miércoles, 8 de enero de 2014

Penas y olas en Valdoviño

 Faro de A Frouxeira. Foto de Óscar R. F. en El Ideal Gallego

Dice un viejo dicho marinero que "penas y olas, nunca vienen solas". El mágico día de Reyes acabó en tragedia al borde de un acantilado gallego. Los protagonistas de la triste historia fueron Juan, Patricia y Rodrigo, que habían acudido a velar las cenizas de un familiar fallecido hacía un mes. Penas y olas nunca vienen solas. Tampoco esta vez. Acudieron allí por una pena. Y se los llevó de allí una ola.

A todos nos fascina el mar. Su inmensidad, la serenidad que se siente al contemplarlo, sus distintas tonalidades según el cielo del momento, la sensación de escape que nos ofrece, la idea de perdernos en él, preguntarse qué hay más allá. Pero el mar también es fiero. Y sobre todo, aunque nos cueste admitirlo como cuesta admitir el fallo en quien admiramos, es traicionero. Porque por muy calmado que parezca el horizonte, los marineros siempre te advierten de las corrientes. Porque por muy inofensivo que se presente ante nuestros ojos, puede cambiar su aparente docilidad y convertirse en un monstruo imprevisible. 

Y jamás te avisa. Como no avisó a Juan. Como no avisó a Patricia. Como no avisó a Rodrigo. Caía la noche en el Faro de A Frouxeira, a unos 70 metros de altura. Ellos caminaban recordando al familiar que se había ido. No sospechaban la cruel jugada que el mar les tenía preparada. Como el delincuente que planifica bien el golpe, primero fue una ola la que les dejó sin reaccionar. Y a los pocos segundos, antes de que pudiesen hacer nada, una segunda ola se los llevó para siempre. El mar enseñando su peor naturaleza en estado puro.

Sucede esto en Galicia, lugar dónde se conoce bien de lo que es capaz el mar en tempestad. Tierra que en ocasiones parece librar una guerra contra la naturaleza a la vez que la venera porque saben que no pueden vivir sin ella. A Galicia, y a todos los que han sufrido las peores consecuencias de un Atlántico embravecido, van dedicadas estas palabras.



domingo, 5 de enero de 2014

El zapato de la ilusión


En ocasiones siento que tengo cierto complejo de Peter Pan. Ya sabéis, el niño que nunca quiere dejar de serlo. Creo que poseo alguno de los síntomas, pero no viene a cuento explicarlos en este momento. Me centraré en una de las noches del año en las que más sale a relucir. Se trata de la noche de hoy: la mágica Noche de Reyes.

Para que entendáis mi forma de ser y de vivir esta noche tan señalada, os confesaré que fui el último de mi clase en enterarse de lo que vosotros ya sabéis. Incluso, una vez, escuchando cuchichear a mis compañeros de clase, me enfadé y les dije que me explicasen de qué hablaban. Mi amigo Andrés Fernández no quiso responderme, me puse pesado, y me lo acabó soltando. Y recuerdo que decidí no creerlo como quien se aferra a su ilusión antes que creer a la cruda realidad. Era un Inocencio Quiroga de la vida (mi abuela llama así a las personas muy inocentonas, les dice "Ayyy Inocencio Quirogaaaa").

En mi memoria guardo recuerdos de noches de muchos nervios, de insomnio infantil, de escuchar ruidos por la casa, de taparme los oidos, procurando no estornudar, no hacer movimiento alguno para que los Reyes no descubriesen que estaba despierto, no les fuese a dar por irse. Trataba de dormirme pronto siempre. Y muy pronto por la mañana, siendo yo el hermano mayor, iba a despertar a mi hermana pequeña porque no podía aguantar más en la cama sin ver los regalos.

Pero antes de acostarse, venía la parte más importante. Si no se hacía eso, todo perdía su sentido. Hablo del ritual consistente en dejar el zapato. Si no lo hacía, sus Majestades de Oriente no sabrían donde dejar los regalos. Por eso lo dejaba cuidadosamente en el lugar en el que quería tenerlos por la mañana. Dejar el zapato era el momento culminante de la noche. Ahí se concentraban todas las emociones antes de irse a dormir.

Hoy en día sigo dejando el zapato cada Noche de Reyes. Porque es una forma de sentirme conectado al niño que fui. Porque en ese zapato están las ilusiones de la noche. Porque ese zapato es el símbolo de la Noche de Reyes para mí.

Por supuesto todas las Navidades escribía una carta a los Reyes explicándoles lo bueno que había sido y lo mucho que me merecía todos aquellos regalos. Y sí. Hoy sigo escribiendo la Carta. Porque sin Carta, no hay Reyes. Y tengo miedo porque estas Navidades han sido las primeras en las que por unas razones y por otras no he podido escribirla. Pero me aseguraré de dejar el zapato bien visible para cumplir al menos con el ritual de cada Noche de Reyes.

Es probable que al hacernos mayores poco a poco deje de ser lo mismo. Pero yo me esfuerzo porque cada Noche de Reyes sea como aquellas que vivía de pequeño, me esfuerzo por contagiarme del espíritu y mantener la ilusión intacta. Si me ofrecen salir, algo que cada vez se hace más en esta noche, digo que no rotundo. Me gusta estar en casa dormido mientras los Reyes, camellos y pajes entran y dejan los regalos. No quiero perder esa magia. Nunca.

Y no puedo acabar este texto sin mencionar mi regalo favorito: el fabuloso barco pirata de PlayMobil. ¿Y el vuestro? ¿Cómo vivíais la Noche de Reyes y cómo la vivís ahora? Y sobre todo... ¿dejáis el zapato?

Feliz Noche de Reyes a todos y que se cumplan vuestros deseos.




martes, 19 de noviembre de 2013

El síndrome de Golfo



Vivo en un pueblo del Mediterráneo dónde cada verano, como en tantos lugares de playa, ponen un chiringuito. Su llegada significa el comienzo de la mejor época del año. Su retirada supone todo lo contrario. El final del sol, de las vacaciones, de la diversión permanente. A las personas nos gusta resistirnos al final de la época estival. 

Llega septiembre y tratamos de seguir la buena vida. Nos aferramos al sol. El chiringuito también lo hace. Durante casi todo el innombrable mes que sucede al de agosto, ahí sigue. Cada vez más vacío. Cada vez más triste. Pero trata de prolongar su buena vida. Le queda poco para decir hasta pronto.

Durante las últimas vacaciones, mi madre y yo, que nos solemos fijar en lo que hacen los perros, descubrimos a uno especial. Se llamaba (y se sigue llamando, que no cunda el pánico) Golfo. Se pasaba el día en el chiringuito, lo cuál tampoco puede extrañar mucho siendo poseedor de ese nombre. Allí jugaba, saltaba por la arena y conocía a otros perros. La playa era su vida, como la de todos nosotros. Y el chiringuito, el lugar alrededor del cual giraba todo su mundo. 

Hace ya unas semanas quitaron el chiringuito. El verano se había terminado de forma oficial. La gente de paso se había ido ya, y la señal definitiva era ver la playa sin el chiringuito. Pero cuál fue mi sorpresa cuando durante varios días me encontré a Golfo paseando con su dueño cerca de la zona del chiringuito.

Mis padres estuvieron hace poco aquí. Un día paseando con mi madre lo vimos. Y mi madre tuvo una ocurrencia que me pareció curiosa. Según ella, Golfo buscaba el Chiringuito. No entendía muy bien qué había sucedido. Él iba cada día allí y de repente su centro de diversión había desaparecido. Pero seguía yendo y husmeando. Pensaba que tenía que estar en algún rincón. Quizá debajo de la arena. Un sitio tan grande y toda la gente no podían haber desaparecido tan fácilmente. 

Y él los buscaba desesperadamente. Buscaba la diversión que de forma tan injusta le habían arrebatado. Pero Golfo es un perro espabilado. Y no tengo ninguna duda de que sabrá encontrar otros lugares en los que divertirse durante el frío invierno. Hasta que, de repente, un día de Mayo, tal vez Junio, pase por ahí y se vuelva loco al ver que el chiringuito vuelve a estar dónde una vez estuvo.

Quizá todos hemos sufrido el Síndrome de Golfo. Creo que a todos nos han quitado algo alguna vez. Y no hablo ya solamente de los maravillosos días de sol y diversión. A todos nos han quitado algo en la vida. Y a todos se nos hizo extraño cuando nos sucedió. Todos, como Golfo, lo estuvimos buscando durante un tiempo, sin dar crédito a lo sucedido. Pero al igual que Golfo, encontramos otras ilusiones. 

Y los días de verano siempre vuelven, no lo olvidéis.


martes, 5 de noviembre de 2013

La siguiente farola



Siempre podemos sacar fuerzas de dónde creemos que no las hay. Aunque hace tiempo que no lo hago, me gusta salir a correr. Soy un runner intermitente, problemas de constancia. Correr enseña cosas sobre la vida. Es algo que se suele decir. Y es cierto.

En este caso os quiero hablar de la teoría de la siguiente farola. Existen momentos durante el ejercicio, ya sea en día de entrenamiento o en día de carrera, en los que comienzas a agotarte y sientes que no puedes más. Momentos en los que sientes que no vas a durar más y te vas a ver obligado a detenerte. Momentos en los que sientes que has dado el máximo y ya estás en caída libre.

Cuando sufro uno de esos momentos, pero siento que no he alcanzado el objetivo que pretendía lograr ese día, continúo. No me paro nunca. Y en vez de pensar en lo que me queda hasta la meta, lo cual iría en contra de mis posibilidades mentales, comienzo a fijarme en la siguiente farola. Me fijo dónde está, y está ahí al lado. Y pienso que es fácil llegar. Y cuando llego, me fijo en la siguiente. Y quién dice farolas, dice árboles.

El siguiente árbol está ahí, muy cerca. Uno detrás de otro. Y de árbol en árbol me voy fijando mi meta. Mi meta no es más que el paso siguiente. De esa forma, se me olvida lo que me queda hasta el final y todo es más fácil. Incluso aunque sufra físicamente, la sensación psicológica es mucho más llevadera. Y así suelo acabar siempre logrando el objetivo, de árbol en árbol o de farola en farola.

De esto he aprendido, o debería, que ante los grandes problemas de la vida uno debe intentar hacerlos más sencillos. No pensar en la gran solución, sino en cómo intentar hacer más llevadera esa inquietud. 

Muchas veces nos ahogamos muy rápidamente por nada. Yo soy especialista en esta materia. Y cuando me pasa, intento buscar pequeños pasos que puedan llevarme a la mejor solución. De esa forma, pensando en la siguiente farola, encuentro la salida de forma más fácil que si desde el principio no hubiese hecho otra cosa más que pensar en la gran solución.