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jueves, 21 de enero de 2021

Adiós Trump y Qanon se tambalea

Trump sale de la Casa Blanca rumbo al Marine One
Foto de Donald Trump abandonando la Casa Blanca. AFP.

Aunque 2021 comenzase con el susto del Capitolio, ayer todo mejoró mucho. Biden tomó posesión, Harris hizo historia y Trump se fue a su residencia de Florida. Y quizá lo mejor no sea todo esto sino lo que esto ha supuesto para el ejército conspiranoico mundial de la extrema derecha. Todos los seguidores de Qanon estuvieron pensando que ocurriría algo que lo cambiaría todo. Y cuando no sucedió, muchos tuvieron una crisis de fe mientras otros intentaban animarles a seguir creyendo en el plan. Creo que esto es muy positivo para la democracia y las libertades a nivel mundial. La internacional derechista que coordina Steve Bannon se ha quedado sin su gran líder y hay que alegrarse por ello.

El delirio de los conspiranoicos es mucho peor de lo que pensaba. Llevo unos meses leyendo artículos sobre ellos, pero una cosa es leer sobre ellos y otra muy distinta verles en acción. Esta semana me metí en Telegram y he estado siguiendo sus canales tanto a nivel de Estados Unidos como de aquí, de España. Alucinaba tanto que tuve que pedirle a mi buen amigo Iván que se metiese también porque sabía que me seguiría. Iván siempre me sigue si hay una buena historia detrás. Necesitaba compartir con alguien las locuras de miles de personas que hay en esos grupos. Sí, miles. Y pensarse que son inofensivos o tomárselos a risa está muy bien. Pero un día tratan de asaltar el Capitolio o el Bundestag en Berlín como sucedió en agosto y ya dejan de ser tan graciosos, creo.

El otro día fui con Oli por tercera vez a intentar ver a Nico en una ecografía 5D. Ya habíamos ido dos veces pero Nico ha salido rebelde y no se deja ver. Esta vez sí pudimos verle mejor, porque decidió no ponerse las piernas y los brazos en la cara y tuvo el detalle de solo ponerse un pie en la cara. Bien Nico, hijo, vamos mejorando.

Hablando con el chico de la ecografía, nos contó que estuvo viviendo en Saint Paul, Minnesota durante un año, porque tenía familia allí. Claro, a Oli y a mí se nos iluminó la mirada cuando nos lo contó. Nos pareció lo más eso de haber vivido un año en Minnesota. Con el entusiasmo en todo lo alto, Oli añadió: "porque claro, eso es auténtico, no como Nueva York, que no es América" y entonces de repente nos convertimos en unos seguidores de Trump a los que únicamente les faltaban unas gorras rojas.

Hoy es 21 de enero. Un 21 de enero del año 2000 ETA rompía su tregua con el gobierno de Aznar y asesinaba con un coche bomba al teniente Pedro Antonio Blanco. Fue en mi barrio y quizá fue una de las peores mañanas de mi vida. No se me olvida el momento de estar atándome los cordones sentado en la cama frente a la ventana de mi habitación y el ruido brutal de la explosión y el temblor de los cristales. Y el pensar, una vez que se supo exactamente dónde había sido, que mi madre pasaba por ahí con su coche cada mañana y que le quedaban sólo unos minutos para irse a trabajar.

Voy a volver a trabajar en la novela porque quiero mejorarla. Así que de momento se pospone todo. Prefiero trabajar un poco más en ella y pulirla lo que sea necesario. Me cuesta, porque ya pensé que había llegado al final de esta maratón y me he dado cuenta de que no, de que aún no estoy en el kilómetro 42, sino en el 37 o 38. Y el problema es que ahora mentalmente no estoy por la labor. Tengo la mente en otras cosas y con los cambios que voy a tener en mi vida en breve, no sé cuándo me pondré con ello. Pero algún día espero que podáis leerlo.

He terminado el libro de Salinger "Franny y Zoey" que en realidad son dos relatos distintos. Tienen que ver con la familia Glass, otra de las grandes creaciones del escritor neyorquino. Me han gustado mucho los dos, y como tantas veces con Salinger, no por la historia en sí, sino por cómo están escritos y por los personajes. De hecho, me ha vuelto a ocurrir: leo a Salinger y vuelvo a escribir.

Cuando nevó en Madrid hubo motivaditos que salían a la calle con bastón de los de nieve. Pues resulta que uno de mis mejores amigos era uno de esos, qué bochorno. Para los de fuera, a ver, durante esos días veías a mucha gente normal, y gente muy mayor entre ella, que iba caminando por las calles como buenamente podían, con cuidado, eligiendo caminitos más despejados y si había que ir por parte de nieve o hielo, pues despacio y con prudencia. Y luego, frente a toda esta gente normal, estaban los que yo llamo el club de los motivaditos, entre los cuales estaba mi amigo, que lo sigue siendo a pesar de todo.

Hace unas semanas, salíamos del portal Oli y yo y nos fijamos en que había un operario retirando todas las pegatinas de los buzones, dejaba el piso pero retiró todos los nombres y apellidos. Y así se ha quedado, no se ve el nombre y apellido de nadie en sus buzones. Cuando lo vi, yo no sé si es que he visto muchas series, pero me pareció raro y se lo dije a Oli. De hecho, ¿sabéis en quién pensé? En Max, el pobre al que Carrie pide siempre que le haga el trabajo sucio en Homeland. Ese operario que retiraba las pegatinas con los nombres y apellidos de los buzones era Max en una misión.

jueves, 4 de junio de 2020

La sorpresa después del semáforo


Una mañana de sábado en Madrid, en Alonso Martínez

El sábado por la mañana, a una hora temprana, vi a estos tres sujetos en la zona de Alonso Martínez. Iban caminando a la vez de forma coordinada y cada tres pasos se agachaban. De qué otra forma se les puede calificar si no es de "sujetos". Han pasado cinco días y aún estoy tratando de entender qué es lo que hacían. Porque iba con Oli y a Oli no le gusta que haga estas cosas, pero de haber ido solo se lo hubiese preguntado. Odio quedarme sin saber la razón por la que la gente hace unas cosas tan raras.

El sábado, por cierto, fue un día de no parar. Fue un día de reencuentro con buenos amigos. Primero en casa de mi amigo Nacho, donde comimos unos cuantos (cumpliendo con el límite de diez personas, tranquilos, queridos policías de balcón) y pasamos una buena tarde. Y después con otros amigos en una terraza, en la que cayeron las primeras copas después del confinamiento y en la que nos acabaron dando las tres y media.

Nos han dicho que tendremos que llevar pantallas faciales en el trabajo durante un tiempo. Nos han mandado un vídeo en el que explican cómo hay que ponérsela. Yo soy una persona muy torpe, pero muy torpe, y me toca ir a trabajar el lunes por la tarde, pero estoy pensando en ir el día antes para cogerla y poder hacer prácticas en casa y no tener que andar agobiado el lunes antes de ir a mi sala tratando de ponérmela nervioso perdido. Los torpes somos personas precavidas, nadie lo piensa nunca, pero es así.

Leí una entrevista con Javier Solana en El País. Lo que más me gustó es cuando hablaba de Putin y contaba que tenía una buena relación con el presidente ruso pero que hubo un tiempo en el que Putin no se fiaba de él. Y entonces Solana, que ya me gusta mucho, pasó a gustarme muchísimo más. Quiero decir que el hecho de que un tío de la KGB de toda la vida no se fíe de ti es de lo mejor que te pueden decir. O no, según se vea, claro, porque si se mosquea demasiado, de repente va, te toca y ya tienes el plutonio, menudos son.

En un semáforo cerca de casa, un padre con dos niños pequeños les dice que cuando crucen estarán más cerca de la sorpresa. Y yo voy y me pongo nervioso como si la sorpresa también fuese para mí. Y miro con mucha curiosidad al otro lado del semáforo pero no veo nada ni a nadie. Se pone verde y cruzamos y cada vez estoy más nervioso y por si acaso no les pierdo de vista por si son magos y mi semáforo es una especie de andén nueve y tres cuartos. Pero nada, cruzan el semáforo y se van en otra dirección. Y me quedo sin saber cuál es la sorpresa y con ganas de preguntárselo.

Vi que varias personas mencionaban en Twitter la película de "Arde Mississippi" a raíz de lo que estaba ocurriendo en Estados Unidos tras el asesinato de George Floyd (sí, he escrito asesinato), así que me animé a verla el fin de semana. Y me gustó mucho. Me pareció muy dura, pero me gustó mucho. Está basada en el caso real de tres activistas por los derechos civiles que fueron asesinados por el Ku Klux Klan en 1964. Hay un momento de la peli en el que un personaje se pregunta de dónde sale todo ese odio. Otro personaje afirma que nadie nace odiando. Y es así. Por eso es tan fundamental una educación basada en valores como igualdad, libertad, justicia y fraternidad.

He acabado la serie de Baron Noir. Menuda serie, madre mía. Yo es que soy muy entusiasta, ya lo sabéis muchos, y a veces creo que mi crédito se agota cuando hablo bien de cualquier cosa. Pero es que es una serie maravillosa. Trata sobre la vida política francesa contada desde las intrigas que ocurren dentro del partido socialista. Está llena de referencias a la historia y me ha servido para aprender también. Y tiene muchas lecciones no solo de política sino de la vida misma. De saber sacrificarse y aceptar derrotas para salvar ciertas situaciones. Se la recomiendo a todo el mundo.

Por fin nos han arreglado un azulejo roto en el baño. Lo teníamos así desde hace un año, me parece. Y esta semana por fin nos lo han arreglado y ya está todo bien. Y pensé que qué bien está todo cuando dejas de tapar algo. Porque tú te acostumbras a tener eso así en el baño y normalizas algo que no se puede normalizar. Y el día que lo arreglan te das cuenta de que estar bien de verdad es eso, y no lo lo que tenías antes. Porque además, el que viene de fuera y ve que te falta un azulejo se sorprende y te lo dice, pero qué tienes ahí. Porque desde fuera siempre se ve todo, desde dentro muchas veces no.

En el museo nos han dicho que de momento iremos sin uniforme. Nos recomiendan vaqueros o pantalones oscuros y camisa blanca. Me acordé de muchas noches de verano en Calafell. Salíamos muchas noches pero había algunas, pocas, en las que me ponía una camisa blanca que tenía y que me gustaba mucho. Y siempre que me encontraba con los amigos, uno de ellos, Pepe, me decía sonriendo: "camisa blanca eh". Pepe, y otros, sabían que si me ponía la camisa blanca esa noche podía ocurrir cualquier cosa. Me hace gracia pensar que aquel "uniforme" de las grandes noches de verano vaya a ser ahora mi "uniforme" para el Museo.

Me reí mucho con la respuesta que le dio Salinger a un admirador que le escribió una carta. Algo había en la calidad de la tinta de la carta que le llamó la atención. Tras agradecerle sus palabras y decirle que estaba de acuerdo con muchas de sus posiciones, le dijo esto: "Para mí, ante todo, usted es un joven que necesita una cinta de máquina de escribir nueva. Dese cuenta de este hecho, no le dé más significado del que merece y luego continúe con lo que quede del día". Sobre todo el final de la frase me parece sublime y me gustaría que todos lo utilizásemos en nuestra vida diaria. Por ejemplo, "Guille, te has colocado mal la pantalla facial, date cuenta de este hecho, no le des más significado del que tiene y ahora continúa con lo que queda de día".

El lunes que viene comienzo a trabajar en la edición de la novela con la editora. Tengo que darle caña al primer capítulo y mandárselo. Y así con cada capítulo. El proceso está previsto que dure hasta el mes de septiembre u octubre. Hay que trabajar a fondo cada capítulo, pulirlo todo hasta que podamos decir que no se puede mejorar más. Llevo esperando este momento desde hace meses. Me lo tomo como un máster casi, y sin el casi. Y me ilusiona muchísimo. Y las ganas que tengo de poder ir contándole a la gente más detalles, lo que me tengo que morder la lengua en reuniones con amigos. Poco a poco podré contaros más, un poco de paciencia, para mí el primero.

jueves, 21 de mayo de 2020

"Prolijo y complicado" es nombre de grupo indie


El cielo de Madrid desde el confinamiento del coronavirus

Al ver las imágenes de las cacerolas en unos barrios y las colas del hambre en otros, me vinieron a la cabeza unas palabras de Holden Caulfield en El Guardián entre el centeno. Un profesor le dice que la vida es una partida y Holden piensa que "de partida un cuerno. Menuda partida. Si te toca del lado de los que cortan el bacalao, desde luego que es una partida. Pero si te toca del otro lado, no veo dónde está la partida. En ninguna parte. Lo que es de partida, nada".

En un paseo, escucho a una adolescente decirle a sus amigas "no os conté mi bochorno en Pachá", y luego dijo algo de una cachimba. Supongo que el bochorno era ese, estar en un sitio como Pachá y sentarte en un sofá a fumar cachimba, digo yo.

Algunas noches, tarde, desde el sofá, veo pasar el 149 por mi calle y me da mucha pena. Lo peor es que no puedo explicar bien por qué me pasa. Creo que a veces algo te da mucha pena y por mucho que te esfuerces no sabes el motivo y es mejor dejarlo así.

Un buen amigo tiene una historia bonita de amor con una chica. Ella ha estado viviendo en el extranjero durante los últimos tiempos. Por fin, pudo volver a España hace poco. Y justo en ese momento empezó el coronavirus. Viven en distintas provincias, así que llevan sin poder verse todos estos meses. Pienso en todas las historias de amor que comenzaban y que se han visto paradas temporalmente. 

En una entrevista en El País, Yolanda Díaz, Ministra de Trabajo, hace hincapié en la importancia de las relaciones personales a la hora de lograr acuerdos. Me gusta mucho que lo diga porque es algo con lo que yo tengo una buena pedrada. Si tú te llevas bien con alguien, es más fácil que puedas entenderte con él aunque penséis distinto. Siempre he oído que en la Transición había buenas relaciones personales y que eso ayudó mucho a que se consiguiese todo lo que se consiguió. Durante los últimos años yo decía mucho medio en broma medio en serio que si Rajoy y Mas se hubieran ido de cañas en su momento no hubiera pasado nada de lo que pasó.

Relacionado con esto, se me ocurrió una idea que quizá os parezca una locura, a ver. Al ver las imágenes de personas protestando delante de la casa de Pablo Iglesias y de Irene Montero, pensé que sería un auténtico golpe de efecto que saliese Iglesias y invitase a uno o dos de los que estaban ahí a pasar a su casa a tomar un café o una cerveza. Yo siempre tengo en mente a Mandela. Y Mandela se metía en el bolsillo a sus enemigos por gestos así. Personas que querían ver muerto a Mandela se rendían a él después de pasar un rato en su compañía.

A mí me fascinan los que piden libertad y aseguran estar oprimidos en plena calle, sean de la ideología que sean. Sin embargo, tienen talento. Quiero decir que consiguen que haya gente que les crea. Yo salgo con Oli y mis amigos a la calle y nos ponemos a decir que estamos oprimidos y es que creo que nos mandan confinados a casa un año por el ridículo espantoso que haríamos. Lo que pasa es que hay que creerse que de verdad estás oprimido, y eso a mí no me pasa. No en la España de 2020.

Salinger montó un pollo de mucho cuidado por una coma. Lo contó el editor de The New Yorker William Maxwell en una entrevista. En el momento de ir a ser imprimido, un corrector le dijo a Maxwell que pensaba que en una frase de un relato debía haber una coma. Maxwell intentó ponerse en contacto sin éxito con Salinger y apoyó la decisión de colocar la coma. Cuando Salinger leyó el relato y se encontró con la coma entró en cólera y armó un gran escándalo. Yo lo entiendo. Si yo no he puesto una coma ahí, no vayas tú y me la pongas. Los detalles son importantes, siempre.

Esta semana y la anterior son las semanas en las que se tenía que haber visto un rebrote muy grave del coronavirus. Todo esto según los que se pasaron los días acusando a los españoles de "irresponsables". Resulta que los datos no han demostrado nada de eso que decían los amigos del #todomal. La evolución sigue siendo buena. Aún así, cada día, tienes que leer comentarios del tipo "así no saldremos nunca" porque hay gente que es irreductible a la realidad. Son gente que a las once de la noche te dicen que no es de noche, que es de día, que cómo no puedes ver el sol.

Oli cuida de mí. Cuando salimos a pasear estos días intenta que antes de las nueve estemos en casa para que no me cruce con ninguno de los de las cacerolas. Y si estamos en casa, un poco antes de las nueve me manda a hacer la cena para que esté distraído y no escuche el ruido de la calle. Un poco como Good bye Lenin, que no se entere el pobre de la que hay liada ahí fuera.

Leo en una entrevista a Javier Solana, presidente del Patronato del Museo del Prado, asegurar que para la reapertura del museo hay que "preparar al personal" y que el plan es "bastante prolijo y complicado". Y al leer esto, me viene a la cabeza de repente que "Prolijo y Complicado" sería un maravilloso nombre de grupo indie. A veces me vienen cosas así a la cabeza.

Estoy muy enganchado a la serie Baron Noir. La primera vez que oí hablar de ella fue a Errejón. Después, he sabido que mis padres también la han visto. Es una maravilla. Cada capítulo te impresiona de alguna manera. Es francesa y trata sobre intrigas políticas en el partido socialista francés. Hay un tío ahí, el protagonista, que se pasa la vida conspirando, es agotador, no para nunca. He leído que ha sido la serie preferida de algunos políticos durante el confinamiento, Pedro Sánchez incluido.

El gobierno de Holanda recomienda a los solteros buscar un compañero sexual para pasar el confinamiento. A mí me parece un poco lío esto porque no sé cuál es el nivel de confianza para ir y decirle a alguien si quiere ser tu compañero sexual para el confinamiento. ¿Y es sólo para el confinamiento? ¿O puede seguir después? También hablan de un compañero para dar abrazos. Yo supongo que los holandeses y holandesas se pondrán como locos a buscar compañeros de abrazos, estoy convencido.

Descubro una canción de esas que te alegra el día aunque tú no quieras que una canción te alegre el día, que son quizá las canciones más necesarias de todas. Como esas personas que te pillan enfurruñado y te saben sacar de ahí. Se titula Con mi voz y es del grupo Mäbu. Hay un momento de la canción en el que incluso me río cada vez que lo escucho porque la cantante hace cosas graciosas con la voz. Además, tiene una frase que me gusta mucho y me gustan las frases que son latigazos en mitad de canciones alegres. La frase es "no puedo darle todo a quién no quiera".

jueves, 7 de mayo de 2020

Diarios del Confinamiento X: entre Formentera y Malasaña está el paraíso


Pasear por Madrid cuando se acaba el confinamiento
La felicidad de volver a las calles de Madrid


Nunca me hubiera imaginado queriendo vivir en Formentera hasta que el lunes por la mañana escucho a un tío en la radio que dice que se está tomando un café en una terraza al sol. Esos privilegios de la fase uno.

No sé vosotros, pero yo estoy muy nervioso por lo de las fases. Madrid ha pedido pasar a la fase 1 porque debe haber un coach por ahí diciéndoles que hay que atreverse a lo imposible y todo eso. A mí me divierte mucho los piques que puedan producirse entre ciudades y pueblos vecinos. Quiero decir que si por ejemplo Huesca pasa a la fase 1 y Zaragoza se queda en la 0, los de Huesca se podrán reír mucho de los de Zaragoza.

Por fin hemos vuelto a las calles. Oli y yo hemos salido todos los días desde el sábado. El primer día salí a correr y llegué hasta la Puerta del Sol. Los entusiasmos son peligrosos y a veces se pagan. No he podido volver a correr ningún día de las agujetas que tengo. Volviendo de Sol, me encontré en Fuencarral con Virginia, amiga de Oli. Virginia es de esas personas que dejan siempre alegría. Quiero decir que tú te despides de ellas y durante un rato te sientes muy alegre y no sabes por qué. Pues es porque acabas de estar con una de esas personas.

Dos amigos a los que quiero mucho me dijeron que no habían salido de casa ni tenían intención de hacerlo. No era por miedo, era porque pasaban de salir. Es decir, a ti te encierran dos meses en tu casa y cuando te dicen que por fin puedes salir tú vas y te quedas en casa. Les dije que no lo podía entender. Y yo lo que no puedo entender casi siempre me saca de quicio. Oli siempre me dice que no puedo ver todo desde mi prisma. Pero es que mi prisma, en este caso, coincide con el de mucha gente que se ha echado a la calle harta de no poder salir. Para mí, no salir de casa es perderse la vida.

En los paseos tienes una sensación de irrealidad que es imposible quitarte de encima. Todo parece una ficción. De repente, a las ocho, todos salimos de casa y nos ponemos a pasear un poco como zombies, sin saber muy bien qué rumbo tomar. "Pero dónde vamos" "No lo sé, tú anda y ya está" puede ser el diálogo más repetido estos días.

En el paseo del martes me encontré con mi amigo Luis y su novia Maria Ángeles. Me hizo un montón de ilusión. Es el primer amigo al que veo después de todo esto. Se hizo rarísimo el no poder darnos un abrazo. No sé si voy a aguantar mucho sin poder dar abrazos a la gente que quiero, la verdad.

El martes fue un gran día. Me lo pasé casi entero en la calle. Y de manera legal todo, por supuesto. Se me acaba de hacer muy raro escribir esto que acabo de escribir. Si hace unos meses leo "me pasé el día en la calle y de manera legal" no hubiera entendido nada de nada. Por la mañana me fui hasta mi librería favorita en Malasaña, Tipos Infames. Podía haber esperado a la semana que viene, sí, pero es que soy un poco ansias y necesito volver a hacer cuanto antes todo lo que no he podido hacer en dos meses. Pequeñas metas que ir conquistando en cada fase. Lo siguiente, ver a la familia y la cerveza en una terraza. "Esto ya no es lo que era" tiene ahora un sentido positivo.

Las compras. Soy una persona a la que le gusta cargar de significado determinados acontecimientos. Por eso, me parecía que el primer libro que debía comprar después de todo esto tenía que ser uno especial, un libro que al comprarlo sintiese que, ya sí, todo está terminando y que supusiese una especie de celebración. Así que me compré un libro de Salinger que aún no tenía y del que me han hablado maravillas, Franny y Zooey. Dicen que Franny es tremenda. Me lo leeré este verano. Me compré también Suave es la noche, de Fitzgerald, porque no he leído nada suyo y creo que va siendo hora.

En esa lucha por conquistar pequeñas metas, el lunes empecé a hacer lo que más me gusta en esta vida: planes. Cogí el móvil y les pregunté a Iván y a Eliana que cuando quedábamos. Oli ya se agobiaba. El solo acto de preguntarle a unos amigos que cuándo quedábamos me sentó la mar de bien, en serio.

Mi amigo Iván ha montado un podcast con un amigo suyo en el que van entrevistando a gente de su entorno. Me parece una idea genial porque todos vemos a los famosos en videoconferencias en la tele contándonos su confinamiento, pero a mí me gusta más saber cómo lleva el confinamiento la gente normal y anónima.

Hay personas que creen que ando paranoico perdido con el coronavirus. Vamos a ver, yo sólo soy paranoico con que un psicópata entre en mi casa de noche y me descuartice. Creo que eso puede suceder, y tomo mis precauciones. Pero en cuanto al coronavirus, no soy paranoico. No lavo la compra, por ejemplo. Hay gente que vuelve de comprar, se ducha, lava la ropa y se pone a lavar la compra. Es decir, hay gente que compra un frasco de lentejas y va y lo lava con lejía, de verdad.

El lunes fue nuestro aniversario. Ocho años juntos. A mí siempre me ha gustado más este aniversario que el de boda. Me parece más auténtico. Porque de alguna manera, al recordar un comienzo, estamos recordando la incertidumbre que acompaña a todos los comienzos. Y es una incertidumbre bonita. Yo siempre he tenido una pedrada con las historias de cómo se conoció la gente. Me encanta conocer los detalles, las casualidades que llevan a dos personas a cruzarse. Aunque el día de la boda es bonito, me interesan más los comienzos.

En el caso de Oli y mío, yo pasé de no haber tenido novia nunca a de pronto decirle a mis padres que me iba un mes a vivir a casa de una chica que iba conmigo al máster. Así, de repente, una cosa de locos. Pero Oli siempre me decía que cuando volviese a Barcelona eso se acababa. Cuando la chica que te gusta te dice que lo vuestro tiene fecha de caducidad te pones muy triste. Pero mi amigo Álvaro me dijo algo así como que de mí dependía que cambiase de opinión. Digo algo así porque igual no me dijo nada parecido porque es que yo me invento cosas a veces. Holden decía que la gente se cree que las cosas tienen que ser verdad del todo. La gente en general es agotadora.
  
Qué importante es tener a alguien que te aguante. Que te apoye, que te entienda, que comparta tus opiniones, que tenga tus mismas aficiones, que se ría contigo o que te haga reír mucho. Todo eso está muy bien, pero son tonterías al lado de tener a alguien que te aguante en tus peores momentos, cuando no te aguantas ni a ti mismo.
  
Con toda la libertad, aunque en pequeñas dosis, que hemos recuperado, no le veo sentido a seguir hablando de confinamiento. Así que este texto será el último de los diarios del confinamiento pero, agradecido y animado por algunos de vuestros comentarios, voy a continuar escribiendo este diario. Lo único que espero es seguir estando a la altura.

domingo, 23 de abril de 2017

Mi mejor amigo Holden

El libro El guardián entre el centeno es un clásico de la literatura


Holden Caulfield me aseguró que todo saldría bien. Y no me quedó más remedio que creerle. Era mi mejor amigo y a los mejores amigos se les cree aunque te cuenten la mayor trola del mundo. Estaba necesitado de confiar en alguien, además. Aunque fuese un personaje de ficción. Una cosa de locos. Las cosas no me iban del todo bien en aquella época. No recuerdo la edad exacta, y tampoco creo que a nadie le interese. Sé que atravesaba la adolescencia con mucha más pena que gloria. De suspenso en suspenso en el cole y de rechazo en rechazo con las chicas. Súmenle a eso unos padres desesperados por los sucesivos fracasos de su hijo. Y la gente que me acompañaba en las clases. Ni uno solo había que mereciese la pena, de verdad.

Conocí a Holden gracias al bibliotecario del instituto, el único tipo que se salvaba de aquel lugar. Lo único que me dijo fue que era un clásico de la literatura y que a mí precisamente me gustaría mucho. Y lo dijo muy convencido el tío. Se refería a El guardián entre el centeno, de un tal Salinger. No me habían hablado nunca de él en las clases. Con mi escepticismo por bandera, me lo llevé dando las gracias y demostrando poco entusiasmo.

En mi casa no se leía. Se decía que era una garantía de perder el tiempo. Mis padres se empeñaban en que estudiase, una actividad a la que nunca fui capaz de encontrarle el sentido. Pero se suponía que cuando fuese mayor lo agradecería. No había forma de entender nada. Visto lo visto, y que nada marchaba como debería marchar, qué mejor que intentar escapar de aquel horror haciendo nuevas amistades.

Desde el primer momento quedé cautivado con sus desventuras. Los dos pasábamos una adolescencia difícil. Ninguno de los dos entendíamos a los mayores. Estábamos rodeados de gente que no nos interesaba lo más mínimo. Teníamos una hermana pequeña a la que considerábamos la única persona decente en este mundo. Pero sobre todo nos unía ser unos incomprendidos. Nadie podía entendernos. Es que ni siquiera se esforzaban. Juntos hicimos un buen tándem para defendernos de aquella incomprensión a nuestro alrededor.

Nos llevábamos tan bien que a veces intercambiábamos nuestros mundos. De repente, yo estaba en Manhattan y no paraban de ocurrirme cosas disparatadas. Pasaba algún rato con Phoebe, su hermana. A él le tocaba soportar a mis compañeros de la escuela. Al volver, lo primero que me preguntaba Holden era si ya lo sabía. Y con mucha pena siempre tenía que responderle que no, que no había podido averiguar dónde iban los patos del lago de Central Park en invierno cuando el agua se congela. No había forma de que nadie en esa maldita ciudad se interesase por los pobres patos.

Llegó el día en que llegué a la última página. Se leía rápido y me vi obligado a prolongar su lectura más tiempo del que realmente hubiera sido necesario. Sentía verdadero pánico ante la posibilidad de terminarlo. Estaba convencido de que Holden Caulfield se evaporaría en ese momento y no le vería más. Lo que no sabía entonces, porque no había leído lo suficiente, es que ni Holden ni ningún personaje que nos haya marcado desaparece nunca. Que se quedan a vivir dentro de nosotros. Nadie podrá saber nunca lo que aquel libro significó para mí. Ni falta que hace. Tampoco podría explicarlo lo suficientemente bien.

Hoy estoy en la treintena. Las cosas me van precariamente, pero me van. Y sí. Cuando lo necesito, sigo hablando con él. No desapareció, no.  Sé que puede resultar algo alocado, pero sólo el que haya sentido algo parecido con cualquier personaje de alguna novela podrá entenderlo. En el libro, Caulfield  decía que los libros que le gustaban eran aquellos que cuando acabas de leerlos piensas que ojalá el autor fuera muy amigo tuyo para poder llamarle por teléfono cuando quisieras. Lo que me ocurrió a mí fue que directamente me hice amigo de su protagonista, mi mejor amigo Holden.

lunes, 21 de noviembre de 2016

Holden y los patos de Central Park



Hay momentos en la vida que sabes que nunca olvidarás. No tienes que esperar un tiempo a que hayan pasado para ser consciente de lo determinantes que fueron. Lo sabes en el mismo instante en que ocurren. De igual manera ocurre con la literatura. Seas más o menos lector, a veces pasa por tus manos un libro que te deja huella. En ocasiones es una frase la que consigue emocionarte. De vez en cuando, es un diálogo el que te arrolla. Lo estás leyendo y ya estás deseando volver a leerlo desde el principio, pero sigues leyendo hasta el final, muy rápido, para poder volver a leerlo lo antes posible.

Eso, exactamente eso, es lo que me ocurrió a mí con un diálogo de El guardián entre el centeno, de J.D. Salinger, Un libro de cabecera para miles de personas en todo el mundo. Una religión generación tras generación. Dejadme contaros un poco acerca de la historia que en él se cuenta. Se publicó en 1951 y en él se cuentan las peripecias de un adolescente rebelde, Holden Caulfield, por la ciudad de Nueva York durante unas navidades. “Una cosa de locos que me pasó durante las Navidades pasadas”, en palabras del propio Caulfield, uno de los personajes más entrañables de la literatura universal. Se habla de sexo, de alcohol, se dicen palabrotas. Fue un libro prohibido en muchos institutos de Estados Unidos, no así en otros.

Es la historia del miedo a crecer que todos hemos experimentado, de un chaval que siente rechazo hacia casi todo y todos, excepto por su hermana Phoebe, a la que adora. El autor, Salinger, escribió esta obra, y ante su abrumador éxito, decidió recluirse por completo hasta el año 2010, ni más ni menos, cuando murió por causas naturales. No escribió más, no quiso que su novela se llevase al cine, se mostró siempre huraño ante los periodistas y no concedió ninguna entrevista. 

Os contaré también que existe una sombra sobre este libro. Resulta que ha sido fuente de inspiración para ciertos asesinos. Así, brevemente, un repaso: Mark David Chapman asesinó a John Lennon a tiros en Nueva York. Bien, ese día Chapman portaba un ejemplar de El guardián entre el centeno. En una de sus páginas escribió lo siguiente: “esta es mi declaración” con una firma: “El guardián entre el centeno”. Tras disparar a Lennon, en vez de huir, se sentó en la acera y se quedó leyendo ahí el libro esperando a la policía. Después, declaró: “Estoy seguro de que la mayor parte de mí es Holden Caulfield, el resto de mí debe ser el Diablo.” Es el más famoso, pero también John Hinckley, que intentó matar al presidente Ronald Reagan en 1981, y Robert John Bardo, que asesinó a la actriz Rebecca Schaeffer, declararon estar obsesionados con la novela de Salinger. A veces da miedo. Porque piensas que tú te hubieras llevado bien con esa gente que compartía esa afición por ese libro contigo.

Es el único libro que me he leído dos veces. Y de vez cuando lo cojo y me pongo a leer por cualquier página. Disfruto con cada línea. Es divertido, el lenguaje es coloquial, nada enrevesado, es corto y no paran de pasar cosas, por lo que te enganchas fácil y te lo puedes terminar rápido. Holden está loco, hablemos claro. Es un tipo único. Solamente alguien como él puede estar tan obsesionado con un tema. Su principal preocupación es la siguiente: ¿Dónde van los patos del lago de Central Park en invierno cuando el lago se congela? Aquí va el diálogo que yo puedo leer una y otra vez sin cansarme. El diálogo que, cuando leí por primera vez, no quería que terminase nunca porque sabía que no habría otra primera vez. Esto es un resumen:

“Pero, en fin, como les iba diciendo, subí al taxi, y pronto el taxista empezó a darme un poco de conversación. Se llamaba Howitz y era mucho más simpático que el anterior. Por eso se me ocurrió que a lo mejor sabía lo de los patos.
-Dígame, Howitz -le dije-. ¿Pasa usted muchas veces junto al lago del Central Park?
-¿Qué?
-El lago, sabe. Ese lago pequeño que hay cerca de Central South Park. Donde están los patos. ¿Sabe, no?
-Sí. ¿Qué pasa con ese lago?
-¿Se acuerda de esos patos que hay siempre nadando ahí? Sobre todo en primavera.
¿Sabe usted por casualidad dónde van en invierno?
-Adónde va, quién?
-Los patos. ¿Lo sabe usted, por casualidad? ¿Viene alguien a llevárselos a alguna parte en un camión o se van ellos por su cuenta al sur, o qué hacen?
El tal Howitz volvió la cabeza en redondo para mirarme. Tenía muy poca paciencia, pero no era mala persona.
-¿Cómo quiere que lo sepa? -me dijo-. ¿Cómo quiere que sepa semejante estupidez?
-Bueno, no se enoje por eso.
-¿Quién se enoja ? Nadie se enoja.
Decidí que si iba a tomarse las cosas tan a pecho, mejor era no hablar. Pero fue él quien sacó de nuevo la conversación. Volvió otra vez la cabeza en redondo y me dijo:
-Los peces son los que no se van a ninguna parte. Los peces se quedan en el lago. Esos sí que no se mueven. "

Me parece fascinante. No encuentro otra palabra, sinceramente. La historia de un adolescente que coge un taxi en Nueva York y no tiene otra cosa que preguntarle al taxista si sabe dónde van los patos de Central Park en invierno me parece sublime. Este diálogo es el que más recuerda todo el mundo que ha leído la novela. Hay muchos otros grandes momentos, pero este fragmento es el que lo dice todo de Holden Caulfield, de su creador, Salinger, y del mundo que les rodeaba. Un mundo en el que a nadie le importa dónde van los patos de Central Park cuando el lago se congela en invierno. Y eso es desolador, para Holden, que se siente profundamente incomprendido, y para el lector, que se siente identificado con esa sensación de desamparo. Todos hemos necesitado en algún momento que un adulto nos asegurase que "los patos iban a seguir ahí", que nada iba a cambiar.

Siempre he tenido un sueño. Siempre he querido ir a Nueva York, coger un taxi y preguntarle al taxista si sabe dónde van los patos del lago de Central Park en invierno. Desearía con locura que el taxista me siguiese el rollo. Estoy convencido de que todos los taxistas de Nueva York tienen que conocer El guardián entre el centeno. Estoy convencido de que hay gente que ya ha hecho lo que yo quiero hacer. Lo peor es que estuve en Nueva York, y estuve a punto de preguntárselo al taxista que me llevaba de vuelta al aeropuerto, pero tuve miedo de que fuera un Howitz de la vida, se enojase por mi pregunta, y decidiese poner fin al trayecto. En serio, la gente de esa ciudad está muy loca. 

Eso sí, los pude ver, qué alegría. Hablo, por supuesto, de los patos de Central Park. Los vi, estaban ahí en pleno mes de diciembre. Pero, claro, el lago no estaba congelado todavía. No pude resolver la duda. Me supo mal, por mí, y por Holden. Yo quería hablar con Holden y poder tranquilizarle asegurándole que los patos seguían ahí, o haber conocido a alguien que me dijese que en primavera vuelven, que no había nada de lo que preocuparse.