viernes, 3 de abril de 2020

Diario del confinamiento V: Ocho minutos para el 27


La ilusión de creer que voy a coger el autobús en pleno confinamiento por coronavirus

Cuando todo esto comenzó, nos preguntábamos todos qué haríamos cuando todo esto que acababa de comenzar terminase. Reconozco que al principio lo que me pedía el cuerpo era irme de cañas y liarme como si yo no hubiera querido que eso sucediese hasta las ocho de la mañana en el Ocho y Medio, por ejemplo. Pero el otro día me asomé a la ventana, vi todo el sol que hacía, vi las calles vacías y me di cuenta de que ya sé qué será lo primero que haga cuando esto acabe.

Quiero salir a pasear por las calles de mi Madrid. Quiero subir Raimundo Fernández Villaverde, quedarme mirando un rato la glorieta de Cuatro Caminos, bajar Bravo Murillo hasta llegar a Quevedo. Y de ahí a Malasaña, y subir y bajar la Calle de La Palma, de Velarde, del Espíritu Santo, pasar por delante de La Ardosa, ver la Plaza del Dos de Mayo. Después, al centro, pasar por la calle Espoz y Mina, bajar por la Calle Segovia hacia mi barrio, andar por Madrid Río y subir hasta el Templo de Debod. Me apetece pasear por muchas calles y ver muchos lugares. Después caerían las cervezas y el liarme, pero antes yo necesito andar la primavera por Madrid.

Salí a comprar y me puse de mala leche. Vamos a ver, nos están repitiendo en todos lados que hay que guardar un distanciamiento social. En la calle se cumple, incluso en la cola del supermercado se hace. Pero luego entras ahí dentro y es el infierno, de verdad. Cierto es que no hay mucha gente, pero la que hay no se comporta cómo creo que habría que hacerlo. Y yo no soy nadie para dar lecciones, pero me agobié mucho. Porque veías pasillos estrechos con ocho personas ahí. Y no solo eso, es que estás cogiendo algo de los congelados, por poner un ejemplo, y constantemente te pasa gente por tu lado. Y yo cuando veo que hay personas en un sitio, me voy a otro más vacío y luego vuelvo ahí cuando esas personas hayan terminado. Y sé que es difícil para todos y procuro tener comprensión, pero en ocasiones me puede el enfado y hago gestos inequívocos, como dirían mis cretinos preferidos Álvaro y Nacho, para manifestar mi incomodidad cuando alguien me pasa muy cerca.

Al volver de la compra, decido volver por el camino largo. Es el máximo gesto de rebeldía dentro del sentido común que se me ocurre. Lo hago porque hace un día tremendo en Madrid y quiero darme la alegría de un paseo. Cuando llego al punto en el que tengo que girar hacia mi calle me quedo mirando la parada del autobús. Esa parada que tanto echo de menos. Y decido pasar de mi calle y me acerco a la parada. Miro los minutos que quedan para que pase el 27. El 27 es el autobús que cojo para ir a trabajar al Museo del Prado, el que cojo para ir al centro cuando he quedado. El que me lleva a la vida. Quedan ocho minutos para que pase. Cualquier otro día me enfadaría. Pero en ese momento doy gracias. Porque me permite pasar cuatro minutos sentado en la parada con la ilusión de que voy a cogerlo cuando pase. Durante cuatro minutos, vivo en una ficción en la que no he acabado de decidir si voy a trabajar o si he quedado por ahí, no sé qué me apetece más, pero os diré una cosa: son los cuatro mejores minutos que he vivido en estos veintiún días. ¿Por qué cuatro minutos? Porque no quiero arriesgarme a dos cosas: que pase y sentir el impulso de subirme con el carrito de la compra, o que pase, controlar el impulso, no subirme, pero morirme de la pena viendo cómo se aleja recordándome absolutamente todo lo que me estoy perdiendo. A la melancolía no hay que darle demasiadas oportunidades, que se viene arriba y te hace un roto de los grandes. 

El otro día se me olvidó contaros que lo que más le molesta del coronavirus a mi abuela es que no tiene fútbol. Y a mi hermana se lo repitió el otro día. Mi abuela ama el fútbol de una manera que no os podáis imaginar. Es muy del Atleti, pero es de esas personas que se ve todos los partidos, juegue o no su equipo. Siempre dice que no entiende cómo sus amigas pueden entretenerse un domingo por la tarde sin fútbol. Y ahora con la suspensión de las competiciones, la pobre se ha quedado sin su fútbol. Ya no se acuerda de mucho y es gracioso porque tiene un amigo en la residencia que le avisa de absolutamente todos los partidos. Además, él es del Madrid y se vacilan. Bueno, él lo intenta porque es muy Inocencio Quiroga (así llama mi abuela a las personas inocentes). Pero la realidad es que si vacilas a mi abuela sales perdiendo, siempre.

Mi amigo Iván de Aluche me escribe y me dice que mataría por un rodolfito. Con él y con su chica, Eliana, viajamos el año pasado a Jaca y nos hicieron de guías por toda esa zona tan bonita del Pirineo Aragonés. En Jaca nos llevaron a comer rodolfitos y es de lo más rico que he comido en mi vida. Pero cuento esto por una cosa. Porque me parto de risa al leer el mensaje de Iván. Mi amigo Iván es una de las personas con las que más me puedo reír en la vida. Y al leerle, le pongo exactamente la cara, la mirada y el tono de voz con el que lo ha dicho. Y al hacerlo, me río muchísimo. Me parece importante en estos tiempos imaginarnos cómo dicen las cosas los demás, dar vida a las palabras más allá de la pantalla.

Llamaron a la puerta la otra mañana. Era un repartidor de Amazon. Ya conté la historia en mi Instagram y no quiero ser repetitivo. Resulta que tras publicar en redes sociales otro mensaje quejándome de no tener armónica y lo bien que me vendría tener una para el confinamiento, alguien decidió regalarme una y enviármela. Fueron Jaime y Marta, una pareja que conocimos en Vietnam en el viaje de luna de miel. No tenemos una relación muy estrecha. Por eso me hizo más ilusión aún. Creo de verdad que pequeños gestos así hacen del mundo un lugar mejor. Me hacen más ilusión los regalos "porque sí" que los obligados en fechas señaladas. Si alguna vez tienes dudas de tener un detalle con alguien, sea cual sea la relación que tengáis, ten ese detalle si te hace ilusión. Por cierto, ayer me enteré de que otra persona tuvo también la intención de regalarme una armónica. Y también alguien muy inesperado. Me hizo la misma ilusión que si me la hubiese mandado. De no tener armónicas a casi tener dos de repente. Pienso que algo habré hecho bien para merecerme estos detalles, además, claro, de ser tan agotador, como diría, con toda la razón, mi padre. Gracias, Ana.

Esta semana ha tocado el ciclo de Parque Jurásico. Me da por buscar la isla Kauai, que es en la que está rodada. Está en Hawai y se puede visitar. Me imagino llegando allí en un hidroavión o un helicóptero y me viene un algo. Mientras veía cada película por las tardes, disfrutaba como un niño, de verdad. Me he dado cuenta de que el rato que dedico a ver las películas de mi vida son los que más estoy disfrutando. Más que cuando escucho la radio, que cuando leo, que cualquier otra cosa. Es sonar la música del comienzo y que la realidad a mi alrededor deje de existir. Refugiarse en lo que a uno le gusta. Siempre pongo el ejemplo de Salinger. Salinger estuvo en el Desembarco de Normandía y en otras batallas muy duras de la II Guerra Mundial. Nunca, jamás, se separó de los primeros capítulos de El Guardián entre el centeno que llevaba con él. Nuestras pasiones nos salvan. Siempre.

miércoles, 1 de abril de 2020

El ejemplo de Mandela


Los 27 años confinado de Mandela para derrotar al apartheid

Estos días de confinamiento me acuerdo mucho de Mandela. Es mi personaje histórico preferido. He hablado de él en más de una ocasión. Creo que hay tantas lecciones que aprender de él que no pasa nada por ser repetitivo. Llevo días necesitando hablar de él una vez más. Salvando las distancias, claro. Recordemos que Mandela fue encarcelado por un sistema criminal como el apartheid y que se pasó veintisiete años encerrado, dieciocho de los cuales los pasó en una cela de 2,5 x 2,1. No puede compararse con lo que nosotros estamos viviendo ahora. Pero sí podemos intentar tomar ejemplo y buscar inspiración en todo lo que él logró durante todos esos años encerrado.

Para empezar, Mandela utilizó ese tiempo en la cárcel para conocer precisamente a aquellos que lo habían metido ahí. Se dedicó a pedir libros sobre la historia de los afrikaners, quiso conocer su cultura, su lengua. De esa manera, empezó a ganárselos. Primero, a sus carceleros. Hubo un carcelero al que iban a trasladar a otra prisión y se negó simplemente porque dijo que quería estar cerca de Nelson Mandela. Lo adoraban. Te meten en la cárcel en una dictadura y tú dedicas tu tiempo en prisión a conocer a los que te han metido ahí para tratar de ganártelos. Solo él podía hacer algo así.

En la cárcel, Mandela aprendió a tener objetivos realistas. Entendió que a la democracia y a la igualdad en Sudáfrica se llegaría a través de la generosidad y del perdón. Entendió muy bien que había que dejar de lado el rencor y la venganza. Aprendió a controlar sus emociones, que le hablaban de venganza, y supo anteponer la razón para lograr sus objetivos.

Al poco de salir de la cárcel, Mandela dio una rueda de prensa multitudinaria ante numerosos periodistas venidos de todo el mundo. Recordemos que este fue un acontecimiento histórico a nivel mundial. Que existía mucha presión internacional sobre Sudáfrica para que liberase a Mandela y eliminase el terrible apartheid. La rueda de prensa finalizó con todos los periodistas aplaudiendo a Mandela. Se los metió en el bolsillo, como a tantos otros.

Desde que fue libre, Mandela se dedicó a su tarea de lograr la reconciliación entre blancos y negros. Se reunió con muchas personas, pero especialmente llamativo fue su encuentro con el general Viljoen. Viljoen era un héroe para los blancos, había sido el jefe del ejército y en ese momento había salido de su retiro dispuesto a liderar el movimiento para un estado blanco independiente. Quería encabezar un movimiento de extrema derecha que quería asesinar a Mandela. A pesar de todo, Mandela quiso reunirse con él. En aquel encuentro, fue el propio Mandela el que le sirvió el té, y le habló de los afrikaners y le sedujo de tal manera que Viljoen declaró tiempo después que se quedó totalmente desarmado hasta tal punto de que dio un giro radical a todo lo que había pensado durante toda su vida y acabó contribuyendo para consolidar la democracia en Sudáfrica y eliminar el crimen del apartheid. Viljoen no fue el único al que le ocurriría algo así. John Carlin, quizá el periodista que mejor conoció a Mandela, suele contar que cuando realizaba entrevistas a los que habían sido enemigos de Mandela se deshacían en elogios y se ponían a llorar hablando de él.

En el partido de Mandela, el ACN, eran escépticos con muchos de los movimientos de su líder. De alguna manera, no se fiaban. Un buen ejemplo es que ellos aspiraban a imponer el himno de los negros, el Nkosi Sikelel, como himno de la nueva Sudáfrica. Esto indignó a Mandela, que era muy consciente de la importancia de los símbolos, y les convenció de que no se podía eliminar el himno de los afrikaners y que de ahora en adelante deberían sonar los dos himnos de manera oficial. Les dijo que él quería ser el presidente de Sudáfrica, no del ANC. Un líder que supo decirle a los suyos "por ahí no".

La amabilidad, respeto y atención que mostró por sus carceleros, o por Viljoen, o con cualquiera de los afrikaners con los que se entrevistó la aplicaba Mandela a cualquier persona. No distinguía nunca. Le daba totalmente igual el cargo. Además, cuentan siempre que era de esas personas que se acordaba del nombre de cada persona que conocía. Otro detalle que dice mucho de él es que cuando se convirtió en presidente de su país, conoció a los trabajadores de la residencia oficial del gobierno. Todos llevaban ahí muchos años al servicio de la dictadura de los afrikaners. Mandela se entrevistó con cada uno de ellos, quiso conocerles uno a uno. Y después les dijo que necesitaba de su conocimiento y de su experiencia. Comparémoslo con nuestro país, en el que cada vez que hay un cambio de gobierno, en una democracia estable, cada uno va con su equipo y prescinde de los que ya estaban ahí.

Por último, la gran historia del rugby, que se cuenta en el libro El factor humano de John Carlin, y en la película Invictus. La camiseta verde de la selección de rugby sudafricana era un símbolo de opresión para los negros y un símbolo casi religioso para los blancos. Se celebraba el Mundial de Rugby en Sudáfrica y Mandela lo utilizó para la reconciliación definitiva de su pueblo. Se puso la camiseta verde, por recomendación de su guardaespaldas, y se implicó con la victoria del equipo de tal manera que logró que los blancos lo acabasen adorando aún más y los negros deseasen también la victoria del equipo, que además sucedió. Además del libro mencionado, hay otro de John Carlin que me gustó aún todavía más: La sonrisa de Mandela.

Cuando acabó esa final, Mandela había logrado de manera pública lo que ya había ido consiguiendo en privado durante todos esos años: la paz en Sudáfrica, su gran obsesión desde que pasó aquellos veintisiete años encerrado. ¿El gran secreto? Jamás humillar al otro, aunque él te hubiese humillado a ti. Muchas veces en distintas situaciones de nuestro país he pensado en cómo hubiera actuado Mandela. Estos días me lo vuelvo a preguntar: sé que él buscaría la unidad, sé que él pensaría en el país, sé que con él todo sería mejor.

jueves, 26 de marzo de 2020

Diario del confinamiento IV: mirar a la pared


Paso el confinamiento del coronavirus mirando a la pared

Oli escucha vacas. Así es cómo empezamos la semana. Todo empieza el lunes por la mañana, cuando estoy en nuestra habitación, ella está en el salón teletrabajando y me llama. Voy y me dice esto: "Escucho una vaca". No sé ni qué decir. A las personas pueden ocurrirles muchas cosas raras en una cuarentena, he leído cosas en la prensa estos días. Pero en ningún lado he escuchado a nadie decir que una de esas cosas raras sea escuchar vacas. Se ríe, como hace todo loco cuando intenta demostrar su verdad, y me pide atención para que la escuche. Sí, algo oigo, pero tampoco mucho. Oli me dijo el otro día que no tengo un solo sentido que me funcione al cien por cien, que ni escucho bien, estoy un poco miope, mi olfato no es un prodigio, el tacto ni fu ni fa y el gusto ya tal.

Oli se pasa el lunes repitiendo de vez en cuando que escucha a la vaca. Establece varias teorías de lo que puede ser. Una de ellas me parece la más sorprendente. Dice que quizá se trata de una impresora 3D. La mañana del martes, el vecino de abajo, al que le hemos hecho gotera varias veces por los problemas de nuestra ducha, escribe a Oli. Oli se asusta porque piensa que otra vez hay gotera. Pero no. Le pregunta si tenemos goma elástica. Resulta que, atención, están creando máscaras con una impresora 3D y necesitan gomas para poder distribuir las máscaras. Oli tenía razón. Y lo que me deja loco de todo esto es que Oli sepa el sonido que hace una impresora 3D. Y por cierto, qué gran iniciativa la de nuestros vecinos y la de tanta gente anónima que está ayudando en lo que puede.

Llamo a mi abuela a la residencia. La escucho alegre, feliz y contenta. Me dice que está divina. Y me dice que si estuviese con su marido, que falleció joven, se pasarían el día entero bailando. A lo mejor es lo más bonito que le he escuchado a alguien desde que todo esto empezó.

Ayer por la tarde vi una de mis pelis preferidas, Tiburón. La vi en Netflix. Esta semana veré la segunda, la tercera y la cuarta en el pack que me regaló Oli hace unos años. ¿Y por qué no viste ayer la primera en el pack también? Porque Oli decidió, con todo su amor, regalarme un pack de Tiburón en el que no estaba la primera película. Está hasta la cuarta parte, titulada "Tiburón: La venganza" que yo creo que ni he visto, pero no está la primera. Es algo de lo que solemos reírnos.

No sé cuántas sagas podrían hacerse de la vida de cada uno de nosotros. Puede que algunas vidas no den ni para una sola peli, sino más para un documental como esos que hacen de la vida de los futbolistas. En todo caso, imagínate que te pones a ver la peli  de la vida de alguien y te la ponen por la segunda parte. Te faltaría un contexto. En la primera parte de la vida de cada uno nacen los miedos, los anhelos y las ilusiones. Si no ves la primera, te va a costar mucho entender la segunda y las que vengan.

Mientras veía Tiburón, me asaltó un temor. No sé si empezar con Spielberg en la segunda semana de confinamiento es gastar balas. Intento no pensar mucho en ello mientras veo la peli pero la duda no se me va de la cabeza. Me queda Parque Jurásico, Indiana Jones, E.T, Encuentros en la Tercera Fase, y más. Y es cierto que son pelis que podría ver en bucle y no cansarme. Pero no sé, igual a Spielberg hay que reservárselo para cuando nos digan que, ya de verdad, esta es la última semana en casa. Pasar una última semana de confinamiento viendo todas las pelis de Spielberg, que alguien me diga si se le ocurre un plan mejor. Por si acaso, tiraré de otras que no sean Spielberg: Superman (la del 78, la buena), El Caballero Oscuro, El Silencio de los Corderos.

Aplazan los Juegos Olímpicos. Me daba mucho miedo esta noticia. Para los que amamos el deporte más allá del fútbol, los Juegos Olímpicos son algo extraordinario. Es un gran momento y lo que más me gusta es el protagonismo que cobran de repente un montón de deportistas que no ganan tanto como los futbolistas y que tienen mucho más mérito que ellos. Después los focos se van y nos olvidamos de ellos, pero durante un mes son protagonistas mundiales. Parece que se celebrarán en 2021. Y parece que el organizador tiene el TOC de los números pares. Porque aunque sean en 2021, se seguirán llamando TOKIO 2020. Os puedo prometer que yo no tengo nada que ver.

Una compañera de trabajo me dice, hablando un poco del confinamiento, que a ella lo que le agobia es cuando tiene muchos planes y no puede quedarse mirando la pared. Quedarse sin tiempo para mirar a la pared. Me gustan las frases que son descubrimientos. Las ideas que cogen a la realidad y la ponen del revés. Que le dejan a uno descolocado. No sé, igual es lo que todos necesitamos, mirar la pared digo. A lo mejor estaríamos más tranquilos todos si mirásemos más a la pared en vez de andar espídicos perdidos por casa buscando actividades en todo momento.

lunes, 23 de marzo de 2020

Diario del confinamiento: pensar en el próximo rato

Siguen los diarios del confinamiento por el coronavirus Covid19
San Pablo Ermitaño, de José de Ribera



Segundo fin de semana del confinamiento. Para algunos que no tenemos la opción de teletrabajar, nada cambia realmente. Aún así, en mi caso, tengo que decir que sigo con la moral intacta y que paso los días bastante entretenido. Ayer decidí crear una playlist en Spotify que titulé "Encerrados pero alegres". Es abierta, así que puedes escucharla. En ella puedes encontrar desde Bruce Springsteen a Extremoduro pasando por Back Street Boys. Por supuesto, hay Lori Meyers y hay Ferreiro. También hay alguna banda sonora (os podéis imaginar cuál no falta). Es una mezcla bastante bizarra, pero es que todo lo que está ocurriendo es muy bizarro.  Espero que os guste. Al confinamiento, y a la vida en general, se sobrevive gracias, entre otras cosas, a la música.

Cuando alguien me dice que ya se ha empezado a agobiar, trato de hacerle ver que lo que hay que hacer es pensar siempre en el próximo rato, y no en el día entero. Y ni mucho menos pensar en semanas, eso no hay que hacerlo ni loco. Hace tiempo escribí un texto que se titulaba "La siguiente farola". Estaba centrado en los corredores, pero se puede aplicar perfectamente a este momento. Cuando salgo a correr hay días que me siento muy bien y no tengo ningún problema. Pero hay otros días que me encuentro fatal y no me siento capaz. Esos días en los que no siento que no puedo, me voy fijando en la siguiente farola. Y me voy diciendo "hasta ahí, puedes". Y puedo. Y entonces me doy cuenta de que, aunque creas que ya no puedes más, siempre puedes un poquito más. 

Escucho mucha radio estos días. No podría sobrevivir a este confinamiento sin la radio. Os  la recomiendo a todos. La tele la ves, la radio te hace compañía. Y creo que necesitamos que nos hagan compañía. Hago mención especial a Paco González y su equipo de Tiempo de Juego. Suelo decir que, para mí, es uno más de los varios grupos de amigos que tengo la suerte de tener. Si a alguien le extraña que considere como amigos a unos que hablan por la radio les haré una pregunta: ¿los amigos no te hacen reír y te acompañan cuando estás jodido? Pues a mí ellos me han hecho reír en épocas de mi vida en las que estuve jodido. Y ahora lo están volviendo a hacer. Es lo que yo le pido a los amigos.

Estoy aprovechando para ver series. He terminado Mindhunter, que me ha gustado bastante. Es sobre crímenes y asesinos en serie, todo basado en caso reales. Terminé hace poco Lovesick, de la que no había oído hablar y me recomendó una amiga, y me encantó. Es una serie escocesa y se ve muy bien. Son tres temporadas con pocos capítulos y cada uno dura unos veinte minutos. ¿Tema? Comedia con amigo ligoncete, amigo enamoradizo y chica. Te ríes y la historia está muy bien. He empezado en Netflix Los asesinatos del Valhalla, islandesa, sobre asesinatos en serie, que me está gustando. Y menudos paisajes. Ah, por si alguien no la ha visto, recomiendo una que me dijo mi padre y que a Oli y a mí nos encantó: Derry Girls, en Netflix. Es genial.

Cada vez que en una serie salen a la calle, se abrazan, o se besan, empiezo a lanzar improperios desde el sofá de casa: "¡Pero qué haces inconsciente! ¡Que te han dicho que te vayas a casa! ¡Cretino!" Por suerte, esto que me pasaba los primeros días veo que le está ocurriendo a más gente cuando ven series y películas y ya no me siento tan chiflado. Aunque lo esté, que lo estoy, pero no por esto.

Viendo una peli, hay un momento en el que Oli pone el volumen en el número quince. La situación dura unos veinte segundos que se me hacen muy largos. No puedo tener el volumen en números impares. Ni en la tele, ni en las radios, ni en nada. No soporto los números impares. Las escaleras con escalones impares me dan muchísima rabia. Pero mi número talismán es el siete. Vivir con contradicciones.

La tarde del sábado Oli sale a comprar. Me tumbo en el sofá. Me despierta de la siesta un coche pitando. Ya me asomo y veo a gente en las ventanas increpándole y pidiéndole silencio. Pero me fijo y veo a dos mendigos pegándose. Y entiendo que el del coche pitaba para llamar la atención a la gente. Al final el del coche se va. Desde mi ventana veo que un mendigo tiene atrapado al otro y no sé si le está asfixiando o qué, pero me pongo muy nervioso y hasta pienso en bajar. Llamo a la poli, y tardan mucho en cogérmelo. Dos o tres minutos en los que observo como el mendigo sigue teniendo atrapado al otro y cada vez me pongo más nervioso. Justo cuando me responden, veo que llegan tres coches de policía. Quizá el del coche ya había llamado. O quizá los trabajadores del Aldi que está delante. Me quedo un rato mirando. Tengo que reconocer que aunque sea una situación triste la sigo como un gran acontecimiento porque es lo más interesante que ocurre a mi alrededor desde hace días.

Cada día, cuando salimos a aplaudir a la ventana, se repite lo mismo. Oli no se asoma mucho porque tiene vértigo hacia abajo y yo no me asomo mucho porque tengo vértigo hacia arriba. Vaya cuadro. Supongo que el amor es eso, saber encajar los miedos del uno y del otro.

Ayer vi por fin Alta Fidelidad. Después de El Guardián entre el centeno, es mi libro preferido. No había visto la peli hasta ayer. Supongo que de manera inconsciente, lo evitaba por si no estaba a la altura del libro de Nick Hornby. Pero sí lo está, sí lo está. Me encantó, y John Cusack es un perfecto Rob Fleming.

Espero que estéis todos bien. Y espero también de verdad que no os estéis quedando en pijama todos los días. Eso no se puede hacer. Yo cada día me levanto, me afeito, me ducho y me pongo mis vaqueros y mi camiseta. Nada de abandonarse. El único drama que tengo es mi pelo, que me lo tenía que haber cortado hace un mes, lo fui dejando y no quiero saber cómo voy a acabar el confinamiento. 

Cuidaros mucho, y cuidad.

domingo, 22 de marzo de 2020

El mismo cuadro de siempre

Antes del coronavirus, sucedía una historia en el Museo del Prado
El Juicio de Paris, de Rubens, en la galería central del Museo del Prado


Estos días en casa pienso mucho en ellas. Hablo de un grupo de amigas jubiladas que visitaron hace unas semanas mi lugar de trabajo, el Museo del Prado, en el que soy vigilante de sala. Me acuerdo de Ángeles, que hablaba conmigo a veces. Por ella supe que eran amigas de toda la vida y que hacía poco habían decidido venir cada semana al Museo. Recuerdo a Maite, que explicaba los cuadros al resto. O más que los cuadros, el cuadro. Porque siempre les explicaba el mismo: El Juicio de Paris, de Rubens. El segundo día me extrañó, pero no le di más importancia.

Cuando aparecieron la tercera semana otra vez delante del cuadro descubrí que Maite les explicaba exactamente lo mismo que las dos semanas anteriores. Y lo hacía con el entusiasmo de las primeras veces. Ellas escuchaban con gran atención. No pude aguantarme la curiosidad y le pregunté a Ángeles. Me contó que El Juicio de Paris era el cuadro favorito de Maite, "pero no se acuerda de que ya nos lo ha explicado". Le habían diagnosticado alzheimer y sus amigas hacían lo posible por ayudarla. Junto a ella, lo aprendían y lo olvidaban todo sobre aquel cuadro.

viernes, 20 de marzo de 2020

Diario del confinamiento: lo peor ya ha pasado

Diario del confinamiento en casa por el COVID19
Paisaje con San Jerónimo. Joachim Patinir. Museo del Prado. Sala 55A.

En un directo de Instagram veo al escritor Juan Tallón diciendo que lo peor ya ha pasado, que ya solo quedan dos o tres meses. Pero que lo difícil era la primera semana, que es en la que nos quedamos en shock. Y que a partir de ahí, ya es todo cuesta abajo. Me eché a reír a carcajadas en el sofá. Tallón es un tipo brillante. Su última novela, Rewind, es una maravilla que os recomiendo a todos.

Ayer, o anteayer, o quizá fue hace ochenta y siete años, es difícil saberlo, estaba en el sofá en la hora más plácida del día, la de después de comer. Oli trabajaba y yo estaba leyendo en el sofá. Silencio, día nublado, todo era era perfecto, muy plácido, como decía. De repente, un zumbido como el de un Airbus A320 a mi lado. Yo creo que me teletransporté al baño, donde de repente estaba encerrado. Seguramente no. Seguramente pegué un salto y salí huyendo hasta meterme ahí. Después abrí para preguntarle a Oli cómo estaba la situación. Me confirmó que era una abeja y que estaba intentando que volviese a salir por la ventana. Lo consiguió. Y no entiendo que, de manera inmediata, no fuese trending topic en Twitter el hashtag #graciasOli. El susto me duró toda la tarde. Tengo fobia a las abejas y a las avispas. A veces me da por decir que soy alérgico, pero es una mentira enorme que utilizo para justificar mis ridículos comportamientos.

Nuestra ducha se atasca cada cierto tiempo. Y la muy puñetera ha decidido atascarse ahora. Digo la muy puñetera porque soy de los que piensa que los objetos piensan. Así que ayer después de ducharme se queda el agua ahí y no se va. Abrimos el desagüe de al lado y empieza a salir agua por todos lados. No para de salir agua. Ojo, que no tenemos jardín ni terraza, pero podemos tener piscina, es mi primer pensamiento. Pero me dura poco, como siempre dura poco lo bueno en la vida. El baño está inundado y corro a por trapos a la cocina. La famosa bolsa de los trapos que descubres al cumplir treinta años. Oli se crece en estas situaciones. Se transforma en una capitana de la UME y yo soy un simple civil que se pone a su servicio y trata de cumplir las órdenes lo mejor posible. Al final parece que conseguimos solucionarlo. Hoy me duché y no hubo atasco. No soy gallego, pero me encanta utilizar el pasado simple para expresar acontecimientos que sucedieron recientemente. Le digo a un amigo "desayuné" y fue hace diez minutos. Lo hago mucho, no sé por qué.

Natalia Verbeke publica una foto desnuda en Instagram. Yo estoy muy a favor de la libertad de cada uno para enfrentar el confinamiento cómo a cada uno le dé la real gana. En el caso de Natalia, si ella quiere enfrentarse así a esta situación, adelante con ello, 

Sigo con mi disciplina del móvil. Ya empecé con ello antes de que todo esto empezase. Se trata de dejar el teléfono desconectado de Internet durante horas y conectarme a ratos. Estos días, esos ratos acaban siendo de lo mejor del día. Sigo echando mucho de menos a muchas personas y el hablar un ratito con ellas cada día, aunque no sea para decir nada importante, me hace bien. Porque, en la vida, hace falta saber que los que te importan están bien para poder estar bien uno.

Esto del confinamiento no me cambia de momento los horarios de sueño. Quiero decir que cuando ponemos una serie por la noche me quedo dormido a los cinco minutos. Y no es que me aburra ni nada, es que no puedo evitarlo. Y lo peor es que estos días estoy durmiendo siestas, no muy largas, pero sí que me echo un ratillo. Y tomo café, y cocacola, y cuando me quedo dormido noche tras noche Oli me mira alucinada. Yo tampoco acabo de entenderlo.

Me ocurre mucho que no paro de anotar listas de cosas que hacer durante estos días. Estoy llegando al punto en el que me da miedo que mi confinamiento sea eso, hacer listas de cosas que podría hacer durante el confinamiento, como el que se pasa la vida haciendo planes sin realizar ninguno de ellos. Un día nos dirán que podemos salir a casa y saldré al balcón de casa a protestar, que vaya vergüenza de confinamiento hombre, que esto ha sido muy poco, que necesito dos semanas más, suplicando mientras la calle se llenaría progresivamente de gente que me miraría de manera muy extraña.

Esta semana he aprovechado para avanzar con la corrección de la novela. Ya me queda poquito. Aunque es la primera corrección. A partir de junio comenzará ya el trabajo intenso con Yolanda, la editora que me está ayudando a pulir la historia. Pero me gusta ir corrigiendo todo lo que vimos en la primera reunión. Aunque por otro lado, paso miedo y sufro. Porque tú tienes una historia escrita y de repente te ves quitando de ahí, quitando de aquí, cambiando esto de un capítulo a otro porque descubres que queda mejor en ese otro capítulo que en el que estaba, cambias cosas de un personaje. Y mientras realizas cualquiera de estos cambios, de fondo la sensación de cuando tenías un castillo o una muralla en la arena de la playa y tocabas para mejorar algo y se te derrumbaba todo.

Bajé ayer al Supersol, el primer día que salía desde el sábado. Me encontré con una vecina muy simpática con la que a veces coincido en el ascensor cuando salgo a correr. Nos pusimos a hablar a distancia. Me preguntó cómo me llamaba. Nos contamos cómo llevábamos la situación y en lo que trabajábamos. Después apareció otra chica a la que ella conocía y me presentó. Qué momento para ponerse a conocer personas. Traté de verlo desde fuera, sin que todo esto del Covid19 estuviese ocurriendo y me parecía una situación surrealista, los tres hablando a distancia y sin poder darnos la mano o darnos dos besos.

Seguiremos informando. Sigamos todos en casa, que a veces es en el lugar en el que suceden las mejores historias y lo estamos descubriendo ahora. Os puedo decir que de momento esto de estar encerrado en casa no lo estoy llevando tan mal cómo me imaginaba. Veremos los próximos días. Mucho ánimo a todos, en especial a todos los enfermos, a los que tienen a alguien enfermo a quién no pueden ir a ver, a todo el personal sanitario, a todos los trabajadores de supermercados, y a todos los miembros de las Fuerzas de Seguridad. No perdamos la oportunidad de darles las gracias si nos cruzamos con algunos de ellos, por favor. Y como ellos, muchos otros trabajadores que están desempeñando un papel fundamental en este momento.

lunes, 16 de marzo de 2020

El coronavirus y de lo que no me di cuenta

El centro de Madrid en los primeros días del coronavirus
Foto del jueves 12 de marzo, había coches pero ya poca gente...



Cuando todo esto empezó, hubo algo de lo que no me di cuenta. Siempre hay algo de lo que uno no se da cuenta en la vida, pero a veces lleva un tiempo identificar lo que es. El tiempo siempre nos da la perspectiva suficiente para identificarlo todo. Yo he tardado dos días encerrado en casa en hacerlo. He necesitado dos días para ser consciente de lo mucho que echo de menos a la gente importante en mi vida. Y de lo que la voy a echar a poco que esto se alargue.

De lo que no me di cuenta es de lo que iba a echar de menos a mis padres, sobre todo el no tener la libertad de irme a verlos cuando me apetezca. Echo de menos hablar con ellos de política y también que me recomienden todo tipo de series (a veces creo que se las inventan). De lo que no me di cuenta es de lo que iba a echar de menos no poder ir a desayunar y a reírme a mi hermana, como hacemos habitualmente. Y de lo que iba a echar de menos que mi sobrino "Trampas" me reciba con esos lametazos y esa emoción cada vez que me ve. No me di cuenta de lo que iba a echar de menos no poder ir a ver a mi abuela a la residencia, con lo que ella siempre me hace reír. También echo de menos a mis tíos Toño, Moni, Luis, Mariló, Félix y Menchu y a mis primos  Carlos, Marta, Lola, Toño, Carlota, Moni, Renzo, Malena y Darío y me acuerdo mucho de ellos. Echo de menos a la familia de Oli, a mis suegros Jordi y Lucía, a mis cuñados Roger y Gemma y a los sobris Quim y Jana, a mis "primos" Mónica y Jordi y a sus niños, a Adela, a Manel. Me acuerdo de todos y cada uno de ellos.

De lo que no me di cuenta es de lo que iba a echar de menos a mis grandes amigos Andrés, Luis, Ramón, Héctor y Víctor, con los que a veces soy un cretino y les digo que me aburro con sus planes. Pues ahora les echo de menos, por cretino, supongo. De lo que no me di cuenta es de lo que iba a echar de menos a otros buenos amigos: Álvaro, Nacho, Luis, Fer, Doc, Samu, siempre listos para tomarse una cerveza en cualquier momento pero con los que lo vas aplazando porque, si no es este finde, será el siguiente, hasta que no puedes salir de casa y no sabes cuando podrás disfrutar de esas risas. Me acuerdo también de mis amigas Tere y Anisi y de muchos otros compañeros de Periodismo. De lo que no me di cuenta es de lo que iba a echar de menos a mis compañeros de trabajo Fer, Moni, Cris, Ruth, Ali, y tantos otros a los cuales conozco de hace tan solo un año y que se han convertido en auténticos faros de mi vida.

De lo que no me di cuenta es de lo que iba a echar de menos a mis amigos de Barcelona Davot, Gil, Riki, Román, Cami, María, Silvia aunque nos veamos cada muy poco tiempo, pero ahora tengo unas ganas inmensas de coger un AVE y darles un abrazo. Echo de menos juntarme con Iván a hablar y programar historias. Echo de menos a mi hermano Ronald, de Perú, al que llevo diciéndole desde hace más de diez años que iré a visitarle y que me escribió ayer para preguntarme cómo estaba y cómo estaban las cosas por España, emocionándome sin que él lo supiese. Echo de menos y me acuerdo de muchísimas personas estos días. De Jagoba, de su madre y toda la cuadrilla de Sestao, en donde siempre me trataron de maravilla. De Itxaso y David, los que presenciaron como casi me despeñé en la roca de Bali. Me acuerdo también de los amigos de Oli de Manresa y de los amigos de Oli de Esade. Me acuerdo incluso de personas que por un motivo o por otro dejaron de formar parte de mi vida y si me leen me gustaría desearles de corazón que estén bien y que se cuiden. Supongo que uno se acuerda de aquellos que le hicieron bien, y todas estas personas y otras de las que puedo no haberme acordado me han hecho mucho bien en la vida.

Echo de menos salir a correr cada mañana por la pista de Canal. El momento de llegar a la pista y empezar a correr por ahí es uno de mis momentos preferidos de cada día. Echo de menos irme a trabajar y coger el 27 cada día. Echo de menos que Ferreras no hable simplemente de política. Echo de menos ayudar a los visitantes en el Museo y a la vez recordarles que no se pueden hacer fotos. Echo de menos salir de trabajar y disfrutar de la imagen de Cibeles con la calle Alcalá de fondo, llegar a casa y contarle a Oli las anécdotas de la tarde. Echo de menos no estar llenando de planes la agenda y que Oli me diga que todo no se puede hacer recordándome que los findes, por muy findes que sean, tienen las horas que tienen. Echo de menos salir a tomar unas cañas o ir al Proyecciones. Echo mucho de menos Madrid sin sus calles abarrotadas de gente. Echo de menos la normalidad, lo que siempre está y deja de estar sin previo aviso.

Dice Holden en El Guardián entre el centeno (a ver si os habéis creído que con el coronavirus me iba yo a olvidar de Holden) que no hay que contar nunca nada a nadie, porque en el momento en el que uno empieza a contar cualquier cosa, empieza a echar de menos a todo el mundo. Y si ya escribes un texto en el que lo que estás contando es precisamente que estás echando de menos a todo el mundo, ya ni os digo. No me di cuenta. Uno nunca se da cuenta de lo mucho que va a echar de menos todo y a todos.

miércoles, 11 de marzo de 2020

Rewind, una novela para emocionarse

En la librería Tipos Infames en la presentación de Rewind, con Juan Tallón



Es de Primero de intensito emocional que, cuando uno ha sentido mucho, debe dejar reposar todo lo sentido durante un tiempo. Es importante descubrir si todas esas emociones eran verdaderas, porque a veces sucede que no lo eran. Leyendo la nueva novela de Juan Tallón sentí muchísimo, me emocionaba a cada página. He dejado pasar una semana y resulta que todas esas emociones eran reales.

"En un vulgar instante, todo lo que era normal desapareció. Solo un instante antes de ese instante, a las 23.01 horas, pongamos, estaba en mitad de un día perfecto. Y de repente la vida se derramó sin solución, como el agua que no se puede devolver al vaso tras volcar". Y de eso habla la novela, de cómo la vida se rompe de repente de manera inesperada y de cómo cada persona afronta esa fragilidad y la capacidad para rehacerse de cada uno. Es doloroso, tiene momentos muy tristes pero me quedo con esta frase: "la vida, o lo que queda de ella después de cada desastre, siempre se abre paso". Me quedo con "o lo que queda de ella" porque a veces la vida ya no es la que era, pero uno aprende a vivir con ella, incluso, como dice un personaje de la novela, uno aprende a vivir sin ánimos. Otro gran descubrimiento es "el tiempo te somete a sus propias curas", qué gran verdad.

El libro cuenta la historia de unos estudiantes erasmus en un piso de Lyon: Paul, Emma, Ilka y Luca. "Al mes y medio de mudarse, a aquellos chavales los conocía y quería medio barrio". Y yo añadiría "y todos los lectores, joder, y todos los lectores". Crear unos personajes a los que sentir como amigos y un piso al que te apetezca ir a tomar algo es de un mérito extraordinario.

Y termino con otra gran frase que me ha encantado y que dice uno de los personajes: "no hay que saltarse un trámite emocional" y "la importancia de pasar por todos ellos, sin atajos". Esa necesidad de no querer aceptar en determinadas situaciones nuestros sentimientos o nuestras emociones porque nos resultan incómodas. Pues no, aquí nadie se salta un trámite emocional.

Creo que es un libro que voy a recomendar mucho y a regalar bastante.

viernes, 17 de enero de 2020

Un año en el Museo del Prado

Un año de Vigilante de Sala en el Museo del Prado


Hace un año comencé una aventura maravillosa. Lo llamo aventura porque las aventuras suelen suceder de manera inesperada y así sucedió en este caso. El 17 de enero de 2019 empecé a trabajar como vigilante de sala en el Museo del Prado. Y puedo decir, un año después, que este trabajo me ha cambiado la vida de una manera que nunca pude llegar a sospechar.

Recuerdo la llamada el día antes del sorteo del Gordo para ofrecerme una interinidad. Como no sabía muy bien el límite de tiempo que eso tenía, pregunté trescientos ochenta y siete veces si mal no recuerdo que qué era eso de la interinidad. No sé cómo tuvieron tanta paciencia. Al final, dije que sí, menos mal.

Y entré a trabajar el 17 de enero de 2019. Y lo hice por la puerta grande, porque me tocó en la galería central. Estaba nerviosísimo. Y sobre todo, estaba expectante por saber cómo sería aquello. Estudié Periodismo, aunque he trabajado de todo un poco, y aquello era algo que no tenía nada que ver con ninguno de los trabajos que había realizado con anterioridad. Desconocía si me iba a gustar o no.

Ahora, después de un año, puedo decir con total seguridad que es el trabajo en el que más feliz he sido de todos los que he tenido. Y he tenido muchísimos, y muy variados, ya os lo digo. En cada uno de ellos he aprendido y he conocido personas maravillosas con las que hoy en día sigo teniendo relación. Personas que creyeron en mí desde un primer momento y a las que estaré siempre agradecidas.

Pero lo que estoy viviendo en el Museo del Prado viene a ser un cuento, un sueño. He descubierto una vocación que no sabía que tenía, aunque podía sospecharlo. Siempre me ha encantado el trato con la gente, a la que veo alguien perdido por la calle me lanzo a preguntarle si le puedo ayudar. Le escuché a un buen compañero decir hace poco "mi único talento es ser amable". Y me sentí identificado, porque me gusta ser amable y ayudar en todo lo que pueda. Y es algo que el Prado me da la oportunidad de hacer a diario. A mí me gusta mucho Madrid y siento que trabajando en el Museo del Prado de alguna manera también estoy representando a mi ciudad, y es algo que me hace sentir orgulloso, y por ello procuro que las personas que visitan el Museo se lleven el mejor recuerdo posible. Porque los recuerdos que te llevas de los sitios importan mucho.

Alguien podría decirme "pero si no es de lo tuyo". Y qué, contestaría yo. Soy muy feliz en el Prado, he descubierto un trabajo que me apasiona, y eso me hace sentirme muy afortunado. Además, el ambiente de trabajo es una maravilla. Tengo que hacer una mención especial a todos mis compañeros, porque sin ellos esta felicidad que tengo no sería plena. He tenido la suerte de conocer a personas maravillosas, generosas y muy cariñosas. Puedo decir que, en el año entero que llevo ahí dentro, nadie nunca me ha negado su ayuda. Existe un compañerismo excepcional. Además, muchos de ellos han estudiado Historia del Arte y encima aprendes con lo que te cuentan. Y otro punto más a favor, es que son divertidos. Y es importante tener gente alrededor que te haga reír en tu día a día.

Una de las cosas que más me han gustado de este año en el Museo es todo lo que he aprendido. Antes de entrar, no tenía mucha idea de arte. Y en todo este año he aprendido lo que no he aprendido en 34 años, ha sido increíble. Y tener un trabajo en el que poder culturizarte casi cada día es algo que considero un auténtico privilegio.

Privilegio como es el de trabajar en un lugar como es el Museo del Prado, del que dijo Azaña que era más importante para España que la monarquía y la república juntas. Yo me cojo mi autobús cada día para irme a trabajar bajando toda la Castellana y soy la persona más feliz, os lo digo. Y os confesaré que eso también me ocurre los domingos y festivos que me toca trabajar. Ir a trabajar feliz cuando la mayoría está descansando o haciendo planes. Nunca me lo hubiera imaginado.

Por eso estoy tan feliz. Porque después de tanto tiempo con trabajos temporales, con esa angustia de fondo que impide disfrutar la vida de manera plena, he encontrado un trabajo estable y que además me apasiona. Qué fundamental es eso de la estabilidad para poder tener un cierto orden en la vida.

Necesitaba contar todo esto porque hoy hago un año en el Museo y siento que tengo que celebrarlo. Y una manera de celebrarlo, de muchas, es compartirlo con vosotros. Nunca sobra compartir que uno es muy feliz, supongo.