domingo, 19 de noviembre de 2017

La acera buena


Un relato de una calle de Madrid un domingo cualquiera



Se despertó más pronto de lo que hubiera deseado. Formaba parte ya de su rutina, que no es siempre la que uno quiere. Se levantó rápido de la cama, pues sabía que no había forma alguna de volver a caer en los brazos de Morfeo. Lo hizo de la manera más sigilosa posible, ya que sabía que a ella, a Laura, aún le quedaba por delante una hora de plácido sueño. Y ese día ambos necesitarían todas sus energías disponibles, porque venían sus nietos a comer.

Él desayunaría tranquilamente mientras repasaba lo más destacado de la prensa digital. A media mañana, bajaría a pasear por su barrio, que él sentía como un pueblo propio. En esas calles vivió todo lo que uno puede vivir en las calles de su barrio: el primer beso, el primer cigarro, el primer desengaño, la primera cerveza, el primer ojo morado, el primer porro y otros debuts inconfesables. 

En ese pequeño mundo fue también donde nacieron las manías, cuyo origen exacto es siempre imposible recordar. Entre ellas, ir siempre por la misma acera. En toda una vida nunca había caminado por la acera izquierda de su barrio. Sólo al salir de su portal, que precisamente estaba en la acera opuesta. Al salir, cruzaba rápidamente por un paso de cebra y ya se sentía a salvo. No sabía decir de qué, pero se apoderaba de él una fuerte de sensación de alivio una vez pisaba la otra acera, como el naúfrago que toca tierra firme tras atravesar un mar bravo. Ni en sus noches jóvenes de borrachera, en las que uno no está para manías porque centra todo el esfuerzo en volver a casa lo antes posible y le da igual cómo, era capaz de saltarse esa norma.

Sabía que no era normal, que ese comportamiento era excéntrico. Así se lo decían aquellos con los que en ocasiones iba caminando y a los que pedía por favor y con gravedad en la cara que si podían cambiarse de acera. Aunque era consciente de la extravagancia, le irritaba que se lo reprochasen. Todos tenemos supersticiones y seguramente la mía sea una de las más sanas comparadas con otras, se decía para justificarse. Siempre hay otro peor venía a ser la línea argumental de defensa.

Pero aquella mañana de domingo como cualquier otra ocurrió algo que nunca antes había ocurrido. La única acera por la que él podía andar estaba cortada. Nadie podía andar por ella. Estaban realizando obras y era imposible el acceso. Barajó la posibilidad de subirse a casa pero hasta a él le pareció irracional. Sentía rabia pero pensó que quizá era el día indicado para quitarse de encima algo que le había durado demasiado. 

Cogió aire y empezó a caminar. Empezó a sentirse incómodo. Notaba como le caían las gotas de sudor por la espalda. Una, dos, tres. Cada vez más frecuente el ritmo hasta tener la espalda empapada con una temperatura en la calle de seis grados y con aire frío. Sentía incluso un ligero mareo. Algo no marchaba bien y empezaba a desear no haber salido de casa. Se paró. No distinguía bien los rostros de las personas que caminaban a su lado. La visión le fallaba y comenzó a ponerse cada vez más y más nervioso. 

Se detuvo. Comenzaba a formarse un círculo de personas a su alrededor que se interesaban por él y otras que permanecían asustadas sin saber muy bien qué hacer. El corazón empezó a latirle a mil por hora. Se asustó. Pensó que todo era culpa de esa maldita acera. Y un instante después, se derrumbó. Nadie supo si murió de un infarto o de superstición.

martes, 7 de noviembre de 2017

Las oportunidades y la felicidad

Vistas desde la agencia de comunicación, en el centro de Madrid
Las vistas desde mi trabajo, por si faltaba algo más


No soy yo de contar aquí mi vida. Esto nunca ha sido un diario. Ni lo será. Sí comparto en ocasiones historias de mi pasado que me marcaron de alguna u otra manera y que creo que son lo suficientemente curiosas como para que os puedan interesar. Pero después de unos meses sin escribir nada, me parecía que no había nada mejor que retomar la escritura contándoos que estoy muy contento. Un mensaje muy tonto si queréis, pero a veces hace ilusión compartir un buen momento con la gente y se me ha ocurrido que el blog podía ser una buena forma de hacerlo. 

Estoy contento porque las cosas me van bien. De perogrullo, lo sé. Pero que las cosas le vayan bien a uno cuando parece que estamos rodeados de malas noticias es algo a destacar, en mi modesta opinión. Hace casi cuatro meses encontré un trabajo en una agencia de comunicación y tengo la sensación de que he encontrado el sitio en el que llevaba mucho tiempo queriendo estar. Me dedico a las redes sociales. Estoy trabajando de community manager en una agencia de comunicación. Y estoy encantado de la vida. 

Aparte de dedicarme a algo que me gusta mucho y me hace disfrutar, tengo unos compañeros de los que aprendo cada día y me ayudan con cualquier duda. He estado alguna vez en sitios en los que con una duda ya recibías una mirada de reproche. Da gusto cuando puedes estar en un trabajo en el que puedes dudar y aprender sin miedo. Mis casi cuatro meses en esta agencia han sido un auténtico máster del que estoy dispuesto a seguir aprendiendo cada día. Además, me hacen sentir valorado, lo que me motiva para seguir mejorando y desarrollándome profesionalmente.

Se trabaja mucho, hay objetivos que cumplir, tienes que estar pendiente de muchos pequeños detalles. Pero se trabaja con mucha libertad y eso es algo que yo al menos valoro mucho. Yo sé el trabajo que tengo que cumplir, yo me lo organizo cómo mejor considere, puedo escuchar la radio o música mientras lo hago con tal de tenerlo hecho, y bien hecho, en los plazos previstos. Además, me río mucho. Uno no va al trabajo a reírse, ya ya. Pero lo importante qué es cuando se tiene humor en la oficina.

¿Y cómo llegué ahí? Pues mirad, en la sociedad de Twitter, de Linkedin, de Facebook y de todas las redes sociales, llegué ahí gracias a un ascensor. Y gracias, supongo, también, al valor para aprovechar una oportunidad. Trabajaba en un edificio con muchas oficinas. Un día, coincidí en el ascensor con unos chicos que hablaban de redes sociales y de unas campañas en Facebook. No pude quedarme callado. Les pregunté por su empresa y les pregunté si podía enviarles mi CV. 

Tres meses después, ya estaba dentro. Por eso, os digo una cosa que he aprendido en la vida: si tienes la oportunidad, debes tener el valor de aprovecharla. Yo tuve la inmensa suerte de coincidir con ellos aquel día y en ese momento en el ascensor. Quizá no hubiera vuelto a coincidir nunca y eso fue lo que me hizo lanzarme. En ese ascensor también me quedé encerrado un día, por cierto, pero eso es otra historia.

Llevo años encadenando unos trabajos con otros. En eso he tenido suerte. Salvo algún periodo largo de paro, siempre he tenido algo. Me considero un afortunado. He conocido a muchísimas personas, he intentado quedarme con lo mejor de cada una de ellas, procurando dejar lo malo y apreciando lo bueno que viví con ellas y en aquellos lugares. Hay personas que se han incorporado a mi vida y a las que guardo un profundo aprecio. Que esté tan contento en el lugar en el que estoy ahora no significa un menosprecio a otros sitios por los que he pasado, para nada.

Acabo de cumplir los 33, con lo que le gusta a uno el día de su cumpleaños. Más si cabe cuando uno cumple años tan contento, tan entusiasmado y tan ilusionado con lo que aún le queda. Porque mi felicidad, aunque sólo os haya hablado de trabajo, también es personal. Porque tengo una novia estupenda, una familia maravillosa y unos amigos que a veces creo que no me merezco. Perdonad el tostón de autobombo de felicidad. Pero hacía tiempo que no estaba tan bien y me apetecía muchísimo compartirlo con vosotros. En el próximo post volveremos a la normalidad. 

También os pido perdón, he estado meses sin escribir aquí y con eso pierdo la credibilidad. Porque entiendo al que piense "para qué voy a leerle si en unas semanas o meses volverá a desaparecer". No puedo garantizar nada. Prefiero que hablen los hechos a prometer nada, ojalá cada semana os podáis encontrar aquí un texto nuevo.

jueves, 29 de junio de 2017

Un número más

El chico mató a su novia, una víctima más de la violencia machista


Una noche perfecta. Eso pensó Marta al llegar a su piso de la calle de la Farmacia. Habían estado de copas en el Sideral y el tiempo se le había pasado volando. Las cosas con Roberto iban bien, sí. Se reía con él, se interesaba realmente por ella, y a ella él le parecía un tipo más que interesante. Aquello era prometedor y podía decirse que la ilusión había vuelto. Con prudencia, porque su vida era un historial de pasos en falso por su desmedido entusiasmo hacia la vida, que en ocasiones parecía ensañarse con ella como queriéndole decir que a ver cuándo narices aprendía la lección. Se sentía feliz y quiso tomarse una copa de vino antes de meterse en la cama. Le gustaría habérsela tomado con él en casa y no dormir en toda la noche, pero su viaje por trabajo al día siguiente le había hecho mantener la cabeza fría frente a toda la pasión que sentía por dentro.

Una vez hubo terminado la copa de vino blanco en la cocina, repasando cada diálogo de su cita con Roberto una y otra vez en su cabeza, se fue hacia su habitación. En ese momento, cayó en la cuenta de que su compañera de piso estaba en la casa. Lo hizo porque vio el sujetador de Laura tirado ahí, en mitad del pasillo. Sonrió. Eso sólo podía significar que había habido reconciliación. En el último mes había discutido mucho con su novio, con el que llevaba tres años. Algunas discusiones las había casi presenciado ella misma, encerrada en su habitación. Le había preocupado en alguna ocasión el tono autoritario de él. Así se lo había comentado a Laura en algún momento. Porque no sólo eran compañeras de piso, sino muy amigas desde que se conocieron estudiando Publicidad en la universidad. No recogió el sujetador. Continuó hacia el baño.

Mientras se cambiaba y se desmaquillaba, escuchó un ruido. Se sintió incómoda por estar molestando a los tortolitos. Así que aceleró para poder meterse en su cuarto lo más rápido posible. Al salir, se le heló la sangre. Cerca del sujetador, unas gotas de sangre se extendían por el suelo. Se quedó petrificada. Tenía mucho miedo. Decidió acercarse a la puerta de la habitación de Laura para poner el oído. No se escuchaba nada. El corazón le palpitaba.

Con miedo, decidió girar el pomo de la puerta. Estaba todo oscuro y no veía nada. Consiguió tocar un interruptor. Hubiera sido mejor no hacerlo. Ante sus ojos, yacía el cuerpo ensangrentado de Laura en la cama. Con los ojos abiertos y una mirada de pánico en su rostro. Había muerto presa del pánico. Y parecía que todo acababa de ocurrir hace poco tiempo. Estaba bloqueada, dividida entre la desolación más absoluta y una necesidad de salir corriendo de allí por instinto de supervivencia. Se podía imaginar lo que había pasado y no sabía si el que lo había hecho estaba todavía allí dentro.

Mientras intentaba decidirse, vio la sombra y sintió el cuchillo clavarse en su espalda. Después, en el abdomen. Una, dos, tres veces. Sintió que le faltaba aire. No tenía fuerzas. Veía la sangre salir a borbotones de su cuerpo. Una última puñalada, para asegurar. Veía el odio en la cara de Dani, el novio de su compañera de piso. Seguramente fue otra discusión más. Y aquel desalmado había matado a su amiga para acabar definitivamente con la relación. Ahora, pillado, mataba a la única testigo del crimen que acababa de cometer. Dos vidas más robadas por la violencia machista, un número más para las frías e inaceptables estadísticas del país.

jueves, 22 de junio de 2017

Una mujer normal

Era una mujer normal con una vida feliz


Era una mujer normal. Sin grandes pretensiones, le gustaba la sencillez. Por las noches se ponía el despertador y contaba las horas de sueño que tendría por delante. Se había acostumbrado a dormir poco y no necesitaba más de seis horas, aunque a veces eran cinco y entonces sí que lo notaba. Le costaba más todo al día siguiente. Ni siquiera el segundo café de urgencia la sacaba del estado somnoliento que le atrapaba en los días en los que su cuerpo no había descansado el tiempo marcado como necesario por su reloj biológico.

Era una mujer normal. Estaba casada, con un marido maravilloso, Ramiro, que la cuidaba y se preocupaba por ella. Su relación nunca había pasado por ningún momento de crisis. Quizá fuese por el carácter calmado de ambos y debido a que habían decidido ser felices porque sí, quizá la forma más fácil y sencilla de ser feliz que tenemos a nuestro alcance los seres humanos. Él trabajaba en la Administración. Sacó unas buenas oposiciones en su momento y eso era innegable que había ayudado a la estabilidad que siempre les había acompañado a lo largo de su vida.

Era una mujer normal, con sus dos hijos, Pablo y Susana, en la universidad el primero y en el instituto la segunda. Se les veía buenos chicos a los dos, educados siempre que uno se los cruzaba por el barrio, amables y cariñosos hasta con los que llevaban poco tiempo viviendo allí. Algún domingo se les veía a los cuatro juntos saliendo a comer a cualquier lado. Era una familia feliz, nadie podría asegurar lo contrario.

Era una mujer normal. Profesora de Historia en el Instituto Lope de Vega, en la calle San Bernardo, en pleno corazón de Madrid. Terminó sus estudios y logró sacar una plaza para poder dedicarse a su pasión toda la vida. Más de una mañana se cruzaba con algún vecino al bajar en el ascensor. Iban hablando un rato al salir del portal situado en la calle Bretón de los Herreros, y después sus caminos se separaban cuando ella subía Bravo Murillo hacia la glorieta de Cuatro Caminos para coger el metro allí. Alegraba el día coincidir con ella por la vitalidad que inspiraba en todo momento.

Era una mujer normal. Era elegante de la mejor forma que se puede ser elegante, sin buscarlo. Era ciertamente atractiva. Tenía seguridad en sí misma y sabía transmitirlo. Las clases le habían curtido mucho, sin duda. Solía sonreír, pero no de esa forma excesiva que a veces acaba denotando ganas de gustar más que otra cosa. Se preocupaba por saber de la vida de la gente que le rodeaba, de forma discreta y sin caer en el cotilleo. Se diferencia claramente a unas personas de otras. Ella se quedaba mirando a alguien y recordaba lo que le había contado la última vez. Y entonces le preguntaba si aquel examen le había salido bien o si el problema que tenía se había solucionado ya. Se ganaba el carisma ella sola con esa cercanía que demostraba por todo y por todos.

Era una mujer normal. Tan extraordinariamente normal que nada hacía presagiar lo que aquella fría mañana de finales de noviembre se encontraron los vecinos al irse a trabajar como cualquier día. Al salir del ascensor, unas luces se reflejaban en el interior del portal. Fuera, en la calle, había varias ambulancias. El conserje estaba con la mirada completamente ida, simplemente no estaba. Al hacerse un hueco entre la multitud,  por fin podía verse. El cuerpo yacía en el suelo, ensangrentado. Era ella. La mujer normal se había suicidado. Se había tirado desde su ventana del sexto piso. La mujer normal se moría de tristeza por dentro y nadie se había enterado.

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viernes, 16 de junio de 2017

Cuando Iker Jiménez me ayudó

Ochate, pueblo maldito del que siempre habla Iker Jiménez
Ochate, el pueblo maldito y abandonado, en el que estuve con unos amigos en 2009


Las palabras de Iker Jiménez en aquel email me ayudaron a continuar con la carrera de Periodismo. Puede sonar chocante así de entrada, lo sé. Pero no estoy contando ninguna mentira. Hubo una época en la que yo era un apasionado de todos los temas relacionados con el misterio. Incluso no descartaba enfocar mi carrera hacia ese tipo de periodismo investigador. Y mi faro era el periodista Iker Jiménez, actual presentador del programa Cuarto Milenio en Cuatro. Y un día le escribí. Y un día me contestó. Eso es lo que os voy a contar esta semana.

Quería ser él. Quería contar el misterio de la misma forma en que lo hacía él. Sin vender humo y buscando el rigor en todo momento. Eso era de lo que más me gustaba de él, su obsesión por contar siempre con testimonios de expertos que daban una opinión argumentada del tema del que estaban hablando. Su sano escepticismo. También aprendía Historia y cultura escuchándole. He dicho que era de lo que más me gustaba y no lo que más. Porque lo que más me gustaba era su pasión. Ese hombre transmitía ilusión por los cuatro costados cuando le escuchabas por la radio. Así había llegado a donde estaba. La pasión como motor de vida, tan necesaria.

Descubrí a este periodista vitoriano hace muchísimos años. Ya os he contado alguna vez que siempre duermo con un transistor al lado. Esta costumbre la empecé, a saber, igual tenía doce años o así. No soy bueno para las fechas, ya lo sabéis. Cuando me despertaba en mitad de la noche, había un programa en la Cadena Ser llamado Si amanece nos vamos, dirigido por Roberto Sánchez. Dentro de él, un tal Iker Jiménez tenía su propia sección dedicada al misterio. Las noches que me despertaba, me ponía la radio deseando que coincidiese con la intervención de Iker. Aunque reconozco que la intención me duraba poco en ocasiones, porque daba mucho miedo y ahí en la oscuridad de la habitación yo no soy tan valiente para escuchar una psicofonía, por ejemplo.

Un día me enteré de que la SER le había dado un programa en exclusiva. Se llamaría Milenio 3 y sería los viernes después de El Larguero, el mítico programa deportivo de la emisora. Yo estaba dando palmas con la noticia. La Cadena SER apostaba por un programa dedicado al misterio y dirigido por Iker Jiménez. Comenzaba así la andadura de la mítica "Nave del misterio". Recuerdo que lo escuchaba religiosamente cada viernes. Cuando no podía, lo grababa en cintas. Sí sí. En cintas. No había podcast ni leches. Así que metía la cinta en el radiocassette y a darle al REC cuando empezaba el programa. Qué poco millennial, ¿verdad?

Llegué a reunir una buena colección de cintas del programa. Creo recordar que intentaba ponerlas título para saber luego de qué iban por si me apetecía volver a escuchar algún programa. Un buen amigo me dejó un libro suyo, Fronteras de lo imposible. Fue el primero de muchos. Después vinieron Enigmas sin resolver I y II. Mi preferido era Encuentros, con toda la historia de los OVNI en España, con documentos oficiales y testimonios muy documentados. Recuerdo que quería emprender ese camino tan mágico de la búsqueda de lo desconocido. Y tenía claro, como él siempre decía, que lo más importante de todo aquello era el viaje, más que los resultados.

Un día no aguanté más aquello que tenía dentro y, tras acabar uno de sus libros, le mandé un email (muy millennial) contándole todo lo que le admiraba, todo lo que su trabajo me hacía sentir. Debí escribir algo muy emotivo y sincero, porque no tardó mucho en responderme. Cuando vi que tenía un email suyo casi me da algo, de verdad. No me lo podía creer. Me decía que lo había explicado de una manera que ni él mismo podría, toma ya. Iker Jiménez diciéndome a mí que yo había descrito la sensación del misterio de una forma que él no hubiera podido describir mejor. Estaba alucinando. Me decía que mis palabras le habían emocionado profundamente y que le encantaría poder saludarme en la Feria del Libro en la que él iba a estar firmando el siguiente fin de semana.

Evidentemente, enseñé aquel correo electrónico de Iker Jiménez a todo el mundo, creo. No descarto que yendo por la calle se lo enseñase a cualquier mujer desconocida de mi barrio o a cualquier persona que fuese sentada a mi lado en la línea 6 del metro de camino a la universidad cualquier mañana. Así que me sentía obligado a ir a la Feria, pero por otro lado me daba miedo porque sabía que me pondría muy nervioso y no me apetecía mucho hacer el ridículo delante de mi ídolo. Pero allá que me fui con mi libro y claro que me puse nervioso, pero me daba completamente igual. Él fue maravillosamente simpático y cercano conmigo. Me pareció una persona tremendamente humilde, con los pies en la tierra, muy cabal. Y le admiré más todavía.

Iker había anunciado que próximamente iban a hacer un Alerta Ovni en el programa de Milenio 3. Se creó muchísima expectación. El motivo hay que buscarlo en los años 70. Mi madre siempre me había hablado de sus noches en el barrio de Batán escuchando el programa Medianoche, dirigido por Antonio José Alés, el precursor de todo esto. La madrugada del 15 de agosto de 1979 congregó a doce millones de oyentes en la primera ALERTA OVNI. Consistía en que la gente llamaba al programa para avisar de avistamientos extraños. Creo que mi madre y mi tía nunca vieron ninguna luz rara por Batán, pero ahí estaban, asomadas a la ventana. Pues bien, a mí la Alerta Ovni me iba a pillar en Londres, una putada enorme. Se lo comenté a Iker y me dijo si quería participar desde allí. No me lo esperaba, me puse nervioso y todo quedó en nada. Igual tenía que haber dicho que sí sin pensarlo y luego ya pensar cómo lo hacíamos. Mis bloqueos habituales en momentos en los que no está permitido bloquearse, todo un clásico de mi vida.

Desde entonces, intentaba ir siempre a cada acto en el que estuviese él. Y siempre era igual de amable y simpático conmigo cada vez que me veía y me decía "¡Hombre amigo!". Seguía escuchando el programa. Lo ampliaron a los sábados. Os puedo asegurar que si una noche no salía, por mucho que me gustase salir, no me disgustaba en absoluto quedarme en casa sabiendo que me iría a dormir escuchando Milenio 3. Mis preferidos era cuando hablaban de mis misterios favoritos: OVNIS y Egipto. Era en esas noches cuando hacía todo lo posible por no quedarme dormido. Recuerdo bien estar metido en la cama y cómo me gustaba cuando empezaban a sonar los acordes de la música de Vangelis. 

Debía estar en el ecuador de la carrera, debía verlo todo negro y me desahogué con él. En vez de ir y contárselo a algún compañero de clase, o a mis padres, decidí contarle mi bajón a Iker Jiménez. Le expliqué todas mis dudas vocacionales. Debíamos estar en 2005. Pues Iker me contestó de nuevo a aquel email. Y vaya si me contestó. Un folio y medio cuando lo imprimí. Menudas palabras. Se me quitó la tontería según terminé de leer todo lo que me decía. Unas palabras de aliento que nunca jamás podré olvidar. Animándome a luchar por mis sueños. Recordándome que nadie dijo nunca que fuese a ser fácil, pero que había que pelearlo. Casi lloro y todo. Fui a contárselo a todos emocionado y claro, todos sorprendidos porque no sabían nada de mi bajón y extrañados de que hubiese decidido contárselo a Iker Jiménez antes que a ellos. Dicen que es difícil conocer lo que un Escorpio tiene dentro, y creo que en mi caso se cumple.

Lo imprimí y lo intentaba llevar siempre conmigo para tener presente aquellas palabras. Con el tiempo, se me fue pasando aquella fiebre por los temas relacionados con el misterio. Eso no significa que hayan dejado de apasionarme. Mi biblioteca de libros relacionados con esos temas no dejará de crecer. Entre ellos, está uno de mi madre que fue muy mítico en su momento, El Triángulo de las Bermudas, de Charles Berlitz. Simplemente, la vida a veces te lleva por otros caminos. No hay nada malo en ello. Después empezaron con el programa en Cuatro, Cuarto Milenio, y me alegré mucho porque aunque ya era conocido, sabía que iba a triunfar y que Iker Jiménez iba a ser conocido por el gran público de nuestro país a través de la televisión, como así sucedió. Mi admiración por él sigue intacta. Conociéndole, estoy seguro de que la fama no le ha cambiado.

Iker Jiménez podía haber pasado de mí. Podía haberle dado igual mi primer email. Él ya había triunfado en la radio. No tenía necesidad de responderme. Pero lo hizo. Y no sólo eso, sino que encima, cuando le conté que pasaba una mala época y que estaba desanimado con la carrera de Periodismo, me contestó un folio y medio animándome a perseguir mis sueños. Por eso le tengo un aprecio infinito y le estaré siempre agradecido. Porque no abundan las buenas personas como él. Gracias, Iker, y no cambies.

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miércoles, 7 de junio de 2017

La mejor traición posible de un amigo

Kazka fue traicionado por su íntimo amigo Max Brod


La traición de su mejor amigo le hizo eterno. Hablo del escritor Kafka y Max Brod. Al primero le conocemos, al segundo seguramente no. Ni habréis escuchado su nombre nunca con toda probabilidad. Pues bien, conocemos al primero única y exclusivamente porque el segundo lo quiso. Así de sencillo. Sin Max Brod no hubiera habido nunca Kafka, jamás. Y todo fue por la que me parece la mejor traición que he escuchado en mi vida.

Kafka y Brod se conocieron estudiando Derecho en la Universidad de Praga en 1902. Rápidamente conectaron y se hicieron íntimos. Antes de morir de tuberculosis en 1924, el escritor nombró albacea (ejecutor) de su testamento a su gran amigo y le ordenó que cuando él ya no estuviese quemase todos sus escritos y no dejase ni rastro de ellos. Esa era la estima que tenía por sus propios textos, os podéis hacer una idea de su carácter atormentado en ese favor que le pidió al amigo. Los actos lo dicen todo, siempre.

Max Brod decidió ignorar aquella petición. Fijaros si la ignoró que decidió hacer exactamente lo contrario. Por su obstinación y la confianza en su talento, decidió que haría lo posible por publicar todas aquellas palabras que su amigo había ido juntando a lo largo de toda su vida, escribiendo en el cuchitril en el que vivía. Quizá no existe amigo mejor que el que te desobedece por completo.

Me parece una historia grandiosa. Max Brod no dudaba del valor de la creación de su amigo. Creía más en Kafka que el propio Kafka. Él descubrió a Kafka. Sin él, nadie le conocería. Sus papeles se hubieran quemado o tirado a la basura en cualquier limpieza posterior a su fallecimiento. Brod creía tanto en él que decidió desacatar sus órdenes. Buscando información sobre el tema, encontré este artículo de Enrique Vila-Matas que me encantó y que espero que os guste también a vosotros. Me quedo con esta frase: "Porque fue Brod el que, antes que Kafka, se dio cuenta de quién era su amigo. A Brod le apeteció que Kafka fuese Kafka." 

Documentándome, he descubierto que Brod es objeto de numerosas críticas. Ya es lo que me faltaba. Si es que hay más gente que odia que gente que admira, que busca más destruir que crear. Cada vez estoy más convencido. El caso es que le acusan de haber editado "demasiado" los papeles de Kafka. ¿Pero no será mejor eso a que nunca hubiesen visto la luz? Yo es que de verdad creo que el género húmano no tiene remedio salvo honrosas excepciones. Hay que escuchar demasiadas tonterías y demasiadas veces.

Yo quiero amigos así. Que se salten a la torera lo que tú les digas. Que les digas una cosa y hagan la contraria. Que no te hagan ni caso cuando te da alguna ventolera rara. Que les digas que te quedas en casa y vayan a sacarte de ella. Que les digas que no puedes más y te digan que claro que puedes. Que sepan creer en ti cuando tú ya has dejado de hacerlo. Los que no te van a permitir rendirte. Los que te van a decir a la cara que por ahí no. Quiero un Max Brod al que decirle que lo que escribo me parece una mierda y que inmediatamente haga lo posible por publicarlo y darme a conocer. Me parece la mejor traición posible.

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jueves, 1 de junio de 2017

Mi abuelo y las luces de los faros

Mi abuelo me enseñó a contar las luces de los faros en Gandía


Hoy me hace ilusión compartir con vosotros una serie de recuerdos que tengo de mi abuelo. Más de una vez me acuerdo de él y lo hago con muchísimo cariño. Las memorias que tengo de él son momentos que se quedaron a vivir en mi cabeza sin yo saberlo en el momento en el que los estaba viviendo. Entre ellos, el más importante, en el que me hablaba de los faros. Él era valenciano, por lo que le tengo mucho aprecio a la ciudad de Valencia. Y muchos recuerdos que tengo de él están asociados a esas tierras que tan bien reflejó en sus pinturas Joaquín Sorolla (si no habéis visitado aún su casa-museo en Madrid, ¿a qué esperáis?).

De mi abuelo se decía en ocasiones que era una persona seria. Menuda mentira. No es seria una persona que cuando se reía lo hacía llorando de la risa. No se reía mucho, puede ser. Pero es lo que os digo: cuando se reía lo hacía con una fuerza extraordinaria, le recuerdo en pleno ataque de risa cuando le contaba alguna cosa rara de esas que a veces me ocurren. No es seria una persona que cuando entraban sus nietos en casa les ponía la mano detrás de la oreja y les sacaba una moneda de chocolate. Decidme vosotros si vuestros abuelos eran capaces de sacaros una moneda de chocolate de detrás de vuestras orejas. No es seria, y aquí os vais a partir de risa, una persona que engaña a su nieto y le dice que el origen del nombre de la horchata se debe a que cuando los españoles descubrieron América, descubrieron también ese producto, y al volver a España les decían a sus mujeres "¡Esto es oro, chata!" y el nieto, yo, se lo creía a pies juntillas. De hecho, os diré que no tengo la menor idea del origen de esa bebida que tanto me gusta, y que aún hoy le cuento esa versión a muchas personas. Lo que pasa es que me río al contarlo y no me creen. 

Quizá podía ser poco hablador, no lo sé. El caso es que tengo un recuerdo grabado a fuego en mi memoria, que es el del silencio sepulcral que se hacía en el salón de casa de mis abuelos cuando él hablaba o daba alguna opinión sobre algún tema importante de actualidad. Las expresaba de forma lenta, de forma que iba creando expectación mientras las emitía. Siempre se las tenía muy en cuenta, o al menos yo me llevaba esa impresión cada vez que ocurría ese momento.

Recuerdo los veranos junto a mi hermana en Gandía con Loli (mi abuela es una mujer muy presumida y no quería que la llamásemos abuela) y el abuelo. Y una enseñanza en concreto de la que siempre me acuerdo en distintos momentos. Cuando nos sentábamos en la mesa a comer, después de haber pasado toda la mañana en la playa, a veces no podía ver bien la tele desde donde estaba sentado y, naturalmente, protestaba por ese motivo. Hasta que un día mi abuelo me dijo un poco enfadado que la tele se escuchaba, no se veía. Yo no lo entendí, si os digo la verdad. Pero como con tantas cosas, lo entendí años después. 

En Gandía nos lo pasábamos pipa mi hermana y yo, la verdad. Nos dejaban ahí nuestros padres quince días en el mes de julio y siempre teníamos muchas ganas de que llegase el momento de largarnos para allá. Era el comienzo oficial del verano y la playa. En la piscina de los apartamentos de Gandiazar IV, así se llamaba el bloque, me picó por primera y espero que última vez una avispa. En concreto, dos. Un balonazo a una colmena y todos corriendo como posesos a la piscina. En la huida desesperada del campo de batalla fui alcanzado por dos soldados del ejército enemigo.

Pero es en Gandía en el lugar en el que mi abuelo me enseñó el recuerdo más bonito que tengo de él. Veréis. No sé que estaba haciendo, puede que recogiendo la cena, porque estaba en la cocina. Y mi abuelo estaba en la ventana y me llamó. Fui hacia donde él estaba y me dijo que prestase atención. La ventana de aquella cocina daba a un campo de naranjos inmenso que se extendía durante kilómetros y kilómetros por el horizonte. No había ningún edificio en aquella vista. Al fondo, en la oscuridad de la noche, se divisaba Cullera. Pues bien. Su mano señalaba hacia Cullera. Me pidió que me fijase en el faro. En sus luces, en concreto. Y empezó a contar. Cada vez que terminaba de contar se encendía el destello del faro. Y tenía una secuencia. Del tipo: 3 segundos luz - 3 segundos luz - 8 segundos luz y vuelta a empezar. No sé qué edad podía tener, soy malísimo para ponerme a calcular ese tipo de cosas. Pero sí recuerdo, en cambio, que aquello me fascinó. Tanto, que es como si lo hubiese vivido ayer mismo.

Desde entonces, no lo puedo evitar. Sitio al que voy y tiene mar, busco los faros. Y cuando cae la noche, me dedico a ponerme a contar las secuencias de cada faro nuevo que pasa por mi vida. Tengo una libreta en la que tengo apuntadas las secuencias de los faros que he conocido. Algunas me las sé de memoria, porque son sitios que visito con frecuencia, y con otras, me dejo sorprender y las anoto. Así también comenzó mi fascinación por los faros, lugares asociados al mar, al romanticismo, a la soledad, al misterio, que han visto naufragios y vidas perdidas en sus narices, como figura simbólica a la que se encomiendan los marineros y los que no somos marineros para buscar seguridad en mares complicados.

Esos son los recuerdos que tengo de mi abuelo. Son muchos más, y si me dedico a escarbar, aún más que saldrían. Pero esos especialmente deben ser los más importantes, porque son los que me han venido a la cabeza los primeros al acordarme de él, y lo que sale primero suele ser lo más verdadero que tenemos dentro.

Muchísimas gracias por leer. Si os ha gustado, podéis compartir el texto a través de los botones que tenéis un poco más debajo con el simbolito de cada red social. En la versión móvil, aparece un botón que es "Compartir". Si le dais, os aparecerán los distintos botones de cada red social. Hago hincapié en esto porque más de uno me habéis dicho que no os aparecen o que no los encontráis.



jueves, 25 de mayo de 2017

Aquel tipo triste de Lanzarote

En el Puerto del Carmen de Lanzarote viví una noche inolvidable
El Bodhran, el antro en el que todos nos volvimos locos con Johny Crowley


Hace unos años me fui a Lanzarote para estar muy triste. La cosa es que lo había dejado con mi novia después de varios años de mucha felicidad y no veía la salida por ningún lado. Así que decidí que eso me sabía a poco, que quería hundirme un poco más. Reflexioné durante días sobre cuál era la mejor manera para lograrlo. Tenía la posibilidad de irme todas las tardes enteras durante una semana al estanque del Retiro y cogerme una barca como solíamos hacer, pero lo descarté por mi absoluta torpeza para coger una yo solo. A la desolación no es necesario añadirle el ridículo. También barajé ponerme en bucle el mejor disco de pop español de los 90, Nubes y claros, de Tam Tam Go! que tantos domingos por la mañana habíamos escuchado juntos. Pero no. Para qué hacerlo fácil. Qué va. Soy por naturaleza complicado y ya sé que nunca le podré poner remedio.

Así que me fui a Lanzarote. Allí nos fuimos en nuestro primer viaje y siempre que volvíamos éramos más felices que en cualquier otro rincón del puto planeta. Pensé que era lo que necesitaba. En serio. Siempre me ha funcionado lo siguiente. Cuando estoy deprimido de verdad por algo, necesito hundirme en la mierda más absoluta. Es cuando toco fondo cuando siento que ya no hay posibilidad de caer más bajo. Al sentir eso, comienza el resurgimiento, por tópico que suene. Ya me he pateado todo el barrio de la tristeza, con sus tiendas de lágrimas y rincones de la impotencia. Me lo he recorrido entero. No hay más que rascar ahí. Así que, harto, decido salir ipso facto de ese lugar. Es como esas personas que comienzan a morderse las uñas hasta que se dan cuenta de que se las han destrozado y que ya no hay donde morder. No sé si el ejemplo es bueno, pero espero que me hayáis entendido. A mí me funciona. Igual piensas que estoy loco o que es una forma peculiar de combatir la tristeza. Cada uno tiene sus mecanismos y ese es el mío. Sin más.

Me compré unos billetes y me fui para allá. Cualquiera pensaría que a un lugar así se ha de viajar con alegría, pero yo os digo que no. Que estaba bien jodido. Que hay tantos viajes como viajeros y todas las emociones que les acompañan. Y aunque las otras veces me había metido en el avión con una ilusión de la hostia, en este caso las circunstancias habían cambiado por completo. Pero eso sí. Tenía muy claro que debía hacer ese viaje si quería volver a estar bien.

Durante el vuelo, activé el modo avión y el modo melancólico. Recordaba los diferentes sitios de la isla que habíamos visitado en nuestras escapadas. Los más turísticos oficialmente y los recomendados por la gente en webs como Trip Advisor. Intentaba planificarme para ver cuáles tenía tiempo de visitar. Deseaba volver a los Jameos del Agua aunque ya supiese el secreto de la cueva (tranquilos, no voy a hacer spoilers). Me moría de ganas de ir a aquel restaurante que tanto nos gustaba de Yaiza, con sus croquetas y su carne fiesta. Aunque cada vez que iba a Lanzarote, lo que más me fascinaba era su paisaje. Soy muy pesado porque siempre le digo a todo el mundo la misma frasecita: "es que es distinto a todo". Pero me da igual repetirme y ser un pelma. Es una verdad como una catedral de grande y todo lo que veas en Lanzarote, con su tierra volcánica, no se parece a nada de lo que hayas visto. Lo digo muy en serio.

Subiendo al Timanfaya en Lanzarote este es el paisaje


Al llegar allí, para variar, alquilé un coche de Medina Cabrera y emprendí rumbo a Puerto del Carmen, donde habíamos estado las anteriores veces. Es una zona muy agradable. La recomiendo mucho. Tiene todo lo que, al menos a mí, me parece necesario en un lugar de estas características. Un paseo marítimo, con su mar, sus playas, sus tiendas, sus bares, claro que sí, y sus guiris. Porque tienes que saber que si vas ahí tú eres el extranjero prácticamente. Me recuerda a Benidorm en cierta manera, aunque es más bestia.

Como soy de costumbres, y de lo que se trataba era de hundirme lo más posible, me alojé en los mismos apartamentos en los que habíamos estado la última vez. Tenían el nombre de Lanzaplaya, y cada vez que veía el nombre escrito en la entrada pensaba que se habían roto la cabeza los cabrones. No sé cómo no sufrieron un colapso mental a la hora de decidir el nombre. Vaya panda.

Fui a recepción. El recepcionista, muy canario él, se tomó su tiempo a la hora de darme las llaves de la habitación y revisar que todo estuviera bien. Por fin pude entrar y tumbarme un rato a descansar. Después de dormir un rato, cogí la ropa que me quería poner y me di una ducha para espabilarme un poco, que falta me iba a hacer para enfrentarme a todos los recuerdos, que estaban ya acechando a la salida de la puerta los malditos.

Bajé por la calle principal y me fijé en un local en el que no había puesto mi atención antes. Era minúsculo, con un aforo ridículo de ocho personas a lo sumo. Continué hasta llegar al Paseo de César Manrique, que era el nombre real que recibía el paseo marítimo. Siempre he pensado que es un gran error ponerle el nombre de alguien importante al paseo marítimo porque nadie nunca lo llamará por su nombre real. En Lanzarote, por cierto, todo es César Manrique. Podría decirse que Dios creó la Tierra y Lanzarote se lo dejó a César Manrique. Si vais, sabréis a lo que me refiero.

Una vez en el paseo marítimo (¿lo veis?) tenía claro donde ir. Tras andar un rato disfrutando del sol en la cara y del azul del mar, me fui a un mirador al que solíamos ir. Y no. No os voy a contar que allí nos declaramos amor eterno y chorradas por el estilo. Simplemente íbamos a ese rincón y éramos felices el uno con el otro. No nos hacía falta empezar a soltar tonterías por la boca.

Cuando estaba allí, apoyado en la barandilla, fijé mi atención en un tipo que estaba sentado en un banco. Parecía que estaba mirándome. Seguí a lo mío, que era intentar ponerme lo más triste posible. Volví a girarme y ahí continuaba el hombre, con la mirada, y más cosas sospechaba, perdida en algún punto indefinido del océano. Parecía una persona sencilla, con unas deportivas blancas, unos vaqueros muy gastados, y una camiseta azul sin ningún dibujo. Me habló. No tuve forma humana de librarme.

- ¿Qué has hecho? -me preguntó así de sopetón el colega.
- ¿Cómo? -respondí flipando un poco.
- Sí, que qué has hecho, tío. Me paso aquí los días viendo a todo tipo de gente. Y sé reconocer a los que la han liado. Tú la has liado. Estoy seguro.
- Bueno, no acabo de entenderte. Así que te pregunto: ¿En qué crees tú que la he liado?
- A ti te ha dejado la novia, chaval. A que sí.
- Sí. Pero no es algo de lo que me apetezca hablar. Y mucho menos contigo. - Tenía que largarme de ahí, joder.
- Tranquilo. Supongo que la echarás de menos. Yo vivo así. Quiero decir que vivo echando de menos. Desde hace doce años y cuatro meses. Te acostumbras y acabas haciendo tu vida. No es grave.
- Muy bien. Tomo nota. - Se quería poner a contarme su vida el menda. Y una mierda.
- Oye mira, no soy estúpido ni mucho menos. Estás a punto de salir huyendo. Solamente déjame decirte una cosa: esta noche vente al Bodhran. A las nueve. Toca Johny Crowley. - Y quién coño es Johny Corlwey, pensé mientras le veía marcharse de allí. Qué rabia me da cuando intento ser borde y la otra persona me acaba dando un corte sin oportunidad de replicar. Me sentí obligado a ir. 

Me fui con el coche a pasar la tarde a playa Papagayo, donde también habíamos vivido algunos momentos bonitos juntos. Hablo de momentos en los que nos reíamos sin motivo alguno y hacíamos listas de las cosas más tontas que os podáis imaginar. Lo digo porque parece que cuando uno habla de momentos bonitos junto a su pareja todo lo que no alcance la categoría de apoteósico parece una basura. Y yo tengo una cruzada contra esa forma de ver el amor. No sé si alguien más quiere acompañarme en esta guerra, pero serían bien recibidos a mi ejército.

Tras pasar por el apartamento para descansar algo y darme una ducha, llegué, puntual, a mi cita. Una vez ahí, lo primero que pensé, y perdonadme por ser tan malhablado, fue: "Hostia puta". Pensamiento muy de intelectual, diréis, fijo. Pero es que el desconocido me había citado en el habitáculo ese del que os he hablado antes, el del aforo enorme, ya sabéis. A punto estuve de darme la vuelta. No se me había perdido nada en ese sitio. Cuando quise darme la vuelta, le vi. Y ya no hubo marcha atrás posible. Sonrió al verme. De hecho, fue mucho más efusivo de lo que me esperaba después de haber sido tan asquerosamente borde con él.

Me invitó a sentarme en la barra. Era un cuchitril de los buenos, os lo aseguro. Nos pusimos a beber a lo tonto, quizá la mejor forma de beber que existe. Estoy seguro de que de beber a lo tonto han salido grandes historias. Estuvimos hablando de la vida, de lo jodido que es sufrir y de cómo te puedes acostumbrar a ello sin que ya te duela. Yo no me atrevía a preguntarle. Él tenía una herida, ya me lo había dicho, y era suficiente. También él conocía el boquete que a mí me habían provocado. Así que hablamos de cine. Mejor dicho, hablaba él. Era un auténtico enfermo. ¿Sabéis ese tipo de personas que se saben todos los datos de cada película? Algo así como el Bachi de la película Primos. Yo soy un ignorante del cine así que le dejaba hablar que es la mejor forma de aprender que tenemos las personas, dejar hablar a los que verdaderamente saben de algo y ese algo les provoca un brillo en los ojos. Si no le brillan los ojos al hablar de ello, es que no sabe tanto y por lo tanto, no hay que dejarle hablar más de la cuenta. De repente, todo el mundo se puso muy nervioso. Cuando digo todo el mundo hablo de las cinco personas que estábamos ahí dentro, claro. Una verdadera locura. Tres más y aforo completo, ojito ahí. Yo no entendía el motivo de tal exaltación repentina. En realidad, empezaba a no entender absolutamente nada de lo que estaba haciendo ahí, si os soy sincero.

Me quedé estupefacto cuando vi que las personas a mi alrededor se arrodillaban como si estuviese a punto de entrar un dios del espacio a saludarnos a todos. Y bueno, más tarde descubrí que algo así era. Al menos, para aquella gente y en aquellas circunstancias. Es que muchas veces menospreciamos algo sin pararnos a valorar las circunstancias. Y las circunstancias lo son todo en esta vida, hacedme caso aunque sea solo una vez. Y en lo de formar parte de mi ejército contra el romanticismo idiota que nos invade.

Entró un señor mayor por la puerta. Ya éramos seis. Aquello prometía. Debía estar en sus setenta, y no se mantenía mal del todo, a decir la verdad. Caí en la cuenta de que llevaba una guitarra eléctrica. <<Ahí lo tienes, Johny Crowley, prepárate>>, me soltó orgulloso mi amigo del que seguía sin saber su nombre, algo que tampoco me importaba demasiado, sinceramente. La expectación, para mi asombro, fue creciendo. Crowley se subió al escenario, si es que se le podía dar esa categoría en un recinto tan cochambroso como era aquel. Era el irlandés más cutre en el que había estado en mi vida. Y creedme, he estado en muchos. Siempre los busco, porque en un irlandés es más probable ser feliz que fuera de él. Es verdad de la buena.

Apagaron la tele y las luces. Se permitían el lujo de una iluminación tenue sobre el "escenario". Johny Crowley saludó a sus fans y me incluyó a mí, que estaba muy lejos de serlo. Empezó a cantar canciones conocidas por todos en todo el mundo. Los clásicos, ya os imagináis. Empezó fuerte con el Sweet Caroline, que yo hubiera colocado más de colofón, de auténtico broche de oro de la noche. Pero era otra forma, igual de válida, de incendiar los ánimos de los presentes. No iba a ser yo, John Smith en aquella tribu, el que le dijese al jefazo indio cómo tenía que distribuir sus temas. Yo me suelo venir muy arriba con los grandes clásicos, además, y me da igual el orden en el que los pongan. Me lo estaba pasando realmente bien. Ahí estaba, yo solo en aquel antro perdido, por la invitación de un desconocido, rodeado de tarados. No sabía quién coño era Johny Crowley pero me desgañitaba haciéndole los coros. La felicidad era eso, maldita sea.

Estaba dejándome la garganta cuando entró una mujer por la puerta. Tenía la pinta de querer unirse a esa panda de locos. Tendría alrededor de cuarenta y muchos años, llevaba un vestido negro ajustado y estaba un poco achispada. La recordé. Era la relaciones del local, que se pasaba el día dando vueltas por el paseo y yendo de un lado para otro sin un rumbo del todo claro. Era bastante llamativa, aunque no fuese mi tipo. De forma bastante descarada me echó un vistazo de arriba abajo, lo cual tampoco me disgustó, todo sea dicho. Observé cómo se acercaba al bueno de Johny Crowley a susurrarle vete tú a saber qué al oído. Recuerdo que pensé que nada bueno podía salir de ahí. Y resultó a medias. Digo esto porque le pidió una canción de Bruce Springsteen que me gusta mucho, I´m On Fire, pero por otro lado, como ya imaginaréis con el título, estaba temblando de miedo por lo que venía. No me equivocaba. Quería bailársela conmigo. Qué tía. Se me acercó con una seguridad pasmosa en sí misma y me iba poniendo caras que no podría ni tampoco querríais que os definiese. Me repetía una y otra vez que se llamaba Sarah con H. Le daba mucha importancia a ese puto detalle que a mí me daba completamente igual.

Mi amigo el desconocido me echó un capote y se quedó con ella un rato. Mientras, yo escuchaba embelesado a la gran estrella de la noche. Cantaba bien el tío, había que reconocerlo. Y para aquel conjunto de parroquianos del lugar, se podía entender que fuese una especie de dios que les alegraba la vida una noche a la semana. Es lo que os decía antes de las circunstancias. Intentar entender determinadas situaciones bajo el prisma de otros. Hay que intentarlo más a menudo. Se descubren cosas que no creeríais. 

Estaba sumido en mis reflexiones cuando algo dentro de mí comenzó a temblar. No era porque sí. Es que Crowley había empezado a tocar nuestra canción, Hotel California. Era la primera vez que la escuchaba desde que ya no estábamos juntos. Era la desolación absoluta. Era nuestro primer beso. Era una copa de vino una noche cualquiera. Era ella. Era yo. Éramos nosotros. En definitiva, era una puta mierda. Hay canciones en las que entras a vivir con una persona, y cuando la otra persona ya no está esa casa que era de los dos te parece la casa más triste del planeta. Eso era para mí esa noche Hotel California. La música me había elevado hasta ese momento de la noche y ahora estaba hundiéndome en la miseria más grande. Seguramente, era el más triste del bar y de todo Lanzarote. "Fucking Johny", pensé. Y lo pensé en inglés, por si acaso captaba mi pensamiento por telepatía, para que lo entendiese muy bien.

Decidí largarme porque me había puesto a llorar y nunca me ha gustado dar la nota. Mi amigo salió a buscarme. Trató de convencerme para que me quedase. En vano. Ya había tenido bastante por esa noche. Había conocido gente, había hecho un amigo por si un día volvía por allí, había bebido cervezas, me había venido arriba, había cantado con Johny Crowley, había casi ligado y a mí me gustaban mucho las historias de casi ligar, y finalmente, como mandan los cánones, me había entrado la bajona y había llorado. Es lo que se le puede pedir a la noche perfecta, ¿no?

Me fui un rato a la playa a pensar en ella. Ya estaba enfangado total en la tristeza. Solo un pelín más y ya no tendría más remedio que subir a la superficie por pura supervivencia. Hacía buena noche y se veía perfectamente el reflejo de la luna en el mar. Siempre le decía a ella que aquel sendero me parecía que marcaba el camino de la felicidad, y que todo lo demás estaba oscuro porque en el mundo hay más infelicidad que felicidad. Que por eso aquel sendero era tan fino. Porque era muy fácil salirse de él y volver a entrar en la zona oscura. Cuando empezaba con estas metáforas tan cursis, ella siempre me decía que dejase de decir tonterías, que había bebido mucho y que nos fuésemos a dormir la mona lo antes posible, que falta me hacía. 

A la mañana siguiente, antes de ir al coche para dirigirme al aeropuerto, quise pasarme por el bar. A veces lo hago. Me gusta ver el contraste entre los mismos lugares a diferentes horas del día. Hacía unas horas entre aquellas cuatro paredes un conjunto de chiflados lo habíamos dado todo, dirigidos por nuestro líder supremo Johny Crowley. Y ahora parecía como si nada hubiera ocurrido. Eso me produce cierta tristeza, como los lugares de veraneo cuando se van los veraneantes. Joder, aquí han pasado cosas, y cosas grandes hace nada. Y después parece como si viniesen unos señores a llevarse todas las vivencias a algún lado. Qué rabia.

Ya en el avión, antes de quedarme roque, iba pensando en lo vivido. Aunque me había quedado sin saber qué es lo que le había ocurrido hacía doce años y cuatro meses, ese hombre me había dado una lección. Si lo hizo con voluntad o no nunca lo sabré. Pero me enseñó que aunque te pase algo muy triste, la vida sigue. Suena muy lógico, pero no por eso quiere decir que sea fácil. Recibimos muchas decepciones y malas noticias con las que no contábamos. Forman parte de la vida. No vale de nada deleitarse en la tristeza. Se trata de incorporarla a lo que uno vive. A él le había pasado algo muy triste, según decía, y ahí estaba, disfrutando, pasándoselo bien. Seguramente se acordaba de lo que le había pasado a menudo pero no hacía girar su vida alrededor de aquel hecho. Sabía que había mucho más y no quería negarse la oportunidad de ser feliz. "La felicidad regalada es cómoda, pero tiene más mérito la que uno conquista". La frasecita no es mía, no os flipéis. Me la dijo aquel tipo triste de Lanzarote.

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jueves, 18 de mayo de 2017

De cuando me colé en el concierto de Bruce Springsteen

Bruce Springsteen actuaba en el Santiago Bernabéu, en Madrid
Ahí estaba Bruce conquistando una vez más la ciudad de Madrid

Os voy a contar una cosa que me ocurrió y que muchas personas de mi entorno ya conocen porque di mucho la lata con ella. Lo que pasa es que siempre he creído que hay historias que se ganan a pulso el derecho a que des la lata las veces que sean necesarias con ellas. Y me parece que esta es una digna de tales honores. Por eso la quiero compartir aquí hoy con todos vosotros.

Sucedió hace aproximadamente un año. Venía Bruce Springsteen a actuar a Madrid, en el Bernabéu, donde ya había tocado las últimas veces. A Bruce le descubrí gracias a mi tío. Luego comprobé que mis padres también tenían vinilos suyos, entre ellos, mi preferido, el que publicó en el año de mi nacimiento, 1984: Born in the U.S.A. Pero de mis padres recibí otras influencias musicales, no había escuchado mucho a Springsteen en casa. Recuerdo que cuando lo descubrí sufrí ese síndrome compulsivo que me entra a mí cuando conozco algo por primera vez y me entusiasma. Me vuelvo loco, de verdad. Lo escuchaba a él y a su banda la E Street Band en bucle. Podía escuchar algunas canciones 1.254 veces al día sin dar muestras de agotamiento en ningún momento. Se convirtió muy rápido en una de mis referencias musicales.

Lo había visto ya en directo tres veces. Para una de ellas, hice algo que no haré nunca más. Una noche entera haciendo cola en la calle Preciados para comprar las entradas en la FNAC, al lado de Sol, con un tipo al que había conocido ese verano en unas prácticas y que luego resultó ser un cretino porque me dejó tirado el día del concierto. Springsteen era una pasada. A su edad dudo que yo esté para esos trotes. Pero el cabrón se entrega en cuerpo y alma durante las casi tres horas del espectáculo. Va de un lado para otro. Yo creo sinceramente que suda más que algunos de los jugadores del Madrid que suelen pisar ese césped. Es uno de esos artistas por el que merece la pena pagar ese pastón que suele costar verle. No se reserva ni una gota de sudor el prenda. Lo recomiendo firmemente como una experiencia a tener en la vida, aunque no hayas escuchado una sola canción suya. Algo que, por cierto, debería estar tipificado como delito en el Código Penal, pero bueno, ese es otro tema. Habría mucha gente en la cárcel según mis obsesiones.

Esta vez no había comprado entradas. Fueron esos momentos de duda en los que acabas diciendo: <<bueno, me ahorro la pasta>> pero, por otro lado, estás ahí rumiando: <<joder, es que es el puto Bruce, y me puedo llevar a mi novia para que viva eso de lo que tanto le ha hablado el pesado de su novio>> pero finalmente no las compras y te quedas intranquilo. Tienes la sensación de que cuando llegue el día te van a entrar unas ganas muy locas de estar ahí dentro. Tal cual.

Cuando quedaban pocos días, comenzó a hablarse del concierto en los medios. Ya empezaban a calentar el ambiente los malditos. Recordaban sus últimas actuaciones, hablaban del nuevo disco y viviendo como vivía cerca del Bernabéu iba viendo los preparativos los días previos. Parecía como si entre unos y otros me lo quisieran restregar en la cara, joder. Ante semejante acoso de los elementos a mi alrededor, comencé a buscar como loco en las redes a gente que no pudiese acudir y que vendiese la entrada de última hora. Tuve varios "casi" de esos horribles que te ponen la miel en la boca para luego decirte que nada. Auténticas cobras, os lo aseguro. Menuda gentuza.

Finalmente, llegó el Día D y ahí estaba yo, como me había imaginado, deseando entrar a un lugar para el que no tenía entrada. Como no me apetecía quedarme en casa, decidí irme al Paseo de La Castellana. Me di cuenta de que algo se escuchaba más o menos. Me acerqué más y me quedé en el lado de la Castellana en el que está el estadio. Estaba todo cortado y no te podías acercar más. <<Esto es lo más cerca que vas a estar del Boss, chaval>> me dije algo desolado, que es sin duda la peor forma de dirigirse a uno mismo. Para animarme, llamé por teléfono a mi amiga Irene, que es también fanática de Bruce. Estuvimos hablando muchísimo rato. Y mientras nos poníamos al día, le iba poniendo canciones que iban sonando ahí dentro y que se escuchaban mejor de lo que hubiera imaginado al llegar ahí. Era una forma distinta de asistir al evento.

Durante la primera hora me quedé ahí. Estaba yo solo. Recuerdo que había un grupo de policías que de vez en cuando me echaba un ojo, pero ya debieron darse cuenta de que, más allá de estar un poco loco, no tenía demasiado peligro. De repente, vi que quitaron las vallas y que el camino estaba despejado hasta el estadio. Les pregunté si se podía pasar y me dijeron que sí. Continuaba sin poder entrar, pero iba a poder estar en las mismas puertas de acceso, a unos metros del epicentro del terremoto que estaba teniendo lugar aquella noche de mayo en Madrid.

Decidí irme a la zona de detrás, porque ahí estaba todo más desierto y sin presencia policial. No sé por qué lo hice. Quizá mi cerebro había comenzado a tramar algo sin decírmelo. A veces pasa. Pero estar ahí me daba más tranquilidad, no me preguntéis por qué. Me coloqué muy cerca de una de las puertas de acceso y Bruce, como si lo supiese, empezó a darlo todo con los grandes temas de su repertorio. Y cuando llegó Born in the U.S.A. no pude reprimirme. Ahí, de noche, solateras, delante del guardia de seguridad, empecé a cantar, bailar y brincar como si no hubiese un mañana. Sabía que parecía un maldito chiflado, pero es que me ocurre siempre. Cuando escucho una canción que me gusta mucho, nunca he sabido contenerme. Enseguida empiezo a mover los pies, o a silbarla, o a mover los labios como si la cantase. Admiro a la gente que, en lugares públicos, es capaz de escuchar una canción que les entusiasma y quedarse como si tal cosa.

Ya le iba dando vueltas a la idea, y pensé que me arrepentiría siempre de no haberlo intentado. Así que le pregunté directamente al vigilante si existía alguna posibilidad de colarme. Me dijo que imposible y me lo razonó bastante bien, algo innecesario porque yo ya contaba con el no y me parecía de cajón no poder entrar a una fiesta como aquella sin haber pagado la entrada. Seguí a lo mío. Me volví loco de nuevo con Dancing in the dark. Realmente era muy feliz solo con estar ahí.

Debía quedar ya poco, porque el ambiente iba in crescendo como suele ocurrir en los conciertos de Bruce Springsteen. El clímax se acercaba. De repente, escucho dos palabras: <<Venga, cuélate>>. Como a veces me pasa que estoy tan ensimismado que acabo creando realidades que no existen, no hice caso. Pero miré al guardia, por si acaso. <<Venga, cuélate>>, me dice el tío otra vez. Y me señala hasta el camino con la mano. No acababa de creérmelo. Subí las escaleras con muchas más ganas de las que las he subido en otras ocasiones para escuchar el Himno de la Champions League en ese estadio. Y de repente, ahí tenía a Dios Todopoderoso en el escenario, entregado en cuerpo y alma, como no podía ser de otra manera, a sus fieles.

Era consciente de que debía quedar muy poquito. Y recé porque aún le quedase alguna buena bala en la recámara. Todavía no había sonado el clásico Twist and Shout de los Beatles mezclado con La Lambada con el que "El Jefe" suele finalizar cada una de sus actuaciones, así que sabía que eso al menos lo disfrutaría. Estaba haciendo mis elucubraciones cuando de repente "¡Two, three, four!"..."Bobby Jean", mi puta canción preferida de Bruce Springsteen. ¿No os pasa que hay canciones que os calan de tal manera que sientes que se te meten dentro de ti y que no puedes hacer nada para evitarlo? Con Bobby Jean me pasa exactamente eso. No sirve de nada oponer resistencia, me posee por completo. Es una canción que me emociona mucho cada vez que la escucho, por la música, por la letra, por la forma de cantarla, por todo. 

Cuenta la historia, o al menos así lo he creído yo siempre, de ese amigo de la infancia/adolescencia del que no vuelves a saber nada más nunca. Aquel con el que compartías "la misma música, las mismas bandas, la misma ropa" y del que crees que "nunca nadie me va a entender de la manera que tú lo hacías". La parte más bonita de la canción es en la que Bruce le dice que, allá donde esté, "in some bus or train traveling along in some motel room" habrá una radio sonando, y que si suena esta canción, la cante con él y sabrá que está pensando en él. Evidentemente, lloré. Claro que lloré. Como un niño. El poder estar ahí cuando pensaba que sería imposible. Que justo tocase aquella maldita canción. Había estado en tres conciertos y en ninguno la había tocado, joder. Menuda forma más estupenda de quitarme la espina. Me parecía demasiado todo lo que estaba viviendo. Me daba igual no haber visto el concierto porque aquellos minutos lo habían compensado todo.

Después vino ese mix del que os he hablado antes. Una combinación muy loca entre Twist and Shout y La Lambada que hace bailar a todo el mundo y despedirse a lo grande. Canté dejándome la garganta y bailé pensando que era el jodido último baile de mi vida. Y quedaba un final completamente inesperado: un clasicazo como Thunder Road pero en una versión lenta que cayó suavemente sobre aquella noche de Madrid que nunca podré olvidar.

Esa noche aprendí que puedes buscar la suerte. Y no. No me refiero a las idioteces de que si quieres puedes que tanto mal han hecho. Si quieres, no siempre puedes. La vida es muy puta y las frustraciones forman parte de ella. Eso es así. Y cuesta darse cuenta. Pero es la cruda realidad. Lo que quiero decir es que si yo aquella noche me hubiese quedado en casa deprimido pensando que tenía que haber comprado las entradas no me hubiese pasado nada de lo que me pasó. A veces tienes que poner de tu parte. A veces tienes que coger a la vida y decirle "¡Eh! ¡Aquí estoy yo y tengo algo que decir!". Que por lo menos vas a intentarlo con todas las ganas del mundo. Si no te sale, no te castigues. El premio es el saber que no te rendiste sin siquiera intentarlo. Al final, como dice uno de mis poemas preferidos, tanto el triunfo como la derrota son dos impostores. No les concedas demasiada importancia a ninguno de los dos.