viernes, 2 de abril de 2021

Capítulo 1

Portal del número 7 de la calle Farmacia, Malasaña, Madrid.


Al menos, a los piratas de La Isla del Tesoro, para sentenciarlos a muerte, les daban “la mancha negra”. A mí, Sonia no me dio nada. Creo que debería existir algo parecido en el amor, aunque solo sea para poder cambiar algunas cosas. Pero si te lanzan la decisión a la cara, no hay nada que puedas hacer.

Estoy tirado en la cama. Me han dado las once, hace un sol estupendo de mediados de noviembre ahí fuera y apetece salir a disfrutar de lo poco que le queda a 2017. Es domingo, ayer ni siquiera salí. Y hoy, ¿voy a aprovechar el día? Seguramente no. Tengo mensajes en el móvil de Saúl y de Jorge diciéndome si nos tomamos unas cañas por ahí. No me apetece una mierda, pero de momento no les digo nada. Decido levantarme de una vez. Me paso un rato decidiendo la ropa, como si una parte de mí no descartase acabar saliendo de casa. Me cuesta sentir el cuerpo como mío mientras voy a la ducha, como si aún estuviese entrando en él desde hace una hora que me he despertado. A veces me pasa.

Al empezar a correr el agua, pienso en Sonia. Ella siempre dejaba el pomo de la ducha en el extremo izquierdo, a una temperatura no apta para los seres humanos. Alguna vez, despistado, dejaba correr el agua hasta quemarme de repente. Me pregunto ahora si aquello era un gesto de los muchos que tenía Sonia como guiño hacia su ideología política. Más de una vez, en decisiones muy cotidianas, optaba siempre por la posibilidad más a la izquierda. Reconozco que aquellas tonterías me gustaban mucho, porque los dos pensábamos parecido.

El agua sigue corriendo sobre mí y me da por pensar que igual sí que intentó avisarme y no lo supe ver. Dos meses antes de dejarme, por mi cumpleaños, me regaló unas lentillas que había comprado en internet. Yo me negaba siempre a usarlas, me da grima colocarme eso en los ojos. Y ella insistía. Pero quizá si le hubiese hecho caso hubiera visto venir la catástrofe que se avecinaba, si es que es posible ver el final del amor. Lo peor de todo es que no me he deshecho de ellas. Las tengo en un cajón, no vaya a ser que vuelva a necesitar ver algo con antelación en algún momento de mi vida.

Pero esto ocurrió hace dos años, tres meses y doce días. Ha pasado mucho tiempo ya. Y yo he pasado página, por fin. No fue sencillo, pero lo he conseguido. O no. La verdad es que creo que no hay manera de estar convencido de ciertas cosas en la vida. Pasar página es una de ellas. ¿Cuándo se considera que has olvidado del todo a esa persona?

Recuerdo que al principio de dejarme, le pedí que no hablásemos en una temporada, por eso de que duele mucho seguir hablando como si nada con alguien que lo ha sido todo. Más adelante, fui yo el que tomó la iniciativa de recuperar el contacto. Habían pasado seis meses más o menos y me veía capacitado para saber qué era de su vida. Pero saber qué era de su vida significó enterarme de que ya tenía a otro. Y la sospecha de que ese otro pudiese estar ahí en el momento de dejarme. De nuevo silencio durante meses.

No podía parar de recordarlo todo. Los paseos por Madrid Río, las cervezas en La Latina, las noches de Palentino y después al Penta, tantos atardeceres en el Templo de Debod, las tardes de cine en el Proyecciones, la papelería de Fuencarral, perdernos en cualquier librería. Disfrutamos de Madrid el tiempo que nos duró el amor, cinco años, cuatro meses y nueve días exactos. Hay personas que dicen alegrarse por el tiempo compartido. Tonterías, en mi opinión.

Por fin, pasado un tiempo, reuní de nuevo el valor suficiente para saber algo de ella. Ya me había revolcado mucho en los recuerdos y estaba un poco cansado de la tristeza. La llamé para tomar un café y la cosa fue bien, que es como yo llamaba a todo lo que no fuese acabar llorando. Finalmente quedamos y pudimos hablar. Acabé pidiéndole volver. El último desastre.

Y al despedirme de ella ese día todo cambió. Me di cuenta de que no había más que hacer. De alguna manera, entender que no hay nada que uno pueda hacer por cambiar una situación es una liberación. O eso se cree uno. Las cosas que se llegan a creer, madre mía.

De repente caigo en que aún estoy en la ducha. Al salir, me pongo la toalla para secarme y preparo un café de cápsula. Si Sonia me viese, pienso. Si existiese un personaje que fuese la loca del café, sin duda sería ella. A mí me gusta mucho el café, pero no teorizo sobre él. Ella sí. Me contaba mil historias. Y fíjate, lo único que recuerdo es que el arábica es el bueno y que odiaba el café de cápsulas. Yo lo descubrí como se descubren tantas cosas cuando uno vive solo, por pereza. El último capricho de Sonia era un molinillo de café, pero eso ya supongo que se lo ha tenido que tragar el tipo con el que está ahora.

Pongo a tostar pan mientras dejo la toalla y me voy vistiendo. Vaqueros y camiseta, ideal para quedarme en casa o salir rápido si al final me animo. Ya con todo el desayuno preparado, me siento a la mesa y lo primero que hago es contestar a Saúl y a Jorge diciéndoles que sí, que me apunto. Aunque no es verdad del todo. Es para que no me den más la turra.

Hago un rápido chequeo de mis redes sociales. No veo nada que me interese. Me entretengo repasando las noticias y leyendo algún artículo. Recuerdo que nuestros desayunos de domingo, con la prensa, no acababan nunca ¿Cómo serán los que tiene ahora con ese? ¿De qué hablarán?

Hoy puedo considerarme afortunado. Acabo de estrenar mis 34, y llevo años trabajando en la sección de cultura de un diario digital. No cobro lo que me gustaría, pero con eso puedo vivir. El panorama en el mundo del periodismo es bastante desolador y yo no soy ninguna excepción. Tengo la suerte, al menos, de estar dentro. Muchos se quedaron fuera. Acabas valorando la precariedad, porque la alternativa es terrorífica. Pienso en los cuentos tan bonitos que me contaron hace tiempo. Que si estudiaba tendría un buen trabajo. Que Sonia y yo estaríamos juntos siempre. En fin.

Vivo en el número 7 de la calle Farmacia, en el barrio de Malasaña. Es un piso pequeño, pero estoy a gusto en él. No necesito mucho más para vivir bien.  Lo malo es que tendré que compartirlo en breve. A mi casero se le ocurrió subirme el precio. Con el contrato en la mano le expliqué que no era legal, pero me dijo que le daba igual, que si no aceptaba las nuevas condiciones, podía irme a buscar en otro lado. Y acepté con esa resignación tan característica de estos tiempos. Nos las dan por todos lados y aceptamos. Y así nos van anulando poco a poco. Así que ya estoy buscando, porque no puedo con tantos gastos, y me daría mucha pena tener que abandonar esta calle estrecha. Me puedo pasar horas en la terraza, cuando no hace mucho frío, mirando a la gente. Es de lo más entretenido. Vivir en esta calle es como vivir en un pueblo muy pequeño. Tengo la librería Tipos Infames cerca de casa. A veces me paso horas en ella. Ah, y tengo cerca la taberna de La Ardosa, un clásico de Madrid. Libros y cervezas, no me falta de nada. Bueno, sí, una chica, igual.

Desde lo de Sonia no he tenido mucha suerte. Tampoco le he puesto muchas ganas, lo confieso. Conocí a Laura, pero no escuchaba bien por un oído y yo no era capaz nunca de acordarme de cuál era el oído por el que le tenía que hablar y al final eso acabó siendo un auténtico disparate, se enfadaba mucho conmigo porque se lo decía, pero es que no podía hacer otra cosa, las personas son como son, y hay que aceptarlas, pero cada uno debe entender también sus limitaciones, vamos digo yo. Más tarde conocí a Mara, pero en poco tiempo se tuvo que ir a vivir al extranjero por trabajo, y entre que llevábamos poco y tampoco nos desvivíamos el uno por el otro, decidimos acabar la relación sin penas ni dolores de ningún tipo. Llegó Carol pero Carol tenía un problema muy grande que no sé si habrá solucionado a día de hoy con hacer cosas. Quiero decir que no podía parar de hacer cosas y cuando no hacía cosas, estaba planificándolas. Me dejó ella a mí, por no seguirle el ritmo. Me vino bien incluso. Estaba agotado, de verdad.

Ahora mismo no hay nadie en mi vida. De alguna u otra forma sé que aparecerá. Y que tendrá el mismo problema que todas: no ser Sonia. Maldita sea, éramos iguales, joder. Aunque puede ser que eso mismo fuese lo que acabó con nosotros. Algo así me intentó explicar ella cuando me dejó, pero no lo entendí muy bien. Cuando te dejan, uno por lo general no suele enterarse de nada de lo que le están diciendo.

Antes de ella, yo era un soltero feliz. Y no por lo de la libertad y todas esas memeces, qué va. Lo que pasaba es que me resultaba más cómodo imaginarme a la chica ideal y proyectarla en todas las chicas que iba conociendo. Y un día, en una tienda de discos en El Rastro, apareció Sonia, que buscaba un vinilo de Bruce. Ya está. Se acabó la búsqueda. Es Ella, me decía. Y desde luego que fue Ella durante los cinco años, cuatro meses y nueve días exactos que estuvimos juntos, hasta que decidió dejar de serlo.

Al recordar este momento, automáticamente la parte sádica de mí decide buscar música de Bruce Springsteen para pasar la soleada mañana de domingo en mi casa. Y la parte sádica de Spotify decide de manera unilateral que suene mi canción preferida del Boss: Bobby Jean. Sonia decía que era de lo más cursi. Sabía que a mí me hacía llorar cada vez que la escuchaba y buscaba provocarme. Nunca la perdonaré por eso.

Ahora he vuelto un poco a mi estado previo a Sonia. Voy enamorándome todo lo que puedo y sin hacerme mucho daño. He aprendido que soy vulnerable, lo cual nunca viene mal. Por eso me gusta enamorarme en un trayecto de metro, o tomando un café en una cafetería de la chica que está sentada dos mesas más allá. Es inofensivo del todo.

Aún queda una hora y algo para quedar con estos dos. No tengo nada que hacer y decido hacer lo que hago siempre que no tengo nada que hacer. Me acerco a la estantería, cojo El guardián entre el centeno y me tumbo en el sofá a leerlo por cualquier página de manera aleatoria. El libro de Salinger es mi biblia particular y sí, también lo era para Sonia. Unos tienen a Superman, otros a Batman. Nosotros teníamos a Holden Caulfield.

Cuando hablo de Sonia con mi entorno me dicen de todo. Mis padres me reprochan que no esté con ella. Creen que fue mi culpa que me dejase. Por otro lado, me animan a buscar a otra persona. Me parece contradictorio. Mi hermana se enfadó conmigo al principio, pero rápidamente me animó a divertirme y a no tener nada serio con nadie. De locos. Y mis amigos, bueno. Cuando se lo conté a Saúl, se preocupó y lo hizo todo por ayudarme sin darse cuenta de que estaba siendo un pelma. Jorge, al contárselo, me dijo que tenía un seminario de kárate el siguiente fin de semana.

Recibo un mensaje. Es Saúl. Me dice textualmente que "dónde cojones estás". Miro qué hora es. Son las seis de la tarde, me quedé completamente dormido hace unas cuatro horas. Tengo el móvil lleno de improperios hacia mi persona. Jorge, que si he dejado de ir a no sé qué clase de no sé qué arte marcial para quedar contigo y ni apareces. En realidad, sí dice qué arte marcial es, pero es que a mí me parecen todas iguales. 

Obvio todas las barbaridades que me dicen mis amigos y agradezco que mis padres sean unos forofos de la música y llenen el grupo de la familia con sus tendencias melómanas. Así puedo distraerme con un vídeo de Dire Straits, es su grupo preferido y siempre nos ponían sus vinilos a mi hermana y a mí cuando éramos pequeños. Después del vídeo, veo que mi padre también se ha puesto exigente, me ha mandado unos cuantos mensajes más para saber por qué no le contesto. Y de paso se ha sumado mi hermana también. De repente se me para el corazón. Tengo un mensaje de Sonia.

A mi familia les digo algo rápido para dejarles tranquilos. A los otros paso.

Me centro en lo importante. Contengo la respiración y leo. Leo las tres líneas de mierda en las que realmente no me dice nada. Bueno, sí, me pregunta qué tal. Tengo ganas de responderle en serio. Decirle que no sé a ciencia cierta cómo estoy. Que llevo dos años, tres meses y doce días sin saber cómo estoy. Que la mayoría de los días me muero por volver con ella, que éramos la pareja perfecta, que sigo sin entender nada, que vuelva y que nos olvidemos de todo este mal rollo.

"Aquí, con Holden", es lo que en realidad le respondo. Y que con eso ella entienda lo que quiera. No quiero arrastrarme más. Además, no es necesario que yo haga nada. Cada vez me parece más evidente que se va a dar cuenta del error que cometió. Cualquier día aparece aquí, en la puerta de casa, y me monta una escena romántica. Yo me rindo al momento y después lo hacemos por toda la casa.

Todos se han creído que ya lo tengo superado. Es lo que les cuento, y es también lo que me cuento a mí mismo. Pero no es del todo verdad. Aún duele. Tengo que hacer algo, pero es que no sé muy bien el qué.

miércoles, 31 de marzo de 2021

Dice mi abuela que os quitéis las amarguras

Oli y yo con mi abuela sentados en un banco en Madrid


No se me dan bien las incertidumbres, más bien las gestiono muy mal, o ni las gestiono. Pero hay incertidumbres a las que recibes con los brazos abiertos, por la ilusión que traen consigo. El inminente nacimiento de Nico es la incertidumbre más bonita que he tenido en mi vida.

El lunes, martes y miércoles de semana santa son como cuando tienes que comerte algo así no sé como un primer plato de verduras para luego ya poder comerte un rico filete con patatas. O como cuando el domingo por la mañana tienes que limpiar la casa para ya poder tirarte en el sofá todo el día a ver series o irte a tomar unas cervezas a La Latina.

Pocas actividades de "mayores" me hacen sentir tan mayor como la de ir a hacer la compra los sábados por la mañana. Encima la visita al Mercadona del último sábado fue una calamidad. Por ejemplo, me tocó dejar la compra en una caja que quedaba a mi derecha. La única caja que quedaba a mi derecha. En las otras siete cajas tú dejas los productos a tu izquierda. En esta no, y se me hacía rarísimo el movimiento de dejar las cosas a mi derecha y no a mi izquierda. Después, por un problema en el cobro de un descuento, nos pidieron volver a sacar todo del carrito y volver a ponerlo en la caja. Y cuando hubo que meterlo otra vez en el carrito el dependiente nos dijo que él se ocupaba de hacerlo, que no nos preocupásemos. Miré a Oli, porque sabía lo que estaba a punto de ocurrir. Oli, muy amablemente, le dijo que no se preocupase él, que ya lo metía ella todo. Oli no me deja nunca a mí meter la compra en el carrito porque dice que ella la organiza muy bien, a lo Tetris. Y cuando el pobre chico amagó con meter él las cosas ahí dentro, no pude evitar pensar: "vas tú listo si te piensas que Oli te va a dejar".

El momento de tensión en el autobús cuando por los altavoces suena el mensaje de "recuerden la obligación de llevar mascarilla". No suelen ponerlo y, cuando lo ponen, se da el curioso fenómeno de que todos empezamos a mirar a todos buscando al culpable. Confieso que un día, asustado, me llevé la mano a la cara pensando que me la había bajado y no me había acordado de volver a subírmela. A mí lo que me gustaría es que el mensaje fuese un mensaje acusatorio en condiciones, un escarnio público y absoluto de la persona que no la lleva bien puesta, un señalamiento sin piedad de ningún tipo.

Hablando de mascarillas, en mi portal vive Oriana, habitual de realitys de Tele5. La tía va siempre sin mascarilla y juntándose con gente sin mascarilla. Me la crucé el otro día al volver a casa y no pude evitar soltar un: "la mascarillaaaaaaaa". Creo que le sentó como un tiro porque puso una cara de cabreo que no os podéis imaginar. Pero lo a gusto que me quedé, eso no lo puedo contar con palabras.

"Yo ficciono con los taxistas". La antológica frase es de Oli. Viene de que el otro día cogimos un taxi que iba con la COPE y hablaban del monotema Rociíto. Oli soltó un "¡qué pesados!" que a mí me pareció peligrosísimo, como cuando los héroes de la aventura tienen que conseguir pasar por un sitio en el que hay un monstruo dormido. Y no me equivoqué. El taxista entró al trapo y empezó a despotricar contra Irene Montero por haber participado en Sálvame y yo decidí desconectar con toda la intención. Lo que pensé en ese momento mientras miraba por la ventana era "todo enterito para ti, amiga, tú has despertado al monstruo, tú lidias con él". Lo que pasa es que Oli se lo pasa bien con los taxistas la tía, a este le iba respondiendo frases ambiguas sin ton ni son que le servían para participar en la conversación sin dar ni quitar la razón.

Hay días en los que ojalá poder ponerse un letrero como el de esos autobuses que pone "SIN SERVICIO". Que la gente sepa que, por mucho aspaviento que te hagan, no te vas a parar en ninguna parada.

Fuimos a ver a mi abuela y nos lo pasamos genial. Está en residencia y vacunada. Hace meses que no iba y quería ir a verla antes de que naciese Nico. Ella va a ser bisabuela y le hace muy feliz. Se puso a decirle cosas muy bonitas a Nico. Nos fuimos a pasear por la zona y acabamos sentados en un banco hablando un poco de todo. Dijo una frase que me gustó mucho, que "en la vida hay que quitarse las amarguras", y que una persona como mi abuela (que las ha tenido y muy dolorosas) diga eso a mí me parece una lección de vida que trato como puedo de aplicar. Luego ya le pedí contar uno de sus grandes hits, porque cada vez que lo cuenta yo me río a carcajadas. La historia de su tía Concha, que un día estando en el campo con una amiga, se quedó sola porque su amiga salió corriendo hacia otro lado y ella se quedó sola delante de un toro que, según aseguraba, le contó que era de Jerez.

Mi amigo Ronald me mandó un audio que yo calificaría así como el audio más cariñoso en la historia de los audios. Ronald es de Perú y pasó un año aquí en Madrid. Hicimos juntos el master de RNE y nos lo pasamos como dos niños pequeños. Nos llamaban Zipi y Zape. Nos íbamos juntos de fiesta y nos lo pasábamos en grande. El día que se volvió para Perú fue un drama, qué lloros, madre de dios. Y durante meses si alguien decía "Ronald" a mí se me ponían los ojos rojos. Y creo que me sigue pasando.

Ronald siempre me decía, medio en broma, medio en serio, que es como dicen las verdades los buenos amigos, que me hacía falta una novia. Lo recuerdo como si fuese ayer, al acabar tantas noches de fiesta volvía con la cantinela: "Guille tío, a ti lo que te hace falta es una novia". Esto era 2008. No fue hasta 2012 que empecé con Oli, así que pasé unos cuatro años más un poco perdido.

Tres personas me hicieron saber que no se llaman guarderías sino escuelas infantiles. Y descubro que odian que les digan que "guardan niños". Y ya por curiosidad me dio por mirar el significado de "guardar" en la RAE y oye, el significado es bonito, porque dice "tener cuidado de algo o alguien, vigilarlo y defenderlo". Es lo que yo hago con los cuadros del museo, por ejemplo, y me encanta. No veo tan negativo "guardar" a bebés.

En el telediario sacan un reportaje sobre encuentros silenciosos en Barcelona. Un grupo de pirados que se reúne en la Barceloneta y escucha música con cascos mientras bailan de forma muy peculiar. "Siento que no hay juicio", dice una de las asistentes. Porque lo has perdido, hija mía.

Y hablando de gente así un poco chiflada, el lunes, en el Museo. Estaba en la entrada de las exposiciones y veo que un señor se me queda mirando a unos cuantos metros de mí. De repente, empezó a saltar y se acercó hacia mí dando saltos de caballo. Os prometo que mi desconcierto fue tal que no pude ni reírme. Más señores así, por favor.

jueves, 25 de marzo de 2021

Chica, por favor, ponte a pintar ya

La resurrección de Lázaro, de Ribera, en el Museo del Prado.


Nueve meses para mentalizarte de que vas a ser padre. Un mito. Creo que hasta que no tengamos a Nico por aquí no nos lo vamos a creer del todo. De momento, la experiencia más cercana a sentirme padre fue ayer visitando una guardería. Lo podemos definir como mi primer acto como padre. Ya el solo hecho de saber que estaba de camino hacia una guardería me hacía sentir rarísimo, como si me estuviese equivocando de lugar, un "yo ahí no pinto nada" de manual. Creerse o no la realidad es decisión de cada uno. Pero una vez delante, me la creí con toda la ilusión del mundo al ver a un padre recoger a su bebé y entré poniendo la mejor de las sonrisas y dispuesto a transmitir que soy un gran padre a la chica que me atendió.

A mí no me molesta tanto que los franceses vengan a Madrid como el hecho de que cuando les hable en su lengua se me pongan a responder en inglés. Me parece de lo más irritante y es lo único que no me gusta de ir a París. Es como si te estuviesen diciendo "no mira, si no vas a hablar de manera exquisita mi adorada lengua francesa lo dejamos y hablamos en inglés". Qué arrogancia más grande, por dios.

Soy un manipulador nato sin yo saberlo. El otro día de repente me descubrí "informando" convencidísimo a una compañera de trabajo que solamente había tres opciones para votar en las elecciones del 4 de mayo de la Comunidad de Madrid. Cualquiera que me conozca sabe de que tres opciones hablaba. Ella riéndose me preguntó: "¿ah sí? ¿sólo hay tres opciones?". Me gusta cuando uno descubre virtudes ocultas a los 36. Sí, virtudes, sí. Los bolivarianos comunistas filoetarras vemos como algo positivo poder manipular, menudos somos.

Ayer en el Museo se celebraba una olimpiada de dibujo artístico y a mí me tocaba en la sala de las Meninas, así que fui testigo muy directo de todo. Eran unos adolescentes que elegían un cuadro y lo copiaban a su libre interpretación. Cuando llevaban media hora, cotilleé un poco y vi que una chica tenía su lámina en blanco. Me paseé y me fijé que los demás tenían sus láminas ya llenísimas de colores. Y me empecé a agobiar por la chica que tenía su lámina en blanco. De vez en cuando me acercaba y miraba disimuladamente y veía que tamborileaba con los dedos sobre la lámina sin arrancar y me daban ganas de decirle que dejase de tamborilear ya y dibujase algo. Tiendo a empatizar con el débil y me pasé todo el rato sufriendo por la chica esta, una agonía.

En la cartela del cuadro La resurrección de Lázaro de Ribera cuenta que "tras conocer la muerte de su discípulo Lázaro, Jesús se dirigió a Betania, donde estaba sepultado, y lo conminó a que saliera de su tumba". Al leerlo, pensé que menudo tío pesado Jesús que no tiene otra cosa que hacer que conminar al pobre Lázaro a que salga de su tumba. O sea, tú te mueres tan a gusto y viene un brasas a conminarte a que salgas de tu tumba. El tema es que Lázaro lo hizo, claro. Supongo que el mundo se divide entre gente que se muere y no quiere ver a ningún Jesús que le conmine a salir de la tumba y gente que pagaría porque viniesen ochenta Jesús a conminarle para que resucite. Y no sé en qué bando estoy, la verdad.

Hace unos meses vimos la serie de Netflix Los últimos zares. Está genial. Es serie documental, en la que van representando cómo sucedió todo, pero también salen de vez en cuando unos tíos que te van haciendo un poco de contexto de la época. Uno de ellos lo vive un montón y a mí me cayó muy bien porque me encanta la gente que vive un montón lo que sea, hay gente que vive un montón tomarse un cocido, con eso os digo todo. Pues volviendo a la serie, Oli y yo caímos en que le hemos puesto a nuestro hijo el nombre de un tío que acabó con los zares en Rusia después de tres siglos.

A veces, pienso que soy un pesado. A veces creo que las cosas que digo no le interesan a nadie. A veces siento que todo lo que escribo es una mierda. A veces creo que soy muy vulnerable a los demás. A veces creo que no soy lo suficiente buena persona. A veces me digo algunas de estas cosas, o todas a la vez, y cuando lo hago voy y me pongo un poco triste, pero se me pasa rápido.

En ocasiones Twitter te abruma con lo que tienes que ver, escuchar o leer. Y a veces con razón y a veces sin ella. Hace unas semanas, todos hablaban del nuevo disco de C. Tangana, que no es alguien a quien yo haya escuchado mucho. Pero tantos comentarios me hicieron dudar. Ya cuando vi al politólogo Lluís Orriols dando su opinión pensé "bueno, ya basta". Y lo escuché. Y me encantó. Esta vez Twitter tenía razón. Por si a alguien le interesa, dejo aquí mi canción preferida del disco, Ingobernable, rumbita maravillosa que te anima el día.

Estos días que tanto se habla de salud mental, he recordado algo que aprendí en el psicólogo y que me ha resultado de gran ayuda para afrontar determinadas situaciones. Se trata del razonamiento emocional, un tipo de distorsión cognitiva muy frecuente. De hecho, dicen que es la forma de autosabotaje más común. Os invito a buscar información sobre ello en internet porque es muy interesante. Se trata de razonar sólo en base a las emociones que uno siente. Si siento esto, es que es así. Y no, no no. Que tú sientas esto, sea lo que sea "esto", no significa que eso sea una realidad, para nada. Yo soy una persona bastante emocional y he aprendido a intentar gestionar este tipo de razonamientos, aunque a veces no sea fácil. Y para eso sirve ir al médico, para aprender herramientas con las que vivir mejor, mira que sencillo es.

jueves, 18 de marzo de 2021

Fiarse de la realidad

Aline Masson, la musa de Raimundo de Madrazo


Seguimos esperando a Nico. De momento nada de nervios. Lo único así que os puedo contar es que hace dos semanas Oli tuvo varias contracciones seguidas una noche que estábamos tirados en el sofá viendo la tele, que es como están las parejas cuando ella se pone de parto. Y la aplicación que utiliza para controlar esas contracciones le puso el siguiente mensaje: "Váyase preparando para ir al hospital. Recuerde estar relajada". Nos reímos, bueno yo igual menos, y me quedé mirándola y le pregunté: "pero tú cómo estás, a ver". Y Oli me dijo que estaba perfecta. Al minuto ya estábamos otra vez viendo la tele tan tranquilos.

Si mi amigo Nacho fuese el que hubiese tenido las contracciones hubiera ido hasta el hospital exigiendo que le sacasen al niño aunque los médicos le dijesen que usted no está de parto. En un viaje por la Costa Azul, le preguntamos, creo que en Marsella por la noche, a un señor para llegar a la catedral y el señor decía lo contrario a lo que le decía el móvil a Nacho. Y Nacho decidió que el señor que llevaba toda su vida viviendo ahí estaba equivocadísimo. Yo creo que hay que aprender a fiarse de la vida real siempre, tanto si tu mujer va a ponerse de parto como si estás buscando la catedral de Marsella una noche cualquiera.

El otro día en el Museo tuve la oportunidad de ver el desmontaje de una exposición y me gustó mucho la experiencia. Soy muy dado a darle vida a los objetos, hasta unos niveles que no podría confesar porque podrían encerrarme, y me empecé a preguntar si los cuadros que ahora embalaban en cajas para irse cada uno a su casa se habrían pegado una buena farra la noche anterior para despedirse, si habrían dicho "nos llamamos eh" al despedirse, si habrían hecho un grupo de whatsapp todos para seguir a tope en contacto, si habría habido algún romance durante esos meses de campamento y si esa relación continuaría, si los cuadros estarían deseando volver a sus casas o si se hubiesen quedado otros seis meses ahí. En la exposición, por cierto, había cuadros de Aline Masson, la musa, y me temo que algo más, de Raimundo de Madrazo, de la cual confieso sin vergüenza que me hubiera enamorado de haber coincidido con ella.

Ha bastado leer una novela para volver a inspirarme un poco para escribir. Se trata de Gente Normal, de Sally Rooney. También he comenzado los diarios de Xacobe Pato, el librero de la librería Cronopios de Santiago de Compostela. He de reconocer que los ensayos sobre política me hacen aprender mucho y reflexionar, pero no me inspiran a la hora de contar historias de mi vida.

Por Navidad, Oli me regaló un brazalete para poder llevar el móvil a correr. Y eso hizo que otra vez volviese a medir kilómetros, minutos, velocidad media y todas esas mierdas. Y eso hizo a su vez que volviese a correr bastante. Y llegamos a que hace tres semanas me vine arriba saliendo a correr tres días seguidos diez kilómetros y me fastidié la rodilla. Cojeando varios días y dolor horrible al bajar escaleras. Doce días sin correr y salí el sábado pasado media hora y otra vez fastidiado. Regalo envenenado el del brazalete, y eso que llevaba un tiempo pidiéndolo. Lo peor es que lo de venirse arriba en la vida siempre se acabe pagando, sea en forma de resaca una noche que se te fue de las manos o sea con la rodilla destrozada corriendo tres días diez kilómetros. Venirse arriba es una de mis cosas favoritas de la vida y no puede ser eso de que tenga precio a pagar.

Es un agobio irse a dormir con preocupaciones, pero irse a dormir con el simbolito de "queda poca batería" en el transistor es muchísimo peor. Nunca sé si cambiarle las pilas directamente y evitarme el mal rato. Porque luego apago la luz, me meto en la cama, me pongo la radio y empieza una agonía tremenda de estar escuchando la tertulia de fútbol y pensar que en cualquier momento no voy a escuchar algo que me interese porque se va a apagar y cambiar las pilas a oscuras de manera sigilosa para no despertar a Oli es un jaleo tremendo.

Cuando alguien es especialmente amable en el Museo a veces me entran unas ganas inmensas de hacerme amigo suyo, no lo puedo evitar.