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jueves, 25 de mayo de 2017

Aquel tipo triste de Lanzarote

En el Puerto del Carmen de Lanzarote viví una noche inolvidable
El Bodhran, el antro en el que todos nos volvimos locos con Johny Crowley


Hace unos años me fui a Lanzarote para estar muy triste. La cosa es que lo había dejado con mi novia después de varios años de mucha felicidad y no veía la salida por ningún lado. Así que decidí que eso me sabía a poco, que quería hundirme un poco más. Reflexioné durante días sobre cuál era la mejor manera para lograrlo. Tenía la posibilidad de irme todas las tardes enteras durante una semana al estanque del Retiro y cogerme una barca como solíamos hacer, pero lo descarté por mi absoluta torpeza para coger una yo solo. A la desolación no es necesario añadirle el ridículo. También barajé ponerme en bucle el mejor disco de pop español de los 90, Nubes y claros, de Tam Tam Go! que tantos domingos por la mañana habíamos escuchado juntos. Pero no. Para qué hacerlo fácil. Qué va. Soy por naturaleza complicado y ya sé que nunca le podré poner remedio.

Así que me fui a Lanzarote. Allí nos fuimos en nuestro primer viaje y siempre que volvíamos éramos más felices que en cualquier otro rincón del puto planeta. Pensé que era lo que necesitaba. En serio. Siempre me ha funcionado lo siguiente. Cuando estoy deprimido de verdad por algo, necesito hundirme en la mierda más absoluta. Es cuando toco fondo cuando siento que ya no hay posibilidad de caer más bajo. Al sentir eso, comienza el resurgimiento, por tópico que suene. Ya me he pateado todo el barrio de la tristeza, con sus tiendas de lágrimas y rincones de la impotencia. Me lo he recorrido entero. No hay más que rascar ahí. Así que, harto, decido salir ipso facto de ese lugar. Es como esas personas que comienzan a morderse las uñas hasta que se dan cuenta de que se las han destrozado y que ya no hay donde morder. No sé si el ejemplo es bueno, pero espero que me hayáis entendido. A mí me funciona. Igual piensas que estoy loco o que es una forma peculiar de combatir la tristeza. Cada uno tiene sus mecanismos y ese es el mío. Sin más.

Me compré unos billetes y me fui para allá. Cualquiera pensaría que a un lugar así se ha de viajar con alegría, pero yo os digo que no. Que estaba bien jodido. Que hay tantos viajes como viajeros y todas las emociones que les acompañan. Y aunque las otras veces me había metido en el avión con una ilusión de la hostia, en este caso las circunstancias habían cambiado por completo. Pero eso sí. Tenía muy claro que debía hacer ese viaje si quería volver a estar bien.

Durante el vuelo, activé el modo avión y el modo melancólico. Recordaba los diferentes sitios de la isla que habíamos visitado en nuestras escapadas. Los más turísticos oficialmente y los recomendados por la gente en webs como Trip Advisor. Intentaba planificarme para ver cuáles tenía tiempo de visitar. Deseaba volver a los Jameos del Agua aunque ya supiese el secreto de la cueva (tranquilos, no voy a hacer spoilers). Me moría de ganas de ir a aquel restaurante que tanto nos gustaba de Yaiza, con sus croquetas y su carne fiesta. Aunque cada vez que iba a Lanzarote, lo que más me fascinaba era su paisaje. Soy muy pesado porque siempre le digo a todo el mundo la misma frasecita: "es que es distinto a todo". Pero me da igual repetirme y ser un pelma. Es una verdad como una catedral de grande y todo lo que veas en Lanzarote, con su tierra volcánica, no se parece a nada de lo que hayas visto. Lo digo muy en serio.

Subiendo al Timanfaya en Lanzarote este es el paisaje


Al llegar allí, para variar, alquilé un coche de Medina Cabrera y emprendí rumbo a Puerto del Carmen, donde habíamos estado las anteriores veces. Es una zona muy agradable. La recomiendo mucho. Tiene todo lo que, al menos a mí, me parece necesario en un lugar de estas características. Un paseo marítimo, con su mar, sus playas, sus tiendas, sus bares, claro que sí, y sus guiris. Porque tienes que saber que si vas ahí tú eres el extranjero prácticamente. Me recuerda a Benidorm en cierta manera, aunque es más bestia.

Como soy de costumbres, y de lo que se trataba era de hundirme lo más posible, me alojé en los mismos apartamentos en los que habíamos estado la última vez. Tenían el nombre de Lanzaplaya, y cada vez que veía el nombre escrito en la entrada pensaba que se habían roto la cabeza los cabrones. No sé cómo no sufrieron un colapso mental a la hora de decidir el nombre. Vaya panda.

Fui a recepción. El recepcionista se tomó su tiempo a la hora de darme las llaves de la habitación y revisar que todo estuviera bien. Por fin pude entrar y tumbarme un rato a descansar. Después de dormir un rato, cogí la ropa que me quería poner y me di una ducha para espabilarme un poco, que falta me iba a hacer para enfrentarme a todos los recuerdos, que estaban ya acechando a la salida de la puerta los malditos.

Bajé por la calle principal y me fijé en un local en el que no había puesto mi atención antes. Era minúsculo, con un aforo ridículo de ocho personas a lo sumo. Continué hasta llegar al Paseo de César Manrique, que era el nombre real que recibía el paseo marítimo. Siempre he pensado que es un gran error ponerle el nombre de alguien importante al paseo marítimo porque nadie nunca lo llamará por su nombre real. En Lanzarote, por cierto, todo es César Manrique. Podría decirse que Dios creó la Tierra y Lanzarote se lo dejó a César Manrique. Si vais, sabréis a lo que me refiero.

Una vez en el paseo marítimo (¿lo veis?) tenía claro donde ir. Tras andar un rato disfrutando del sol en la cara y del azul del mar, me fui a un mirador al que solíamos ir. Y no. No os voy a contar que allí nos declaramos amor eterno y chorradas por el estilo. Simplemente íbamos a ese rincón y éramos felices el uno con el otro. No nos hacía falta empezar a soltar tonterías por la boca.

Cuando estaba allí, apoyado en la barandilla, fijé mi atención en un tipo que estaba sentado en un banco. Parecía que estaba mirándome. Seguí a lo mío, que era intentar ponerme lo más triste posible. Volví a girarme y ahí continuaba el hombre, con la mirada, y más cosas sospechaba, perdida en algún punto indefinido del océano. Parecía una persona sencilla, con unas deportivas blancas, unos vaqueros muy gastados, y una camiseta azul sin ningún dibujo. Me habló. No tuve forma humana de librarme.

- ¿Qué has hecho? -me preguntó así de sopetón el colega.
- ¿Cómo? -respondí flipando un poco.
- Sí, que qué has hecho, tío. Me paso aquí los días viendo a todo tipo de gente. Y sé reconocer a los que la han liado. Tú la has liado. Estoy seguro.
- Bueno, no acabo de entenderte. Así que te pregunto: ¿En qué crees tú que la he liado?
- A ti te ha dejado la novia, chaval. A que sí.
- Sí. Pero no es algo de lo que me apetezca hablar. Y mucho menos contigo. - Tenía que largarme de ahí, joder.
- Tranquilo. Supongo que la echarás de menos. Yo vivo así. Quiero decir que vivo echando de menos. Desde hace doce años y cuatro meses. Te acostumbras y acabas haciendo tu vida. No es grave.
- Muy bien. Tomo nota. - Se quería poner a contarme su vida el menda. Y una mierda.
- Oye mira, no soy estúpido ni mucho menos. Estás a punto de salir huyendo. Solamente déjame decirte una cosa: esta noche vente al Bodhran. A las nueve. Toca Johny Crowley. - Y quién coño es Johny Corlwey, pensé mientras le veía marcharse de allí. Qué rabia me da cuando intento ser borde y la otra persona me acaba dando un corte sin oportunidad de replicar. Me sentí obligado a ir. 

Me fui con el coche a pasar la tarde a playa Papagayo, donde también habíamos vivido algunos momentos bonitos juntos. Hablo de momentos en los que nos reíamos sin motivo alguno y hacíamos listas de las cosas más tontas que os podáis imaginar. Lo digo porque parece que cuando uno habla de momentos bonitos junto a su pareja todo lo que no alcance la categoría de apoteósico parece una basura. Y yo tengo una cruzada contra esa forma de ver el amor. No sé si alguien más quiere acompañarme en esta guerra, pero serían bien recibidos a mi ejército.

Tras pasar por el apartamento para descansar algo y darme una ducha, llegué, puntual, a mi cita. Una vez ahí, lo primero que pensé, y perdonadme por ser tan malhablado, fue: "Hostia puta". Pensamiento muy de intelectual, diréis, fijo. Pero es que el desconocido me había citado en el habitáculo ese del que os he hablado antes, el del aforo enorme, ya sabéis. A punto estuve de darme la vuelta. No se me había perdido nada en ese sitio. Cuando quise darme la vuelta, le vi. Y ya no hubo marcha atrás posible. Sonrió al verme. De hecho, fue mucho más efusivo de lo que me esperaba después de haber sido tan asquerosamente borde con él.

Me invitó a sentarme en la barra. Era un cuchitril de los buenos, os lo aseguro. Nos pusimos a beber a lo tonto, quizá la mejor forma de beber que existe. Estoy seguro de que de beber a lo tonto han salido grandes historias. Estuvimos hablando de la vida, de lo jodido que es sufrir y de cómo te puedes acostumbrar a ello sin que ya te duela. Yo no me atrevía a preguntarle. Él tenía una herida, ya me lo había dicho, y era suficiente. También él conocía el boquete que a mí me habían provocado. Así que hablamos de cine. Mejor dicho, hablaba él. Era un auténtico enfermo. ¿Sabéis ese tipo de personas que se saben todos los datos de cada película? Algo así como el Bachi de la película Primos. Yo soy un ignorante del cine así que le dejaba hablar que es la mejor forma de aprender que tenemos las personas, dejar hablar a los que verdaderamente saben de algo y ese algo les provoca un brillo en los ojos. Si no le brillan los ojos al hablar de ello, es que no sabe tanto y por lo tanto, no hay que dejarle hablar más de la cuenta. De repente, todo el mundo se puso muy nervioso. Cuando digo todo el mundo hablo de las cinco personas que estábamos ahí dentro, claro. Una verdadera locura. Tres más y aforo completo, ojito ahí. Yo no entendía el motivo de tal exaltación repentina. En realidad, empezaba a no entender absolutamente nada de lo que estaba haciendo ahí, si os soy sincero.

Me quedé estupefacto cuando vi que las personas a mi alrededor se arrodillaban como si estuviese a punto de entrar un dios del espacio a saludarnos a todos. Y bueno, más tarde descubrí que algo así era. Al menos, para aquella gente y en aquellas circunstancias. Es que muchas veces menospreciamos algo sin pararnos a valorar las circunstancias. Y las circunstancias lo son todo en esta vida, hacedme caso aunque sea solo una vez. Y en lo de formar parte de mi ejército contra el romanticismo idiota que nos invade.

Entró un señor mayor por la puerta. Ya éramos seis. Aquello prometía. Debía estar en sus setenta, y no se mantenía mal del todo, a decir la verdad. Caí en la cuenta de que llevaba una guitarra eléctrica. <<Ahí lo tienes, Johny Crowley, prepárate>>, me soltó orgulloso mi amigo del que seguía sin saber su nombre, algo que tampoco me importaba demasiado, sinceramente. La expectación, para mi asombro, fue creciendo. Crowley se subió al escenario, si es que se le podía dar esa categoría en un recinto tan cochambroso como era aquel. Era el irlandés más cutre en el que había estado en mi vida. Y creedme, he estado en muchos. Siempre los busco, porque en un irlandés es más probable ser feliz que fuera de él. Es verdad de la buena.

Apagaron la tele y las luces. Se permitían el lujo de una iluminación tenue sobre el "escenario". Johny Crowley saludó a sus fans y me incluyó a mí, que estaba muy lejos de serlo. Empezó a cantar canciones conocidas por todos en todo el mundo. Los clásicos, ya os imagináis. Empezó fuerte con el Sweet Caroline, que yo hubiera colocado más de colofón, de auténtico broche de oro de la noche. Pero era otra forma, igual de válida, de incendiar los ánimos de los presentes. No iba a ser yo, John Smith en aquella tribu, el que le dijese al jefazo indio cómo tenía que distribuir sus temas. Yo me suelo venir muy arriba con los grandes clásicos, además, y me da igual el orden en el que los pongan. Me lo estaba pasando realmente bien. Ahí estaba, yo solo en aquel antro perdido, por la invitación de un desconocido, rodeado de tarados. No sabía quién coño era Johny Crowley pero me desgañitaba haciéndole los coros. La felicidad era eso, maldita sea.

Estaba dejándome la garganta cuando entró una mujer por la puerta. Tenía la pinta de querer unirse a esa panda de locos. Tendría alrededor de cuarenta y muchos años, llevaba un vestido negro ajustado y estaba un poco achispada. La recordé. Era la relaciones del local, que se pasaba el día dando vueltas por el paseo y yendo de un lado para otro sin un rumbo del todo claro. Era bastante llamativa, aunque no fuese mi tipo. De forma bastante descarada me echó un vistazo de arriba abajo, lo cual tampoco me disgustó, todo sea dicho. Observé cómo se acercaba al bueno de Johny Crowley a susurrarle vete tú a saber qué al oído. Recuerdo que pensé que nada bueno podía salir de ahí. Y resultó a medias. Digo esto porque le pidió una canción de Bruce Springsteen que me gusta mucho, I´m On Fire, pero por otro lado, como ya imaginaréis con el título, estaba temblando de miedo por lo que venía. No me equivocaba. Quería bailársela conmigo. Qué tía. Se me acercó con una seguridad pasmosa en sí misma y me iba poniendo caras que no podría ni tampoco querríais que os definiese. Me repetía una y otra vez que se llamaba Sarah con H. Le daba mucha importancia a ese puto detalle que a mí me daba completamente igual.

Mi amigo el desconocido me echó un capote y se quedó con ella un rato. Mientras, yo escuchaba embelesado a la gran estrella de la noche. Cantaba bien el tío, había que reconocerlo. Y para aquel conjunto de parroquianos del lugar, se podía entender que fuese una especie de dios que les alegraba la vida una noche a la semana. Es lo que os decía antes de las circunstancias. Intentar entender determinadas situaciones bajo el prisma de otros. Hay que intentarlo más a menudo. Se descubren cosas que no creeríais. 

Estaba sumido en mis reflexiones cuando algo dentro de mí comenzó a temblar. No era porque sí. Es que Crowley había empezado a tocar nuestra canción, Hotel California. Era la primera vez que la escuchaba desde que ya no estábamos juntos. Era la desolación absoluta. Era nuestro primer beso. Era una copa de vino una noche cualquiera. Era ella. Era yo. Éramos nosotros. En definitiva, era una puta mierda. Hay canciones en las que entras a vivir con una persona, y cuando la otra persona ya no está esa casa que era de los dos te parece la casa más triste del planeta. Eso era para mí esa noche Hotel California. La música me había elevado hasta ese momento de la noche y ahora estaba hundiéndome en la miseria más grande. Seguramente, era el más triste del bar y de todo Lanzarote. "Fucking Johny", pensé. Y lo pensé en inglés, por si acaso captaba mi pensamiento por telepatía, para que lo entendiese muy bien.

Decidí largarme porque me había puesto a llorar y nunca me ha gustado dar la nota. Mi amigo salió a buscarme. Trató de convencerme para que me quedase. En vano. Ya había tenido bastante por esa noche. Había conocido gente, había hecho un amigo por si un día volvía por allí, había bebido cervezas, me había venido arriba, había cantado con Johny Crowley, había casi ligado y a mí me gustaban mucho las historias de casi ligar, y finalmente, como mandan los cánones, me había entrado la bajona y había llorado. Es lo que se le puede pedir a la noche perfecta, ¿no?

Me fui un rato a la playa a pensar en ella. Ya estaba enfangado total en la tristeza. Solo un pelín más y ya no tendría más remedio que subir a la superficie por pura supervivencia. Hacía buena noche y se veía perfectamente el reflejo de la luna en el mar. Siempre le decía a ella que aquel sendero me parecía que marcaba el camino de la felicidad, y que todo lo demás estaba oscuro porque en el mundo hay más infelicidad que felicidad. Que por eso aquel sendero era tan fino. Porque era muy fácil salirse de él y volver a entrar en la zona oscura. Cuando empezaba con estas metáforas tan cursis, ella siempre me decía que dejase de decir tonterías, que había bebido mucho y que nos fuésemos a dormir la mona lo antes posible, que falta me hacía. 

A la mañana siguiente, antes de ir al coche para dirigirme al aeropuerto, quise pasarme por el bar. A veces lo hago. Me gusta ver el contraste entre los mismos lugares a diferentes horas del día. Hacía unas horas entre aquellas cuatro paredes un conjunto de chiflados lo habíamos dado todo, dirigidos por nuestro líder supremo Johny Crowley. Y ahora parecía como si nada hubiera ocurrido. Eso me produce cierta tristeza, como los lugares de veraneo cuando se van los veraneantes. Joder, aquí han pasado cosas, y cosas grandes hace nada. Y después parece como si viniesen unos señores a llevarse todas las vivencias a algún lado. Qué rabia.

Ya en el avión, antes de quedarme roque, iba pensando en lo vivido. Aunque me había quedado sin saber qué es lo que le había ocurrido hacía doce años y cuatro meses, ese hombre me había dado una lección. Si lo hizo con voluntad o no nunca lo sabré. Pero me enseñó que aunque te pase algo muy triste, la vida sigue. Suena muy lógico, pero no por eso quiere decir que sea fácil. Recibimos muchas decepciones y malas noticias con las que no contábamos. Forman parte de la vida. No vale de nada deleitarse en la tristeza. Se trata de incorporarla a lo que uno vive. A él le había pasado algo muy triste, según decía, y ahí estaba, disfrutando, pasándoselo bien. Seguramente se acordaba de lo que le había pasado a menudo pero no hacía girar su vida alrededor de aquel hecho. Sabía que había mucho más y no quería negarse la oportunidad de ser feliz. "La felicidad regalada es cómoda, pero tiene más mérito la que uno conquista". La frasecita no es mía, no os flipéis. Me la dijo aquel tipo triste de Lanzarote.

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martes, 14 de febrero de 2017

Escritores locos de amor

Amor en el Día de San Valentín
Imagen de Pinterest


Hoy celebramos San Valentín y este blog no quería quedarse al margen de una fiesta en la que se celebra un sentimiento que, con frecuencia, transforma nuestras vidas. El amor puede ser desbordante. Desolador. Entusiasmado. Engañoso. Trágico. Arrebatador. Cegador. Incluso divertido. El amor es el sentimiento más bonito que podemos sentir. Todos estamos capacitados para sentirlo. Nadie puede permanecer inmune a la pasión. Hablamos del amor de pareja, del que uno comienza a sentir por alguien hasta sentirle como imprescindible. Pero hay mil formas de sentirlo. Puede ser duradero, pero también puede ser un amor fugaz, de un trayecto de metro, de una conversación de una noche en un bar, de una sonrisa cruzando una calle. ¿Por qué no regalarle una rosa al desconocido o desconocida de la biblioteca? El amor nunca debe ser menospreciado. Por nada ni por nadie. Cualquier historia de amor es válida porque no hay en ella obligación de seguir los senderos de la lógica. Disfrutémoslo de la mejor forma que se nos ocurra, tengamos o no tengamos pareja.

Los grandes escritores han vivido el amor por todo lo alto. Y supieron reflejarlo muy bien. Algunos perdieron la cabeza. Tuvieron sus musas y a ellas dedicaron sus historias. Hundidos a veces en el dolor más visceral y extasiados de felicidad, otras. Hoy he querido darles voz a ellos y  a cómo expresaron el amor. Lo que sintieron en diferentes momentos. Son fragmentos de novelas, de cartas, de autobiografías, en los que sus sentimientos más ocultos quedan al desnudo. Espero que los disfrutéis y os emocionéis aunque sea un poco leyendo algunos de estos textos. Y si queréis compartir en los comentarios algunos que os gusten a vosotros y que no figuren aquí, estaré encantado. Son muchos los escritores y escritoras e innumerables sus grandes pasiones. Aquí va mi selección. Y que no se me olvide, Feliz San Valentín a todos y a todas.

- El enamoramiento de Honoré de Balzac:

La condesa polaca Eveline Hanska fue el gran amor del escritor Honoré de Balzac. Mantuvieron una relación por correspondencia, estando ella casada, desde 1832 hasta 1850. Su marido falleció en 1841 pero no fue hasta 1850 cuando finalmente se casó con Balzac, que murió tan sólo cinco meses después de haber visto hacerse realidad su tan ansiado sueño. Esto le decía el escritor francés a su amada:

"Estoy prácticamente loco por ti, tanto como uno puede estar loco: no puedo unir dos ideas sin que tú te interpongas entre ellas. No puedo pensar en nada más que en ti. Me siento tonto y feliz tan pronto pienso en ti".

- La angustia tras una pelea, por Rimbaud:

Los poetas malditos Arthur Rimbaud y Paul Verlaine mantuvieron una relación muy pasional durante unos años, con muchas idas y venidas. En uno de esos momentos en los que parecían alejarse definitivamente tras una pelea, el joven Rimbaud le dedicaba estas palabras a su amado, el cual había abandonado a su mujer y a su hijo por él.

"Vuelve, vuelve, querido amigo, único amigo, vuelve. Te juro que seré bueno. Si me he mostrado desagradable contigo, fue tan sólo una broma; me cegué, y me arrepiento de ello más de lo que puedes imaginar. Vuelve, todo estará totalmente olvidado. ¡Que desgracia que hayas tomado en serio esta broma! No paro de llorar desde hace dos días. Vuelve. Sé valiente, querido amigo. Nada está perdido todavía. (…) No me olvidarás ¿verdad? No, tú no puedes olvidarme. Yo te tengo aquí siempre. Di, contesta a tu amigo ¿acaso no volveremos a vivir juntos los dos? Sé valiente, contéstame pronto. No puedo quedarme aquí por más tiempo. Oye sólo lo que te dicte tu buen corazón. Dime pronto si tengo que reunirme contigo. A ti, para toda la vida. Rimbaud."

- Amor empedernido, según John Keats: 

El poeta británico John Keats murió de tuberculosis a la edad de 25 años. Pero tuvo suficiente tiempo para enamorarse perdidamente de Fanny Brawne, a la que amó con locura hasta su muerte. Ella quedó devastada por su pérdida y aunque se casó y tuvo tres hijos, siempre llevó el anillo que él le había regalado. Aquí una carta preciosa de Keats a su amada Fanny.

"Tengo que escribirte una o dos líneas y ver si eso me ayuda a alejarte de mi espíritu aunque sea por unos instantes, no puedo existir sin ti. Todo lo olvido salvo la idea de volver a verte. Mi vida parece detenerse ahí: más allá no veo nada. Me has absorbido.

En este mismo momento tengo la sensación de estar disolviéndome...Si no tuviera la esperanza de verte pronto me sentiría en el colmo de la desdicha. Tendría miedo de separarme, de estar demasiado lejos de ti. Mi dulce Fanny, ¿no cambiará nunca tu corazón?, Amor mío, ¿no cambiarás? Alguna vez me asombró que los hombres pudieran ir al martirio por su religión. Temblaba de pensarlo. Ahora ya no tiemblo; podría ir al martirio por mi religión- El amor es mi religión-, y podría morir por él....

Me has cautivado con un poder que soy incapaz de resistir; y sin embargo lo era hasta que te vi; y desde que te he visto me he esforzado a menudo en razonar contra las razones de mi amor. Ya no puedo hacerlo, el dolor sería demasiado grande. Mi amor es egoísta. No puedo respirar sin ti....
Tu afectuoso
JK"

- La forma correcta de amar, según el romántico Victor Hugo:

En sus cartas a su adorada Juliette Drouet, el autor de Los Miserables explicaba de la siguiente manera su amor, así como la mejor forma para expresarlo.

"Te amo, mi pobre angelito, bien lo sabes, y sin embargo quieres que te lo escriba. Tienes razón. Hay que amarse y luego hay que decírselo, y luego hay que escribírselo, y luego hay que besarse en los labios, en los ojos, en todas partes. Tú eres mi adorada Juliette.

Cuando estoy triste pienso en ti, como en invierno se piensa en el sol, y cuando estoy alegre pienso en ti, como a pleno sol se piensa en la sombra. Bien puedes ver, Juliette que te quiero con toda mi alma. Tienes el aire juvenil de un niño, y el aire sabio de una madre, y así yo os envuelvo con todos estos amores a un tiempo.

Besadme, bella Juju!"

- El amor de leyenda entre Frida y Diego:

Sin duda, la pintora Frida Kahlo y Diego Rivera protagonizaron una de las pasiones más bonitas de la historia. Cualquiera puede emocionarse con el amor y admiración que se profesaban mutuamente. Tuvieron muchas crisis, muchas infidelidades, primero de él, y luego ya mutuas. Pero se amaron como pocos seres humanos se han amado en la Historia. Comparto aquí en esta ocasión sentimientos de los dos.

Frida: "Te quiero más que a mi propia piel, y que aunque tú no me quieres de igual manera, de todos modos algo me quieres, ¿no? O si no es cierto, siempre me quedará la esperanza de que sea así, y con eso me conformo… Quiéreme tantito. Te adoro."

Diego, cuando Frida murió: "Yo me he dado cuenta de que lo más maravilloso que me ha pasado en mi vida ha sido mi amor por Frida".

Frida Kahlo y Diego Rivera, un amor de leyenda
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- Cuando dudas sabiéndolo todo, por Pablo Neruda:

No podía faltar si se habla de amor y escritores el autor de la poesía más triste y realista que nadie ha escrito jamás. Sí, hablamos del chileno Pablo Neruda, que a pesar de amar a muchas mujeres, tuvo un gran amor llamado Matilde Urrutia. 

"Hay algo más importante que tu y que yo, somos tu y yo. Juntos somos lo que la pobre gente no alcanza jamás, el cielo en la tierra. Te aprieto a mi corazón, amor mío, con cuerpo, alma y amor..".

Y esta otra frase, corta, pero que me parece que describe muy bien una sensación que todos hemos tenido en algún momento u otro de nuestras vidas, dudas pero lo sabes:

"No sé si te quiero, pero te quiero"

- Acabas de conocer a alguien y ya sabes que te cambiará la vida, por Carlos Barral:

El poeta y editor Carlos Barral conoció a Yvonne. Nacía entonces una historia de amor que quedaría profundamente ligada al pueblo de Calafell, en Tarragona. En esa localidad marítima se casaron un 4 de octubre de 1954. Esta reflexión hacía Barral en su libro de memorias Años de penitencia

"El encuentro con Yvonne había movido mi centro de gravedad, modificando mi posición de equilibrio con respecto al mundo que me rodeaba o, mejor, había como desplazado la idea que me venía haciendo de mí mismo. Desde el principio, desde los primeros e inocentes paseos, caí en la cuenta de que aquella relación, si conseguía hacerla prosperar, estaba destinada a determinar el proyecto definitivo de mi vida, a sosegar las ensoñaciones aventurescas de la última adolescencia y a enraizarme. Porque mi amor era espléndido, cegador, y era, en efecto, una experiencia definitiva".

- La tentación de negar el amor, por Hemingway:

En su maravillosa novela Por quien doblan las campanas, Ernest Hemingway cuenta una muy bella historia de amor. El protagonista de la novela es Robert Jordan, un americano que lucha en el bando republicano y que se enamora de María, una joven que le hará recuperar la ilusión por la vida.

"No te engañes a ti mismo y trates de negarlo todo y de estropearlo todo. Estabas perdido desde el momento en que viste a María. En cuanto ella abrió la boca y te habló, quedaste flechado, y lo sabes. Y ya que te ha llegado lo que nunca creíste que te podría llegar, porque no creías que existiera, no hay motivos para que trates de negarlo, ya que sabes que es una cosa real [...] ¿Por qué mentir? Te sentiste extraño interiormente cada vez que la mirabas y cada vez que ella te miraba a ti." 

- La nostalgia tras echarlo todo a perder, por Scott Fitzgerald y Zelda.

Otra gran pareja de esas en las que no puedes hablar únicamente de uno de los dos. Se conocieron en un baile en un club de campo en Alabama, se casaron en 1920, porque no querían perderse ni un minuto de la Década Feliz que estaba a punto de comenzar, se amaron, brillaron como las estrellas más brillantes del firmamento, se detestaron y echaron todo al traste. Una pareja que se amó, que se admiró, que fue la más feliz sobre la faz de la Tierra durante muchos años, y la más desgraciada del universo años más tarde. Él murió de un infarto mientras escuchaba un partido de fútbol por la radio. Ella murió años más tarde, al incendiarse el hospital psiquiátrico en el que permanecía ingresada desde hacía mucho tiempo. Hay un detalle bonito en este amargo final: Scott y Zelda fueron enterrados juntos, en Maryland, gracias a la insistencia de "Scottie", el apelativo cariñoso que los dos daban a su única hija, que sabía que sus padres se quisieron por encima de todas las cosas y quería que descansasen juntos eternamente. Aquí va un texto de cada uno, del libro Querido Scott, Querida Zelda:

Scott Fitzgerald: 

"Te necesito aquí. La tristeza del pasado me acompaña siempre. Las cosas que hicimos juntos y las cicatrices atroces que nos convirtieron en el pasado en supervivientes de guerra persisten como una especie de atmósfera que rodea todas las casas que habito. Las cosas agradables y los primeros años juntos, los meses que pasamos hace dos años en Montgomery me acompañarán siempre y tienes que creer como yo que podemos recuperarlos, si no en una nueva primavera, en un nuevo verano. Te quiero, amor mío, cariño."

Zelda: 

Queridísimo y siempre, Queridísimo Scott:


La idea del esfuerzo que has hecho por mí, el sufrimiento que ha causado esta nulidad sería insoportable para cualquiera salvo para un mecanismo completamente vacuo. Si yo tuviera sentimientos serían todos de gratitud a ti y de pena por el hecho de que de toda mi vida no quede el más pequeño vestigio del amor y la belleza con que empezamos para ofrecértelos al final.

Has sido tan bueno conmigo... y cuanto puedo decir es que existió siempre esa corriente más profunda en mi corazón: mi vida: tú.

¿Recuerdas las rosas del patio de los Kinney... eras tan amable y yo pensaba «es la persona más encantadora del mundo» y tú dijiste «cariño». Aún lo eres. La tapia estaba húmeda y cubierta de musgo cuando cruzamos la calle y dijimos que amábamos el sur. Yo pensaba en el sur y en un pasado feliz que nunca tuve y creía que era parte del sur. Tú dijiste que amabas esta tierra preciosa. La glicina de la cerca era verde y la sombra era fresca y la vida era vieja.

Me gustaría haber pensado alguna otra cosa, pero era una idea cómplice, romántica y nostálgica. Cuando me quité el sombrero tenía el cabello húmedo y me sentía segura y hogareña y a ti te complacía que me sintiera así y fuiste respetuoso. Volvimos a casa radiantes y felices todo el camino.

Ahora que ya no hay ninguna felicidad y el hogar ha desaparecido y ni siquiera existe pasado ni emoción alguna más que las que sean tuyas donde pueda haber algún consuelo: es una pena que nos hayamos encontrado en desabrimiento y frialdad donde una vez hubo tanta ternura y tantos sueños. Tu canción.

Me gustaría que tuvieras una casita con malvas y un sicomoro y el sol vespertino encajado en una tetera de plata. Scottie correría por algun sitio en blanco, en Renoir, y tú escribirías docenas de libros. Y aún habría miel para el té, aunque la casa no estuviera en Granchester.

Me gustaría que fueras feliz, si existiera la justicia lo serías, quizá lo seas de todos modos.

Ay, Do-Do

Do-do.

Zelda

Te quiero de todos modos, aun cuando no exista ningún yo ni ningún amor ni siquiera vida alguna.

Te quiero.


- Lo que Bukowski echaba de menos del amor cuando se acababa:

Charles Bukowski fue un personaje muy excéntrico. Iba contra todo y contra todos. Un escritor maldito con todas las de la ley. Hoy en día se le considera uno de los escritores más influyentes. En su novela Mujeres, recomendada por la Casa del Libro las pasadas Navidades, describe sus sucesivas e intensivas relaciones con diferentes mujeres. Es en este libro dónde aparece el siguiente fragmento, en el que enumera todas las pequeñas cosas que echa de menos cuando finaliza una relación:

"Yo era sentimental respecto a muchas cosas: unos zapatos de mujer bajo la cama; unas horquillas olvidadas; la manera cómo decían <<Voy a hacer pis>>...; cintas de pelo; pasear por el bulevar con ellas a la 1.30 de la tarde, sólo dos personas caminando juntas; las largas noches bebiendo y fumando, hablando; las discusiones; los pensamientos suicidas; comer juntos y sentirse bien; las bromas, la risa saliendo de ninguna parte; sentir milagros en el aire; estar juntos en un coche aparcado; comparar pasados amores a las 3 de la madrugada; que te dijeran que roncabas, oírlas roncar; madres, hijas, hijos, gatos, perros; algunas veces la muerte y otras el divorcio, pero siempre yendo adelante, viendo a través; leyendo a solas un periódico y comiendo un triste sándwich sintiendo naúseas porque ella ahora estuviese casada con un dentista tartamudo; hipódromos, parques, picnics; incluso cárceles; sus estúpidos amigos, tus estúpidos amigos; tu bebida, sus bailes; tus flirteos, sus flirteos; sus píldoras, tus polvos con otras personas y ella haciendo lo mismo: dormir juntos...".

- El sentimiento de rechazo, por Antoine de Saint-Exupéry:

El famoso autor de El Principito sufrió por su último gran amor. Se ha dicho siempre que era una joven de 23 años de la que Saint-Exupéry estaba enamorado, pero su nombre jamás salió a la luz. Ella nunca correspondió sus sentimientos, lo que le causó una herida que le llevó a escribir estas desgarradoras palabras:

"No hay más Principito, hoy día ni jamás. El Principito está muerto o se volvió totalmente escéptico. Un Principito escéptico no es más un Principito. Estoy resentido con usted por estropearlo", escribió.  "No habrá más cartas, teléfono ni señal. No fui prudente ni pensé que arriesgara pena, pero me lastimé en el rosal cogiendo una rosa. El rosal preguntará: ¿Qué importancia tenía para usted? Ninguna, rosal, ninguna. Nada importa en la vida. No más vida. Adiós rosal".