jueves, 22 de junio de 2017

Una mujer normal

Era una mujer normal con una vida feliz


Era una mujer normal. Sin grandes pretensiones, le gustaba la sencillez. Por las noches se ponía el despertador y contaba las horas de sueño que tendría por delante. Se había acostumbrado a dormir poco y no necesitaba más de seis horas, aunque a veces eran cinco y entonces sí que lo notaba. Le costaba más todo al día siguiente. Ni siquiera el segundo café de urgencia la sacaba del estado somnoliento que le atrapaba en los días en los que su cuerpo no había descansado el tiempo marcado como necesario por su reloj biológico.

Era una mujer normal. Estaba casada, con un marido maravilloso, Ramiro, que la cuidaba y se preocupaba por ella. Su relación nunca había pasado por ningún momento de crisis. Quizá fuese por el carácter calmado de ambos y debido a que habían decidido ser felices porque sí, quizá la forma más fácil y sencilla de ser feliz que tenemos a nuestro alcance los seres humanos. Él trabajaba en la Administración. Sacó unas buenas oposiciones en su momento y eso era innegable que había ayudado a la estabilidad que siempre les había acompañado a lo largo de su vida.

Era una mujer normal, con sus dos hijos, Pablo y Susana, en la universidad el primero y en el instituto la segunda. Se les veía buenos chicos a los dos, educados siempre que uno se los cruzaba por el barrio, amables y cariñosos hasta con los que llevaban poco tiempo viviendo allí. Algún domingo se les veía a los cuatro juntos saliendo a comer a cualquier lado. Era una familia feliz, nadie podría asegurar lo contrario.

Era una mujer normal. Profesora de Historia en el Instituto Lope de Vega, en la calle San Bernardo, en pleno corazón de Madrid. Terminó sus estudios y logró sacar una plaza para poder dedicarse a su pasión toda la vida. Más de una mañana se cruzaba con algún vecino al bajar en el ascensor. Iban hablando un rato al salir del portal situado en la calle Bretón de los Herreros, y después sus caminos se separaban cuando ella subía Bravo Murillo hacia la glorieta de Cuatro Caminos para coger el metro allí. Alegraba el día coincidir con ella por la vitalidad que inspiraba en todo momento.

Era una mujer normal. Era elegante de la mejor forma que se puede ser elegante, sin buscarlo. Era ciertamente atractiva. Tenía seguridad en sí misma y sabía transmitirlo. Las clases le habían curtido mucho, sin duda. Solía sonreír, pero no de esa forma excesiva que a veces acaba denotando ganas de gustar más que otra cosa. Se preocupaba por saber de la vida de la gente que le rodeaba, de forma discreta y sin caer en el cotilleo. Se diferencia claramente a unas personas de otras. Ella se quedaba mirando a alguien y recordaba lo que le había contado la última vez. Y entonces le preguntaba si aquel examen le había salido bien o si el problema que tenía se había solucionado ya. Se ganaba el carisma ella sola con esa cercanía que demostraba por todo y por todos.

Era una mujer normal. Tan extraordinariamente normal que nada hacía presagiar lo que aquella fría mañana de finales de noviembre se encontraron los vecinos al irse a trabajar como cualquier día. Al salir del ascensor, unas luces se reflejaban en el interior del portal. Fuera, en la calle, había varias ambulancias. El conserje estaba con la mirada completamente ida, simplemente no estaba. Al hacerse un hueco entre la multitud,  por fin podía verse. El cuerpo yacía en el suelo, ensangrentado. Era ella. La mujer normal se había suicidado. Se había tirado desde su ventana del sexto piso. La mujer normal se moría de tristeza por dentro y nadie se había enterado.

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viernes, 16 de junio de 2017

Cuando Iker Jiménez me ayudó

Ochate, pueblo maldito del que siempre habla Iker Jiménez
Ochate, el pueblo maldito y abandonado, en el que estuve con unos amigos en 2009


Las palabras de Iker Jiménez en aquel email me ayudaron a continuar con la carrera de Periodismo. Puede sonar chocante así de entrada, lo sé. Pero no estoy contando ninguna mentira. Hubo una época en la que yo era un apasionado de todos los temas relacionados con el misterio. Incluso no descartaba enfocar mi carrera hacia ese tipo de periodismo investigador. Y mi faro era el periodista Iker Jiménez, actual presentador del programa Cuarto Milenio en Cuatro. Y un día le escribí. Y un día me contestó. Eso es lo que os voy a contar esta semana.

Quería ser él. Quería contar el misterio de la misma forma en que lo hacía él. Sin vender humo y buscando el rigor en todo momento. Eso era de lo que más me gustaba de él, su obsesión por contar siempre con testimonios de expertos que daban una opinión argumentada del tema del que estaban hablando. Su sano escepticismo. También aprendía Historia y cultura escuchándole. He dicho que era de lo que más me gustaba y no lo que más. Porque lo que más me gustaba era su pasión. Ese hombre transmitía ilusión por los cuatro costados cuando le escuchabas por la radio. Así había llegado a donde estaba. La pasión como motor de vida, tan necesaria.

Descubrí a este periodista vitoriano hace muchísimos años. Ya os he contado alguna vez que siempre duermo con un transistor al lado. Esta costumbre la empecé, a saber, igual tenía doce años o así. No soy bueno para las fechas, ya lo sabéis. Cuando me despertaba en mitad de la noche, había un programa en la Cadena Ser llamado Si amanece nos vamos, dirigido por Roberto Sánchez. Dentro de él, un tal Iker Jiménez tenía su propia sección dedicada al misterio. Las noches que me despertaba, me ponía la radio deseando que coincidiese con la intervención de Iker. Aunque reconozco que la intención me duraba poco en ocasiones, porque daba mucho miedo y ahí en la oscuridad de la habitación yo no soy tan valiente para escuchar una psicofonía, por ejemplo.

Un día me enteré de que la SER le había dado un programa en exclusiva. Se llamaría Milenio 3 y sería los viernes después de El Larguero, el mítico programa deportivo de la emisora. Yo estaba dando palmas con la noticia. La Cadena SER apostaba por un programa dedicado al misterio y dirigido por Iker Jiménez. Comenzaba así la andadura de la mítica "Nave del misterio". Recuerdo que lo escuchaba religiosamente cada viernes. Cuando no podía, lo grababa en cintas. Sí sí. En cintas. No había podcast ni leches. Así que metía la cinta en el radiocassette y a darle al REC cuando empezaba el programa. Qué poco millennial, ¿verdad?

Llegué a reunir una buena colección de cintas del programa. Creo recordar que intentaba ponerlas título para saber luego de qué iban por si me apetecía volver a escuchar algún programa. Un buen amigo me dejó un libro suyo, Fronteras de lo imposible. Fue el primero de muchos. Después vinieron Enigmas sin resolver I y II. Mi preferido era Encuentros, con toda la historia de los OVNI en España, con documentos oficiales y testimonios muy documentados. Recuerdo que quería emprender ese camino tan mágico de la búsqueda de lo desconocido. Y tenía claro, como él siempre decía, que lo más importante de todo aquello era el viaje, más que los resultados.

Un día no aguanté más aquello que tenía dentro y, tras acabar uno de sus libros, le mandé un email (muy millennial) contándole todo lo que le admiraba, todo lo que su trabajo me hacía sentir. Debí escribir algo muy emotivo y sincero, porque no tardó mucho en responderme. Cuando vi que tenía un email suyo casi me da algo, de verdad. No me lo podía creer. Me decía que lo había explicado de una manera que ni él mismo podría, toma ya. Iker Jiménez diciéndome a mí que yo había descrito la sensación del misterio de una forma que él no hubiera podido describir mejor. Estaba alucinando. Me decía que mis palabras le habían emocionado profundamente y que le encantaría poder saludarme en la Feria del Libro en la que él iba a estar firmando el siguiente fin de semana.

Evidentemente, enseñé aquel correo electrónico de Iker Jiménez a todo el mundo, creo. No descarto que yendo por la calle se lo enseñase a cualquier mujer desconocida de mi barrio o a cualquier persona que fuese sentada a mi lado en la línea 6 del metro de camino a la universidad cualquier mañana. Así que me sentía obligado a ir a la Feria, pero por otro lado me daba miedo porque sabía que me pondría muy nervioso y no me apetecía mucho hacer el ridículo delante de mi ídolo. Pero allá que me fui con mi libro y claro que me puse nervioso, pero me daba completamente igual. Él fue maravillosamente simpático y cercano conmigo. Me pareció una persona tremendamente humilde, con los pies en la tierra, muy cabal. Y le admiré más todavía.

Iker había anunciado que próximamente iban a hacer un Alerta Ovni en el programa de Milenio 3. Se creó muchísima expectación. El motivo hay que buscarlo en los años 70. Mi madre siempre me había hablado de sus noches en el barrio de Batán escuchando el programa Medianoche, dirigido por Antonio José Alés, el precursor de todo esto. La madrugada del 15 de agosto de 1979 congregó a doce millones de oyentes en la primera ALERTA OVNI. Consistía en que la gente llamaba al programa para avisar de avistamientos extraños. Creo que mi madre y mi tía nunca vieron ninguna luz rara por Batán, pero ahí estaban, asomadas a la ventana. Pues bien, a mí la Alerta Ovni me iba a pillar en Londres, una putada enorme. Se lo comenté a Iker y me dijo si quería participar desde allí. No me lo esperaba, me puse nervioso y todo quedó en nada. Igual tenía que haber dicho que sí sin pensarlo y luego ya pensar cómo lo hacíamos. Mis bloqueos habituales en momentos en los que no está permitido bloquearse, todo un clásico de mi vida.

Desde entonces, intentaba ir siempre a cada acto en el que estuviese él. Y siempre era igual de amable y simpático conmigo cada vez que me veía y me decía "¡Hombre amigo!". Seguía escuchando el programa. Lo ampliaron a los sábados. Os puedo asegurar que si una noche no salía, por mucho que me gustase salir, no me disgustaba en absoluto quedarme en casa sabiendo que me iría a dormir escuchando Milenio 3. Mis preferidos era cuando hablaban de mis misterios favoritos: OVNIS y Egipto. Era en esas noches cuando hacía todo lo posible por no quedarme dormido. Recuerdo bien estar metido en la cama y cómo me gustaba cuando empezaban a sonar los acordes de la música de Vangelis. 

Debía estar en el ecuador de la carrera, debía verlo todo negro y me desahogué con él. En vez de ir y contárselo a algún compañero de clase, o a mis padres, decidí contarle mi bajón a Iker Jiménez. Le expliqué todas mis dudas vocacionales. Debíamos estar en 2005. Pues Iker me contestó de nuevo a aquel email. Y vaya si me contestó. Un folio y medio cuando lo imprimí. Menudas palabras. Se me quitó la tontería según terminé de leer todo lo que me decía. Unas palabras de aliento que nunca jamás podré olvidar. Animándome a luchar por mis sueños. Recordándome que nadie dijo nunca que fuese a ser fácil, pero que había que pelearlo. Casi lloro y todo. Fui a contárselo a todos emocionado y claro, todos sorprendidos porque no sabían nada de mi bajón y extrañados de que hubiese decidido contárselo a Iker Jiménez antes que a ellos. Dicen que es difícil conocer lo que un Escorpio tiene dentro, y creo que en mi caso se cumple.

Lo imprimí y lo intentaba llevar siempre conmigo para tener presente aquellas palabras. Con el tiempo, se me fue pasando aquella fiebre por los temas relacionados con el misterio. Eso no significa que hayan dejado de apasionarme. Mi biblioteca de libros relacionados con esos temas no dejará de crecer. Entre ellos, está uno de mi madre que fue muy mítico en su momento, El Triángulo de las Bermudas, de Charles Berlitz. Simplemente, la vida a veces te lleva por otros caminos. No hay nada malo en ello. Después empezaron con el programa en Cuatro, Cuarto Milenio, y me alegré mucho porque aunque ya era conocido, sabía que iba a triunfar y que Iker Jiménez iba a ser conocido por el gran público de nuestro país a través de la televisión, como así sucedió. Mi admiración por él sigue intacta. Conociéndole, estoy seguro de que la fama no le ha cambiado.

Iker Jiménez podía haber pasado de mí. Podía haberle dado igual mi primer email. Él ya había triunfado en la radio. No tenía necesidad de responderme. Pero lo hizo. Y no sólo eso, sino que encima, cuando le conté que pasaba una mala época y que estaba desanimado con la carrera de Periodismo, me contestó un folio y medio animándome a perseguir mis sueños. Por eso le tengo un aprecio infinito y le estaré siempre agradecido. Porque no abundan las buenas personas como él. Gracias, Iker, y no cambies.

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miércoles, 7 de junio de 2017

La mejor traición posible de un amigo

Kazka fue traicionado por su íntimo amigo Max Brod


La traición de su mejor amigo le hizo eterno. Hablo del escritor Kafka y Max Brod. Al primero le conocemos, al segundo seguramente no. Ni habréis escuchado su nombre nunca con toda probabilidad. Pues bien, conocemos al primero única y exclusivamente porque el segundo lo quiso. Así de sencillo. Sin Max Brod no hubiera habido nunca Kafka, jamás. Y todo fue por la que me parece la mejor traición que he escuchado en mi vida.

Kafka y Brod se conocieron estudiando Derecho en la Universidad de Praga en 1902. Rápidamente conectaron y se hicieron íntimos. Antes de morir de tuberculosis en 1924, el escritor nombró albacea (ejecutor) de su testamento a su gran amigo y le ordenó que cuando él ya no estuviese quemase todos sus escritos y no dejase ni rastro de ellos. Esa era la estima que tenía por sus propios textos, os podéis hacer una idea de su carácter atormentado en ese favor que le pidió al amigo. Los actos lo dicen todo, siempre.

Max Brod decidió ignorar aquella petición. Fijaros si la ignoró que decidió hacer exactamente lo contrario. Por su obstinación y la confianza en su talento, decidió que haría lo posible por publicar todas aquellas palabras que su amigo había ido juntando a lo largo de toda su vida, escribiendo en el cuchitril en el que vivía. Quizá no existe amigo mejor que el que te desobedece por completo.

Me parece una historia grandiosa. Max Brod no dudaba del valor de la creación de su amigo. Creía más en Kafka que el propio Kafka. Él descubrió a Kafka. Sin él, nadie le conocería. Sus papeles se hubieran quemado o tirado a la basura en cualquier limpieza posterior a su fallecimiento. Brod creía tanto en él que decidió desacatar sus órdenes. Buscando información sobre el tema, encontré este artículo de Enrique Vila-Matas que me encantó y que espero que os guste también a vosotros. Me quedo con esta frase: "Porque fue Brod el que, antes que Kafka, se dio cuenta de quién era su amigo. A Brod le apeteció que Kafka fuese Kafka." 

Documentándome, he descubierto que Brod es objeto de numerosas críticas. Ya es lo que me faltaba. Si es que hay más gente que odia que gente que admira, que busca más destruir que crear. Cada vez estoy más convencido. El caso es que le acusan de haber editado "demasiado" los papeles de Kafka. ¿Pero no será mejor eso a que nunca hubiesen visto la luz? Yo es que de verdad creo que el género húmano no tiene remedio salvo honrosas excepciones. Hay que escuchar demasiadas tonterías y demasiadas veces.

Yo quiero amigos así. Que se salten a la torera lo que tú les digas. Que les digas una cosa y hagan la contraria. Que no te hagan ni caso cuando te da alguna ventolera rara. Que les digas que te quedas en casa y vayan a sacarte de ella. Que les digas que no puedes más y te digan que claro que puedes. Que sepan creer en ti cuando tú ya has dejado de hacerlo. Los que no te van a permitir rendirte. Los que te van a decir a la cara que por ahí no. Quiero un Max Brod al que decirle que lo que escribo me parece una mierda y que inmediatamente haga lo posible por publicarlo y darme a conocer. Me parece la mejor traición posible.

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jueves, 1 de junio de 2017

Mi abuelo y las luces de los faros

Mi abuelo me enseñó a contar las luces de los faros en Gandía


Hoy me hace ilusión compartir con vosotros una serie de recuerdos que tengo de mi abuelo. Más de una vez me acuerdo de él y lo hago con muchísimo cariño. Las memorias que tengo de él son momentos que se quedaron a vivir en mi cabeza sin yo saberlo en el momento en el que los estaba viviendo. Entre ellos, el más importante, en el que me hablaba de los faros. Él era valenciano, por lo que le tengo mucho aprecio a la ciudad de Valencia. Y muchos recuerdos que tengo de él están asociados a esas tierras que tan bien reflejó en sus pinturas Joaquín Sorolla (si no habéis visitado aún su casa-museo en Madrid, ¿a qué esperáis?).

De mi abuelo se decía en ocasiones que era una persona seria. Menuda mentira. No es seria una persona que cuando se reía lo hacía llorando de la risa. No se reía mucho, puede ser. Pero es lo que os digo: cuando se reía lo hacía con una fuerza extraordinaria, le recuerdo en pleno ataque de risa cuando le contaba alguna cosa rara de esas que a veces me ocurren. No es seria una persona que cuando entraban sus nietos en casa les ponía la mano detrás de la oreja y les sacaba una moneda de chocolate. Decidme vosotros si vuestros abuelos eran capaces de sacaros una moneda de chocolate de detrás de vuestras orejas. No es seria, y aquí os vais a partir de risa, una persona que engaña a su nieto y le dice que el origen del nombre de la horchata se debe a que cuando los españoles descubrieron América, descubrieron también ese producto, y al volver a España les decían a sus mujeres "¡Esto es oro, chata!" y el nieto, yo, se lo creía a pies juntillas. De hecho, os diré que no tengo la menor idea del origen de esa bebida que tanto me gusta, y que aún hoy le cuento esa versión a muchas personas. Lo que pasa es que me río al contarlo y no me creen. 

Quizá podía ser poco hablador, no lo sé. El caso es que tengo un recuerdo grabado a fuego en mi memoria, que es el del silencio sepulcral que se hacía en el salón de casa de mis abuelos cuando él hablaba o daba alguna opinión sobre algún tema importante de actualidad. Las expresaba de forma lenta, de forma que iba creando expectación mientras las emitía. Siempre se las tenía muy en cuenta, o al menos yo me llevaba esa impresión cada vez que ocurría ese momento.

Recuerdo los veranos junto a mi hermana en Gandía con Loli (mi abuela es una mujer muy presumida y no quería que la llamásemos abuela) y el abuelo. Y una enseñanza en concreto de la que siempre me acuerdo en distintos momentos. Cuando nos sentábamos en la mesa a comer, después de haber pasado toda la mañana en la playa, a veces no podía ver bien la tele desde donde estaba sentado y, naturalmente, protestaba por ese motivo. Hasta que un día mi abuelo me dijo un poco enfadado que la tele se escuchaba, no se veía. Yo no lo entendí, si os digo la verdad. Pero como con tantas cosas, lo entendí años después. 

En Gandía nos lo pasábamos pipa mi hermana y yo, la verdad. Nos dejaban ahí nuestros padres quince días en el mes de julio y siempre teníamos muchas ganas de que llegase el momento de largarnos para allá. Era el comienzo oficial del verano y la playa. En la piscina de los apartamentos de Gandiazar IV, así se llamaba el bloque, me picó por primera y espero que última vez una avispa. En concreto, dos. Un balonazo a una colmena y todos corriendo como posesos a la piscina. En la huida desesperada del campo de batalla fui alcanzado por dos soldados del ejército enemigo.

Pero es en Gandía en el lugar en el que mi abuelo me enseñó el recuerdo más bonito que tengo de él. Veréis. No sé que estaba haciendo, puede que recogiendo la cena, porque estaba en la cocina. Y mi abuelo estaba en la ventana y me llamó. Fui hacia donde él estaba y me dijo que prestase atención. La ventana de aquella cocina daba a un campo de naranjos inmenso que se extendía durante kilómetros y kilómetros por el horizonte. No había ningún edificio en aquella vista. Al fondo, en la oscuridad de la noche, se divisaba Cullera. Pues bien. Su mano señalaba hacia Cullera. Me pidió que me fijase en el faro. En sus luces, en concreto. Y empezó a contar. Cada vez que terminaba de contar se encendía el destello del faro. Y tenía una secuencia. Del tipo: 3 segundos luz - 3 segundos luz - 8 segundos luz y vuelta a empezar. No sé qué edad podía tener, soy malísimo para ponerme a calcular ese tipo de cosas. Pero sí recuerdo, en cambio, que aquello me fascinó. Tanto, que es como si lo hubiese vivido ayer mismo.

Desde entonces, no lo puedo evitar. Sitio al que voy y tiene mar, busco los faros. Y cuando cae la noche, me dedico a ponerme a contar las secuencias de cada faro nuevo que pasa por mi vida. Tengo una libreta en la que tengo apuntadas las secuencias de los faros que he conocido. Algunas me las sé de memoria, porque son sitios que visito con frecuencia, y con otras, me dejo sorprender y las anoto. Así también comenzó mi fascinación por los faros, lugares asociados al mar, al romanticismo, a la soledad, al misterio, que han visto naufragios y vidas perdidas en sus narices, como figura simbólica a la que se encomiendan los marineros y los que no somos marineros para buscar seguridad en mares complicados.

Esos son los recuerdos que tengo de mi abuelo. Son muchos más, y si me dedico a escarbar, aún más que saldrían. Pero esos especialmente deben ser los más importantes, porque son los que me han venido a la cabeza los primeros al acordarme de él, y lo que sale primero suele ser lo más verdadero que tenemos dentro.

Muchísimas gracias por leer. Si os ha gustado, podéis compartir el texto a través de los botones que tenéis un poco más debajo con el simbolito de cada red social. En la versión móvil, aparece un botón que es "Compartir". Si le dais, os aparecerán los distintos botones de cada red social. Hago hincapié en esto porque más de uno me habéis dicho que no os aparecen o que no los encontráis.