viernes, 3 de abril de 2020

Diario del confinamiento V: Ocho minutos para el 27


La ilusión de creer que voy a coger el autobús en pleno confinamiento por coronavirus

Cuando todo esto comenzó, nos preguntábamos todos qué haríamos cuando todo esto que acababa de comenzar terminase. Reconozco que al principio lo que me pedía el cuerpo era irme de cañas y liarme como si yo no hubiera querido que eso sucediese hasta las ocho de la mañana en el Ocho y Medio, por ejemplo. Pero el otro día me asomé a la ventana, vi todo el sol que hacía, vi las calles vacías y me di cuenta de que ya sé qué será lo primero que haga cuando esto acabe.

Quiero salir a pasear por las calles de mi Madrid. Quiero subir Raimundo Fernández Villaverde, quedarme mirando un rato la glorieta de Cuatro Caminos, bajar Bravo Murillo hasta llegar a Quevedo. Y de ahí a Malasaña, y subir y bajar la Calle de La Palma, de Velarde, del Espíritu Santo, pasar por delante de La Ardosa, ver la Plaza del Dos de Mayo. Después, al centro, pasar por la calle Espoz y Mina, bajar por la Calle Segovia hacia mi barrio, andar por Madrid Río y subir hasta el Templo de Debod. Me apetece pasear por muchas calles y ver muchos lugares. Después caerían las cervezas y el liarme, pero antes yo necesito andar la primavera por Madrid.

Salí a comprar y me puse de mala leche. Vamos a ver, nos están repitiendo en todos lados que hay que guardar un distanciamiento social. En la calle se cumple, incluso en la cola del supermercado se hace. Pero luego entras ahí dentro y es el infierno, de verdad. Cierto es que no hay mucha gente, pero la que hay no se comporta cómo creo que habría que hacerlo. Y yo no soy nadie para dar lecciones, pero me agobié mucho. Porque veías pasillos estrechos con ocho personas ahí. Y no solo eso, es que estás cogiendo algo de los congelados, por poner un ejemplo, y constantemente te pasa gente por tu lado. Y yo cuando veo que hay personas en un sitio, me voy a otro más vacío y luego vuelvo ahí cuando esas personas hayan terminado. Y sé que es difícil para todos y procuro tener comprensión, pero en ocasiones me puede el enfado y hago gestos inequívocos, como dirían mis cretinos preferidos Álvaro y Nacho, para manifestar mi incomodidad cuando alguien me pasa muy cerca.

Al volver de la compra, decido volver por el camino largo. Es el máximo gesto de rebeldía dentro del sentido común que se me ocurre. Lo hago porque hace un día tremendo en Madrid y quiero darme la alegría de un paseo. Cuando llego al punto en el que tengo que girar hacia mi calle me quedo mirando la parada del autobús. Esa parada que tanto echo de menos. Y decido pasar de mi calle y me acerco a la parada. Miro los minutos que quedan para que pase el 27. El 27 es el autobús que cojo para ir a trabajar al Museo del Prado, el que cojo para ir al centro cuando he quedado. El que me lleva a la vida. Quedan ocho minutos para que pase. Cualquier otro día me enfadaría. Pero en ese momento doy gracias. Porque me permite pasar cuatro minutos sentado en la parada con la ilusión de que voy a cogerlo cuando pase. Durante cuatro minutos, vivo en una ficción en la que no he acabado de decidir si voy a trabajar o si he quedado por ahí, no sé qué me apetece más, pero os diré una cosa: son los cuatro mejores minutos que he vivido en estos veintiún días. ¿Por qué cuatro minutos? Porque no quiero arriesgarme a dos cosas: que pase y sentir el impulso de subirme con el carrito de la compra, o que pase, controlar el impulso, no subirme, pero morirme de la pena viendo cómo se aleja recordándome absolutamente todo lo que me estoy perdiendo. A la melancolía no hay que darle demasiadas oportunidades, que se viene arriba y te hace un roto de los grandes. 

El otro día se me olvidó contaros que lo que más le molesta del coronavirus a mi abuela es que no tiene fútbol. Y a mi hermana se lo repitió el otro día. Mi abuela ama el fútbol de una manera que no os podáis imaginar. Es muy del Atleti, pero es de esas personas que se ve todos los partidos, juegue o no su equipo. Siempre dice que no entiende cómo sus amigas pueden entretenerse un domingo por la tarde sin fútbol. Y ahora con la suspensión de las competiciones, la pobre se ha quedado sin su fútbol. Ya no se acuerda de mucho y es gracioso porque tiene un amigo en la residencia que le avisa de absolutamente todos los partidos. Además, él es del Madrid y se vacilan. Bueno, él lo intenta porque es muy Inocencio Quiroga (así llama mi abuela a las personas inocentes). Pero la realidad es que si vacilas a mi abuela sales perdiendo, siempre.

Mi amigo Iván de Aluche me escribe y me dice que mataría por un rodolfito. Con él y con su chica, Eliana, viajamos el año pasado a Jaca y nos hicieron de guías por toda esa zona tan bonita del Pirineo Aragonés. En Jaca nos llevaron a comer rodolfitos y es de lo más rico que he comido en mi vida. Pero cuento esto por una cosa. Porque me parto de risa al leer el mensaje de Iván. Mi amigo Iván es una de las personas con las que más me puedo reír en la vida. Y al leerle, le pongo exactamente la cara, la mirada y el tono de voz con el que lo ha dicho. Y al hacerlo, me río muchísimo. Me parece importante en estos tiempos imaginarnos cómo dicen las cosas los demás, dar vida a las palabras más allá de la pantalla.

Llamaron a la puerta la otra mañana. Era un repartidor de Amazon. Ya conté la historia en mi Instagram y no quiero ser repetitivo. Resulta que tras publicar en redes sociales otro mensaje quejándome de no tener armónica y lo bien que me vendría tener una para el confinamiento, alguien decidió regalarme una y enviármela. Fueron Jaime y Marta, una pareja que conocimos en Vietnam en el viaje de luna de miel. No tenemos una relación muy estrecha. Por eso me hizo más ilusión aún. Creo de verdad que pequeños gestos así hacen del mundo un lugar mejor. Me hacen más ilusión los regalos "porque sí" que los obligados en fechas señaladas. Si alguna vez tienes dudas de tener un detalle con alguien, sea cual sea la relación que tengáis, ten ese detalle si te hace ilusión. Por cierto, ayer me enteré de que otra persona tuvo también la intención de regalarme una armónica. Y también alguien muy inesperado. Me hizo la misma ilusión que si me la hubiese mandado. De no tener armónicas a casi tener dos de repente. Pienso que algo habré hecho bien para merecerme estos detalles, además, claro, de ser tan agotador, como diría, con toda la razón, mi padre. Gracias, Ana.

Esta semana ha tocado el ciclo de Parque Jurásico. Me da por buscar la isla Kauai, que es en la que está rodada. Está en Hawai y se puede visitar. Me imagino llegando allí en un hidroavión o un helicóptero y me viene un algo. Mientras veía cada película por las tardes, disfrutaba como un niño, de verdad. Me he dado cuenta de que el rato que dedico a ver las películas de mi vida son los que más estoy disfrutando. Más que cuando escucho la radio, que cuando leo, que cualquier otra cosa. Es sonar la música del comienzo y que la realidad a mi alrededor deje de existir. Refugiarse en lo que a uno le gusta. Siempre pongo el ejemplo de Salinger. Salinger estuvo en el Desembarco de Normandía y en otras batallas muy duras de la II Guerra Mundial. Nunca, jamás, se separó de los primeros capítulos de El Guardián entre el centeno que llevaba con él. Nuestras pasiones nos salvan. Siempre.

miércoles, 1 de abril de 2020

El ejemplo de Mandela


Los 27 años confinado de Mandela para derrotar al apartheid

Estos días de confinamiento me acuerdo mucho de Mandela. Es mi personaje histórico preferido. He hablado de él en más de una ocasión. Creo que hay tantas lecciones que aprender de él que no pasa nada por ser repetitivo. Llevo días necesitando hablar de él una vez más. Salvando las distancias, claro. Recordemos que Mandela fue encarcelado por un sistema criminal como el apartheid y que se pasó veintisiete años encerrado, dieciocho de los cuales los pasó en una cela de 2,5 x 2,1. No puede compararse con lo que nosotros estamos viviendo ahora. Pero sí podemos intentar tomar ejemplo y buscar inspiración en todo lo que él logró durante todos esos años encerrado.

Para empezar, Mandela utilizó ese tiempo en la cárcel para conocer precisamente a aquellos que lo habían metido ahí. Se dedicó a pedir libros sobre la historia de los afrikaners, quiso conocer su cultura, su lengua. De esa manera, empezó a ganárselos. Primero, a sus carceleros. Hubo un carcelero al que iban a trasladar a otra prisión y se negó simplemente porque dijo que quería estar cerca de Nelson Mandela. Lo adoraban. Te meten en la cárcel en una dictadura y tú dedicas tu tiempo en prisión a conocer a los que te han metido ahí para tratar de ganártelos. Solo él podía hacer algo así.

En la cárcel, Mandela aprendió a tener objetivos realistas. Entendió que a la democracia y a la igualdad en Sudáfrica se llegaría a través de la generosidad y del perdón. Entendió muy bien que había que dejar de lado el rencor y la venganza. Aprendió a controlar sus emociones, que le hablaban de venganza, y supo anteponer la razón para lograr sus objetivos.

Al poco de salir de la cárcel, Mandela dio una rueda de prensa multitudinaria ante numerosos periodistas venidos de todo el mundo. Recordemos que este fue un acontecimiento histórico a nivel mundial. Que existía mucha presión internacional sobre Sudáfrica para que liberase a Mandela y eliminase el terrible apartheid. La rueda de prensa finalizó con todos los periodistas aplaudiendo a Mandela. Se los metió en el bolsillo, como a tantos otros.

Desde que fue libre, Mandela se dedicó a su tarea de lograr la reconciliación entre blancos y negros. Se reunió con muchas personas, pero especialmente llamativo fue su encuentro con el general Viljoen. Viljoen era un héroe para los blancos, había sido el jefe del ejército y en ese momento había salido de su retiro dispuesto a liderar el movimiento para un estado blanco independiente. Quería encabezar un movimiento de extrema derecha que quería asesinar a Mandela. A pesar de todo, Mandela quiso reunirse con él. En aquel encuentro, fue el propio Mandela el que le sirvió el té, y le habló de los afrikaners y le sedujo de tal manera que Viljoen declaró tiempo después que se quedó totalmente desarmado hasta tal punto de que dio un giro radical a todo lo que había pensado durante toda su vida y acabó contribuyendo para consolidar la democracia en Sudáfrica y eliminar el crimen del apartheid. Viljoen no fue el único al que le ocurriría algo así. John Carlin, quizá el periodista que mejor conoció a Mandela, suele contar que cuando realizaba entrevistas a los que habían sido enemigos de Mandela se deshacían en elogios y se ponían a llorar hablando de él.

En el partido de Mandela, el ACN, eran escépticos con muchos de los movimientos de su líder. De alguna manera, no se fiaban. Un buen ejemplo es que ellos aspiraban a imponer el himno de los negros, el Nkosi Sikelel, como himno de la nueva Sudáfrica. Esto indignó a Mandela, que era muy consciente de la importancia de los símbolos, y les convenció de que no se podía eliminar el himno de los afrikaners y que de ahora en adelante deberían sonar los dos himnos de manera oficial. Les dijo que él quería ser el presidente de Sudáfrica, no del ANC. Un líder que supo decirle a los suyos "por ahí no".

La amabilidad, respeto y atención que mostró por sus carceleros, o por Viljoen, o con cualquiera de los afrikaners con los que se entrevistó la aplicaba Mandela a cualquier persona. No distinguía nunca. Le daba totalmente igual el cargo. Además, cuentan siempre que era de esas personas que se acordaba del nombre de cada persona que conocía. Otro detalle que dice mucho de él es que cuando se convirtió en presidente de su país, conoció a los trabajadores de la residencia oficial del gobierno. Todos llevaban ahí muchos años al servicio de la dictadura de los afrikaners. Mandela se entrevistó con cada uno de ellos, quiso conocerles uno a uno. Y después les dijo que necesitaba de su conocimiento y de su experiencia. Comparémoslo con nuestro país, en el que cada vez que hay un cambio de gobierno, en una democracia estable, cada uno va con su equipo y prescinde de los que ya estaban ahí.

Por último, la gran historia del rugby, que se cuenta en el libro El factor humano de John Carlin, y en la película Invictus. La camiseta verde de la selección de rugby sudafricana era un símbolo de opresión para los negros y un símbolo casi religioso para los blancos. Se celebraba el Mundial de Rugby en Sudáfrica y Mandela lo utilizó para la reconciliación definitiva de su pueblo. Se puso la camiseta verde, por recomendación de su guardaespaldas, y se implicó con la victoria del equipo de tal manera que logró que los blancos lo acabasen adorando aún más y los negros deseasen también la victoria del equipo, que además sucedió. Además del libro mencionado, hay otro de John Carlin que me gustó aún todavía más: La sonrisa de Mandela.

Cuando acabó esa final, Mandela había logrado de manera pública lo que ya había ido consiguiendo en privado durante todos esos años: la paz en Sudáfrica, su gran obsesión desde que pasó aquellos veintisiete años encerrado. ¿El gran secreto? Jamás humillar al otro, aunque él te hubiese humillado a ti. Muchas veces en distintas situaciones de nuestro país he pensado en cómo hubiera actuado Mandela. Estos días me lo vuelvo a preguntar: sé que él buscaría la unidad, sé que él pensaría en el país, sé que con él todo sería mejor.

jueves, 26 de marzo de 2020

Diario del confinamiento IV: mirar a la pared


Paso el confinamiento del coronavirus mirando a la pared

Oli escucha vacas. Así es cómo empezamos la semana. Todo empieza el lunes por la mañana, cuando estoy en nuestra habitación, ella está en el salón teletrabajando y me llama. Voy y me dice esto: "Escucho una vaca". No sé ni qué decir. A las personas pueden ocurrirles muchas cosas raras en una cuarentena, he leído cosas en la prensa estos días. Pero en ningún lado he escuchado a nadie decir que una de esas cosas raras sea escuchar vacas. Se ríe, como hace todo loco cuando intenta demostrar su verdad, y me pide atención para que la escuche. Sí, algo oigo, pero tampoco mucho. Oli me dijo el otro día que no tengo un solo sentido que me funcione al cien por cien, que ni escucho bien, estoy un poco miope, mi olfato no es un prodigio, el tacto ni fu ni fa y el gusto ya tal.

Oli se pasa el lunes repitiendo de vez en cuando que escucha a la vaca. Establece varias teorías de lo que puede ser. Una de ellas me parece la más sorprendente. Dice que quizá se trata de una impresora 3D. La mañana del martes, el vecino de abajo, al que le hemos hecho gotera varias veces por los problemas de nuestra ducha, escribe a Oli. Oli se asusta porque piensa que otra vez hay gotera. Pero no. Le pregunta si tenemos goma elástica. Resulta que, atención, están creando máscaras con una impresora 3D y necesitan gomas para poder distribuir las máscaras. Oli tenía razón. Y lo que me deja loco de todo esto es que Oli sepa el sonido que hace una impresora 3D. Y por cierto, qué gran iniciativa la de nuestros vecinos y la de tanta gente anónima que está ayudando en lo que puede.

Llamo a mi abuela a la residencia. La escucho alegre, feliz y contenta. Me dice que está divina. Y me dice que si estuviese con su marido, que falleció joven, se pasarían el día entero bailando. A lo mejor es lo más bonito que le he escuchado a alguien desde que todo esto empezó.

Ayer por la tarde vi una de mis pelis preferidas, Tiburón. La vi en Netflix. Esta semana veré la segunda, la tercera y la cuarta en el pack que me regaló Oli hace unos años. ¿Y por qué no viste ayer la primera en el pack también? Porque Oli decidió, con todo su amor, regalarme un pack de Tiburón en el que no estaba la primera película. Está hasta la cuarta parte, titulada "Tiburón: La venganza" que yo creo que ni he visto, pero no está la primera. Es algo de lo que solemos reírnos.

No sé cuántas sagas podrían hacerse de la vida de cada uno de nosotros. Puede que algunas vidas no den ni para una sola peli, sino más para un documental como esos que hacen de la vida de los futbolistas. En todo caso, imagínate que te pones a ver la peli  de la vida de alguien y te la ponen por la segunda parte. Te faltaría un contexto. En la primera parte de la vida de cada uno nacen los miedos, los anhelos y las ilusiones. Si no ves la primera, te va a costar mucho entender la segunda y las que vengan.

Mientras veía Tiburón, me asaltó un temor. No sé si empezar con Spielberg en la segunda semana de confinamiento es gastar balas. Intento no pensar mucho en ello mientras veo la peli pero la duda no se me va de la cabeza. Me queda Parque Jurásico, Indiana Jones, E.T, Encuentros en la Tercera Fase, y más. Y es cierto que son pelis que podría ver en bucle y no cansarme. Pero no sé, igual a Spielberg hay que reservárselo para cuando nos digan que, ya de verdad, esta es la última semana en casa. Pasar una última semana de confinamiento viendo todas las pelis de Spielberg, que alguien me diga si se le ocurre un plan mejor. Por si acaso, tiraré de otras que no sean Spielberg: Superman (la del 78, la buena), El Caballero Oscuro, El Silencio de los Corderos.

Aplazan los Juegos Olímpicos. Me daba mucho miedo esta noticia. Para los que amamos el deporte más allá del fútbol, los Juegos Olímpicos son algo extraordinario. Es un gran momento y lo que más me gusta es el protagonismo que cobran de repente un montón de deportistas que no ganan tanto como los futbolistas y que tienen mucho más mérito que ellos. Después los focos se van y nos olvidamos de ellos, pero durante un mes son protagonistas mundiales. Parece que se celebrarán en 2021. Y parece que el organizador tiene el TOC de los números pares. Porque aunque sean en 2021, se seguirán llamando TOKIO 2020. Os puedo prometer que yo no tengo nada que ver.

Una compañera de trabajo me dice, hablando un poco del confinamiento, que a ella lo que le agobia es cuando tiene muchos planes y no puede quedarse mirando la pared. Quedarse sin tiempo para mirar a la pared. Me gustan las frases que son descubrimientos. Las ideas que cogen a la realidad y la ponen del revés. Que le dejan a uno descolocado. No sé, igual es lo que todos necesitamos, mirar la pared digo. A lo mejor estaríamos más tranquilos todos si mirásemos más a la pared en vez de andar espídicos perdidos por casa buscando actividades en todo momento.

lunes, 23 de marzo de 2020

Diario del confinamiento: pensar en el próximo rato

Siguen los diarios del confinamiento por el coronavirus Covid19
San Pablo Ermitaño, de José de Ribera



Segundo fin de semana del confinamiento. Para algunos que no tenemos la opción de teletrabajar, nada cambia realmente. Aún así, en mi caso, tengo que decir que sigo con la moral intacta y que paso los días bastante entretenido. Ayer decidí crear una playlist en Spotify que titulé "Encerrados pero alegres". Es abierta, así que puedes escucharla. En ella puedes encontrar desde Bruce Springsteen a Extremoduro pasando por Back Street Boys. Por supuesto, hay Lori Meyers y hay Ferreiro. También hay alguna banda sonora (os podéis imaginar cuál no falta). Es una mezcla bastante bizarra, pero es que todo lo que está ocurriendo es muy bizarro.  Espero que os guste. Al confinamiento, y a la vida en general, se sobrevive gracias, entre otras cosas, a la música.

Cuando alguien me dice que ya se ha empezado a agobiar, trato de hacerle ver que lo que hay que hacer es pensar siempre en el próximo rato, y no en el día entero. Y ni mucho menos pensar en semanas, eso no hay que hacerlo ni loco. Hace tiempo escribí un texto que se titulaba "La siguiente farola". Estaba centrado en los corredores, pero se puede aplicar perfectamente a este momento. Cuando salgo a correr hay días que me siento muy bien y no tengo ningún problema. Pero hay otros días que me encuentro fatal y no me siento capaz. Esos días en los que no siento que no puedo, me voy fijando en la siguiente farola. Y me voy diciendo "hasta ahí, puedes". Y puedo. Y entonces me doy cuenta de que, aunque creas que ya no puedes más, siempre puedes un poquito más. 

Escucho mucha radio estos días. No podría sobrevivir a este confinamiento sin la radio. Os  la recomiendo a todos. La tele la ves, la radio te hace compañía. Y creo que necesitamos que nos hagan compañía. Hago mención especial a Paco González y su equipo de Tiempo de Juego. Suelo decir que, para mí, es uno más de los varios grupos de amigos que tengo la suerte de tener. Si a alguien le extraña que considere como amigos a unos que hablan por la radio les haré una pregunta: ¿los amigos no te hacen reír y te acompañan cuando estás jodido? Pues a mí ellos me han hecho reír en épocas de mi vida en las que estuve jodido. Y ahora lo están volviendo a hacer. Es lo que yo le pido a los amigos.

Estoy aprovechando para ver series. He terminado Mindhunter, que me ha gustado bastante. Es sobre crímenes y asesinos en serie, todo basado en caso reales. Terminé hace poco Lovesick, de la que no había oído hablar y me recomendó una amiga, y me encantó. Es una serie escocesa y se ve muy bien. Son tres temporadas con pocos capítulos y cada uno dura unos veinte minutos. ¿Tema? Comedia con amigo ligoncete, amigo enamoradizo y chica. Te ríes y la historia está muy bien. He empezado en Netflix Los asesinatos del Valhalla, islandesa, sobre asesinatos en serie, que me está gustando. Y menudos paisajes. Ah, por si alguien no la ha visto, recomiendo una que me dijo mi padre y que a Oli y a mí nos encantó: Derry Girls, en Netflix. Es genial.

Cada vez que en una serie salen a la calle, se abrazan, o se besan, empiezo a lanzar improperios desde el sofá de casa: "¡Pero qué haces inconsciente! ¡Que te han dicho que te vayas a casa! ¡Cretino!" Por suerte, esto que me pasaba los primeros días veo que le está ocurriendo a más gente cuando ven series y películas y ya no me siento tan chiflado. Aunque lo esté, que lo estoy, pero no por esto.

Viendo una peli, hay un momento en el que Oli pone el volumen en el número quince. La situación dura unos veinte segundos que se me hacen muy largos. No puedo tener el volumen en números impares. Ni en la tele, ni en las radios, ni en nada. No soporto los números impares. Las escaleras con escalones impares me dan muchísima rabia. Pero mi número talismán es el siete. Vivir con contradicciones.

La tarde del sábado Oli sale a comprar. Me tumbo en el sofá. Me despierta de la siesta un coche pitando. Ya me asomo y veo a gente en las ventanas increpándole y pidiéndole silencio. Pero me fijo y veo a dos mendigos pegándose. Y entiendo que el del coche pitaba para llamar la atención a la gente. Al final el del coche se va. Desde mi ventana veo que un mendigo tiene atrapado al otro y no sé si le está asfixiando o qué, pero me pongo muy nervioso y hasta pienso en bajar. Llamo a la poli, y tardan mucho en cogérmelo. Dos o tres minutos en los que observo como el mendigo sigue teniendo atrapado al otro y cada vez me pongo más nervioso. Justo cuando me responden, veo que llegan tres coches de policía. Quizá el del coche ya había llamado. O quizá los trabajadores del Aldi que está delante. Me quedo un rato mirando. Tengo que reconocer que aunque sea una situación triste la sigo como un gran acontecimiento porque es lo más interesante que ocurre a mi alrededor desde hace días.

Cada día, cuando salimos a aplaudir a la ventana, se repite lo mismo. Oli no se asoma mucho porque tiene vértigo hacia abajo y yo no me asomo mucho porque tengo vértigo hacia arriba. Vaya cuadro. Supongo que el amor es eso, saber encajar los miedos del uno y del otro.

Ayer vi por fin Alta Fidelidad. Después de El Guardián entre el centeno, es mi libro preferido. No había visto la peli hasta ayer. Supongo que de manera inconsciente, lo evitaba por si no estaba a la altura del libro de Nick Hornby. Pero sí lo está, sí lo está. Me encantó, y John Cusack es un perfecto Rob Fleming.

Espero que estéis todos bien. Y espero también de verdad que no os estéis quedando en pijama todos los días. Eso no se puede hacer. Yo cada día me levanto, me afeito, me ducho y me pongo mis vaqueros y mi camiseta. Nada de abandonarse. El único drama que tengo es mi pelo, que me lo tenía que haber cortado hace un mes, lo fui dejando y no quiero saber cómo voy a acabar el confinamiento. 

Cuidaros mucho, y cuidad.