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miércoles, 31 de marzo de 2021

Dice mi abuela que os quitéis las amarguras

Oli y yo con mi abuela sentados en un banco en Madrid


No se me dan bien las incertidumbres, más bien las gestiono muy mal, o ni las gestiono. Pero hay incertidumbres a las que recibes con los brazos abiertos, por la ilusión que traen consigo. El inminente nacimiento de Nico es la incertidumbre más bonita que he tenido en mi vida.

El lunes, martes y miércoles de semana santa son como cuando tienes que comerte algo así no sé como un primer plato de verduras para luego ya poder comerte un rico filete con patatas. O como cuando el domingo por la mañana tienes que limpiar la casa para ya poder tirarte en el sofá todo el día a ver series o irte a tomar unas cervezas a La Latina.

Pocas actividades de "mayores" me hacen sentir tan mayor como la de ir a hacer la compra los sábados por la mañana. Encima la visita al Mercadona del último sábado fue una calamidad. Por ejemplo, me tocó dejar la compra en una caja que quedaba a mi derecha. La única caja que quedaba a mi derecha. En las otras siete cajas tú dejas los productos a tu izquierda. En esta no, y se me hacía rarísimo el movimiento de dejar las cosas a mi derecha y no a mi izquierda. Después, por un problema en el cobro de un descuento, nos pidieron volver a sacar todo del carrito y volver a ponerlo en la caja. Y cuando hubo que meterlo otra vez en el carrito el dependiente nos dijo que él se ocupaba de hacerlo, que no nos preocupásemos. Miré a Oli, porque sabía lo que estaba a punto de ocurrir. Oli, muy amablemente, le dijo que no se preocupase él, que ya lo metía ella todo. Oli no me deja nunca a mí meter la compra en el carrito porque dice que ella la organiza muy bien, a lo Tetris. Y cuando el pobre chico amagó con meter él las cosas ahí dentro, no pude evitar pensar: "vas tú listo si te piensas que Oli te va a dejar".

El momento de tensión en el autobús cuando por los altavoces suena el mensaje de "recuerden la obligación de llevar mascarilla". No suelen ponerlo y, cuando lo ponen, se da el curioso fenómeno de que todos empezamos a mirar a todos buscando al culpable. Confieso que un día, asustado, me llevé la mano a la cara pensando que me la había bajado y no me había acordado de volver a subírmela. A mí lo que me gustaría es que el mensaje fuese un mensaje acusatorio en condiciones, un escarnio público y absoluto de la persona que no la lleva bien puesta, un señalamiento sin piedad de ningún tipo.

Hablando de mascarillas, en mi portal vive Oriana, habitual de realitys de Tele5. La tía va siempre sin mascarilla y juntándose con gente sin mascarilla. Me la crucé el otro día al volver a casa y no pude evitar soltar un: "la mascarillaaaaaaaa". Creo que le sentó como un tiro porque puso una cara de cabreo que no os podéis imaginar. Pero lo a gusto que me quedé, eso no lo puedo contar con palabras.

"Yo ficciono con los taxistas". La antológica frase es de Oli. Viene de que el otro día cogimos un taxi que iba con la COPE y hablaban del monotema Rociíto. Oli soltó un "¡qué pesados!" que a mí me pareció peligrosísimo, como cuando los héroes de la aventura tienen que conseguir pasar por un sitio en el que hay un monstruo dormido. Y no me equivoqué. El taxista entró al trapo y empezó a despotricar contra Irene Montero por haber participado en Sálvame y yo decidí desconectar con toda la intención. Lo que pensé en ese momento mientras miraba por la ventana era "todo enterito para ti, amiga, tú has despertado al monstruo, tú lidias con él". Lo que pasa es que Oli se lo pasa bien con los taxistas la tía, a este le iba respondiendo frases ambiguas sin ton ni son que le servían para participar en la conversación sin dar ni quitar la razón.

Hay días en los que ojalá poder ponerse un letrero como el de esos autobuses que pone "SIN SERVICIO". Que la gente sepa que, por mucho aspaviento que te hagan, no te vas a parar en ninguna parada.

Fuimos a ver a mi abuela y nos lo pasamos genial. Está en residencia y vacunada. Hace meses que no iba y quería ir a verla antes de que naciese Nico. Ella va a ser bisabuela y le hace muy feliz. Se puso a decirle cosas muy bonitas a Nico. Nos fuimos a pasear por la zona y acabamos sentados en un banco hablando un poco de todo. Dijo una frase que me gustó mucho, que "en la vida hay que quitarse las amarguras", y que una persona como mi abuela (que las ha tenido y muy dolorosas) diga eso a mí me parece una lección de vida que trato como puedo de aplicar. Luego ya le pedí contar uno de sus grandes hits, porque cada vez que lo cuenta yo me río a carcajadas. La historia de su tía Concha, que un día estando en el campo con una amiga, se quedó sola porque su amiga salió corriendo hacia otro lado y ella se quedó sola delante de un toro que, según aseguraba, le contó que era de Jerez.

Mi amigo Ronald me mandó un audio que yo calificaría así como el audio más cariñoso en la historia de los audios. Ronald es de Perú y pasó un año aquí en Madrid. Hicimos juntos el master de RNE y nos lo pasamos como dos niños pequeños. Nos llamaban Zipi y Zape. Nos íbamos juntos de fiesta y nos lo pasábamos en grande. El día que se volvió para Perú fue un drama, qué lloros, madre de dios. Y durante meses si alguien decía "Ronald" a mí se me ponían los ojos rojos. Y creo que me sigue pasando.

Ronald siempre me decía, medio en broma, medio en serio, que es como dicen las verdades los buenos amigos, que me hacía falta una novia. Lo recuerdo como si fuese ayer, al acabar tantas noches de fiesta volvía con la cantinela: "Guille tío, a ti lo que te hace falta es una novia". Esto era 2008. No fue hasta 2012 que empecé con Oli, así que pasé unos cuatro años más un poco perdido.

Tres personas me hicieron saber que no se llaman guarderías sino escuelas infantiles. Y descubro que odian que les digan que "guardan niños". Y ya por curiosidad me dio por mirar el significado de "guardar" en la RAE y oye, el significado es bonito, porque dice "tener cuidado de algo o alguien, vigilarlo y defenderlo". Es lo que yo hago con los cuadros del museo, por ejemplo, y me encanta. No veo tan negativo "guardar" a bebés.

En el telediario sacan un reportaje sobre encuentros silenciosos en Barcelona. Un grupo de pirados que se reúne en la Barceloneta y escucha música con cascos mientras bailan de forma muy peculiar. "Siento que no hay juicio", dice una de las asistentes. Porque lo has perdido, hija mía.

Y hablando de gente así un poco chiflada, el lunes, en el Museo. Estaba en la entrada de las exposiciones y veo que un señor se me queda mirando a unos cuantos metros de mí. De repente, empezó a saltar y se acercó hacia mí dando saltos de caballo. Os prometo que mi desconcierto fue tal que no pude ni reírme. Más señores así, por favor.

viernes, 3 de abril de 2020

Diario del confinamiento V: Ocho minutos para el 27


La ilusión de creer que voy a coger el autobús en pleno confinamiento por coronavirus

Cuando todo esto comenzó, nos preguntábamos todos qué haríamos cuando todo esto que acababa de comenzar terminase. Reconozco que al principio lo que me pedía el cuerpo era irme de cañas y liarme como si yo no hubiera querido que eso sucediese hasta las ocho de la mañana en el Ocho y Medio, por ejemplo. Pero el otro día me asomé a la ventana, vi todo el sol que hacía, vi las calles vacías y me di cuenta de que ya sé qué será lo primero que haga cuando esto acabe.

Quiero salir a pasear por las calles de mi Madrid. Quiero subir Raimundo Fernández Villaverde, quedarme mirando un rato la glorieta de Cuatro Caminos, bajar Bravo Murillo hasta llegar a Quevedo. Y de ahí a Malasaña, y subir y bajar la Calle de La Palma, de Velarde, del Espíritu Santo, pasar por delante de La Ardosa, ver la Plaza del Dos de Mayo. Después, al centro, pasar por la calle Espoz y Mina, bajar por la Calle Segovia hacia mi barrio, andar por Madrid Río y subir hasta el Templo de Debod. Me apetece pasear por muchas calles y ver muchos lugares. Después caerían las cervezas y el liarme, pero antes yo necesito andar la primavera por Madrid.

Salí a comprar y me puse de mala leche. Vamos a ver, nos están repitiendo en todos lados que hay que guardar un distanciamiento social. En la calle se cumple, incluso en la cola del supermercado se hace. Pero luego entras ahí dentro y es el infierno, de verdad. Cierto es que no hay mucha gente, pero la que hay no se comporta cómo creo que habría que hacerlo. Y yo no soy nadie para dar lecciones, pero me agobié mucho. Porque veías pasillos estrechos con ocho personas ahí. Y no solo eso, es que estás cogiendo algo de los congelados, por poner un ejemplo, y constantemente te pasa gente por tu lado. Y yo cuando veo que hay personas en un sitio, me voy a otro más vacío y luego vuelvo ahí cuando esas personas hayan terminado. Y sé que es difícil para todos y procuro tener comprensión, pero en ocasiones me puede el enfado y hago gestos inequívocos, como dirían mis cretinos preferidos Álvaro y Nacho, para manifestar mi incomodidad cuando alguien me pasa muy cerca.

Al volver de la compra, decido volver por el camino largo. Es el máximo gesto de rebeldía dentro del sentido común que se me ocurre. Lo hago porque hace un día tremendo en Madrid y quiero darme la alegría de un paseo. Cuando llego al punto en el que tengo que girar hacia mi calle me quedo mirando la parada del autobús. Esa parada que tanto echo de menos. Y decido pasar de mi calle y me acerco a la parada. Miro los minutos que quedan para que pase el 27. El 27 es el autobús que cojo para ir a trabajar al Museo del Prado, el que cojo para ir al centro cuando he quedado. El que me lleva a la vida. Quedan ocho minutos para que pase. Cualquier otro día me enfadaría. Pero en ese momento doy gracias. Porque me permite pasar cuatro minutos sentado en la parada con la ilusión de que voy a cogerlo cuando pase. Durante cuatro minutos, vivo en una ficción en la que no he acabado de decidir si voy a trabajar o si he quedado por ahí, no sé qué me apetece más, pero os diré una cosa: son los cuatro mejores minutos que he vivido en estos veintiún días. ¿Por qué cuatro minutos? Porque no quiero arriesgarme a dos cosas: que pase y sentir el impulso de subirme con el carrito de la compra, o que pase, controlar el impulso, no subirme, pero morirme de la pena viendo cómo se aleja recordándome absolutamente todo lo que me estoy perdiendo. A la melancolía no hay que darle demasiadas oportunidades, que se viene arriba y te hace un roto de los grandes. 

El otro día se me olvidó contaros que lo que más le molesta del coronavirus a mi abuela es que no tiene fútbol. Y a mi hermana se lo repitió el otro día. Mi abuela ama el fútbol de una manera que no os podáis imaginar. Es muy del Atleti, pero es de esas personas que se ve todos los partidos, juegue o no su equipo. Siempre dice que no entiende cómo sus amigas pueden entretenerse un domingo por la tarde sin fútbol. Y ahora con la suspensión de las competiciones, la pobre se ha quedado sin su fútbol. Ya no se acuerda de mucho y es gracioso porque tiene un amigo en la residencia que le avisa de absolutamente todos los partidos. Además, él es del Madrid y se vacilan. Bueno, él lo intenta porque es muy Inocencio Quiroga (así llama mi abuela a las personas inocentes). Pero la realidad es que si vacilas a mi abuela sales perdiendo, siempre.

Mi amigo Iván de Aluche me escribe y me dice que mataría por un rodolfito. Con él y con su chica, Eliana, viajamos el año pasado a Jaca y nos hicieron de guías por toda esa zona tan bonita del Pirineo Aragonés. En Jaca nos llevaron a comer rodolfitos y es de lo más rico que he comido en mi vida. Pero cuento esto por una cosa. Porque me parto de risa al leer el mensaje de Iván. Mi amigo Iván es una de las personas con las que más me puedo reír en la vida. Y al leerle, le pongo exactamente la cara, la mirada y el tono de voz con el que lo ha dicho. Y al hacerlo, me río muchísimo. Me parece importante en estos tiempos imaginarnos cómo dicen las cosas los demás, dar vida a las palabras más allá de la pantalla.

Llamaron a la puerta la otra mañana. Era un repartidor de Amazon. Ya conté la historia en mi Instagram y no quiero ser repetitivo. Resulta que tras publicar en redes sociales otro mensaje quejándome de no tener armónica y lo bien que me vendría tener una para el confinamiento, alguien decidió regalarme una y enviármela. Fueron Jaime y Marta, una pareja que conocimos en Vietnam en el viaje de luna de miel. No tenemos una relación muy estrecha. Por eso me hizo más ilusión aún. Creo de verdad que pequeños gestos así hacen del mundo un lugar mejor. Me hacen más ilusión los regalos "porque sí" que los obligados en fechas señaladas. Si alguna vez tienes dudas de tener un detalle con alguien, sea cual sea la relación que tengáis, ten ese detalle si te hace ilusión. Por cierto, ayer me enteré de que otra persona tuvo también la intención de regalarme una armónica. Y también alguien muy inesperado. Me hizo la misma ilusión que si me la hubiese mandado. De no tener armónicas a casi tener dos de repente. Pienso que algo habré hecho bien para merecerme estos detalles, además, claro, de ser tan agotador, como diría, con toda la razón, mi padre. Gracias, Ana.

Esta semana ha tocado el ciclo de Parque Jurásico. Me da por buscar la isla Kauai, que es en la que está rodada. Está en Hawai y se puede visitar. Me imagino llegando allí en un hidroavión o un helicóptero y me viene un algo. Mientras veía cada película por las tardes, disfrutaba como un niño, de verdad. Me he dado cuenta de que el rato que dedico a ver las películas de mi vida son los que más estoy disfrutando. Más que cuando escucho la radio, que cuando leo, que cualquier otra cosa. Es sonar la música del comienzo y que la realidad a mi alrededor deje de existir. Refugiarse en lo que a uno le gusta. Siempre pongo el ejemplo de Salinger. Salinger estuvo en el Desembarco de Normandía y en otras batallas muy duras de la II Guerra Mundial. Nunca, jamás, se separó de los primeros capítulos de El Guardián entre el centeno que llevaba con él. Nuestras pasiones nos salvan. Siempre.