lunes, 21 de noviembre de 2016

Holden y los patos de Central Park



Hay momentos en la vida que sabes que nunca olvidarás. No tienes que esperar un tiempo a que hayan pasado para ser consciente de lo determinantes que fueron. Lo sabes en el mismo instante en que ocurren. De igual manera ocurre con la literatura. Seas más o menos lector, a veces pasa por tus manos un libro que te deja huella. En ocasiones es una frase la que consigue emocionarte. De vez en cuando, es un diálogo el que te arrolla. Lo estás leyendo y ya estás deseando volver a leerlo desde el principio, pero sigues leyendo hasta el final, muy rápido, para poder volver a leerlo lo antes posible.

Eso, exactamente eso, es lo que me ocurrió a mí con un diálogo de El guardián entre el centeno, de J.D. Salinger, Un libro de cabecera para miles de personas en todo el mundo. Una religión generación tras generación. Dejadme contaros un poco acerca de la historia que en él se cuenta. Se publicó en 1951 y en él se cuentan las peripecias de un adolescente rebelde, Holden Caulfield, por la ciudad de Nueva York durante unas navidades. “Una cosa de locos que me pasó durante las Navidades pasadas”, en palabras del propio Caulfield, uno de los personajes más entrañables de la literatura universal. Se habla de sexo, de alcohol, se dicen palabrotas. Fue un libro prohibido en muchos institutos de Estados Unidos, no así en otros.

Es la historia del miedo a crecer que todos hemos experimentado, de un chaval que siente rechazo hacia casi todo y todos, excepto por su hermana Phoebe, a la que adora. El autor, Salinger, escribió esta obra, y ante su abrumador éxito, decidió recluirse por completo hasta el año 2010, ni más ni menos, cuando murió por causas naturales. No escribió más, no quiso que su novela se llevase al cine, se mostró siempre huraño ante los periodistas y no concedió ninguna entrevista. 

Os contaré también que existe una sombra sobre este libro. Resulta que ha sido fuente de inspiración para ciertos asesinos. Así, brevemente, un repaso: Mark David Chapman asesinó a John Lennon a tiros en Nueva York. Bien, ese día Chapman portaba un ejemplar de El guardián entre el centeno. En una de sus páginas escribió lo siguiente: “esta es mi declaración” con una firma: “El guardián entre el centeno”. Tras disparar a Lennon, en vez de huir, se sentó en la acera y se quedó leyendo ahí el libro esperando a la policía. Después, declaró: “Estoy seguro de que la mayor parte de mí es Holden Caulfield, el resto de mí debe ser el Diablo.” Es el más famoso, pero también John Hinckley, que intentó matar al presidente Ronald Reagan en 1981, y Robert John Bardo, que asesinó a la actriz Rebecca Schaeffer, declararon estar obsesionados con la novela de Salinger. A veces da miedo. Porque piensas que tú te hubieras llevado bien con esa gente que compartía esa afición por ese libro contigo.

Es el único libro que me he leído dos veces. Y de vez cuando lo cojo y me pongo a leer por cualquier página. Disfruto con cada línea. Es divertido, el lenguaje es coloquial, nada enrevesado, es corto y no paran de pasar cosas, por lo que te enganchas fácil y te lo puedes terminar rápido. Holden está loco, hablemos claro. Es un tipo único. Solamente alguien como él puede estar tan obsesionado con un tema. Su principal preocupación es la siguiente: ¿Dónde van los patos del lago de Central Park en invierno cuando el lago se congela? Aquí va el diálogo que yo puedo leer una y otra vez sin cansarme. El diálogo que, cuando leí por primera vez, no quería que terminase nunca porque sabía que no habría otra primera vez. Esto es un resumen:

“Pero, en fin, como les iba diciendo, subí al taxi, y pronto el taxista empezó a darme un poco de conversación. Se llamaba Howitz y era mucho más simpático que el anterior. Por eso se me ocurrió que a lo mejor sabía lo de los patos.
-Dígame, Howitz -le dije-. ¿Pasa usted muchas veces junto al lago del Central Park?
-¿Qué?
-El lago, sabe. Ese lago pequeño que hay cerca de Central South Park. Donde están los patos. ¿Sabe, no?
-Sí. ¿Qué pasa con ese lago?
-¿Se acuerda de esos patos que hay siempre nadando ahí? Sobre todo en primavera.
¿Sabe usted por casualidad dónde van en invierno?
-Adónde va, quién?
-Los patos. ¿Lo sabe usted, por casualidad? ¿Viene alguien a llevárselos a alguna parte en un camión o se van ellos por su cuenta al sur, o qué hacen?
El tal Howitz volvió la cabeza en redondo para mirarme. Tenía muy poca paciencia, pero no era mala persona.
-¿Cómo quiere que lo sepa? -me dijo-. ¿Cómo quiere que sepa semejante estupidez?
-Bueno, no se enoje por eso.
-¿Quién se enoja ? Nadie se enoja.
Decidí que si iba a tomarse las cosas tan a pecho, mejor era no hablar. Pero fue él quien sacó de nuevo la conversación. Volvió otra vez la cabeza en redondo y me dijo:
-Los peces son los que no se van a ninguna parte. Los peces se quedan en el lago. Esos sí que no se mueven. "

Me parece fascinante. No encuentro otra palabra, sinceramente. La historia de un adolescente que coge un taxi en Nueva York y no tiene otra cosa que preguntarle al taxista si sabe dónde van los patos de Central Park en invierno me parece sublime. Este diálogo es el que más recuerda todo el mundo que ha leído la novela. Hay muchos otros grandes momentos, pero este fragmento es el que lo dice todo de Holden Caulfield, de su creador, Salinger, y del mundo que les rodeaba. Un mundo en el que a nadie le importa dónde van los patos de Central Park cuando el lago se congela en invierno. Y eso es desolador, para Holden, que se siente profundamente incomprendido, y para el lector, que se siente identificado con esa sensación de desamparo. Todos hemos necesitado en algún momento que un adulto nos asegurase que "los patos iban a seguir ahí", que nada iba a cambiar.

Siempre he tenido un sueño. Siempre he querido ir a Nueva York, coger un taxi y preguntarle al taxista si sabe dónde van los patos del lago de Central Park en invierno. Desearía con locura que el taxista me siguiese el rollo. Estoy convencido de que todos los taxistas de Nueva York tienen que conocer El guardián entre el centeno. Estoy convencido de que hay gente que ya ha hecho lo que yo quiero hacer. Lo peor es que estuve en Nueva York, y estuve a punto de preguntárselo al taxista que me llevaba de vuelta al aeropuerto, pero tuve miedo de que fuera un Howitz de la vida, se enojase por mi pregunta, y decidiese poner fin al trayecto. En serio, la gente de esa ciudad está muy loca. 

Eso sí, los pude ver, qué alegría. Hablo, por supuesto, de los patos de Central Park. Los vi, estaban ahí en pleno mes de diciembre. Pero, claro, el lago no estaba congelado todavía. No pude resolver la duda. Me supo mal, por mí, y por Holden. Yo quería hablar con Holden y poder tranquilizarle asegurándole que los patos seguían ahí, o haber conocido a alguien que me dijese que en primavera vuelven, que no había nada de lo que preocuparse.

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