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martes, 6 de julio de 2021

Tres meses de Nico

Nico nació un 6 de abril en La Paz


Hola Nico, te escribo cuando cuando llevas ya tres meses con nosotros. Lo primero de todo, queremos darte las gracias por habérnoslo puesto todo tan fácil siendo tan bueno. Gracias por estos tres meses de una felicidad máxima. Llegaste sin muchas ganas, porque parecía que no querías salir. El parto iba bien y se complicó un poco. Se llevaron a tu madre al quirófano y me dijeron que yo no podía entrar. Pero si tu padre consiguió entrar a un concierto de Bruce Springsteen (un día te lo cuento) no iba a quedarse sin entrar a ver cómo nacía su primer hijo, así que sí, me acabaron dejando pasar y no te imaginas la emoción que sentimos cuando te escuchamos llorar y supimos que ya estabas ahí. Y ni te cuento qué feliz fui esos diez minutos que te pusieron conmigo hasta que ya pudiste ir con tu mami. En La Paz estuvimos dos días y nos cuidaron como si fuésemos su familia en todo momento. Nos ayudaron mucho a cuidarte a ti en esas primeras horas tan nerviosas que fueron menos nerviosas gracias a la atención y cariño de todas las enfermeras.

Tres meses de no poder parar de mirarte. Tres meses de un amor desconocido por nosotros. Tres meses también de sufrir, yo más que tu madre. No me gusta que la gente se atragante, y menos que lo hagas tú. O cuando lloras de esa manera que parece que te vayas a quedar sin respiración, aunque sea algo que no hagas a menudo. Tres meses de momentos muy bonitos, de conocer a tus abus y a tus avis, de conocer a tu tía y a tu tío. Pero me hizo una ilusión especial el día que conociste a tu siempre alegre bisabuela Carmen. Y me acordé mucho de tu bisabuela Loli, que desde algún lado te estará llamando "currillo", y tu bisabuelo Paco.

Nos estamos esforzando por hacerlo lo mejor posible y creemos que vamos por el buen camino. Tu madre lleva la voz cantante, y menos mal, Nico, porque piensa en cada detalle y yo soy un poco desastre aunque estoy mejorando gracias a ti.

Te queremos mucho y trataremos de hacerte feliz siempre. También nos gustaría enseñarte algunas cosas. Por ejemplo, a no ser nunca egoísta, que tengas claro que perteneces a una comunidad, y que muchas veces vas a necesitar a los demás y muchas otras los demás te van a necesitar a ti. Hay que ayudar a los demás, especialmente si son débiles. Y nunca odiar, nunca odiar, porque ni odiar ni ser egoísta es de buenas personas.

Te queremos mucho, Nico. Gracias por cada momento. Especialmente, por los que sonríes, porque nos morimos cada vez que lo haces, y encima lo haces mucho, así que nos morimos muchas veces al día. Es una pasada tenerte a nuestro lado. Gracias.


jueves, 28 de mayo de 2020

Reencuentros en la primera fase


Los reencuentros en la Fase 1 en las terrazas de Madrid


Me comí un bulo. Quiero empezar por ahí, porque me paso la vida diciéndole a los demás que tienen que tener mucho cuidado y que hay que contrastarlo todo y luego voy y soy yo el que se come un bulo. Fue el vídeo en el que se ve a los manifestantes de Núñez de Balboa con el himno antifascista del Bella Ciao. Era un montaje. Y me lo creí por completo hasta que me enteré de que era una manipulación de imagen y sonido.

Otra vez la duda eterna. Hablar o no hablar de política aquí y en redes sociales. Un dilema que me viene de vez en cuando y que suelo resolver siempre de la misma manera, que es seguir haciéndolo. Pero es que además no me cansaré de decir que "la política" es algo que te afecta en tu vida diaria y que es algo en lo que hay que mojarse. Cuando tengo la duda suele ser porque me da miedo que alguien se pueda sentir ofendido por algún comentario y no quiero que ninguna relación personal se vea dañada por esto. También intento siempre expresarme con cuidado pero cuando digo intento es eso, intento, porque no siempre creo que lo consiga.

No lo he dicho en ninguna entrega de este diario, pero durante estos meses he escuchado mucha banda sonora en Spotify. No es una novedad, suelo hacerlo. Al que más escucho es a John Williams. Lo que voy a decir es una obviedad, porque no siempre se pueden escribir cosas que nunca nadie haya dicho antes. Pero me fascina que alguien cree una música y ya siempre se asocie esa música a ese personaje o a una situación. Que tú estés en el mar bañándote y un amigo te haga la broma de la música de Tiburón aunque hayan pasado cuarenta y cinco años, a eso me refiero.

El viernes se anunció que pasábamos a la Fase 1 en Madrid. Explosión de alegría en Twitter y en los whatsapps. Por fin podríamos reencontrarnos. Pero también tuve que leer un comentario de alguien que decía "Madrid pasa a Fase 1, qué horror" y otros del tipo "yo me quedo en fase 0, por responsabilidad". A mí me parece genial que tú te quieras quedar en casa, pero deja a la gente que lleva dos meses encerrada que se alegre de poder ver a sus familias y amigos. Hay gente a la que yo dejaría en fase 0 toda la vida.

El lunes fue un día bonito en Madrid. Yo creo que todo el mundo fue a reencontrarse con sus familias. Yo fui uno más. Me puse muy contento de ver por fin a mis padres y a mi hermana. Y también a Trampas, el perro de mi hermana. Fue gracioso porque después de dos meses, lo primero que hicieron mis padres al verme fue regañarme, como buenos padres. Lo hicieron por haber ido sin mascarilla en el ascensor. Y ya lo más gracioso es cuando le pregunté a mi padre si le podía dar un beso o no y me dijo "no" sin pensarlo.

Cuando se anunció el pase a la fase 1 empecé a ver que mucha gente decía que ya habían llamado a su bar para reservar terraza. Y me agobié por algo que me suele agobiar a veces. Se trata de que no tengo un bar. No en propiedad, sino que no tengo un bar típico que pueda considerar "mi bar" como muchas personas. Eso es algo que a mis padres nunca les ha pasado, porque a fuerza de repetir en los mismos lugares, les conocen y eso siempre es bueno. Yo quizá tenía el Palentino, pero es que el Palentino era el bar de toda una generación. Si hablamos del Palentino, hablamos casi más de una religión que de un bar. Desde que cerró, no hay un bar que haya sentido como propio.

Por fin también nos reunimos con amigos en una terraza. A mi hermana y a mí nos gusta juntar a nuestros amigos y llevábamos sin poder hacerlo todo este tiempo, claro. Así que por fin nos juntamos nueve, entre amigos suyos y míos, a tomar unas cervezas y unos tintos de verano en una terraza, recuperando poco a poco la vida cotidiana.

Se retira Aduriz, una leyenda del Athletic de Bilbao y del fútbol español. Jugadores como Aduriz hacen que el fútbol sea más de verdad. Y en un mundo como el de hoy, cualquier persona que consiga que cualquier cosa sea más de verdad es una persona a la que hay que estar muy agradecido. En su despedida, al hablar de la final de Copa que no podrá jugar, aseguró lo siguiente: "el equipo hubiera sido peor conmigo". Sobran las palabras. 

El lunes fui a una terraza cerca de casa con Oli. Vimos alguna escena de reencuentros pero una especialmente entrañable. Unos abuelos que se reencontraban con sus nietos. La señora era para darla un abrazo detrás de otro. Se le iluminaban los ojos y nos miraba a Oli y a mí y nos explicaba: "es que no nos hemos visto nunca". A la parte irracional de mí le divirtió mucho pensar que realmente esos dos señores no conocían de nada a la pareja joven y a los dos niños con los que estaban sentados en la mesa.

Con tanta mascarilla por la calle y en el autobús y en el metro me acordé de lo que decía Oscar Wilde, que si le dabas una máscara a un hombre te dirá la verdad. Quizá con la mascarilla nos sintamos protegidos y nos volvamos todos más sinceros, yo que sé.

El sábado 6 de junio abre sus puertas de nuevo el Museo delPrado. Tengo muchas ganas de volver a mi vida normal, de volver a un lugar que tantas cosas buenas me ha traído, de ver a mis compañeros y abrazar a los que se dejen, y de volver a estar rodeado de cuadros y resolver dudas a los visitantes.

Ayer busqué el verano por primera vez este año. Yo es que me paso la vida buscando el verano. Para irme a dormir la siesta, bajé bastante las persianas y dejé abierta la ventana para que pasase un poco de aire. Busqué una siesta de verano, que son las más felices de todas, con esa luz especial que tienen las habitaciones en las tardes de verano.

lunes, 28 de mayo de 2018

Esos ojillos traviesos


Un relato sobre una pareja joven con un hijo pequeño


Lo que les voy a contar no es nada extraordinario. Es una historia de lo más frecuente en nuestra época. Siento la decepción. Sucedió un viernes 24 de noviembre. Era un día frío en la ciudad de Madrid. En la radio anunciaban chubascos para todo el fin de semana y una caída brusca de las temperaturas. Recién salido de la ducha, elegía la ropa para ir a trabajar. La noche anterior se había quedado dormido estudiando la importante reunión de la mañana siguiente y no pudo dejársela preparada como en él era habitual. Planificando, siempre planificando, cómo no podía ser de otra manera.

Comió lo primero que encontró al abrir el armario de la cocina, ya iba justo de tiempo y no era el día más adecuado para pegarse un homenaje. Si todo iba bien, se lo podría conceder el sábado por la mañana, acompañado de su mujer y su hijo. Ella se había ido ya al periódico, tenía una rueda de prensa a primera hora y quería pasar antes por la redacción. Él llevaría esa mañana a Nico al cole. Se preparó el café. Eso sí que no podía fallarle. Se trataba de algo sagrado para él. Mejor no cruzarse en su camino las escasas mañanas en las que se daba cuenta de que se le había olvidado comprar.

Salió de casa y dejó al niño en el cole. De camino a la oficina, pensó que no se había despedido lo suficientemente cariñoso. Tiene cuatro añitos, se dijo. La maldita reunión, pensó. Continuó conduciendo mientras abandonaba el barrio de Hortaleza, en el que llevaban viviendo cinco años, el tiempo en el que las cosas, por fin, habían empezado a ir bien. Logró ese puesto de consultor que tanto le costó conseguir. Con la posición estable de Vero en el periódico, decidieron dar el paso de tener a Nico y comprar la casa en ese barrio madrileño.

Durante aquellos años todo había ido sobre ruedas. Era valorado en la empresa y tenía un futuro prometedor. Pero a veces le venía a la mente la queja, "el maldito trabajo". Solía ser en momentos de mucho estrés, de reuniones con clientes, de proyectos que se complicaban. Notaba que le afectaba a nivel personal y no le gustaba nada. Se preguntaba si merecía la pena, si acaso no era un sacrificio inútil, si no habría otras formas de vivir más relajadas y otra felicidad posible. La respuesta siempre acababa siendo la misma: el dinero, necesitas el dinero.

Aquella mañana llegó algo más tarde de lo habitual. Saludó a sus compañeros. Se fijó en que no estaba David. Era extraño, pero no le dio más importancia. Cuando preparó lo que tenía que preparar, Carlos se fue a por el segundo café. En ocasiones llegaba a tres, pero intentaba evitarlo. Se asustaba con el temblor de manos. Quedaba poco tiempo para la reunión y David seguía sin estar. Lo necesitaba, aunque si no llegaba intentaría defender él solo la totalidad del proyecto ante el nuevo cliente. Se puso nervioso.

A la hora indicada, acudió a recepción. Allí, puntual, estaba Elena Ceballos, la representante de la empresa interesada en contratar sus servicios. Se estrecharon la mano y caminaron hacia la sala de reuniones. Le gustaba cuando el cliente al menos de entrada era amable y cordial, le parecía una manera agradable de comenzar cualquier cosa en la vida. Le preguntó si había llegado bien y hablaron del atasco de aquella mañana, uno más, en el nudo de Manoteras.

Entró su jefe por la puerta de la sala. Le comunicó que David no acudiría, sin ofrecer más detalle. Mientras ellos se saludaban, Carlos intentaba encajar la información. Le tocaba explicar absolutamente todo el proyecto a él y aunque habían trabajado juntos en aquella presentación, no conocía a fondo la parte que le tocaba exponer a David. Había aprendido a entrenar su mente para poner el foco en salir adelante de las situaciones complicadas. No únicamente en el terreno profesional. Al final, o te obligas a ti mismo, o ahí te quedas y te pasan por encima, se decía. Aún así, no le había pasado eso nunca en el tiempo que llevaba en la empresa. No se podía creer que no se lo hubieran comunicado. Esperaba al menos un capote del jefe si la situación se torcía.

Nada de eso ocurrió. Cuando iba por la mitad de la exposición, todo empezó a irse al traste. Ceballos comenzó a realizarle preguntas completamente lógicas y previsibles acerca de los costes y la logística de lo que pretendían hacer. Era la parte de David y se quedó totalmente en blanco. Respondió con unas vaguedades impropias de la empresa a la que pertenecía. Ella torció el gesto y lanzó una mirada hacia Alfredo, el jefe. Continuó como pudo, pero empezó a sudar, de repente le faltaba aire y, en un momento dado, tuvo que pedir permiso para salir. Se acercó a una ventana y cogió todo el aire que pudo. Se encontraba mejor.

Al volver a la sala, no había nadie. Fue a recepción y tampoco estaban allí. Bajó al parking y allí a lo lejos les vio hablando. Ella hablaba de manera enérgica y el jefe no hacía más que disculparse. No le gustó lo que observó. Se echó a temblar. Decidió subir antes de que Alfredo regresase al hall para evitar una incomodísima subida en el ascensor.

Se fue a su puesto a no saber qué hacer, pero al menos no estaría dando vueltas sin sentido. De repente, escuchó su nombre. Alfredo le llamaba para que le acompañase al despacho. Quiso llorar. Le siguió hasta que estuvieron dentro. Cerró la puerta y se sentó. Se le quedó mirando y golpeó la mesa. Le preguntó que cómo era posible lo que acababa de suceder, que sentía vergüenza, que era intolerable. Le anunció que estaba despedido. Que la decisión la había tomado la semana pasada y se la había comunicado a David la tarde anterior, el cual se había negado a realizar la presentación en protesta para intentar forzar un cambio de decisión en Alfredo. Pero era irrevocable. Y la catástrofe de la reunión lo confirmaba. "Has perdido reflejos, Carlos" le dijo con una voz gélida. Le concedió media hora para recoger sus cosas.

Se le cayó el alma a los pies. No entendía como en un día todo podía haber cambiado de aquella manera. En ningún momento notó que hubiese bajado la guardia, pero en la empresa así lo habían percibido. Y contárselo a Vero al llegar. Se le caían las lágrimas según arrancaba el coche. No podía ser, se repetía. No ahora, que todo iba bien. No tenía ganas de nada, ni de conducir. Se asustó y tuvo mucho vértigo de la vida.

Llegó a casa y se quedó tumbado en la cama mirando el techo durante horas hasta que llegaron Vero y Nico. Al entrar en el cuarto, ella se fijó en el maletín en el escritorio y en las hojas por los suelos. Le miró a los ojos, se acercó y le abrazó, como había hecho siempre en los momentos difíciles. Mientras se abrazaban en mitad de la habitación, Nico se asomó por la puerta con esos ojillos traviesos que tenía y al mirarle, Carlos, por un instante, tuvo algo de esperanza en el futuro.

jueves, 22 de junio de 2017

Una mujer normal

Era una mujer normal con una vida feliz


Era una mujer normal. Sin grandes pretensiones, le gustaba la sencillez. Por las noches se ponía el despertador y contaba las horas de sueño que tendría por delante. Se había acostumbrado a dormir poco y no necesitaba más de seis horas, aunque a veces eran cinco y entonces sí que lo notaba. Le costaba más todo al día siguiente. Ni siquiera el segundo café de urgencia la sacaba del estado somnoliento que le atrapaba en los días en los que su cuerpo no había descansado el tiempo marcado como necesario por su reloj biológico.

Era una mujer normal. Estaba casada, con un marido maravilloso, Ramiro, que la cuidaba y se preocupaba por ella. Su relación nunca había pasado por ningún momento de crisis. Quizá fuese por el carácter calmado de ambos y debido a que habían decidido ser felices porque sí, quizá la forma más fácil y sencilla de ser feliz que tenemos a nuestro alcance los seres humanos. Él trabajaba en la Administración. Sacó unas buenas oposiciones en su momento y eso era innegable que había ayudado a la estabilidad que siempre les había acompañado a lo largo de su vida.

Era una mujer normal, con sus dos hijos, Pablo y Susana, en la universidad el primero y en el instituto la segunda. Se les veía buenos chicos a los dos, educados siempre que uno se los cruzaba por el barrio, amables y cariñosos hasta con los que llevaban poco tiempo viviendo allí. Algún domingo se les veía a los cuatro juntos saliendo a comer a cualquier lado. Era una familia feliz, nadie podría asegurar lo contrario.

Era una mujer normal. Profesora de Historia en el Instituto Lope de Vega, en la calle San Bernardo, en pleno corazón de Madrid. Terminó sus estudios y logró sacar una plaza para poder dedicarse a su pasión toda la vida. Más de una mañana se cruzaba con algún vecino al bajar en el ascensor. Iban hablando un rato al salir del portal situado en la calle Bretón de los Herreros, y después sus caminos se separaban cuando ella subía Bravo Murillo hacia la glorieta de Cuatro Caminos para coger el metro allí. Alegraba el día coincidir con ella por la vitalidad que inspiraba en todo momento.

Era una mujer normal. Era elegante de la mejor forma que se puede ser elegante, sin buscarlo. Era ciertamente atractiva. Tenía seguridad en sí misma y sabía transmitirlo. Las clases le habían curtido mucho, sin duda. Solía sonreír, pero no de esa forma excesiva que a veces acaba denotando ganas de gustar más que otra cosa. Se preocupaba por saber de la vida de la gente que le rodeaba, de forma discreta y sin caer en el cotilleo. Se diferencia claramente a unas personas de otras. Ella se quedaba mirando a alguien y recordaba lo que le había contado la última vez. Y entonces le preguntaba si aquel examen le había salido bien o si el problema que tenía se había solucionado ya. Se ganaba el carisma ella sola con esa cercanía que demostraba por todo y por todos.

Era una mujer normal. Tan extraordinariamente normal que nada hacía presagiar lo que aquella fría mañana de finales de noviembre se encontraron los vecinos al irse a trabajar como cualquier día. Al salir del ascensor, unas luces se reflejaban en el interior del portal. Fuera, en la calle, había varias ambulancias. El conserje estaba con la mirada completamente ida, simplemente no estaba. Al hacerse un hueco entre la multitud,  por fin podía verse. El cuerpo yacía en el suelo, ensangrentado. Era ella. La mujer normal se había suicidado. Se había tirado desde su ventana del sexto piso. La mujer normal se moría de tristeza por dentro y nadie se había enterado.

Si os ha gustado la historia, la podéis compartir en vuestras redes sociales con el botón de compartir y de redes sociales que aparecen aquí debajo del post. ¡Muchas gracias!

jueves, 1 de junio de 2017

Mi abuelo y las luces de los faros

Mi abuelo me enseñó a contar las luces de los faros en Gandía


Hoy me hace ilusión compartir con vosotros una serie de recuerdos que tengo de mi abuelo. Más de una vez me acuerdo de él y lo hago con muchísimo cariño. Las memorias que tengo de él son momentos que se quedaron a vivir en mi cabeza sin yo saberlo en el momento en el que los estaba viviendo. Entre ellos, el más importante, en el que me hablaba de los faros. Él era valenciano, por lo que le tengo mucho aprecio a la ciudad de Valencia. Y muchos recuerdos que tengo de él están asociados a esas tierras que tan bien reflejó en sus pinturas Joaquín Sorolla (si no habéis visitado aún su casa-museo en Madrid, ¿a qué esperáis?).

De mi abuelo se decía en ocasiones que era una persona seria. Menuda mentira. No es seria una persona que cuando se reía lo hacía llorando de la risa. No se reía mucho, puede ser. Pero es lo que os digo: cuando se reía lo hacía con una fuerza extraordinaria, le recuerdo en pleno ataque de risa cuando le contaba alguna cosa rara de esas que a veces me ocurren. No es seria una persona que cuando entraban sus nietos en casa les ponía la mano detrás de la oreja y les sacaba una moneda de chocolate. Decidme vosotros si vuestros abuelos eran capaces de sacaros una moneda de chocolate de detrás de vuestras orejas. No es seria, y aquí os vais a partir de risa, una persona que engaña a su nieto y le dice que el origen del nombre de la horchata se debe a que cuando los españoles descubrieron América, descubrieron también ese producto, y al volver a España les decían a sus mujeres "¡Esto es oro, chata!" y el nieto, yo, se lo creía a pies juntillas. De hecho, os diré que no tengo la menor idea del origen de esa bebida que tanto me gusta, y que aún hoy le cuento esa versión a muchas personas. Lo que pasa es que me río al contarlo y no me creen. 

Quizá podía ser poco hablador, no lo sé. El caso es que tengo un recuerdo grabado a fuego en mi memoria, que es el del silencio sepulcral que se hacía en el salón de casa de mis abuelos cuando él hablaba o daba alguna opinión sobre algún tema importante de actualidad. Las expresaba de forma lenta, de forma que iba creando expectación mientras las emitía. Siempre se las tenía muy en cuenta, o al menos yo me llevaba esa impresión cada vez que ocurría ese momento.

Recuerdo los veranos junto a mi hermana en Gandía con Loli (mi abuela es una mujer muy presumida y no quería que la llamásemos abuela) y el abuelo. Y una enseñanza en concreto de la que siempre me acuerdo en distintos momentos. Cuando nos sentábamos en la mesa a comer, después de haber pasado toda la mañana en la playa, a veces no podía ver bien la tele desde donde estaba sentado y, naturalmente, protestaba por ese motivo. Hasta que un día mi abuelo me dijo un poco enfadado que la tele se escuchaba, no se veía. Yo no lo entendí, si os digo la verdad. Pero como con tantas cosas, lo entendí años después. 

En Gandía nos lo pasábamos pipa mi hermana y yo, la verdad. Nos dejaban ahí nuestros padres quince días en el mes de julio y siempre teníamos muchas ganas de que llegase el momento de largarnos para allá. Era el comienzo oficial del verano y la playa. En la piscina de los apartamentos de Gandiazar IV, así se llamaba el bloque, me picó por primera y espero que última vez una avispa. En concreto, dos. Un balonazo a una colmena y todos corriendo como posesos a la piscina. En la huida desesperada del campo de batalla fui alcanzado por dos soldados del ejército enemigo.

Pero es en Gandía en el lugar en el que mi abuelo me enseñó el recuerdo más bonito que tengo de él. Veréis. No sé que estaba haciendo, puede que recogiendo la cena, porque estaba en la cocina. Y mi abuelo estaba en la ventana y me llamó. Fui hacia donde él estaba y me dijo que prestase atención. La ventana de aquella cocina daba a un campo de naranjos inmenso que se extendía durante kilómetros y kilómetros por el horizonte. No había ningún edificio en aquella vista. Al fondo, en la oscuridad de la noche, se divisaba Cullera. Pues bien. Su mano señalaba hacia Cullera. Me pidió que me fijase en el faro. En sus luces, en concreto. Y empezó a contar. Cada vez que terminaba de contar se encendía el destello del faro. Y tenía una secuencia. Del tipo: 3 segundos luz - 3 segundos luz - 8 segundos luz y vuelta a empezar. No sé qué edad podía tener, soy malísimo para ponerme a calcular ese tipo de cosas. Pero sí recuerdo, en cambio, que aquello me fascinó. Tanto, que es como si lo hubiese vivido ayer mismo.

Desde entonces, no lo puedo evitar. Sitio al que voy y tiene mar, busco los faros. Y cuando cae la noche, me dedico a ponerme a contar las secuencias de cada faro nuevo que pasa por mi vida. Tengo una libreta en la que tengo apuntadas las secuencias de los faros que he conocido. Algunas me las sé de memoria, porque son sitios que visito con frecuencia, y con otras, me dejo sorprender y las anoto. Así también comenzó mi fascinación por los faros, lugares asociados al mar, al romanticismo, a la soledad, al misterio, que han visto naufragios y vidas perdidas en sus narices, como figura simbólica a la que se encomiendan los marineros y los que no somos marineros para buscar seguridad en mares complicados.

Esos son los recuerdos que tengo de mi abuelo. Son muchos más, y si me dedico a escarbar, aún más que saldrían. Pero esos especialmente deben ser los más importantes, porque son los que me han venido a la cabeza los primeros al acordarme de él, y lo que sale primero suele ser lo más verdadero que tenemos dentro.

Muchísimas gracias por leer. Si os ha gustado, podéis compartir el texto a través de los botones que tenéis un poco más debajo con el simbolito de cada red social. En la versión móvil, aparece un botón que es "Compartir". Si le dais, os aparecerán los distintos botones de cada red social. Hago hincapié en esto porque más de uno me habéis dicho que no os aparecen o que no los encontráis.



jueves, 16 de marzo de 2017

Que vivan las mujeres futboleras

Chicas futboleras del Atleti en el Vicente Calderón
Aficionadas del Atleti en el Vicente Calderón



Me enamoré del futbol como después me enamoré de las mujeres: de manera repentina, inexplicable y acrítica, sin pensar en la perturbación y dolor que me traería.

Leí un artículo de Celia Blanco @latanace que me gustó mucho. Tanto que creo que debo haberlo leído cincuenta veces en menos de veinticuatro horas. Cuenta que le chifla el fútbol y por qué. Recomiendo mucho leerlo, sobre todo si eres mujer. Y hoy quiero hablar de eso mismo, de fútbol y mujeres.

Primero os contaré que soy muy y mucho futbolero, que diría El Amado Líder. Qué queréis que os diga, los días de partido me dan la vida. Y los días sin fútbol son algo que existe como también existe la tortilla sin cebolla o la gente que no ha visto Friends. Planifico el futuro en base al calendario futbolístico. Marco siempre en mi agenda los grandes partidos, aunque nunca está uno del todo a salvo de los no futboleros, que montan planes a destiempo y deshora. Para mí, Dios tiene un nombre que es Raúl y unos apellidos que son González Blanco. No hace falta deciros mucho más sobre mi pasión por este deporte. Por todo esto siempre vi como requisito imprescindible un cierto interés por el fútbol en los proyectos de novia que tenía (nunca supe tener ligues a secas).

Porque sí. Tengo que confesar que me ponen las tías futboleras. Me gusta que tengan su propia opinión sobre el último partido o la última polémica. Me vuelve loco verlas indignarse. Verlas celebrar un gol en el último minuto que lo cambia todo. Verlas sufrir como lo hace cualquiera tras perder un título. Verlas desesperarse por el fallo clamoroso del delantero. Las que saben convertir el fútbol en una fiesta. Las que tienen una historia que contar asociada al fútbol. Las que viven nerviosas el día de partido grande. Cada vez son más y tengo la suerte de haber estado siempre rodeado de ellas: mi abuela (se lleva la palma), mi tía, mi madre, mi hermana (todas colchoneras), Tere (madridista), y las imprescendibles tuiteras futboleras @conchi @juana @fugazzi @almita @mariavillarreal y @mamenhidalgo.

En su artículo, Celia Blanco cuenta que conoce muchos hombres que se quejan de que sus mujeres, novias y madres no están dispuestas a que en su casa se vean todos los partidos y suelta una frase que para mí lo resume todo: “El fútbol puede ser una excusa perfecta para ser lo suficientemente feliz con tu pareja”. Es la pura verdad. Por eso me cuesta entender que haya parejas en las que el fútbol sea un muro y no un elemento de unión. Hay casos en los que uno se queda en una tele y otro se va a otro cuarto. Yo no podría vivir así. Es que creo que es hasta bonito ver un partido con tu pareja.

En mi caso, tengo una novia culé. También sevillista. En todo lo demás es perfecta, que conste. Cuando la conocí quizá no era muy futbolera (aunque siempre fue culé) pero creo que ahora lo es más. Cinco años hacen estragos. Me lo he currado. Un ejemplo: el aperitivo por todo lo alto que monté para el partido inaugural del Mundial de Brasil, el primero que vivíamos juntos. Lo hice porque para mí la Vida es eso que pasa mientras esperas que llegue el Mundial cada cuatro años. Era mi forma de decirle: "Esto hay que celebrarlo, y quiero hacerlo contigo".

Creo que los o las que dan la espalda al fútbol se están perdiendo algo. Se están perdiendo la conversación del bar. La de la frutería. La del ascensor. La de los compañeros de trabajo al día siguiente de un partido. No digo que no se pueda vivir así. Digo simple y llanamente que se están perdiendo algo que me atrevo a decir que mejoraría su calidad de vida. Si no estás en el fútbol, estás muy fuera, siento decírtelo. Y no es algo de lo que enorgullecerse, aunque a veces lo creas.

El fútbol es la gran excusa. Para reunirse con la familia. Para tomarse unas cervezas con los amigos. Para montar un buen sarao en casa. Para invitar a esa persona a tu "palacio" y cenar una pizza y lo que surja. Para vivir la vida, en definitiva. Para ser suficientemente feliz. Me niego a creer que te lo quieras perder.