jueves, 25 de mayo de 2017

Aquel tipo triste de Lanzarote

En el Puerto del Carmen de Lanzarote viví una noche inolvidable
El Bodhran, el antro en el que todos nos volvimos locos con Johny Crowley


Hace unos años me fui a Lanzarote para estar muy triste. La cosa es que lo había dejado con mi novia después de varios años de mucha felicidad y no veía la salida por ningún lado. Así que decidí que eso me sabía a poco, que quería hundirme un poco más. Reflexioné durante días sobre cuál era la mejor manera para lograrlo. Tenía la posibilidad de irme todas las tardes enteras durante una semana al estanque del Retiro y cogerme una barca como solíamos hacer, pero lo descarté por mi absoluta torpeza para coger una yo solo. A la desolación no es necesario añadirle el ridículo. También barajé ponerme en bucle el mejor disco de pop español de los 90, Nubes y claros, de Tam Tam Go! que tantos domingos por la mañana habíamos escuchado juntos. Pero no. Para qué hacerlo fácil. Qué va. Soy por naturaleza complicado y ya sé que nunca le podré poner remedio.

Así que me fui a Lanzarote. Allí nos fuimos en nuestro primer viaje y siempre que volvíamos éramos más felices que en cualquier otro rincón del puto planeta. Pensé que era lo que necesitaba. En serio. Siempre me ha funcionado lo siguiente. Cuando estoy deprimido de verdad por algo, necesito hundirme en la mierda más absoluta. Es cuando toco fondo cuando siento que ya no hay posibilidad de caer más bajo. Al sentir eso, comienza el resurgimiento, por tópico que suene. Ya me he pateado todo el barrio de la tristeza, con sus tiendas de lágrimas y rincones de la impotencia. Me lo he recorrido entero. No hay más que rascar ahí. Así que, harto, decido salir ipso facto de ese lugar. Es como esas personas que comienzan a morderse las uñas hasta que se dan cuenta de que se las han destrozado y que ya no hay donde morder. No sé si el ejemplo es bueno, pero espero que me hayáis entendido. A mí me funciona. Igual piensas que estoy loco o que es una forma peculiar de combatir la tristeza. Cada uno tiene sus mecanismos y ese es el mío. Sin más.

Me compré unos billetes y me fui para allá. Cualquiera pensaría que a un lugar así se ha de viajar con alegría, pero yo os digo que no. Que estaba bien jodido. Que hay tantos viajes como viajeros y todas las emociones que les acompañan. Y aunque las otras veces me había metido en el avión con una ilusión de la hostia, en este caso las circunstancias habían cambiado por completo. Pero eso sí. Tenía muy claro que debía hacer ese viaje si quería volver a estar bien.

Durante el vuelo, activé el modo avión y el modo melancólico. Recordaba los diferentes sitios de la isla que habíamos visitado en nuestras escapadas. Los más turísticos oficialmente y los recomendados por la gente en webs como Trip Advisor. Intentaba planificarme para ver cuáles tenía tiempo de visitar. Deseaba volver a los Jameos del Agua aunque ya supiese el secreto de la cueva (tranquilos, no voy a hacer spoilers). Me moría de ganas de ir a aquel restaurante que tanto nos gustaba de Yaiza, con sus croquetas y su carne fiesta. Aunque cada vez que iba a Lanzarote, lo que más me fascinaba era su paisaje. Soy muy pesado porque siempre le digo a todo el mundo la misma frasecita: "es que es distinto a todo". Pero me da igual repetirme y ser un pelma. Es una verdad como una catedral de grande y todo lo que veas en Lanzarote, con su tierra volcánica, no se parece a nada de lo que hayas visto. Lo digo muy en serio.

Subiendo al Timanfaya en Lanzarote este es el paisaje


Al llegar allí, para variar, alquilé un coche de Medina Cabrera y emprendí rumbo a Puerto del Carmen, donde habíamos estado las anteriores veces. Es una zona muy agradable. La recomiendo mucho. Tiene todo lo que, al menos a mí, me parece necesario en un lugar de estas características. Un paseo marítimo, con su mar, sus playas, sus tiendas, sus bares, claro que sí, y sus guiris. Porque tienes que saber que si vas ahí tú eres el extranjero prácticamente. Me recuerda a Benidorm en cierta manera, aunque es más bestia.

Como soy de costumbres, y de lo que se trataba era de hundirme lo más posible, me alojé en los mismos apartamentos en los que habíamos estado la última vez. Tenían el nombre de Lanzaplaya, y cada vez que veía el nombre escrito en la entrada pensaba que se habían roto la cabeza los cabrones. No sé cómo no sufrieron un colapso mental a la hora de decidir el nombre. Vaya panda.

Fui a recepción. El recepcionista, muy canario él, se tomó su tiempo a la hora de darme las llaves de la habitación y revisar que todo estuviera bien. Por fin pude entrar y tumbarme un rato a descansar. Después de dormir un rato, cogí la ropa que me quería poner y me di una ducha para espabilarme un poco, que falta me iba a hacer para enfrentarme a todos los recuerdos, que estaban ya acechando a la salida de la puerta los malditos.

Bajé por la calle principal y me fijé en un local en el que no había puesto mi atención antes. Era minúsculo, con un aforo ridículo de ocho personas a lo sumo. Continué hasta llegar al Paseo de César Manrique, que era el nombre real que recibía el paseo marítimo. Siempre he pensado que es un gran error ponerle el nombre de alguien importante al paseo marítimo porque nadie nunca lo llamará por su nombre real. En Lanzarote, por cierto, todo es César Manrique. Podría decirse que Dios creó la Tierra y Lanzarote se lo dejó a César Manrique. Si vais, sabréis a lo que me refiero.

Una vez en el paseo marítimo (¿lo veis?) tenía claro donde ir. Tras andar un rato disfrutando del sol en la cara y del azul del mar, me fui a un mirador al que solíamos ir. Y no. No os voy a contar que allí nos declaramos amor eterno y chorradas por el estilo. Simplemente íbamos a ese rincón y éramos felices el uno con el otro. No nos hacía falta empezar a soltar tonterías por la boca.

Cuando estaba allí, apoyado en la barandilla, fijé mi atención en un tipo que estaba sentado en un banco. Parecía que estaba mirándome. Seguí a lo mío, que era intentar ponerme lo más triste posible. Volví a girarme y ahí continuaba el hombre, con la mirada, y más cosas sospechaba, perdida en algún punto indefinido del océano. Parecía una persona sencilla, con unas deportivas blancas, unos vaqueros muy gastados, y una camiseta azul sin ningún dibujo. Me habló. No tuve forma humana de librarme.

- ¿Qué has hecho? -me preguntó así de sopetón el colega.
- ¿Cómo? -respondí flipando un poco.
- Sí, que qué has hecho, tío. Me paso aquí los días viendo a todo tipo de gente. Y sé reconocer a los que la han liado. Tú la has liado. Estoy seguro.
- Bueno, no acabo de entenderte. Así que te pregunto: ¿En qué crees tú que la he liado?
- A ti te ha dejado la novia, chaval. A que sí.
- Sí. Pero no es algo de lo que me apetezca hablar. Y mucho menos contigo. - Tenía que largarme de ahí, joder.
- Tranquilo. Supongo que la echarás de menos. Yo vivo así. Quiero decir que vivo echando de menos. Desde hace doce años y cuatro meses. Te acostumbras y acabas haciendo tu vida. No es grave.
- Muy bien. Tomo nota. - Se quería poner a contarme su vida el menda. Y una mierda.
- Oye mira, no soy estúpido ni mucho menos. Estás a punto de salir huyendo. Solamente déjame decirte una cosa: esta noche vente al Bodhran. A las nueve. Toca Johny Crowley. - Y quién coño es Johny Corlwey, pensé mientras le veía marcharse de allí. Qué rabia me da cuando intento ser borde y la otra persona me acaba dando un corte sin oportunidad de replicar. Me sentí obligado a ir. 

Me fui con el coche a pasar la tarde a playa Papagayo, donde también habíamos vivido algunos momentos bonitos juntos. Hablo de momentos en los que nos reíamos sin motivo alguno y hacíamos listas de las cosas más tontas que os podáis imaginar. Lo digo porque parece que cuando uno habla de momentos bonitos junto a su pareja todo lo que no alcance la categoría de apoteósico parece una basura. Y yo tengo una cruzada contra esa forma de ver el amor. No sé si alguien más quiere acompañarme en esta guerra, pero serían bien recibidos a mi ejército.

Tras pasar por el apartamento para descansar algo y darme una ducha, llegué, puntual, a mi cita. Una vez ahí, lo primero que pensé, y perdonadme por ser tan malhablado, fue: "Hostia puta". Pensamiento muy de intelectual, diréis, fijo. Pero es que el desconocido me había citado en el habitáculo ese del que os he hablado antes, el del aforo enorme, ya sabéis. A punto estuve de darme la vuelta. No se me había perdido nada en ese sitio. Cuando quise darme la vuelta, le vi. Y ya no hubo marcha atrás posible. Sonrió al verme. De hecho, fue mucho más efusivo de lo que me esperaba después de haber sido tan asquerosamente borde con él.

Me invitó a sentarme en la barra. Era un cuchitril de los buenos, os lo aseguro. Nos pusimos a beber a lo tonto, quizá la mejor forma de beber que existe. Estoy seguro de que de beber a lo tonto han salido grandes historias. Estuvimos hablando de la vida, de lo jodido que es sufrir y de cómo te puedes acostumbrar a ello sin que ya te duela. Yo no me atrevía a preguntarle. Él tenía una herida, ya me lo había dicho, y era suficiente. También él conocía el boquete que a mí me habían provocado. Así que hablamos de cine. Mejor dicho, hablaba él. Era un auténtico enfermo. ¿Sabéis ese tipo de personas que se saben todos los datos de cada película? Algo así como el Bachi de la película Primos. Yo soy un ignorante del cine así que le dejaba hablar que es la mejor forma de aprender que tenemos las personas, dejar hablar a los que verdaderamente saben de algo y ese algo les provoca un brillo en los ojos. Si no le brillan los ojos al hablar de ello, es que no sabe tanto y por lo tanto, no hay que dejarle hablar más de la cuenta. De repente, todo el mundo se puso muy nervioso. Cuando digo todo el mundo hablo de las cinco personas que estábamos ahí dentro, claro. Una verdadera locura. Tres más y aforo completo, ojito ahí. Yo no entendía el motivo de tal exaltación repentina. En realidad, empezaba a no entender absolutamente nada de lo que estaba haciendo ahí, si os soy sincero.

Me quedé estupefacto cuando vi que las personas a mi alrededor se arrodillaban como si estuviese a punto de entrar un dios del espacio a saludarnos a todos. Y bueno, más tarde descubrí que algo así era. Al menos, para aquella gente y en aquellas circunstancias. Es que muchas veces menospreciamos algo sin pararnos a valorar las circunstancias. Y las circunstancias lo son todo en esta vida, hacedme caso aunque sea solo una vez. Y en lo de formar parte de mi ejército contra el romanticismo idiota que nos invade.

Entró un señor mayor por la puerta. Ya éramos seis. Aquello prometía. Debía estar en sus setenta, y no se mantenía mal del todo, a decir la verdad. Caí en la cuenta de que llevaba una guitarra eléctrica. <<Ahí lo tienes, Johny Crowley, prepárate>>, me soltó orgulloso mi amigo del que seguía sin saber su nombre, algo que tampoco me importaba demasiado, sinceramente. La expectación, para mi asombro, fue creciendo. Crowley se subió al escenario, si es que se le podía dar esa categoría en un recinto tan cochambroso como era aquel. Era el irlandés más cutre en el que había estado en mi vida. Y creedme, he estado en muchos. Siempre los busco, porque en un irlandés es más probable ser feliz que fuera de él. Es verdad de la buena.

Apagaron la tele y las luces. Se permitían el lujo de una iluminación tenue sobre el "escenario". Johny Crowley saludó a sus fans y me incluyó a mí, que estaba muy lejos de serlo. Empezó a cantar canciones conocidas por todos en todo el mundo. Los clásicos, ya os imagináis. Empezó fuerte con el Sweet Caroline, que yo hubiera colocado más de colofón, de auténtico broche de oro de la noche. Pero era otra forma, igual de válida, de incendiar los ánimos de los presentes. No iba a ser yo, John Smith en aquella tribu, el que le dijese al jefazo indio cómo tenía que distribuir sus temas. Yo me suelo venir muy arriba con los grandes clásicos, además, y me da igual el orden en el que los pongan. Me lo estaba pasando realmente bien. Ahí estaba, yo solo en aquel antro perdido, por la invitación de un desconocido, rodeado de tarados. No sabía quién coño era Johny Crowley pero me desgañitaba haciéndole los coros. La felicidad era eso, maldita sea.

Estaba dejándome la garganta cuando entró una mujer por la puerta. Tenía la pinta de querer unirse a esa panda de locos. Tendría alrededor de cuarenta y muchos años, llevaba un vestido negro ajustado y estaba un poco achispada. La recordé. Era la relaciones del local, que se pasaba el día dando vueltas por el paseo y yendo de un lado para otro sin un rumbo del todo claro. Era bastante llamativa, aunque no fuese mi tipo. De forma bastante descarada me echó un vistazo de arriba abajo, lo cual tampoco me disgustó, todo sea dicho. Observé cómo se acercaba al bueno de Johny Crowley a susurrarle vete tú a saber qué al oído. Recuerdo que pensé que nada bueno podía salir de ahí. Y resultó a medias. Digo esto porque le pidió una canción de Bruce Springsteen que me gusta mucho, I´m On Fire, pero por otro lado, como ya imaginaréis con el título, estaba temblando de miedo por lo que venía. No me equivocaba. Quería bailársela conmigo. Qué tía. Se me acercó con una seguridad pasmosa en sí misma y me iba poniendo caras que no podría ni tampoco querríais que os definiese. Me repetía una y otra vez que se llamaba Sarah con H. Le daba mucha importancia a ese puto detalle que a mí me daba completamente igual.

Mi amigo el desconocido me echó un capote y se quedó con ella un rato. Mientras, yo escuchaba embelesado a la gran estrella de la noche. Cantaba bien el tío, había que reconocerlo. Y para aquel conjunto de parroquianos del lugar, se podía entender que fuese una especie de dios que les alegraba la vida una noche a la semana. Es lo que os decía antes de las circunstancias. Intentar entender determinadas situaciones bajo el prisma de otros. Hay que intentarlo más a menudo. Se descubren cosas que no creeríais. 

Estaba sumido en mis reflexiones cuando algo dentro de mí comenzó a temblar. No era porque sí. Es que Crowley había empezado a tocar nuestra canción, Hotel California. Era la primera vez que la escuchaba desde que ya no estábamos juntos. Era la desolación absoluta. Era nuestro primer beso. Era una copa de vino una noche cualquiera. Era ella. Era yo. Éramos nosotros. En definitiva, era una puta mierda. Hay canciones en las que entras a vivir con una persona, y cuando la otra persona ya no está esa casa que era de los dos te parece la casa más triste del planeta. Eso era para mí esa noche Hotel California. La música me había elevado hasta ese momento de la noche y ahora estaba hundiéndome en la miseria más grande. Seguramente, era el más triste del bar y de todo Lanzarote. "Fucking Johny", pensé. Y lo pensé en inglés, por si acaso captaba mi pensamiento por telepatía, para que lo entendiese muy bien.

Decidí largarme porque me había puesto a llorar y nunca me ha gustado dar la nota. Mi amigo salió a buscarme. Trató de convencerme para que me quedase. En vano. Ya había tenido bastante por esa noche. Había conocido gente, había hecho un amigo por si un día volvía por allí, había bebido cervezas, me había venido arriba, había cantado con Johny Crowley, había casi ligado y a mí me gustaban mucho las historias de casi ligar, y finalmente, como mandan los cánones, me había entrado la bajona y había llorado. Es lo que se le puede pedir a la noche perfecta, ¿no?

Me fui un rato a la playa a pensar en ella. Ya estaba enfangado total en la tristeza. Solo un pelín más y ya no tendría más remedio que subir a la superficie por pura supervivencia. Hacía buena noche y se veía perfectamente el reflejo de la luna en el mar. Siempre le decía a ella que aquel sendero me parecía que marcaba el camino de la felicidad, y que todo lo demás estaba oscuro porque en el mundo hay más infelicidad que felicidad. Que por eso aquel sendero era tan fino. Porque era muy fácil salirse de él y volver a entrar en la zona oscura. Cuando empezaba con estas metáforas tan cursis, ella siempre me decía que dejase de decir tonterías, que había bebido mucho y que nos fuésemos a dormir la mona lo antes posible, que falta me hacía. 

A la mañana siguiente, antes de ir al coche para dirigirme al aeropuerto, quise pasarme por el bar. A veces lo hago. Me gusta ver el contraste entre los mismos lugares a diferentes horas del día. Hacía unas horas entre aquellas cuatro paredes un conjunto de chiflados lo habíamos dado todo, dirigidos por nuestro líder supremo Johny Crowley. Y ahora parecía como si nada hubiera ocurrido. Eso me produce cierta tristeza, como los lugares de veraneo cuando se van los veraneantes. Joder, aquí han pasado cosas, y cosas grandes hace nada. Y después parece como si viniesen unos señores a llevarse todas las vivencias a algún lado. Qué rabia.

Ya en el avión, antes de quedarme roque, iba pensando en lo vivido. Aunque me había quedado sin saber qué es lo que le había ocurrido hacía doce años y cuatro meses, ese hombre me había dado una lección. Si lo hizo con voluntad o no nunca lo sabré. Pero me enseñó que aunque te pase algo muy triste, la vida sigue. Suena muy lógico, pero no por eso quiere decir que sea fácil. Recibimos muchas decepciones y malas noticias con las que no contábamos. Forman parte de la vida. No vale de nada deleitarse en la tristeza. Se trata de incorporarla a lo que uno vive. A él le había pasado algo muy triste, según decía, y ahí estaba, disfrutando, pasándoselo bien. Seguramente se acordaba de lo que le había pasado a menudo pero no hacía girar su vida alrededor de aquel hecho. Sabía que había mucho más y no quería negarse la oportunidad de ser feliz. "La felicidad regalada es cómoda, pero tiene más mérito la que uno conquista". La frasecita no es mía, no os flipéis. Me la dijo aquel tipo triste de Lanzarote.

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