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miércoles, 6 de junio de 2018

Los ruidos de la nueva casa


Relato breve sobre una chica fantasma y unos ruidos nocturnos


Otra vez los ruidos. Como cada noche durante la última semana. Los ruidos nocturnos no son algo que pueda estudiarse cuando uno visita un piso. No existe la posibilidad de pedirle al casero, o a la inmobiliaria, poder pasar una noche en la casa para ver qué sonidos hay por las noches en su interior. Y entras, claro que entras. Porque te has enamorado de ese pasillo, o ese salón, porque es lo que en tu imaginación aparecía como el piso ideal para pasar una temporada. Y entras. Y a las dos noches, los ruidos.

Aquella noche los ruidos fueron distintos. Más reales, digamos. Sentía claramente como si alguien estuviese paseando por su casa con toda la tranquilidad del mundo. No eran crujidos de paredes, ni de muebles. Ahí había una persona. O algo. No sabía qué le daba más miedo, que hubiese alguien o que hubiese algo. De las dos posibilidades extraía conclusiones terroríficas.

Tocaron a la puerta. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Claudio se tapó con todo lo que tenía a su alcance, sábana, manta y colcha, la reacción lógica y tan irracional de tantas personas en los momentos de susto por la noche. Se le aceleró el corazón de una manera que le asustó. Se dio cuenta de que intentaba moverse pero no podía. Una parálisis absoluta se había adueñado de su cuerpo. Toc, toc. Volvían a llamar a la puerta. Tenía el móvil debajo de la almohada. Quizá podía intentar llamar a la Policía o al 112.

TOC, TOC. Esta vez no tocaron la puerta, la aporrearon. Estaba muerto de miedo. Aguantar así era imposible. Se le iba a salir el corazón pero tenía que hacer algo. Decidió reunir todo el coraje y se levantó de la cama. Dio dos pasos hacia la puerta. Se paró. No sabía lo que se iba a encontrar. Estaba muy asustado. Otros dos pasos. Le temblaba todo. Dudó si no era mejor quedarse al otro lado de la puerta. No saber es siempre más cómodo que saber.

Puso su mano sobre el picaporte. Aguantó la respiración. Cerró los ojos. Se armó de valor. Tenía que abrir la puerta de golpe, no valía de nada abrirla lentamente. Miraba hacia el suelo, en busca de alguna marca que le hiciese intuir lo que podía encontrarse al otro lado. Levantó la mirada y se quedó sin respiración durante unos segundos. Todo se paralizó. No podía moverse, no era capaz de articular palabra. Se quedó mirando fijamente a la chica ensangrentada que le miraba.

Tuvieron que pasar minutos enteros hasta que pudo normalizar, si es que se podía normalizar algo así, la situación. Ella no hacía más que observarle. No le había atacado y podía haberlo hecho en su momento de pánico. Eso le tranquilizó en cierta manera. Se fijó en ella. Tenía manchas de sangre por toda la ropa. El cuello estaba morado. Sus ojos eran tristes, pensó. Estaba muy asustado, pero la intriga empezaba a poderle al miedo. Y se lanzó a intentar sacar algo de información.

Le preguntó quién era. Ella se movió y se sentó en el sofá. No le respondió. Pensó que igual debía acercarse. Así lo hizo. Volvió a preguntarle. Nada. Pero esta vez, ella desplazó su mano hacia el cubilete en el que tenía los bolis. Al intentar coger uno, vio como su mano traspasaba el objeto. Se le pusieron los pelos de punta al verlo. Se levantó rápidamente y se alejó de ella. Empezó a gritar, a pedirle que se fuese de allí, que él no le había hecho nada, que por favor dejase de atormentarle, que no se conocían de nada. Lo hizo desesperadamente, con la voz quebrada.

El fantasma empezó a llorar. Esto pilló desprevenido a Claudio, que se sintió mal por haberle gritado de aquella manera. Pero es que no entendía nada, y tenía muchísimo miedo. Se acercó lentamente a ella. Le preguntó qué podía hacer él por ella, que se lo contase, que intentaría hacerlo si estaba en sus manos, pero que si no le decía nada, él no iba a poder hacer nada tampoco. Se lo suplicó.

De repente, ella se levantó, movimiento que asustó a Claudio, que se echó hacia atrás tropezándose con la mesa. Ella entró en la habitación. Se fue directa a la mesilla del otro lado de la cama. Él intentaba no perderse detalle de sus movimientos, por si podía sacar alguna información valiosa que le ayudase a entender todo lo que le estaba ocurriendo aquella noche. Vio como se agachaba y abría uno de los cajones. Se acercó donde ella estaba para ver exactamente qué hacía, qué buscaba, qué intentaba decirle.

De repente, cayó en la cuenta de que el cajón tenía doble fondo. Era extraño, porque parecía como si ella lo supiese. Después de implorarle, ella había ido directamente allí. No había dudado en ningún momento. Estaba convencida de que tenía que ir a ese mueble, a ese cajón. ¿Cómo podía saberlo? Las preguntas empezaban a amontonarse en su cabeza pero las respuestas no llegaban.

Miró al suelo y vio que estaba mojado. Se acercó más y pudo ver como de la cara de la fantasma caían lágrimas. No era un gran llanto. Eran las lágrimas de nostalgia, de recordar algo que ya no estaba, casi peores que los llantos. Sintió pena y prefirió alejarse un poco detrás de ella. Veía que rebuscaba. Se giró súbitamente hacia él, pegándole un buen susto. Señalaba hacia el interior del cajón. Le dio miedo lo que tuviese que enseñarle. Pero no tenía más remedio que agacharse junto a ella y conocer lo que le estaba señalando.

Su dedo señalaba una fotografía que había en el cajón. La cogió, la vio y se le heló el corazón. En ella aparecía una pareja joven, en sus veintipocos, con una cerveza en la mano cada uno, cogidos de la cintura y haciendo el tonto, demostrando la felicidad de unos más que probables inicios de relación. Era ella, pero los ojos de ahora no tenían nada que ver con los de la foto. Qué distintos los ojos de las personas en cada época de la vida, pensó.

Después se fijó en él. Un chico moreno, alto, de complexión fuerte. Sus ojos hablaban de alguien que tenía ilusiones, quería contarle a todo el mundo lo feliz que era en ese momento junto a esa chica. Nada que ver con los ojos que tenía hace dos semanas, cuando le citó para visitar el piso. Esos ojos no querían contarle nada a nadie. Más bien, querían esconderlo todo. Para siempre.

miércoles, 18 de abril de 2018

Mándalo a la mierda

Manifestación por la huelga feminista del 8 de marzo de 2018 en Madrid
La manifestación histórica del 8 de marzo de 2018 a su paso por la Gran Vía de Madrid

A la mierda el que no te quiera libre,
a la mierda el que te amenace,
a la mierda el que te asuste,
a la mierda el que te haga sentir miedo,
a la mierda el que te vea como objeto,
a la mierda el que se crea más que tú,
a la mierda el que te vea como una carga,
a la mierda el que no te permita crecer,
a la mierda el que te asfixie,
a la mierda el que no te valore,
a la mierda el que no quiera buscar tiempo para "perderlo" contigo,
a la mierda el que te haga dudar de ti misma,
a la mierda el que crea que le perteneces,
a la mierda si es incapaz de hacer el esfuerzo de entenderte.
Os queremos vivas,
os queremos libres,
os queremos iguales.

jueves, 29 de junio de 2017

Un número más

El chico mató a su novia, una víctima más de la violencia machista


Una noche perfecta. Eso pensó Marta al llegar a su piso de la calle de la Farmacia. Habían estado de copas en el Sideral y el tiempo se le había pasado volando. Las cosas con Roberto iban bien, sí. Se reía con él, se interesaba realmente por ella, y a ella él le parecía un tipo más que interesante. Aquello era prometedor y podía decirse que la ilusión había vuelto. Con prudencia, porque su vida era un historial de pasos en falso por su desmedido entusiasmo hacia la vida, que en ocasiones parecía ensañarse con ella como queriéndole decir que a ver cuándo narices aprendía la lección. Se sentía feliz y quiso tomarse una copa de vino antes de meterse en la cama. Le gustaría habérsela tomado con él en casa y no dormir en toda la noche, pero su viaje por trabajo al día siguiente le había hecho mantener la cabeza fría frente a toda la pasión que sentía por dentro.

Una vez hubo terminado la copa de vino blanco en la cocina, repasando cada diálogo de su cita con Roberto una y otra vez en su cabeza, se fue hacia su habitación. En ese momento, cayó en la cuenta de que su compañera de piso estaba en la casa. Lo hizo porque vio el sujetador de Laura tirado ahí, en mitad del pasillo. Sonrió. Eso sólo podía significar que había habido reconciliación. En el último mes había discutido mucho con su novio, con el que llevaba tres años. Algunas discusiones las había casi presenciado ella misma, encerrada en su habitación. Le había preocupado en alguna ocasión el tono autoritario de él. Así se lo había comentado a Laura en algún momento. Porque no sólo eran compañeras de piso, sino muy amigas desde que se conocieron estudiando Publicidad en la universidad. No recogió el sujetador. Continuó hacia el baño.

Mientras se cambiaba y se desmaquillaba, escuchó un ruido. Se sintió incómoda por estar molestando a los tortolitos. Así que aceleró para poder meterse en su cuarto lo más rápido posible. Al salir, se le heló la sangre. Cerca del sujetador, unas gotas de sangre se extendían por el suelo. Se quedó petrificada. Tenía mucho miedo. Decidió acercarse a la puerta de la habitación de Laura para poner el oído. No se escuchaba nada. El corazón le palpitaba.

Con miedo, decidió girar el pomo de la puerta. Estaba todo oscuro y no veía nada. Consiguió tocar un interruptor. Hubiera sido mejor no hacerlo. Ante sus ojos, yacía el cuerpo ensangrentado de Laura en la cama. Con los ojos abiertos y una mirada de pánico en su rostro. Había muerto presa del pánico. Y parecía que todo acababa de ocurrir hace poco tiempo. Estaba bloqueada, dividida entre la desolación más absoluta y una necesidad de salir corriendo de allí por instinto de supervivencia. Se podía imaginar lo que había pasado y no sabía si el que lo había hecho estaba todavía allí dentro.

Mientras intentaba decidirse, vio la sombra y sintió el cuchillo clavarse en su espalda. Después, en el abdomen. Una, dos, tres veces. Sintió que le faltaba aire. No tenía fuerzas. Veía la sangre salir a borbotones de su cuerpo. Una última puñalada, para asegurar. Veía el odio en la cara de Dani, el novio de su compañera de piso. Seguramente fue otra discusión más. Y aquel desalmado había matado a su amiga para acabar definitivamente con la relación. Ahora, pillado, mataba a la única testigo del crimen que acababa de cometer. Dos vidas más robadas por la violencia machista, un número más para las frías e inaceptables estadísticas del país.

jueves, 16 de marzo de 2017

Que vivan las mujeres futboleras

Chicas futboleras del Atleti en el Vicente Calderón
Aficionadas del Atleti en el Vicente Calderón



Me enamoré del futbol como después me enamoré de las mujeres: de manera repentina, inexplicable y acrítica, sin pensar en la perturbación y dolor que me traería.

Leí un artículo de Celia Blanco @latanace que me gustó mucho. Tanto que creo que debo haberlo leído cincuenta veces en menos de veinticuatro horas. Cuenta que le chifla el fútbol y por qué. Recomiendo mucho leerlo, sobre todo si eres mujer. Y hoy quiero hablar de eso mismo, de fútbol y mujeres.

Primero os contaré que soy muy y mucho futbolero, que diría El Amado Líder. Qué queréis que os diga, los días de partido me dan la vida. Y los días sin fútbol son algo que existe como también existe la tortilla sin cebolla o la gente que no ha visto Friends. Planifico el futuro en base al calendario futbolístico. Marco siempre en mi agenda los grandes partidos, aunque nunca está uno del todo a salvo de los no futboleros, que montan planes a destiempo y deshora. Para mí, Dios tiene un nombre que es Raúl y unos apellidos que son González Blanco. No hace falta deciros mucho más sobre mi pasión por este deporte. Por todo esto siempre vi como requisito imprescindible un cierto interés por el fútbol en los proyectos de novia que tenía (nunca supe tener ligues a secas).

Porque sí. Tengo que confesar que me ponen las tías futboleras. Me gusta que tengan su propia opinión sobre el último partido o la última polémica. Me vuelve loco verlas indignarse. Verlas celebrar un gol en el último minuto que lo cambia todo. Verlas sufrir como lo hace cualquiera tras perder un título. Verlas desesperarse por el fallo clamoroso del delantero. Las que saben convertir el fútbol en una fiesta. Las que tienen una historia que contar asociada al fútbol. Las que viven nerviosas el día de partido grande. Cada vez son más y tengo la suerte de haber estado siempre rodeado de ellas: mi abuela (se lleva la palma), mi tía, mi madre, mi hermana (todas colchoneras), Tere (madridista), y las imprescendibles tuiteras futboleras @conchi @juana @fugazzi @almita @mariavillarreal y @mamenhidalgo.

En su artículo, Celia Blanco cuenta que conoce muchos hombres que se quejan de que sus mujeres, novias y madres no están dispuestas a que en su casa se vean todos los partidos y suelta una frase que para mí lo resume todo: “El fútbol puede ser una excusa perfecta para ser lo suficientemente feliz con tu pareja”. Es la pura verdad. Por eso me cuesta entender que haya parejas en las que el fútbol sea un muro y no un elemento de unión. Hay casos en los que uno se queda en una tele y otro se va a otro cuarto. Yo no podría vivir así. Es que creo que es hasta bonito ver un partido con tu pareja.

En mi caso, tengo una novia culé. También sevillista. En todo lo demás es perfecta, que conste. Cuando la conocí quizá no era muy futbolera (aunque siempre fue culé) pero creo que ahora lo es más. Cinco años hacen estragos. Me lo he currado. Un ejemplo: el aperitivo por todo lo alto que monté para el partido inaugural del Mundial de Brasil, el primero que vivíamos juntos. Lo hice porque para mí la Vida es eso que pasa mientras esperas que llegue el Mundial cada cuatro años. Era mi forma de decirle: "Esto hay que celebrarlo, y quiero hacerlo contigo".

Creo que los o las que dan la espalda al fútbol se están perdiendo algo. Se están perdiendo la conversación del bar. La de la frutería. La del ascensor. La de los compañeros de trabajo al día siguiente de un partido. No digo que no se pueda vivir así. Digo simple y llanamente que se están perdiendo algo que me atrevo a decir que mejoraría su calidad de vida. Si no estás en el fútbol, estás muy fuera, siento decírtelo. Y no es algo de lo que enorgullecerse, aunque a veces lo creas.

El fútbol es la gran excusa. Para reunirse con la familia. Para tomarse unas cervezas con los amigos. Para montar un buen sarao en casa. Para invitar a esa persona a tu "palacio" y cenar una pizza y lo que surja. Para vivir la vida, en definitiva. Para ser suficientemente feliz. Me niego a creer que te lo quieras perder.