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jueves, 18 de marzo de 2021

Fiarse de la realidad

Aline Masson, la musa de Raimundo de Madrazo


Seguimos esperando a Nico. De momento nada de nervios. Lo único así que os puedo contar es que hace dos semanas Oli tuvo varias contracciones seguidas una noche que estábamos tirados en el sofá viendo la tele, que es como están las parejas cuando ella se pone de parto. Y la aplicación que utiliza para controlar esas contracciones le puso el siguiente mensaje: "Váyase preparando para ir al hospital. Recuerde estar relajada". Nos reímos, bueno yo igual menos, y me quedé mirándola y le pregunté: "pero tú cómo estás, a ver". Y Oli me dijo que estaba perfecta. Al minuto ya estábamos otra vez viendo la tele tan tranquilos.

Si mi amigo Nacho fuese el que hubiese tenido las contracciones hubiera ido hasta el hospital exigiendo que le sacasen al niño aunque los médicos le dijesen que usted no está de parto. En un viaje por la Costa Azul, le preguntamos, creo que en Marsella por la noche, a un señor para llegar a la catedral y el señor decía lo contrario a lo que le decía el móvil a Nacho. Y Nacho decidió que el señor que llevaba toda su vida viviendo ahí estaba equivocadísimo. Yo creo que hay que aprender a fiarse de la vida real siempre, tanto si tu mujer va a ponerse de parto como si estás buscando la catedral de Marsella una noche cualquiera.

El otro día en el Museo tuve la oportunidad de ver el desmontaje de una exposición y me gustó mucho la experiencia. Soy muy dado a darle vida a los objetos, hasta unos niveles que no podría confesar porque podrían encerrarme, y me empecé a preguntar si los cuadros que ahora embalaban en cajas para irse cada uno a su casa se habrían pegado una buena farra la noche anterior para despedirse, si habrían dicho "nos llamamos eh" al despedirse, si habrían hecho un grupo de whatsapp todos para seguir a tope en contacto, si habría habido algún romance durante esos meses de campamento y si esa relación continuaría, si los cuadros estarían deseando volver a sus casas o si se hubiesen quedado otros seis meses ahí. En la exposición, por cierto, había cuadros de Aline Masson, la musa, y me temo que algo más, de Raimundo de Madrazo, de la cual confieso sin vergüenza que me hubiera enamorado de haber coincidido con ella.

Ha bastado leer una novela para volver a inspirarme un poco para escribir. Se trata de Gente Normal, de Sally Rooney. También he comenzado los diarios de Xacobe Pato, el librero de la librería Cronopios de Santiago de Compostela. He de reconocer que los ensayos sobre política me hacen aprender mucho y reflexionar, pero no me inspiran a la hora de contar historias de mi vida.

Por Navidad, Oli me regaló un brazalete para poder llevar el móvil a correr. Y eso hizo que otra vez volviese a medir kilómetros, minutos, velocidad media y todas esas mierdas. Y eso hizo a su vez que volviese a correr bastante. Y llegamos a que hace tres semanas me vine arriba saliendo a correr tres días seguidos diez kilómetros y me fastidié la rodilla. Cojeando varios días y dolor horrible al bajar escaleras. Doce días sin correr y salí el sábado pasado media hora y otra vez fastidiado. Regalo envenenado el del brazalete, y eso que llevaba un tiempo pidiéndolo. Lo peor es que lo de venirse arriba en la vida siempre se acabe pagando, sea en forma de resaca una noche que se te fue de las manos o sea con la rodilla destrozada corriendo tres días diez kilómetros. Venirse arriba es una de mis cosas favoritas de la vida y no puede ser eso de que tenga precio a pagar.

Es un agobio irse a dormir con preocupaciones, pero irse a dormir con el simbolito de "queda poca batería" en el transistor es muchísimo peor. Nunca sé si cambiarle las pilas directamente y evitarme el mal rato. Porque luego apago la luz, me meto en la cama, me pongo la radio y empieza una agonía tremenda de estar escuchando la tertulia de fútbol y pensar que en cualquier momento no voy a escuchar algo que me interese porque se va a apagar y cambiar las pilas a oscuras de manera sigilosa para no despertar a Oli es un jaleo tremendo.

Cuando alguien es especialmente amable en el Museo a veces me entran unas ganas inmensas de hacerme amigo suyo, no lo puedo evitar.

domingo, 1 de mayo de 2016

Todo lo que pensé y sentí en mi primera Maratón


Mi foto preferida de Marathon Foto.

Escribo casi una semana después de una experiencia que creo que me ha cambiado la vida. El domingo 24 de abril de 2016 corrí, y terminé, mi primera Maratón. Me habían dicho, había leído por ahí, que no vuelves a ser el otro después de haberte enfrentado a los 42,195 kilómetros de esta mítica prueba. Tenían toda la razón, toda.

Desde hace días me siento en una nube. Y empiezo a dudar de si me podré bajar de ella en algún momento. Desde que crucé la línea de meta hasta este momento en el que esto escribo una semana después, me siento más capaz, más vital, pienso que muy grande tiene que ser el obstáculo que me detenga, más optimista aún de lo que suelo ser, creo que tengo menos miedos, y que puedo sacar adelante todo reto que me proponga en la vida si lo afronto con el mismo esfuerzo, sacrificio y espíritu de superación.

Me he pasado la semana buscando en Google "experiencias primera maratón" y no podía parar de identificarme con cada palabra, con cada emoción descrita en esos textos. Eso me hizo animarme a hacer yo lo mismo. Por eso aquí voy a compartir la inolvidable experiencia de mi primera maratón, el 24 de abril de 2016 en mi ciudad, Madrid. Me limitaré a ir escribiendo todos los pensamientos, emociones y sensaciones que me acompañaron antes, durante y después de la carrera. Espero que os guste y que si dentro de un tiempo algún novato busca "experiencias primera maratón" pueda salirle mi texto y disfrutar de él como yo lo he hecho con el de otros.

La semana previa al gran debut me pasó una cosa que nunca me había pasado. Soñé durante tres días consecutivos con la maratón. El lunes, el martes y el miércoles se me aparecía en sueños el día de la carrera. Desde que me levantaba hasta que me acostaba, no existía otra cosa. Pensaba en todo el esfuerzo hecho desde enero. Pensaba en la lesión de rodillas que me hizo parar casi un mes en febrero y con serias dudas de poder correr la maratón. Pensaba que ya estaba todo terminado. Que quedaban apenas unos días para estar cumpliendo el sueño de correr una maratón. El viernes por la tarde me fui a la Feria del Corredor a recoger mi dorsal y me costó no emocionarme.


 La noche de antes, la idea era meterme en la cama a las 21:30 o 22:00, pero finalmente, entre unas cosas y otras, me dan las 23.30. Por supuesto, me ceno mi buen plato de pasta, básico antes de cualquier carrera, ni qué decir antes de una maratón. Me voy a dormir con la duda de si podré conciliar el sueño, pero tengo suerte y caigo fácil.

A las seis suena el despertador. He dormido de un tirón, no todo lo que quería, pero he descansado bien. La carrera es a las 9 y lo recomendable es desayunar tres horas antes de la prueba y no hacer experimentos de ningún tipo. Así que me preparo mi bocadillo tostado de jamón york y mi café. Me noto calmado. Creo que es un mecanismo de defensa para no descontrolarme. Es el gran día que llevo esperando hace años. Y no quiero pensarlo mucho porque sé que se me puede ir de las manos. Lo disfruto, pero con cabeza.

Por la noche, como debe hacerse, me dejé todo preparado en la mesa: camiseta, imperdibles, pantalón, zapatillas, reloj cargado, vaselina, geles. Desayuno y ya me preparo. Ahora sí que sí. No son las ocho y ya estoy listo, así que me despido de mi novia, que sabe mejor que nadie lo que han sido estos meses para mí y a la que le debo mucho por haberme animado y apoyado en todo momento, y me sonríe y me dice que lo voy a hacer muy bien. Es un momento emocionante, de los muchos que están por venir en este día.

En el metro ya empiezo a ver a corredores y los nervios van en aumento. Voy muy bien de tiempo y eso me permite disfrutar del momento y observar bien a mi alrededor. Los ojos de ilusión, el entusiasmo generalizado. Empiezo a venirme arriba y aún no he llegado a Cibeles. Cuando llego, voy subiendo las escaleras de la salida del metro de Banco de España sabiendo que la primera imagen que vea en ese momento se quedará en mi retina para siempre y disfruto del momento. Pero no hay tiempo para más.

Rápidamente, empieza mi momento de nervios y agobio. Y eso que voy bien de tiempo. Para poder ir a los baños me he metido por el lado que no tenía que haberme metido y como yo, muchos otros corredores, que no podemos pasar al otro lado hasta que bajemos y bajemos y encontremos una entrada habilitada por la organización. Cuando llego a los baños, veo la cola y veo que muchos se están yendo a un sitio a mear. No puedo esperarme a la cola o se me hará tarde. Me voy dónde van todos. Ya está. Ya puedo ir a buscar mi cajón de salida, el segundo.

Voy subiendo y me coloco en mi puesto. Quedan diez minutos para que comience la carrera. Nervios, emoción. Y de repente, una cierta sensación de miedo. He entrenado, todo ha ido bien, sí. Estoy entusiasmado, también. Pero de repente pienso: tío, que vas a correr 42,195 kms. Y me invade una cierta sensación de respeto que creo que no me viene nada mal para templar el entusiasmo del comienzo cuando se produzca el pistoletazo de salida.

Salen los de élite y ya nos toca a nosotros. La suerte está echada, a por ello, me digo. Aquí lo tienes. Estás en el centro de Madrid, de tu ciudad, en tu amada plaza de Cibeles, vikingo. Ponte a correr y disfruta como te mereces, joder. Piso la línea de salida y todo empieza. Me siento eufórico y se me olvida cualquier miedo. Pensaba que habría mucho más apelotonamiento y que no podría correr a gusto hasta pasado un rato. Nada de eso. Nada más empezar ya voy a mi ritmo, a gusto. Subida por la Castellana los primeros 6 kms. Hasta pasar Plaza de Castilla y llegar a las cuatro torres.

Voy buscando mi hueco en la subida.

Al poco de empezar, primer contratiempo. Los geles me estorban mucho. Sólo tengo un bolsillo, pequeño, en la parte trasera del pantalón. Llevo dos geles y el tercero me lo dará mi madre en el km 33 o mi novia al pasar por Sol (19). Y solo con dos ya noto que me pesa mucho el bolsillo. Saco uno y decido llevarlo en la mano. Segundo contratiempo, que me estoy meando y acabo de empezar. Así que veo a otros que se van a un sitio y aprovecho yo también. Me preocupa esto nada más empezar. Para continuar, y esta es la peor noticia sin duda, dolor de estómago que, tristemente, me va a acompañar ya hasta el final.

Al principio no le hago mucho caso, quizá lo noto menos, y sigo a buen ritmo. Apenas pasados dos kms, vuelvo a sentir la imperiosa necesidad de mear. De nuevo veo a otros que están en un sitio y allá que voy. Me preocupa haber empezado así. No puedo estar cada tres kilómetros parando. Lo había entrenado psicológicamente en los entrenamientos. Se trataba de focalizar la atención en la carrera y no en eso. Pero el día de la carrera es el día de la carrera.

Sigo subiendo hacia Plaza de Castilla y paso uno de los momentos más felices de toda la carrera. En los puentes que hay arriba en la Castellana hay gente dando gritos de ánimo y con pancartas, se me pone la piel de gallina, les aplaudo, les saludo, les abrazaría si pudiese. La felicidad que siento en ese momento es indescriptible, y eso va a ser solamente el aperitivo de lo que está por venir.

Sigo y me doy cuenta de que mi novia puede estar por casualidad a la altura del Bernabéu, ahí no contaba con verla y me hace ilusión pensar que al ver a los corredores subiendo se haya puesto ahí a ver si me ve pasar, me voy fijando, la veo y la doy un beso. Sigo tan feliz y voy a muy buen ritmo, unos 4.30 o 4.40 aproximadamente. Incluso en algún momento veo que me pongo a 4:00 o 4:20. Me siento tan bien que no me preocupa el estar yendo más rápido de lo previsto, aunque no era eso lo planeado.

Aquí con mi Oli mordiendo la medalla al terminar.

Ya nos acercamos hacia Bravo Murillo. Aquí me doy cuenta de lo importante que es el saber que en un punto vas a ver caras conocidas. Mi amigo Nacho me dijo que estaría alrededor del km 10. Y ya voy con el subidón antes de verle, pero el subidón es doble porque además de Nacho, está también ahí Álvaro, con el que no contaba en ese kilómetro. Llevan hasta una mini pancarta en un papel dándome ánimos. Me río al verles, son una pasada, me siguen corriendo unos metros hasta que ya les dejo atrás. Álvaro me avisa de que también estará en el 39 y me quedo con ello. Me dura la felicidad por haberles visto durante un buen rato. En Cuatro Caminos, una vez más, me meto en un baño de los de la organización a mear por tercera vez en 10 kilómetros. Me digo que esto no puede ser. Que se acabó. Estoy perdiendo mucho tiempo así.

Me doy cuenta de que los 10 kms se me han pasado volando. Y me lleno de felicidad dispuesto a emprender la bajada por Raimundo Fernández Villaverde. El dolor de estómago sigue ahí, es como una punzada que no se va. Me da mucha rabia que me pase esto el día de la carrera. Mentalmente me impide estar concentrado en el ritmo y en las sensaciones, sino que mi atención empieza a irse al dolor. Cuando todos me decían que todo iría bien, que había entrenado bien, etc. yo prefería ser prudente porque sé que el cuerpo humano es muy caprichoso y te puede jugar malas pasadas aunque tú hayas puesto todo de tu parte para que no te ocurra nada.

Sigo corriendo. Nos acercamos a un momento clave. En el km 14, en la Calle Serrano, se dividen los de la Media Maratón y los de la Maratón. Hasta ese momento, todos los corredores habíamos ido juntos. Había leído sobre este momento, pero no me imaginaba que fuese tan emotivo una vez que estás ahí. Los que siguen por la Media nos empiezan a aplaudir a los que nos desviamos hacia la Maratón, y nosotros les devolvemos el aplauso. No nos conocemos de nada, pero nos une el esfuerzo y el buscar una meta. Es muy emocionante. Nos alientan, nos gritan y nos mandan ánimos. Qué momento.

Continuamos y llegamos a la calle Almagro. Toca una subidita prolongada, pero a la que no tengo ningún miedo porque la he hecho muchas veces en los entrenamientos. Y sé que al final de la subida espera Marlix, compañera de entrenamientos en Mapoma todos los domingos, que ha venido a animarnos a todos los del grupo. Y el saber que viene un punto en el que verás a alguien, hace que te crezcas. Voy subiendo y en la subida el dolor de tripa se hace más agudo. Será el esfuerzo. Seguimos Santa Engracia hacia arriba y ya nos aproximamos al parque de bomberos. Aquí tiene que estar Marlix. Y ahí aparece, con su entusiasmo y transmitiéndome una energía de la que no sé si ella es consciente. Me aguantó muchos domingos con mi problema de las rodillas y me hace especial ilusión verla en ese momento. No me podía hacer una idea de la fuerza que te puede dar el ver rostros conocidos durante la carrera.

Con ese subidón, me cruzo por delante de un corredor sin darme cuenta y me protesta enfadado. Le pido perdón, le digo que no me he dado cuenta y pienso que en un día así, no es para ponerse como se ha puesto. Pero no le doy más importancia y sigo a lo mío. Nos acercamos hacia uno de los momentos con los que más he soñado durante los últimos meses: Gran Vía y Sol. Bajamos San Bernardo, pasamos por Quevedo, y ahí ya empiezo a crecerme. El dolor de estómago sigue molestando, pero no le permito tener el protagonismo en este momento. Quiero disfrutar de lo que viene.


No sé bien dónde es esta foto, pero me gusta.

Vamos bajando San Bernardo, se hace más estrecho y ya ves Gran Vía. Ya estoy ahí. Estoy corriendo por la Gran Vía. Han cerrado las calles para que nosotros seamos los protagonistas. Estoy corriendo por una de las calles más emblemáticas de mi ciudad, disfruto como un niño del momento. Las sensaciones se disparan. No es fácil de explicar.

Subimos hacia Callao y se escuchan muchos gritos. Me vengo muy arriba, es un momento único y empiezo a hacer lo que hacen otros corredores, cual Cholo Simeone empiezo a levantar los brazos hacia arriba animando al público a aplaudir aún más, luego paso a aplaudirles y otra vez empiezo a levantar los brazos, también es una forma de darme ánimos a mí mismo. La gente se vuelca. Y entre esos gritos, uno especialmente dirigido a mí, del gran Iván, al que esperaba unos metros adelante en Preciados y que se ha colocado en Callao. Me giro, le veo y me hace una ilusión enorme verle ahí. Es un tío al que tengo mucho aprecio y ha hecho el esfuerzo de venirse solo una mañana de domingo a verme pasar un minuto. Un grande.

Bajo Preciados como una moto, con el subidón reciente y el que está por venir. Uno de los momentos señalados. El paso por la Puerta del Sol. Preciados está lleno de gente y se escucha el barullo procedente de Sol. Al llegar siento una sensación de superioridad respecto a todo y todos, una sensación de plenitud. Soy protagonista en el centro de mi ciudad. No puedo pedir más. Y encima aquí habían quedado en verme mi novia (Oli) con mis dos amigas de la universidad, Tere y Anisi. Entro en la Calle Mayor, abarrotada de gente. No las veo. Intento ir más lento. No las veo. Nervios. Por fin aparecen. Las choco la mano y a Oli vuelvo a darle otro beso. Casi le choco la mano a una mujer pensando que era Anisi. Me fijo en que no está Anisi. Les pregunto desde la distancia a Oli y a Tere, pero ya no me escuchan. Estamos en el km 19. 


Buscando a Oli, Tere y Anisi en Sol.

Acercándome a la media maratón, hago balance: me siento muy bien. He ido a buen ritmo. Las rodillas me están respetando. No estoy teniendo problemas de rozaduras. Estoy bebiendo en cada avituallamiento, como me habían dicho. En el km 10 me tomé el primer gel y creo que empeoró mi tripa. Si no fuese por la tripa, todo lo demás está saliendo bien. Llegamos a la Media Maratón, en Ferraz. La he hecho en 01:40.

El dolor de tripa se hace más intenso que nunca y busco con urgencia cualquier cafetería. Finalmente, me meto en una. Voy al baño, después le pido una botella de agua, le doy un par de sorbos y la dejo ahí. Unos clientes caen en la cuenta de que estoy corriendo la Maratón, se ríen, y me dan ánimos para seguir. Compruebo horrorizado que la tripa me sigue molestando, no me lo puedo creer. Ahora viene una bajada de varios kilómetros hasta llegar a la Avenida de Valladolid. La hago intentando recuperar el tiempo perdido, aunque sé que es irrecuperable y me da bastante rabia. Hago lo que puedo sin volverme loco, porque sé que voy a necesitar fuerzas en esta segunda mitad.

En la Avenida de Valladolid hacia Príncipe Pío noto por primera vez calor. Incluso se lo escucho a otros corredores. Es una calle en la que el sol pega mucho. Cuando me voy acercando a Príncipe Pío, empieza un murmullo. Toda la vida pasando por ahí, es mi parada de metro, y nunca se me hizo tan especial pasar como ahora. La gente invade la calle animando y dando gritos a los corredores. Y de repente, me gritan: ahí están, sin yo esperarlo, nuevamente, Oli, Tere y, aunque no la vea, también está Anisi. Son mis groupies particulares. Y si ya estaba sintiendo una felicidad inmensa por estar corriendo la Maratón por Príncipe Pío, pues ahora aún más con este nuevo empuje.

Viene la parte de la Casa de Campo. He leído en muchos sitios que son unos kilómetros complicados. Desaparece el público que sí que hay por las calles y se hace más solitario, en un momento de la carrera en el que empiezan a asomar las primeras dudas. El comienzo es por el lago, yo he entrenado muchas veces por ahí y me siento como en casa. Después ya vamos por un recorrido que no conozco y sí que empiezo a tener mis primeros momentos de debilidad. Nada serio, pero es un aviso en toda regla. Km 28.

Me sorprende que sí que hay público animando. Mucha gente que va a montar en bici se para a animarnos. No contaba con ello y me hace sentirme muy bien y recuperar algo de fuerzas. Dos amigos me dijeron que quizá estaban por la Casa de Campo con la bici para verme, aunque no me lo aseguraron. Los 4 kilómetros que dura el recorrido por el pulmón de Madrid me los paso buscándolos con la mirada, en los giros voy especialmente atento. Nada. Sé que al salir de la Casa de Campo hay una cuesta muy dura pero corta. Al llegar a ella, pienso que igual se han colocado ahí. Tampoco. Son cosas que también pueden pasar. Aunque supone un bajón, pienso que hay que seguir, que estoy corriendo la primera maratón de mi vida y nada puede desanimarme.

Aquí en segundo plano subiendo esa cuesta, creo.

Queda nada para vivir un momento muy feliz. Voy a ver a mi madre en dos puntos, uno al pasar por el Puente de Segovia, y otro a la altura de Virgen del Puerto con la Calle Segovia. La veo por primera vez y os puedo asegurar que me da muchísima fuerza para seguir. Sigo adelante con una sonrisa de par en par y ni siquiera me doy cuenta de que mis groupies Oli, Tere y Anisi están otra vez ahí gritándome. Me enteré después.

Pasamos por la Ermita del Santo. Kilómetro 31-32. Acabo de empezar a sufrir. Y ya no pararé de hacerlo hasta terminar. Pienso lo lejos que estoy del Retiro (la meta). Son diez kilómetros. Los he hecho muchas veces. Pero se me van a hacer tan largos. Es el primer momento en el que me detengo del todo. Una parada de diez, veinte segundos, para recuperar un poco. Sigo, y paso al lado del Calderón. Puente de San Isidro, y aquí toca tomarse el único plátano que había planeado tomarme durante la carrera. Con el dolor de estómago pienso que cualquier cosa puede ser una bomba de relojería, pero aún así me lo tomo porque creo firmemente que me puede beneficiar más que perjudicar. Paro a comerlo, creo que ni me lo acabo.

Entramos en una de las partes que más ilusión me hacía del recorrido: mi barrio de toda la vida. Las calles que me han visto crecer y que me han acompañado siempre me ven ahora correr la Maratón. Veo a un chico que iba dos cursos por debajo de mí, con el que pocas veces me saludo al vernos, pero en este momento le pego un grito "¡Javi!", se gira, me busca, se sorprende al verme y me grita "¡Vamos máquina!" con entusiasmo. Cosas que creo que sólo pueden ocurrir en un momento así. Metros más adelante reconozco a un vecino de mi portal de toda la vida, no recuerdo su nombre y le grito con fuerza "¡Hasta luego!" al reconocerme, veo su cara de sorpresa y me manda un grito de vuelta dándome ánimos. Momentos únicos que sabía que podía vivir al pasar por mi barrio.

Y ahora toca ver a mis padres al subir la Calle Segovia. Me hace mucha ilusión y me hace coger fuerzas. Cuando les conté que por fin quería correr la maratón después de varios amagos en sucesivos años, dudé de que les fuese a gustar. Pensaba que podían tener miedo de que me pasase algo y que no les gustase la idea. Qué equivocado estaba. Como con tantas cosas en la vida, me apoyaron, como lo han hecho siempre con mi hermana y conmigo cuando han visto que algo nos hacía especial ilusión. Y ese apoyo es fundamental para perseguir ciertas metas, os lo puedo asegurar.

El hecho de que estén ahí a la vuelta de la esquina esperando para animarme demuestra todo esto que estoy diciendo. Y por fin les veo. Me paro, porque mi madre tenía como misión traerme isotónica y un gel para el último esfuerzo. Aprovecho para beber, mi padre se ríe, yo me río y les digo que "esto es durillo". Les doy dos besos y sigo. Ahora viene la peor parte. Soy consciente.

Riéndome con mis padres en la Calle Segovia.

De aquí, km 33, hasta el 40, es todo subida prácticamente. Empezamos por el Paseo Imperial y Acacias hacia Atocha. Estos últimos kilómetros están totalmente abarrotados de gente. Yo ya empiezo a sufrir, esta vez de verdad. Sé que estamos yendo hacia Atocha, pero apenas puedo fijarme bien en las calles y en el recorrido. Sólo escucho los gritos de la gente y apenas les miro. Mi cabeza ya sólo piensa en seguir adelante de la forma que sea. Me concentro en el esfuerzo.

Decido parar a tomarme el gel. Tenía dudas, por el maldito estómago, pero con lo flojo que voy, creo que no me puedo permitir prescindir de él. Lo abro, lo bebo un poco y lo tiro, no quiero tomármelo entero. Atocha no llega nunca y mi cabeza se empieza a llenar de improperios hacia todo. Recordarlo me hace gracia, porque cuando uno empieza a ir jodido en la maratón se le empieza a poner cierta mala leche que no desaparece, al menos en mi caso fue así. Se puede definir como hastío, ver que esto jamás se acaba.

Por fin aparece Atocha. Estoy destrozado. Es el km 37. 5kms para el gran momento. Saco fuerzas no sé muy bien de dónde, sinceramente. No sé cómo lo voy a hacer para aguantar corriendo 5 kms más, pero sí sé que lo voy a hacer. Avanzamos hacia Neptuno. Impresiona el ambiente de toda la gente que hay dando ánimos. No sé si ellos podrán darse cuenta algún día de la fuerza que dan a los corredores. Que quizá son la única gasolina que en ese momento tan duro tienen los participantes. Más que cualquier gel o trago de agua, son ellos el impulso que te ayuda a no desfallecer.

Llegamos a Cibeles, subiendo Recoletos, por dónde empezábamos a correr hacía tres horas y pico. Qué diferencia entre ese momento y el de ahora. Con la sensación de que me iba a comer a la maratón, y ahora pidiéndole clemencia para que no me coma a mí. Noto que voy a peor. Si en algún momento había tenido una ilusión de volver a crecerme en algún punto de aquí a al final, ya abandono toda esperanza. Voy de capa caída y doy por hecho que el sufrimiento va a ir a más aún.

De repente, aparece nuevamente Marlix, que se ha movido de Santa Engracia hasta aquí para dar ánimos en momentos muy delicados a los "Androllos" de los domingos. No contaba con su presencia aquí y aunque hasta sonreír me cuesta, lo hago y a duras penas le choco la mano. Después me diría que me vio pálido. No me extraña.

Creo que empiezo a no tener color...

Y paso el km39. Ahora tiene que aparecer Álvaro en algún momento. Y aparece. Lo hace cuando empieza la subida hacia Goya, me acompaña unos metros y le digo literalmente "no puedo más, tú". Me grita y me dice "¡¡3 kilómetros Guille joder, 3 kilómetros!! ¡¡Venga!!" y me dice una cosa al final que me hace reír muchísimo y que me voy a guardar. Finalmente, le dejo atrás y sigo la subida riéndome a pesar de estar "muriéndome". El maldito Álvaro es capaz de hacerte reír en cualquier situación. Y qué bien me ha venido en un momento así, aunque sólo sea por haber podido distraer mi atención del dolor y el sufrimiento.

La subida por Velázquez supone el momento más delicado, sin ninguna duda, de toda la carrera. Hablamos de lo que va del km 39 al 40. Encima, como la cabeza ya no me funciona bien, llevaba desde el 37 o así pensando que esto se acababa en el 41. Cuando dejo a Álvaro atrás, pienso en lo que me ha dicho de que me quedan 3kms y me doy cuenta de que esto acaba en el 42,195 no en el 41,195. Me cae como una losa sobre mi ánimo. Me pregunto cómo me puede ocurrir semejante despiste en el gran día.

Sigo subiendo Velázquez, voy al límite. Mucha gente me ha preguntado si en algún momento durante la carrera piensas en retirarte. La respuesta que le di a Pepe fue la siguiente "no me creo que no haya nadie que piense, al menos en algún momento, en retirarse". Es una prueba muy exigente, llegas a los últimos kilómetros muy fundido y encima son cuesta arriba. Lo humano es que se te pase la idea de la retirada por la cabeza. Eso es lo normal. Y que se te pase por la cabeza, una, dos y tres veces.

Cuando eso ocurre, cada cual es libre de hacer lo que quiere. Aquí no hay héroes que valgan. El querer serlo puede salir caro. En mi caso, tengo clarísimo que voy a seguir. Estoy a dos kilómetros y medio de cumplir mi sueño. Sé que lo voy a hacer, y es ese convencimiento el que me hace seguir. Paro en Velázquez. Sé lo peligroso que es pararse en este momento, pero lo necesito. Mis piernas son las de un robot y al volver a ponerlas en movimiento para seguir la cuesta arriba, les cuesta responder. Me digo que no más parones, que otro más y puedo quedarme ahí. Así que sigo y sé que ya no pararé hasta la meta.

Se acabó el infierno de Velázquez y llegamos a Ortega y Gasset. Ya no hay más subida, pero voy tan fundido que sea llano o bajada ya me da igual. Corro por inercia, sin pensar, ni sentir. Cuando pienso sólo es en que ya estoy a punto, que cada paso es una conquista más, que no queda nada, que aunque me duela todo, estoy a punto de lograrlo. Es la ilusión de llegar a meta el motor que me hace seguir. El saber que aquí no se arroja la toalla. Una cosa es una lesión que te deje fuera. Ahí no te queda otra que aceptarlo y punto. Pero lo que estoy viviendo subiendo Velázquez, y lo que llevo viviendo desde el km35, creo que es algo que debes aceptar cuando corres la Maratón. No sufrir en 42,195 kms es imposible. Lo hace desde el primero hasta el último de los participantes. Y este sufrimiento es al que hay que vencer, es contra el que hay sacar fuerzas.

Pasamos por la Plaza del Marqués de Salamanca. Y tiene lugar una aparición estelar. Mi tío Félix aparece de repente corriendo a mi lado dándome gritos de ánimo y diciéndome que esto ya está. En principio no iba a poder venir, y como deportista, sabe lo mal que sienta que te digan que irán a verte y luego no aparezcan. Así que prefirió no asegurármelo. Apenas tengo voz para decirle nada. Cualquier cosa me cuesta un mundo. Félix ha estado estos meses casi haciéndome de entrenador, preguntándome en todo momento. Verle justo cuando casi estoy terminando me parece muy emocionante. Cuando hablé con él después me dijo que me vio "jodidillo" pero que desde que estaba esperándome ahí, vio de todo, y a gente que iba mucho peor que yo. También me dijo lo de que iba un poco pálido.

Empezamos la bajada por Príncipe de Vergara. Esto es una pasada. Está toda la calle llena de gente a uno y otro lado. Todas las aceras están a rebosar de gente. Gritos por todos lados. Niños y niñas con carteles para sus padres. Aunque voy muy mal, le choco la mano a un niño que tiene la mano puesta. Ya no queda nada. De repente, un grito se eleva por encima de los demás "¡¡Vamos Guilleeeeeeee!!" Me giro y ahí está mi hermana. Creo que la grito "¡¡Olguiiiiiiiiii!!" porque aunque vaya medio muerto, me hace una ilusión loca verla justo en este momento. No contaba con verla, como a mi tío, por lo que el subidón es doble. Es un pequeño empujón que me hace alcanzar la puerta de entrada al Retiro con una sonrisa enorme a pesar del sufrimiento.

Entro al Retiro. Había leído que estos últimos metros por el Paseo Duque de Fernán Núñez son muy emocionantes. Que son muy bonitos porque ya divisas la meta y la gente te anima a un lado y a otro. Que se te olvidaban los dolores. No me ocurre nada de eso. Sólo pienso en acabar cuánto antes esta tortura. No puedo emocionarme. Mi único pensamiento es: "sigue, sigue, sigue, ya se acaba, ya se acaba".  A punto de pasar por meta el último grito de aliento que lleva mi nombre antes de terminar. Un "¡¡Vamos Guilleeeeeee!!" de mi novia que creo que debe escucharse en todo el Parque del Retiro y alrededores. Me giro y saludo como puedo levantando el brazo.


Con mi hermana al acabar :-))

Y cruzo. Acabo de cruzar la línea de meta de mi primera maratón. Nada me gustaría más que poder escribir que es un momento único, que sentí muchas cosas y que me puse a llorar o algo parecido. No. En mi caso cruzar la meta significa una inmediata sensación de alivio como no había sentido nunca. Se acabó el sufrimiento. "Ya está, joder, ya está", pienso. Y ese es mi único pensamiento casi: "Ya está". Lo he pasado realmente mal en los últimos cinco kilómetros y estaba deseando que este momento llegase. Ya no tengo que correr más. No me creo que se haya acabado.

A punto de la llegada y mi cara creo que lo dice todo.

La he terminado en 3 horas, 34 minutos, 15 segundos. La idea era hacerla en 3h 15 o por ahí. Pero a mitad de carrera ya me di cuenta de que lo importante era terminarla. Otra lección de la maratón. Pienso en el parón del baño en Ferraz y en los parones de los primeros kilómetros para hacer pis. Podría haber bajado de las 3horas 30, pero ya me da igual. Estoy más que satisfecho. Y en los días siguientes, mucha gente me dice que para ser mi primera maratón, y encima en Madrid, con un circuito difícil de subidas y bajadas, supone una muy buena marca.

Empiezo a encontrarme mareado. Me entran unas ganas inmensas de vomitar y me voy hacia una valla, dónde no hay nadie, y vomito. Ando y vuelvo a vomitar. Creo que ya está. Vaya forma de terminar mi primera maratón. Luego al contarlo me río y mis amigos se ríen. Ya me siento mejor y voy a recoger mi bolsa con bebidas y, sobre todo, voy a buscar mi medalla.

Creo que el dolor y la intensidad del esfuerzo realizado no me permite pensar. Estoy como si acabase de correr una carrera cualquiera. Como si no hubiese pasado nada extraordinario y joder, claro que acaba de ocurrir algo extraordinario. Pero aún estoy recuperándome física y mentalmente. Me preocupa como me voy a encontrar ahora con Oli, Tere y Anisi porque las dejé en la meta y yo he tenido que seguir andando mucho para recoger mi medalla. 

Al final las veo de casualidad, me doy un abrazo muy especial con mi novia, sobran las palabras porque los dos sabemos el significado que tiene ese momento. Después, otro abrazo con Tere y con Anisi. Vamos hacia la entrada de El Retiro, dónde nos espera mi hermana para irnos de cañas. Apenas puedo mover las piernas y se ríen de mí, lo que es totalmente lógico. Me pongo muy contento al ver a mi hermana y también la doy un abrazo. Momento de fotos y nos vamos a celebrarlo.

Ellas dicen que les ha gustado la experiencia, que les ha parecido muy emocionante todo el público que hay animando y que les gustaría repetir el año que viene. Y yo también quiero repetir, lo tengo claro. Ha pasado una semana y ya estoy deseando volver a estar corriendo por las calles de Madrid. A pesar del sufrimiento, quiero volver a estar ahí.


Quizá no resulte muy comprensible que diga que la quiera volver a correr teniendo en cuenta lo que sufrí los últimos kilómetros. Sin embargo, una de las cosas que aprendí es la siguiente: No. No se disfruta en absoluto. Pero al recordarlo, te emocionas, créeme.

Con mi Oli, mi hermana, Tere y Anisi, celebrando.

Y aquí, el vídeo de mi llegada. Alrededor del segundo 30, con camiseta oficial naranja de la carrera y cara de sufrimiento.



martes, 5 de noviembre de 2013

La siguiente farola



Siempre podemos sacar fuerzas de dónde creemos que no las hay. Aunque hace tiempo que no lo hago, me gusta salir a correr. Soy un runner intermitente, problemas de constancia. Correr enseña cosas sobre la vida. Es algo que se suele decir. Y es cierto.

En este caso os quiero hablar de la teoría de la siguiente farola. Existen momentos durante el ejercicio, ya sea en día de entrenamiento o en día de carrera, en los que comienzas a agotarte y sientes que no puedes más. Momentos en los que sientes que no vas a durar más y te vas a ver obligado a detenerte. Momentos en los que sientes que has dado el máximo y ya estás en caída libre.

Cuando sufro uno de esos momentos, pero siento que no he alcanzado el objetivo que pretendía lograr ese día, continúo. No me paro nunca. Y en vez de pensar en lo que me queda hasta la meta, lo cual iría en contra de mis posibilidades mentales, comienzo a fijarme en la siguiente farola. Me fijo dónde está, y está ahí al lado. Y pienso que es fácil llegar. Y cuando llego, me fijo en la siguiente. Y quién dice farolas, dice árboles.

El siguiente árbol está ahí, muy cerca. Uno detrás de otro. Y de árbol en árbol me voy fijando mi meta. Mi meta no es más que el paso siguiente. De esa forma, se me olvida lo que me queda hasta el final y todo es más fácil. Incluso aunque sufra físicamente, la sensación psicológica es mucho más llevadera. Y así suelo acabar siempre logrando el objetivo, de árbol en árbol o de farola en farola.

De esto he aprendido, o debería, que ante los grandes problemas de la vida uno debe intentar hacerlos más sencillos. No pensar en la gran solución, sino en cómo intentar hacer más llevadera esa inquietud. 

Muchas veces nos ahogamos muy rápidamente por nada. Yo soy especialista en esta materia. Y cuando me pasa, intento buscar pequeños pasos que puedan llevarme a la mejor solución. De esa forma, pensando en la siguiente farola, encuentro la salida de forma más fácil que si desde el principio no hubiese hecho otra cosa más que pensar en la gran solución.

martes, 16 de abril de 2013

Nunca dejéis de correr

Nunca. Jamás se te ocurra dejar de correr. Que no pase por tu cabeza la idea de detenerte. Ni un sólo momento. Que no se te cruce ni por asomo la palabra rendición. Es fundamental que no dudes. Si no lo has hecho nunca, menos ahora. Si cabe, ahora es cuando tienes que correr con más fuerza que nunca. Con más ilusión de lo que nunca lo habías hecho antes en tu vida.
 
Porque si dejas de correr habrá vencido el miedo. El pánico que unos indeseables sembraron ayer en la mítica maratón de Boston, a la que acuden miles de corredores populares de todo el mundo. Unos indeseables que acabaron con la vida de un niño de ocho años que iba a abrazar a su padre tras el titánico esfuerzo de los 42 kilómetros. Unos indeseables que osaron atacar algo tan sagrado como es el Deporte, símbolo de unión de culturas y de paz en cualquier lugar del planeta. El Deporte es un resguardo de los odios y rencores que vivimos. Atacarlo de forma tan cruel es vomitivo.
 
Por eso no puedes dejar de correr. Porque correr es una experiencia maravillosa que practican millones de personas en todos los rincones del mundo. Porque desde ayer hay un motivo más que unir a la diversa lista que cada uno tiene a la hora de practicar esta saludable actividad. Vencer al miedo. Homenajear a los héroes de Boston pasa a engrosar esa lista de motivos.
 
No te pares. En tu ciudad, en tu pueblo, en tu parque, en tu polideportivo, en tu playa, en tu montaña, si estás pasando una recuperación. Da igual tu situación. Lo importante es que sigas dando lo mejor de ti en cada zancada, en cada tirada. Sigue corriendo. Sigue disfrutando. Porque correr es un sueño que nadie le va a quitar a ningún runner. Y menos, unos indeseables sin escrúpulos.
 
Nunca. Jamás dejes de correr. Correr se parece a la vida y si ante la dificultad uno se debe crecer, todos los runners deben crecerse en este momento. Levantarse, calzarse las zapatillas y salir a comerte el mundo. Y decir que no. Que nadie impedirá que sigamos siendo felices y disfrutando.