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viernes, 17 de enero de 2020

Un año en el Museo del Prado

Un año de Vigilante de Sala en el Museo del Prado


Hace un año comencé una aventura maravillosa. Lo llamo aventura porque las aventuras suelen suceder de manera inesperada y así sucedió en este caso. El 17 de enero de 2019 empecé a trabajar como vigilante de sala en el Museo del Prado. Y puedo decir, un año después, que este trabajo me ha cambiado la vida de una manera que nunca pude llegar a sospechar.

Recuerdo la llamada el día antes del sorteo del Gordo para ofrecerme una interinidad. Como no sabía muy bien el límite de tiempo que eso tenía, pregunté trescientos ochenta y siete veces si mal no recuerdo que qué era eso de la interinidad. No sé cómo tuvieron tanta paciencia. Al final, dije que sí, menos mal.

Y entré a trabajar el 17 de enero de 2019. Y lo hice por la puerta grande, porque me tocó en la galería central. Estaba nerviosísimo. Y sobre todo, estaba expectante por saber cómo sería aquello. Estudié Periodismo, aunque he trabajado de todo un poco, y aquello era algo que no tenía nada que ver con ninguno de los trabajos que había realizado con anterioridad. Desconocía si me iba a gustar o no.

Ahora, después de un año, puedo decir con total seguridad que es el trabajo en el que más feliz he sido de todos los que he tenido. Y he tenido muchísimos, y muy variados, ya os lo digo. En cada uno de ellos he aprendido y he conocido personas maravillosas con las que hoy en día sigo teniendo relación. Personas que creyeron en mí desde un primer momento y a las que estaré siempre agradecidas.

Pero lo que estoy viviendo en el Museo del Prado viene a ser un cuento, un sueño. He descubierto una vocación que no sabía que tenía, aunque podía sospecharlo. Siempre me ha encantado el trato con la gente, a la que veo alguien perdido por la calle me lanzo a preguntarle si le puedo ayudar. Le escuché a un buen compañero decir hace poco "mi único talento es ser amable". Y me sentí identificado, porque me gusta ser amable y ayudar en todo lo que pueda. Y es algo que el Prado me da la oportunidad de hacer a diario. A mí me gusta mucho Madrid y siento que trabajando en el Museo del Prado de alguna manera también estoy representando a mi ciudad, y es algo que me hace sentir orgulloso, y por ello procuro que las personas que visitan el Museo se lleven el mejor recuerdo posible. Porque los recuerdos que te llevas de los sitios importan mucho.

Alguien podría decirme "pero si no es de lo tuyo". Y qué, contestaría yo. Soy muy feliz en el Prado, he descubierto un trabajo que me apasiona, y eso me hace sentirme muy afortunado. Además, el ambiente de trabajo es una maravilla. Tengo que hacer una mención especial a todos mis compañeros, porque sin ellos esta felicidad que tengo no sería plena. He tenido la suerte de conocer a personas maravillosas, generosas y muy cariñosas. Puedo decir que, en el año entero que llevo ahí dentro, nadie nunca me ha negado su ayuda. Existe un compañerismo excepcional. Además, muchos de ellos han estudiado Historia del Arte y encima aprendes con lo que te cuentan. Y otro punto más a favor, es que son divertidos. Y es importante tener gente alrededor que te haga reír en tu día a día.

Una de las cosas que más me han gustado de este año en el Museo es todo lo que he aprendido. Antes de entrar, no tenía mucha idea de arte. Y en todo este año he aprendido lo que no he aprendido en 34 años, ha sido increíble. Y tener un trabajo en el que poder culturizarte casi cada día es algo que considero un auténtico privilegio.

Privilegio como es el de trabajar en un lugar como es el Museo del Prado, del que dijo Azaña que era más importante para España que la monarquía y la república juntas. Yo me cojo mi autobús cada día para irme a trabajar bajando toda la Castellana y soy la persona más feliz, os lo digo. Y os confesaré que eso también me ocurre los domingos y festivos que me toca trabajar. Ir a trabajar feliz cuando la mayoría está descansando o haciendo planes. Nunca me lo hubiera imaginado.

Por eso estoy tan feliz. Porque después de tanto tiempo con trabajos temporales, con esa angustia de fondo que impide disfrutar la vida de manera plena, he encontrado un trabajo estable y que además me apasiona. Qué fundamental es eso de la estabilidad para poder tener un cierto orden en la vida.

Necesitaba contar todo esto porque hoy hago un año en el Museo y siento que tengo que celebrarlo. Y una manera de celebrarlo, de muchas, es compartirlo con vosotros. Nunca sobra compartir que uno es muy feliz, supongo.

lunes, 28 de mayo de 2018

Esos ojillos traviesos


Un relato sobre una pareja joven con un hijo pequeño


Lo que les voy a contar no es nada extraordinario. Es una historia de lo más frecuente en nuestra época. Siento la decepción. Sucedió un viernes 24 de noviembre. Era un día frío en la ciudad de Madrid. En la radio anunciaban chubascos para todo el fin de semana y una caída brusca de las temperaturas. Recién salido de la ducha, elegía la ropa para ir a trabajar. La noche anterior se había quedado dormido estudiando la importante reunión de la mañana siguiente y no pudo dejársela preparada como en él era habitual. Planificando, siempre planificando, cómo no podía ser de otra manera.

Comió lo primero que encontró al abrir el armario de la cocina, ya iba justo de tiempo y no era el día más adecuado para pegarse un homenaje. Si todo iba bien, se lo podría conceder el sábado por la mañana, acompañado de su mujer y su hijo. Ella se había ido ya al periódico, tenía una rueda de prensa a primera hora y quería pasar antes por la redacción. Él llevaría esa mañana a Nico al cole. Se preparó el café. Eso sí que no podía fallarle. Se trataba de algo sagrado para él. Mejor no cruzarse en su camino las escasas mañanas en las que se daba cuenta de que se le había olvidado comprar.

Salió de casa y dejó al niño en el cole. De camino a la oficina, pensó que no se había despedido lo suficientemente cariñoso. Tiene cuatro añitos, se dijo. La maldita reunión, pensó. Continuó conduciendo mientras abandonaba el barrio de Hortaleza, en el que llevaban viviendo cinco años, el tiempo en el que las cosas, por fin, habían empezado a ir bien. Logró ese puesto de consultor que tanto le costó conseguir. Con la posición estable de Vero en el periódico, decidieron dar el paso de tener a Nico y comprar la casa en ese barrio madrileño.

Durante aquellos años todo había ido sobre ruedas. Era valorado en la empresa y tenía un futuro prometedor. Pero a veces le venía a la mente la queja, "el maldito trabajo". Solía ser en momentos de mucho estrés, de reuniones con clientes, de proyectos que se complicaban. Notaba que le afectaba a nivel personal y no le gustaba nada. Se preguntaba si merecía la pena, si acaso no era un sacrificio inútil, si no habría otras formas de vivir más relajadas y otra felicidad posible. La respuesta siempre acababa siendo la misma: el dinero, necesitas el dinero.

Aquella mañana llegó algo más tarde de lo habitual. Saludó a sus compañeros. Se fijó en que no estaba David. Era extraño, pero no le dio más importancia. Cuando preparó lo que tenía que preparar, Carlos se fue a por el segundo café. En ocasiones llegaba a tres, pero intentaba evitarlo. Se asustaba con el temblor de manos. Quedaba poco tiempo para la reunión y David seguía sin estar. Lo necesitaba, aunque si no llegaba intentaría defender él solo la totalidad del proyecto ante el nuevo cliente. Se puso nervioso.

A la hora indicada, acudió a recepción. Allí, puntual, estaba Elena Ceballos, la representante de la empresa interesada en contratar sus servicios. Se estrecharon la mano y caminaron hacia la sala de reuniones. Le gustaba cuando el cliente al menos de entrada era amable y cordial, le parecía una manera agradable de comenzar cualquier cosa en la vida. Le preguntó si había llegado bien y hablaron del atasco de aquella mañana, uno más, en el nudo de Manoteras.

Entró su jefe por la puerta de la sala. Le comunicó que David no acudiría, sin ofrecer más detalle. Mientras ellos se saludaban, Carlos intentaba encajar la información. Le tocaba explicar absolutamente todo el proyecto a él y aunque habían trabajado juntos en aquella presentación, no conocía a fondo la parte que le tocaba exponer a David. Había aprendido a entrenar su mente para poner el foco en salir adelante de las situaciones complicadas. No únicamente en el terreno profesional. Al final, o te obligas a ti mismo, o ahí te quedas y te pasan por encima, se decía. Aún así, no le había pasado eso nunca en el tiempo que llevaba en la empresa. No se podía creer que no se lo hubieran comunicado. Esperaba al menos un capote del jefe si la situación se torcía.

Nada de eso ocurrió. Cuando iba por la mitad de la exposición, todo empezó a irse al traste. Ceballos comenzó a realizarle preguntas completamente lógicas y previsibles acerca de los costes y la logística de lo que pretendían hacer. Era la parte de David y se quedó totalmente en blanco. Respondió con unas vaguedades impropias de la empresa a la que pertenecía. Ella torció el gesto y lanzó una mirada hacia Alfredo, el jefe. Continuó como pudo, pero empezó a sudar, de repente le faltaba aire y, en un momento dado, tuvo que pedir permiso para salir. Se acercó a una ventana y cogió todo el aire que pudo. Se encontraba mejor.

Al volver a la sala, no había nadie. Fue a recepción y tampoco estaban allí. Bajó al parking y allí a lo lejos les vio hablando. Ella hablaba de manera enérgica y el jefe no hacía más que disculparse. No le gustó lo que observó. Se echó a temblar. Decidió subir antes de que Alfredo regresase al hall para evitar una incomodísima subida en el ascensor.

Se fue a su puesto a no saber qué hacer, pero al menos no estaría dando vueltas sin sentido. De repente, escuchó su nombre. Alfredo le llamaba para que le acompañase al despacho. Quiso llorar. Le siguió hasta que estuvieron dentro. Cerró la puerta y se sentó. Se le quedó mirando y golpeó la mesa. Le preguntó que cómo era posible lo que acababa de suceder, que sentía vergüenza, que era intolerable. Le anunció que estaba despedido. Que la decisión la había tomado la semana pasada y se la había comunicado a David la tarde anterior, el cual se había negado a realizar la presentación en protesta para intentar forzar un cambio de decisión en Alfredo. Pero era irrevocable. Y la catástrofe de la reunión lo confirmaba. "Has perdido reflejos, Carlos" le dijo con una voz gélida. Le concedió media hora para recoger sus cosas.

Se le cayó el alma a los pies. No entendía como en un día todo podía haber cambiado de aquella manera. En ningún momento notó que hubiese bajado la guardia, pero en la empresa así lo habían percibido. Y contárselo a Vero al llegar. Se le caían las lágrimas según arrancaba el coche. No podía ser, se repetía. No ahora, que todo iba bien. No tenía ganas de nada, ni de conducir. Se asustó y tuvo mucho vértigo de la vida.

Llegó a casa y se quedó tumbado en la cama mirando el techo durante horas hasta que llegaron Vero y Nico. Al entrar en el cuarto, ella se fijó en el maletín en el escritorio y en las hojas por los suelos. Le miró a los ojos, se acercó y le abrazó, como había hecho siempre en los momentos difíciles. Mientras se abrazaban en mitad de la habitación, Nico se asomó por la puerta con esos ojillos traviesos que tenía y al mirarle, Carlos, por un instante, tuvo algo de esperanza en el futuro.

lunes, 12 de marzo de 2018

Buscando trabajo, una vez más

Una pintada que define a toda la generación de la precariedad
Una pintada que vi en París y que se me quedó grabada


Los que me seguís sabéis que me gusta compartir. Lo bueno, y lo no tan bueno. Y hoy, lamentablemente, toca hacerlo de lo segundo. Hace una semana me quedé sin trabajo. Han sido ocho meses en una agencia de comunicación trabajando como community manager en los que he aprendido más que en todos mis trabajos anteriores con redes sociales. Una experiencia más que satisfactoria y que me ayudará bastante en el futuro más inmediato, estoy convencido.

Como no conviene hablar de algo en caliente, he dejado reposar una semana la noticia para irlo asimilando. Ahora puedo escribir con más frialdad sobre todo ello. Eso sí, no sé ni por dónde empezar. Podría empezar hablando de la idea de la incertidumbre, que es una de mis obsesiones y supongo que la de más de uno de mi generación. Es aprender a vivir en lo inesperado. Procurar no tener miedo a lo que pueda pasar. Mis padres son funcionarios y siempre he tenido todo lo básico garantizado. Nunca he sido un niño mimado, pero he tenido una inmensa suerte. Habiendo vivido siempre en cierta comodidad, cuesta mucho más adaptarse a la situación que atraviesan muchos jóvenes en nuestro país. La inseguridad que te impide planificar y dar pasos. Pero gestionar la incertidumbre puede acabar resultando algo positivo, os lo digo, aunque resulte complicado.

Las sensaciones que tengo desde hace días son de todo tipo. La mayoría del tiempo estoy animado, contento y con seguridad de encontrar algo más o menos pronto. También existen momentos en los que cunde el desánimo y la inquietud se hace un poco más grande de lo que debería. Supongo que es normal que en una situación así uno no pueda ser siempre fuerte. También es verdad que en anteriores ocasiones, he tardado poco en encontrar algo nuevo y que no tengo motivos para pensar que esta vez no será distinto de las otras. Soy un superviviente, lo tengo claro, y no me hundo fácilmente.

En una situación como esta, también descubres los detalles de personas a las que conoces de hace poco tiempo o que ni siquiera conoces físicamente y que rápidamente te ofrecen toda tu generosidad en forma de "mándame tu cv, lo voy a compartir con personas que conozco". O en forma de "he visto una oferta y he mandado tu cv" sin que tú se lo hayas pedido. Te quedas sin palabras porque piensas que son personas que no tendrían por qué hacerlo, pero lo hacen. Y es maravilloso que exista gente así.

No sé si a vosotros os habrá pasado, pero tengo la sensación, en momentos puntuales, de estar fallando a las personas que me quieren. Te preguntas si no estarás estando a la altura de tu familia, de tu novia, de tus amigos. Incluso te da como vergüenza contar que te has quedado sin trabajo porque a lo mejor tus amigos tienen un trabajo más o menos estable y tú eres el único que está siempre entrando y saliendo del mercado laboral y no quieres aburrirles con tus problemas. Y no es que lo percibas en sus caras, al contrario. Porque te quieren, te apoyan y confían en ti. Pero a ti se te mete eso dentro de la cabeza y es difícil de espantar ese pensamiento, os lo aseguro.

También quería hablar de esas cosas que creo que le deben pasar cualquiera que se queda sin trabajo. Se acabaron los caprichos temporalmente. Aunque no te concedieses muchos cuando trabajabas, ahora no te concedes ninguno. Miras más las facturas que de costumbre. Te alegras cuando la consigues bajar de un mes para otro porque has estado más pendiente que nunca de apagar luces innecesarias y de otros aspectos que en otras circunstancias no lo estás. Te entra remordimiento si te asalta la más mínima sensación de estar perdiendo el tiempo. Ahora mismo me está ocurriendo al escribir esto. Ya he buscado ofertas hoy, y luego seguiré. Pero todo lo que no sea hacer eso te hace sospechar de ti mismo y de si estarás realizando todos los esfuerzos necesarios.

Te asusta no encontrar nada a corto plazo, pero también te preocupa encontrar algo digno. Porque las condiciones laborales que se ofrecen hoy día en España no es que sean para presumir. Supongo que depende mucho del sector, aunque en general abunda la precariedad. Pero si dices que no, te quedas fuera. Es una situación del demonio. Es una pena que el término mileurista, que Carolina Alguacil popularizó en esta carta, hoy se haya convertido en sinónimo de sueldo mínimamente decente. Ha pasado de ser considerado algo negativo a ser percibido por muchos, y me incluyo, como lo mínimo a exigir en una entrevista de trabajo. Nos mostramos satisfechos cuando nos garantizan ese umbral.

Piensas en opciones a tener en cuenta: unas oposiciones requieren tiempo, especializarte pero no sabes en qué, la vida de freelance no es una forma tranquila de vivir, no si no dispones de unos clientes que te garanticen un mínimo de ingresos al mes, y el arriesgarlo todo a escribir una novela y que funcione no es ni puede ser nunca jamás una opción si antes no tienes una base de ingresos que te permita vivir de manera relativamente cómoda.

Así que en esas estamos. También quiero decir una cosa. El trabajo tiene una importancia fundamental, pero no lo es todo, por vital que sea. Este año me caso, y no puedo permitirme que el estar sin trabajo me amargue un día tan bonito y toda su preparación. Además, el bodorrio es en octubre y a esas alturas estoy trabajando seguro. Hay vida más allá del trabajo, aunque a veces nos cueste verlo. Muchas gracias a todos por leer.