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jueves, 14 de mayo de 2020

La vida sigue y tú no vas a vomitar

Los paseos de las ocho por Madrid en época del coronavirus
Los paseos de las ocho por Madrid en época del coronavirus

Con los paseos ha vuelto la maravillosa sensación de volver a casa. La de haber estado dando una vuelta fuera, aunque no sea mucho tiempo quizá, y llegar a casa y poder decir "qué gusto", que es algo que a mi madre siempre le ha gustado mucho decir, sobre todo cuando volvíamos de vacaciones. Aquí no estamos volviendo de ningunas vacaciones, pero aún así me gusta tener esa sensación de volver al hogar.

Creo que tengo candidata a la frase más triste de todo el confinamiento. Se la dice Santi Balmes, cantante del grupo Love Of Lesbian, a Sara Navas en esta entrevista. Al ser preguntado por lo que hará cuando esto acabe, Balmes responde que "voy a ir a Barcelona, me voy a sentar en una terraza y alguna lágrima caerá encima del café". Planazo. Por favor, Santi, dinos algo más alegre. Además que nunca entenderé esa manía que tienen muchos catalanes con quedar a "hacer un café". Se queda a tomar cervezas, no a "hacer un café".

A propósito de lo de llorar, leo un tuit en el que alguien declara estar volviéndose un cínico con todo esto. Me identifico con lo que dice. Me refiero a que estamos viendo un derroche de sentimentalismo barato que pone de los nervios. Me tengo por una persona sensible, pero no puedo con tanto azúcar, de verdad. Todos los anuncios de tele son de lo mismo. Y que alguien le diga a los músicos que nadie les obliga a hacer una canción sobre el coronavirus, porque es que a lo mejor no lo saben.

Leo una entrevista que me gusta mucho con un escritor al que no conocía. Se llama Héctor Abad Faciolince. Ha sacado ahora un libro con sus diarios que seguramente me compre. En la entrevista dice muchas cosas interesantes. Me la he releído varias veces. Cuando algo me gusta soy muy compulsivo. Me quedo con lo que dice cuando afirma que "un escritor de novelas debe vivir. Estar rodeado de libros es bonito, pero si no vives, si las lecturas no las combinas con la calle, el cuerpo, el amor, la muerte, la enfermedad, la insatisfacción, el fracaso...". Me gusta que un escritor anime a vivir porque no siempre ocurre. Elvira Lindo se metía el otro día en su artículo con los escritores que están diciendo en muchas entrevistas que ellos ya estaban acostumbrados al confinamiento.

En estos momentos de crisis mundial, recordé a Kafka. El 2 de agosto de 1914, recién iniciada la I Guerra Mundial, el escritor anotó lo siguiente en sus diarios: "Hoy Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde fui a nadar". Siempre se me ha quedado grabada esta frase de Kafka porque me parece una forma de decirle al mundo que tú sigues con tu vida pase lo que pase. Me gusta ese mensaje de que la vida cotidiana continúa por encima de todo.

A Inés Arrimadas le dijeron de todo los ultras por apoyar al Gobierno en la prórroga del Estado de Alarma. Alguien recordó en Twitter una frase de David Trueba que decía que "qué sería de la vida sin los insultos de la gente que nos tiene que insultar". Me parece una gran frase que se puede aplicar muy bien a este momento y en general a la vida política española. Que los ultras te insulten debe honrarte, a ver si lo entendemos de una vez. Tratar de ser cauteloso para no ofender a los ultras suele acabar mal.

El viernes pasado vi a un grupo de gente en la calle mirando un altavoz. Desde el altavoz salía el Nessum Dorma. Menuda panda de chiflados. Yo supongo que el pobre señor colocó el altavoz en la ventana porque le apetecía, sin más. Y puso el Nessun Dorma a todo volumen porque era su manera de pasar el viernes noche, y yo en cómo pasa una persona un viernes noche no me meto, es algo muy personal. El caso es que las personas miraban desde la calle al altavoz como si fuese éste el que cantase. Lo peor es que al terminar se pusieron a aplaudir, menudos tarados. Tuve ganas de decirles que estaban tarados, pero no se lo dije porque Holden dice que a los tarados les revienta que alguien les diga que están tarados.

Este fin de semana vuelve la Bundesliga, la liga alemana. Éste ha sido un pensamiento muy recurrente en mi cabeza durante esta semana. Hace años que no veo partidos de ligas extranjeras, pero tengo tanta necesidad de fútbol que el sábado me sentaré a ver el Borussia-Schalke como si me fuese la vida en ello. Supongo que los futboleros tendremos que volver a escuchar que vuelve el opio del pueblo y esas cosas. Pero es que no es verdad. Puede gustarte el fútbol y estar comprometido con la sociedad. Incluso puedes terminar de ver un partido y ir y decir que "la hegemonía se mueve en la tensión entre el núcleo irradiador y la seducción de los sectores aliados laterales. Afirmación-apertura". Hasta se puede ser del Madrid y de izquierdas, imaginaros, que hay mucha gente que piensa que no.

Escuché a Pedro Sánchez decir que teníamos que mantener la distancia social con los seres extraños que nos cruzásemos por la calle. Eso es algo que yo ya hacía de antes. Tal vez el único problema que tengo yo es que pongo el baremo de "ser extraño" muy bajo. Entonces a la mínima yo ya voy y me cambio de acera. Al hablar de seres extraños, me acuerdo de la anécdota de mi padre en Berlín. Él viajó solo a la capital alemana antes de que cayese el muro. Al estar en la parte del este, en una calle, unos judíos le empezaron a hacer señas desde un local. Al parecer les hacía falta una persona para rezar. Mi padre se largó de allí porque consideró que eran unos seres extraños. Es que no me extraña. No sé por qué cuento esto, yo creo que venía a cuento, aunque esto depende de cada uno.

He visto la serie de la que tanta gente habla, Unorthodox. No me llamaba mucho, pero me animé al ver que eran solo cuatro capítulos. Y me gustó mucho, la verdad. Cuenta la historia de una comunidad de judíos ultraortodoxos en el barrio neoyorquino de Williamsburgh. Te quedas alucinado porque es una auténtica secta.

Hay una escena que me gustó mucho. La protagonista se escapa a Europa, a Berlín en concreto. Allí está en un bar con unos amigos que ha hecho y está comiendo un sándwich. Al enterarse de que es de jamón, sale corriendo fuera y se apoya en un árbol para vomitar. Pero no lo hace. Vuelve y le explica a su amiga que es que siempre había pensado que si comía jamón vomitaba. Me pareció ilustrativo de lo importante que es recibir una buena educación. Me hizo pensar también en las creencias que a veces tiene uno sobre sí mismo basadas en premisas equivocadas. Lo que trato de decir es que te puedes pasar la vida alimentando miedos infundados, hasta el punto de que te crees que si te pasa determinada cosa o haces algo que te da miedo vas a vomitar y de repente vas, lo haces, y descubres que no vomitas.

La otra serie que he visto es Run. El punto de partida me encanta. Un chico y una chica se dicen, con veinte años, que si más adelante en la vida a uno de los dos le iba mal escribiría al otro un mensaje en el que pusiese "RUN". Y si el otro contestaba con "RUN" se verían en la mítica estación Grand Central de Nueva York para coger el primer tren que saliese a las 17.30 tuviese el destino que tuviese. Pues resulta que se mandan el mensaje y se meten en un tren que va a Chicago y tiene dos paradas cortas de veinte minutos. Una es en Pittsburgh y otra en Cleveland. Yo pensé si aprovecharía esas paradas para bajarme a soltar las piernas. A veces pienso esas cosas. Y llegué a la conclusión de que en Pittsburgh no porque no me fiaría un pelo, pero que en Cleveland sí, sin duda, me bajaría tranquilamente a estirar las piernas y luego subiría de nuevo al tren. Supongo que hay gente que se bajaría en Pittsburgh y jamás se bajaría en Cleveland y los habrá que se bajarían en las dos y que no se bajarían en ninguna. Esto va en los gustos de cada uno. La serie está muy bien, que casi se me olvida decirlo.

lunes, 3 de junio de 2019

Cuando Kafka se convirtió en una muñeca



Un día como hoy de 1924 fallecía Kafka, uno de los grandes. Sin embargo, me sucede algo curioso con él. No me llaman tanto la atención sus obras como su personalidad. Como que quiso quemar toda su obra y su amigo Max Brod lo impidió. O sus cartas a las mujeres que amó, mostrando todas sus inseguridades. Pero lo que me acabó de ganar fue la historia de la niña y la muñeca.

Un año antes de fallecer, paseando por el parque Steglitz de Berlín, Kafka vio llorar desconsoladamente a una niña. Al preguntarle, ella le contó que había perdido a su muñeca. Kafka le respondió que no, que no la había perdido. Ante la extrañeza de la niña, Kafka le explicó que la muñeca se había ido de viaje pero que antes de irse le había dejado una carta para ella. Le dijo que se la había dejado en casa pero que iría a recogerla para dársela. Y esa fue la primera de todas las cartas que Kafka le escribió a la niña durante tres semanas (a carta por día) como si fuese la muñeca contándole cómo iban sus viajes por Londres, París, y otras ciudades europeas.

Me parece una historia preciosa y conmovedora de la que saco dos conclusiones. El poder de la empatía. Kafka podía no haber hecho caso. Sin embargo, se interesó y logró comprender el drama que es para un niño perder a su muñeco. Y además de todo eso, se implicó hasta el punto de escribirle esas cartas. A mí eso me parece que lo hace una persona excepcional y con un corazón que no le cabe en el pecho ni en ningún lado. Es a una persona a la que me gustaría darle un abrazo muy fuerte. Qué bello es que existan personas que son capaces de inventar mundos para consolar a niños.

La otra conclusión es más triste, porque está relacionada con la inocencia de la infancia. Cuando pones todo tu empeño en creer las cosas que te cuentan. Aunque sospeches, te agarras a lo que sea para creer con todas tus fuerzas. Porque de niños creer es algo tan fundamental como respirar. Si un niño deja de creer, qué cosa más triste. Y al hacernos mayores dejamos de creer y empezamos a desconfiar. Por eso a mí me gusta creer en las personas y en la vida en general, porque quiero seguir respirando.

miércoles, 7 de junio de 2017

La mejor traición posible de un amigo

Kazka fue traicionado por su íntimo amigo Max Brod


La traición de su mejor amigo le hizo eterno. Hablo del escritor Kafka y Max Brod. Al primero le conocemos, al segundo seguramente no. Ni habréis escuchado su nombre nunca con toda probabilidad. Pues bien, conocemos al primero única y exclusivamente porque el segundo lo quiso. Así de sencillo. Sin Max Brod no hubiera habido nunca Kafka, jamás. Y todo fue por la que me parece la mejor traición que he escuchado en mi vida.

Kafka y Brod se conocieron estudiando Derecho en la Universidad de Praga en 1902. Rápidamente conectaron y se hicieron íntimos. Antes de morir de tuberculosis en 1924, el escritor nombró albacea (ejecutor) de su testamento a su gran amigo y le ordenó que cuando él ya no estuviese quemase todos sus escritos y no dejase ni rastro de ellos. Esa era la estima que tenía por sus propios textos, os podéis hacer una idea de su carácter atormentado en ese favor que le pidió al amigo. Los actos lo dicen todo, siempre.

Max Brod decidió ignorar aquella petición. Fijaros si la ignoró que decidió hacer exactamente lo contrario. Por su obstinación y la confianza en su talento, decidió que haría lo posible por publicar todas aquellas palabras que su amigo había ido juntando a lo largo de toda su vida, escribiendo en el cuchitril en el que vivía. Quizá no existe amigo mejor que el que te desobedece por completo.

Me parece una historia grandiosa. Max Brod no dudaba del valor de la creación de su amigo. Creía más en Kafka que el propio Kafka. Él descubrió a Kafka. Sin él, nadie le conocería. Sus papeles se hubieran quemado o tirado a la basura en cualquier limpieza posterior a su fallecimiento. Brod creía tanto en él que decidió desacatar sus órdenes. Buscando información sobre el tema, encontré este artículo de Enrique Vila-Matas que me encantó y que espero que os guste también a vosotros. Me quedo con esta frase: "Porque fue Brod el que, antes que Kafka, se dio cuenta de quién era su amigo. A Brod le apeteció que Kafka fuese Kafka." 

Documentándome, he descubierto que Brod es objeto de numerosas críticas. Ya es lo que me faltaba. Si es que hay más gente que odia que gente que admira, que busca más destruir que crear. Cada vez estoy más convencido. El caso es que le acusan de haber editado "demasiado" los papeles de Kafka. ¿Pero no será mejor eso a que nunca hubiesen visto la luz? Yo es que de verdad creo que el género húmano no tiene remedio salvo honrosas excepciones. Hay que escuchar demasiadas tonterías y demasiadas veces.

Yo quiero amigos así. Que se salten a la torera lo que tú les digas. Que les digas una cosa y hagan la contraria. Que no te hagan ni caso cuando te da alguna ventolera rara. Que les digas que te quedas en casa y vayan a sacarte de ella. Que les digas que no puedes más y te digan que claro que puedes. Que sepan creer en ti cuando tú ya has dejado de hacerlo. Los que no te van a permitir rendirte. Los que te van a decir a la cara que por ahí no. Quiero un Max Brod al que decirle que lo que escribo me parece una mierda y que inmediatamente haga lo posible por publicarlo y darme a conocer. Me parece la mejor traición posible.

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