domingo, 14 de enero de 2018

"Eso ya lo han escrito" y otras tristezas del escritor

Escritores sin inspiración para escribir
Owen Wilson buscando inspiración en Midnight in Paris

Quiero escribir algo que te conmueva. Algo que te emocione. Que, quizá, consiga que veas un asunto desde un punto de vista desde el que no lo habías visto nunca antes. Quiero escribir algo que te provoque un arrebato de algo. De razón, de irracionalidad, pero algo que te sacuda en lo más hondo. Quiero poder escribir una frase que te golpee como ninguna otra lo haya hecho antes. Me gustaría poder describir un paisaje de tal manera que sientas que no estás en tu sofá cómodamente tumbado sino sintiendo el mismo frío del que te estoy hablando en mis líneas.

Sueño con escribir la mejor novela, el personaje más brutal con el que te hayas cruzado, la gran historia nunca contada o contada mil veces pero ninguna de la forma en que lo estoy haciendo yo. Ansío encontrar ese diálogo que sea insuperable por los tiempos de los tiempos. Deseo con todas mis fuerzas ser capaz de describir un sentimiento de tal manera que lo sientas en tus entrañas según he empezado a describirlo. Busco la forma, en ocasiones desesperada, de que te identifiques con lo que sea que te esté contando. 

Busco, quiero y deseo que sea un texto tan perfecto que al final no escribo nada. Eso es lo que creo que me pasa. Nada más que eso. Y nada menos, tampoco. Esto lo estoy escribiendo fundamentalmente para ver si hay más escritores a los que les ocurre algo parecido. Me gustaría conocer las experiencias de muchas otras personas que llevan años escribiendo o que acaban de empezar a escribir. Necesito saber si esto es más común de lo que a mí me parece.

No sé si es falta de organización. Si es exceso de ambición. O absoluta falta de inspiración. No sé lo que es. Pero sé que hace unos meses escribía un texto a la semana y que ahora de repente hace unos meses apenas escribo. No he dejado de leer, pero no escribo. Y no entiendo qué demonios me pasa. No me viene una sola idea para un relato. Ni una. Cuando me viene una tengo la sensación de que escribo un relato sobre la marcha y lo publico sin pulirlo. Y eso no está nada bien para vosotros, los lectores. En muchas ocasiones, y de ahí el título del post, me aparece la maldita idea en la cabeza de "eso ya lo han escrito". Cualquier idea, por mínima que sea, rápidamente pienso que no es original y que no aportará nada ni hará disfrutar a mis lectores. Y a la papelera que se va según aparece.

En ocasiones es desesperante. No cuento con mucho tiempo y quizá esté relacionado con ello el no poder desarrollar más las ideas que cruzan por mi cabeza. El trabajo y lo que no es trabajo se lo lleva todo. Y en ocasiones, en ese momento de tiempo libre, lo único que quieres es tumbarte en tu sofá y ver un capítulo de alguna de las series que estés viendo en ese momento, desconectar y quedarte dormido (en mi caso).

Alguna vez me dicen si estoy con la novela. A base de repetirlo, algunas personas me lo preguntan como si tuviesen asumido que un día la escribiré. Y me gusta mucho, porque es una forma de obligarme a realizar un sueño y porque los que me lo preguntan me ven capaz. La respuesta es que no, no estoy. O sí. Llevo siempre conmigo una libreta de la librería Shakespeare and Company y ahí apunto ideas generales sobre todo lo que se me ocurre: un rasgo de un personaje, un escenario, un diálogo, un tema que me gustaría tratar. No le doy ninguna forma, pero ahí está. Igual algún día me pongo en serio con ello. Si pude con una maratón...

No me extiendo más. Necesitaba este desahogo y espero vuestras opiniones. Muchas gracias a todos por leer.

domingo, 19 de noviembre de 2017

La acera buena


Un relato de una calle de Madrid un domingo cualquiera



Se despertó más pronto de lo que hubiera deseado. Formaba parte ya de su rutina, que no es siempre la que uno quiere. Se levantó rápido de la cama, pues sabía que no había forma alguna de volver a caer en los brazos de Morfeo. Lo hizo de la manera más sigilosa posible, ya que sabía que a ella, a Laura, aún le quedaba por delante una hora de plácido sueño. Y ese día ambos necesitarían todas sus energías disponibles, porque venían sus nietos a comer.

Él desayunaría tranquilamente mientras repasaba lo más destacado de la prensa digital. A media mañana, bajaría a pasear por su barrio, que él sentía como un pueblo propio. En esas calles vivió todo lo que uno puede vivir en las calles de su barrio: el primer beso, el primer cigarro, el primer desengaño, la primera cerveza, el primer ojo morado, el primer porro y otros debuts inconfesables. 

En ese pequeño mundo fue también donde nacieron las manías, cuyo origen exacto es siempre imposible recordar. Entre ellas, ir siempre por la misma acera. En toda una vida nunca había caminado por la acera izquierda de su barrio. Sólo al salir de su portal, que precisamente estaba en la acera opuesta. Al salir, cruzaba rápidamente por un paso de cebra y ya se sentía a salvo. No sabía decir de qué, pero se apoderaba de él una fuerte de sensación de alivio una vez pisaba la otra acera, como el naúfrago que toca tierra firme tras atravesar un mar bravo. Ni en sus noches jóvenes de borrachera, en las que uno no está para manías porque centra todo el esfuerzo en volver a casa lo antes posible y le da igual cómo, era capaz de saltarse esa norma.

Sabía que no era normal, que ese comportamiento era excéntrico. Así se lo decían aquellos con los que en ocasiones iba caminando y a los que pedía por favor y con gravedad en la cara que si podían cambiarse de acera. Aunque era consciente de la extravagancia, le irritaba que se lo reprochasen. Todos tenemos supersticiones y seguramente la mía sea una de las más sanas comparadas con otras, se decía para justificarse. Siempre hay otro peor venía a ser la línea argumental de defensa.

Pero aquella mañana de domingo como cualquier otra ocurrió algo que nunca antes había ocurrido. La única acera por la que él podía andar estaba cortada. Nadie podía andar por ella. Estaban realizando obras y era imposible el acceso. Barajó la posibilidad de subirse a casa pero hasta a él le pareció irracional. Sentía rabia pero pensó que quizá era el día indicado para quitarse de encima algo que le había durado demasiado. 

Cogió aire y empezó a caminar. Empezó a sentirse incómodo. Notaba como le caían las gotas de sudor por la espalda. Una, dos, tres. Cada vez más frecuente el ritmo hasta tener la espalda empapada con una temperatura en la calle de seis grados y con aire frío. Sentía incluso un ligero mareo. Algo no marchaba bien y empezaba a desear no haber salido de casa. Se paró. No distinguía bien los rostros de las personas que caminaban a su lado. La visión le fallaba y comenzó a ponerse cada vez más y más nervioso. 

Se detuvo. Comenzaba a formarse un círculo de personas a su alrededor que se interesaban por él y otras que permanecían asustadas sin saber muy bien qué hacer. El corazón empezó a latirle a mil por hora. Se asustó. Pensó que todo era culpa de esa maldita acera. Y un instante después, se derrumbó. Nadie supo si murió de un infarto o de superstición.

jueves, 29 de junio de 2017

Un número más

El chico mató a su novia, una víctima más de la violencia machista


Una noche perfecta. Eso pensó Marta al llegar a su piso de la calle de la Farmacia. Habían estado de copas en el Sideral y el tiempo se le había pasado volando. Las cosas con Roberto iban bien, sí. Se reía con él, se interesaba realmente por ella, y a ella él le parecía un tipo más que interesante. Aquello era prometedor y podía decirse que la ilusión había vuelto. Con prudencia, porque su vida era un historial de pasos en falso por su desmedido entusiasmo hacia la vida, que en ocasiones parecía ensañarse con ella como queriéndole decir que a ver cuándo narices aprendía la lección. Se sentía feliz y quiso tomarse una copa de vino antes de meterse en la cama. Le gustaría habérsela tomado con él en casa y no dormir en toda la noche, pero su viaje por trabajo al día siguiente le había hecho mantener la cabeza fría frente a toda la pasión que sentía por dentro.

Una vez hubo terminado la copa de vino blanco en la cocina, repasando cada diálogo de su cita con Roberto una y otra vez en su cabeza, se fue hacia su habitación. En ese momento, cayó en la cuenta de que su compañera de piso estaba en la casa. Lo hizo porque vio el sujetador de Laura tirado ahí, en mitad del pasillo. Sonrió. Eso sólo podía significar que había habido reconciliación. En el último mes había discutido mucho con su novio, con el que llevaba tres años. Algunas discusiones las había casi presenciado ella misma, encerrada en su habitación. Le había preocupado en alguna ocasión el tono autoritario de él. Así se lo había comentado a Laura en algún momento. Porque no sólo eran compañeras de piso, sino muy amigas desde que se conocieron estudiando Publicidad en la universidad. No recogió el sujetador. Continuó hacia el baño.

Mientras se cambiaba y se desmaquillaba, escuchó un ruido. Se sintió incómoda por estar molestando a los tortolitos. Así que aceleró para poder meterse en su cuarto lo más rápido posible. Al salir, se le heló la sangre. Cerca del sujetador, unas gotas de sangre se extendían por el suelo. Se quedó petrificada. Tenía mucho miedo. Decidió acercarse a la puerta de la habitación de Laura para poner el oído. No se escuchaba nada. El corazón le palpitaba.

Con miedo, decidió girar el pomo de la puerta. Estaba todo oscuro y no veía nada. Consiguió tocar un interruptor. Hubiera sido mejor no hacerlo. Ante sus ojos, yacía el cuerpo ensangrentado de Laura en la cama. Con los ojos abiertos y una mirada de pánico en su rostro. Había muerto presa del pánico. Y parecía que todo acababa de ocurrir hace poco tiempo. Estaba bloqueada, dividida entre la desolación más absoluta y una necesidad de salir corriendo de allí por instinto de supervivencia. Se podía imaginar lo que había pasado y no sabía si el que lo había hecho estaba todavía allí dentro.

Mientras intentaba decidirse, vio la sombra y sintió el cuchillo clavarse en su espalda. Después, en el abdomen. Una, dos, tres veces. Sintió que le faltaba aire. No tenía fuerzas. Veía la sangre salir a borbotones de su cuerpo. Una última puñalada, para asegurar. Veía el odio en la cara de Dani, el novio de su compañera de piso. Seguramente fue otra discusión más. Y aquel desalmado había matado a su amiga para acabar definitivamente con la relación. Ahora, pillado, mataba a la única testigo del crimen que acababa de cometer. Dos vidas más robadas por la violencia machista, un número más para las frías e inaceptables estadísticas del país.

jueves, 22 de junio de 2017

Una mujer normal

Era una mujer normal con una vida feliz


Era una mujer normal. Sin grandes pretensiones, le gustaba la sencillez. Por las noches se ponía el despertador y contaba las horas de sueño que tendría por delante. Se había acostumbrado a dormir poco y no necesitaba más de seis horas, aunque a veces eran cinco y entonces sí que lo notaba. Le costaba más todo al día siguiente. Ni siquiera el segundo café de urgencia la sacaba del estado somnoliento que le atrapaba en los días en los que su cuerpo no había descansado el tiempo marcado como necesario por su reloj biológico.

Era una mujer normal. Estaba casada, con un marido maravilloso, Ramiro, que la cuidaba y se preocupaba por ella. Su relación nunca había pasado por ningún momento de crisis. Quizá fuese por el carácter calmado de ambos y debido a que habían decidido ser felices porque sí, quizá la forma más fácil y sencilla de ser feliz que tenemos a nuestro alcance los seres humanos. Él trabajaba en la Administración. Sacó unas buenas oposiciones en su momento y eso era innegable que había ayudado a la estabilidad que siempre les había acompañado a lo largo de su vida.

Era una mujer normal, con sus dos hijos, Pablo y Susana, en la universidad el primero y en el instituto la segunda. Se les veía buenos chicos a los dos, educados siempre que uno se los cruzaba por el barrio, amables y cariñosos hasta con los que llevaban poco tiempo viviendo allí. Algún domingo se les veía a los cuatro juntos saliendo a comer a cualquier lado. Era una familia feliz, nadie podría asegurar lo contrario.

Era una mujer normal. Profesora de Historia en el Instituto Lope de Vega, en la calle San Bernardo, en pleno corazón de Madrid. Terminó sus estudios y logró sacar una plaza para poder dedicarse a su pasión toda la vida. Más de una mañana se cruzaba con algún vecino al bajar en el ascensor. Iban hablando un rato al salir del portal situado en la calle Bretón de los Herreros, y después sus caminos se separaban cuando ella subía Bravo Murillo hacia la glorieta de Cuatro Caminos para coger el metro allí. Alegraba el día coincidir con ella por la vitalidad que inspiraba en todo momento.

Era una mujer normal. Era elegante de la mejor forma que se puede ser elegante, sin buscarlo. Era ciertamente atractiva. Tenía seguridad en sí misma y sabía transmitirlo. Las clases le habían curtido mucho, sin duda. Solía sonreír, pero no de esa forma excesiva que a veces acaba denotando ganas de gustar más que otra cosa. Se preocupaba por saber de la vida de la gente que le rodeaba, de forma discreta y sin caer en el cotilleo. Se diferencia claramente a unas personas de otras. Ella se quedaba mirando a alguien y recordaba lo que le había contado la última vez. Y entonces le preguntaba si aquel examen le había salido bien o si el problema que tenía se había solucionado ya. Se ganaba el carisma ella sola con esa cercanía que demostraba por todo y por todos.

Era una mujer normal. Tan extraordinariamente normal que nada hacía presagiar lo que aquella fría mañana de finales de noviembre se encontraron los vecinos al irse a trabajar como cualquier día. Al salir del ascensor, unas luces se reflejaban en el interior del portal. Fuera, en la calle, había varias ambulancias. El conserje estaba con la mirada completamente ida, simplemente no estaba. Al hacerse un hueco entre la multitud,  por fin podía verse. El cuerpo yacía en el suelo, ensangrentado. Era ella. La mujer normal se había suicidado. Se había tirado desde su ventana del sexto piso. La mujer normal se moría de tristeza por dentro y nadie se había enterado.

Si os ha gustado la historia, la podéis compartir en vuestras redes sociales con el botón de compartir y de redes sociales que aparecen aquí debajo del post. ¡Muchas gracias!