lo pasábamos pipa mi hermana y yo, la verdad. Nos dejaban ahí nuestros padres quince días en el mes de julio y siempre teníamos muchas ganas de que llegase el momento de largarnos para allá. Era el comienzo oficial del verano y la playa. En la piscina de los apartamentos de Gandiazar IV, así se llamaba el bloque, me picó por primera y espero que última vez una avispa. En concreto, dos. Un balonazo a una colmena y todos corriendo como posesos a la piscina. En la huida desesperada del campo de batalla fui alcanzado por dos soldados del ejército enemigo.

Pero es en Gandía en el lugar en el que mi abuelo me enseñó el recuerdo más bonito que tengo de él. Veréis. No sé que estaba haciendo, puede que recogiendo la cena, porque estaba en la cocina. Y mi abuelo estaba en la ventana y me llamó. Fui hacia donde él estaba y me dijo que prestase atención. La ventana de aquella cocina daba a un campo de naranjos inmenso que se extendía durante kilómetros y kilómetros por el horizonte. No había ningún edificio en aquella vista. Al fondo, en la oscuridad de la noche, se divisaba Cullera. Pues bien. Su mano señalaba hacia Cullera. Me pidió que me fijase en el faro. En sus luces, en concreto. Y empezó a contar. Cada vez que terminaba de contar se encendía el destello del faro. Y tenía una secuencia. Del tipo: 3 segundos luz - 3 segundos luz - 8 segundos luz y vuelta a empezar. No sé qué edad podía tener, soy malísimo para ponerme a calcular ese tipo de cosas. Pero sí recuerdo, en cambio, que aquello me fascinó. Tanto, que es como si lo hubiese vivido ayer mismo.

Desde entonces, no lo puedo evitar. Sitio al que voy y tiene mar, busco los faros. Y cuando cae la noche, me dedico a ponerme a contar las secuencias de cada faro nuevo que pasa por mi vida. Tengo una libreta en la que tengo apuntadas las secuencias de los faros que he conocido. Algunas me las sé de memoria, porque son sitios que visito con frecuencia, y con otras, me dejo sorprender y las anoto. Así también comenzó mi fascinación por los faros, lugares asociados al mar, al romanticismo, a la soledad, al misterio, que han visto naufragios y vidas perdidas en sus narices, como figura simbólica a la que se encomiendan los marineros y los que no somos marineros para buscar seguridad en mares complicados.

Esos son los recuerdos que tengo de mi abuelo. Son muchos más, y si me dedico a escarbar, aún más que saldrían. Pero esos especialmente deben ser los más importantes, porque son los que me han venido a la cabeza los primeros al acordarme de él, y lo que sale primero suele ser lo más verdadero que tenemos dentro.

Muchísimas gracias por leer. Si os ha gustado, podéis compartir el texto a través de los botones que tenéis un poco más debajo con el simbolito de cada red social. En la versión móvil, aparece un botón que es "Compartir". Si le dais, os aparecerán los distintos botones de cada red social. Hago hincapié en esto porque más de uno me habéis dicho que no os aparecen o que no los encontráis.



domingo, 2 de abril de 2017

La academia a la que no fui

Grupo de estudiantes europeos estudiando inglés en Brighton
Pablo (el clon de Raúl), Roman, Felipe, Lok y servidor. En clase, claro.


Os voy a contar la historia de cómo me pasé tres semanas haciendo un curso de inglés en una academia de Brighton que no era la mía. Hace poco leí un artículo del periodista Juanma Trueba en el que hablaba del despiste, un arte curioso. Normalmente, las obras maestras suelen llegar con mucho esfuerzo detrás y el creador las muestra orgulloso. En el caso del despiste, no conozco a nadie que presuma de ser un despistado ni que ponga toda su empeño en serlo. Pero lo que me ocurrió en Brighton es para presumir, y su creación no me supuso ningún esfuerzo. 

Era el verano de 2006 y me fui tres semanas a esa localidad costera del sur de Inglaterra a estudiar inglés. De verdad que iba a eso. El caso es que no había mirado donde estaba la escuela ni su nombre ni nada. Bastante estrés me causaba ya el coger bien el tren de Londres a Brighton. Así que al salir el primer día de la residencia, le pregunté a otro español que me encontré que dónde estaba "la academia", como si solamente existiese una en todo Brighton. Me lo explicó así por encima y yo confié en lo que me dijo. Confié tanto que así fue cómo empecé mis tres semanas en una academia que no era la mía.

Llegué allí el primer día. Mucho jaleo para colocar a todos los estudiantes en distintos grupos. Iban pasando lista. No dijeron mi nombre, lo cual me pareció inquietante en ese instante y lo más normal del mundo cuando descubrí que no estaba inscrito en ese centro. Y yo, sin ser consciente de que era un intruso, les reproché que muy mal, que no me habían nombrado. Tras realizar las comprobaciones pertinentes, que debieron hacerlas muy mal, me dijeron que arreglado, por supuesto. 

El caso es que era todo de lo más normal. Yo iba ahí todas las mañanas, me metía en mi clase, ahí estaba el profesor, mis compañeros, y salía después al mediodía sin levantar ningún tipo de sospechas, ni de ellos, ni mías, por supuesto. Qué iba yo a saber que había otra clase, con otros compañeros, con otro profesor, en otro rincón de Brighton, que cada día que pasaba debían pensar: "el español este ni siquiera ha disimulado en lo de venir a aprender inglés, directamente ni aparece por clase".

Lo mejor de la vida ocurre en muchas ocasiones gracias al azar. Y lo que me pasó es un buen ejemplo. Conocí gente maravillosa a la que guardo gran aprecio: Felipe, Lok, Roman, Pablo (clon de Raúl), Lara, Marcos, Teresa, Sandra. Si mis recuerdos de Brighton son tan buenos es gracias a ellos. Siempre estábamos por ahí y sabíamos pasárnoslo bien, que es algo importante en la vida. En Brighton ligué por primera y última vez en mi vida gracias al fútbol. Ella era del Liverpool y yo también. No hubo que fingir nada. Pero si hubiera sido del Sheffield Wednesday, "hubiéramos" sido del Sheffield Wednesday, a quién vamos a engañar. No sé qué hubiera sido de mí en esa otra clase, con esos otros compañeros. No me hubiera divertido ni la mitad, lo sé.

Cuando se acababan las tres semanas, recibí una llamada de un número con una voz hablándome en inglés diciéndome no sé qué de que por qué no iba a clase. Como tengo mal oído, no entendí casi nada aunque me extrañó lo de que no había ido a clase. Pero si yo estaba ahí, puntual, cada mañana. Vale que la última mañana de curso Lok y yo decidimos tomarnos dos cervezas antes de clase como despedida, pero yo no había faltado ni un solo día. Qué ocurrencia la de aquella mujer.

La misma, que, sospecho, llamó a mis padres. Poneros en situación. Yo les había ido contando todo lo que se le puede contar a unos padres cuando tienes veintiún años y estás en un sitio como Brighton con estudiantes de toda Europa, que se resumía en un "las clases bien". Las clases bien, ahí estaba el problema. Que de lo único que les había hablado a mis padres, las clases, les llamaron diciéndoles que no había ido a ni una desde que llegué. Jo, menudo lío. Nunca más supe nada.

Me había pasado casi un mes yendo a una academia que no era la mía. Estuve viviendo una vida que no me correspondía sin yo saberlo. Bueno, ni nadie. Todo fue una gran ficción durante tres semanas. Aquello me hizo pensar en las casualidades. Un despiste tonto al que nadie pone remedio y te ves metido de repente en una vida que no es la tuya. Muchas veces me he preguntado el tiempo que aquella surrealista experiencia se hubiera podido prolongar de no ser porque el curso tenía el límite de las tres semanas. Me hubiera gustado poder descubrirlo. 

martes, 19 de noviembre de 2013

El síndrome de Golfo



Vivo en un pueblo del Mediterráneo dónde cada verano, como en tantos lugares de playa, ponen un chiringuito. Su llegada significa el comienzo de la mejor época del año. Su retirada supone todo lo contrario. El final del sol, de las vacaciones, de la diversión permanente. A las personas nos gusta resistirnos al final de la época estival. 

Llega septiembre y tratamos de seguir la buena vida. Nos aferramos al sol. El chiringuito también lo hace. Durante casi todo el innombrable mes que sucede al de agosto, ahí sigue. Cada vez más vacío. Cada vez más triste. Pero trata de prolongar su buena vida. Le queda poco para decir hasta pronto.

Durante las últimas vacaciones, mi madre y yo, que nos solemos fijar en lo que hacen los perros, descubrimos a uno especial. Se llamaba (y se sigue llamando, que no cunda el pánico) Golfo. Se pasaba el día en el chiringuito, lo cuál tampoco puede extrañar mucho siendo poseedor de ese nombre. Allí jugaba, saltaba por la arena y conocía a otros perros. La playa era su vida, como la de todos nosotros. Y el chiringuito, el lugar alrededor del cual giraba todo su mundo. 

Hace ya unas semanas quitaron el chiringuito. El verano se había terminado de forma oficial. La gente de paso se había ido ya, y la señal definitiva era ver la playa sin el chiringuito. Pero cuál fue mi sorpresa cuando durante varios días me encontré a Golfo paseando con su dueño cerca de la zona del chiringuito.

Mis padres estuvieron hace poco aquí. Un día paseando con mi madre lo vimos. Y mi madre tuvo una ocurrencia que me pareció curiosa. Según ella, Golfo buscaba el Chiringuito. No entendía muy bien qué había sucedido. Él iba cada día allí y de repente su centro de diversión había desaparecido. Pero seguía yendo y husmeando. Pensaba que tenía que estar en algún rincón. Quizá debajo de la arena. Un sitio tan grande y toda la gente no podían haber desaparecido tan fácilmente. 

Y él los buscaba desesperadamente. Buscaba la diversión que de forma tan injusta le habían arrebatado. Pero Golfo es un perro espabilado. Y no tengo ninguna duda de que sabrá encontrar otros lugares en los que divertirse durante el frío invierno. Hasta que, de repente, un día de Mayo, tal vez Junio, pase por ahí y se vuelva loco al ver que el chiringuito vuelve a estar dónde una vez estuvo.

Quizá todos hemos sufrido el Síndrome de Golfo. Creo que a todos nos han quitado algo alguna vez. Y no hablo ya solamente de los maravillosos días de sol y diversión. A todos nos han quitado algo en la vida. Y a todos se nos hizo extraño cuando nos sucedió. Todos, como Golfo, lo estuvimos buscando durante un tiempo, sin dar crédito a lo sucedido. Pero al igual que Golfo, encontramos otras ilusiones. 

Y los días de verano siempre vuelven, no lo olvidéis.