domingo, 1 de julio de 2018

Una canción inesperada


Relato sobre un viaje en autobús y sobre música


Viajaba con la ilusión de conocer a Celia y se enamoró de Faina. Aún no era capaz de comprender lo que le había ocurrido durante aquel trayecto en autocar. Sin embargo, era feliz. Nunca había sido una persona de dejarse llevar. Más bien lo detestaba. Pero tenía que reconocer que en esta ocasión la letra de Vetusta Morla "dejarse llevar suena demasiado bien" cobraba todo el sentido del mundo.

Pablo lo había preparado todo con el máximo detalle. Llevaba ya cerca de medio año escribiéndose con Celia, una chica de Granada a la que había conocido en un foro indie. Tras pasar el filtro de que le gustase Lori Meyers tanto como a él, todo lo demás le daba igual. No podía concebir estar con una persona que no compartiese su mismo nivel de entusiasmo por la banda granadina.

Medio año de conversaciones a través de pantallas. Hablaban a través del foro, otras veces mediante mensajes en redes sociales, y sobre todo, por el móvil. Incluso se llamaban. Decidieron conocerse de una vez. Él bajaría desde Madrid a Granada un puente para conocerla. Apuntó todos los bares indies de la ciudad para ir con ella, entre los que no faltaba el Amador. Nada podía fallar. Incluso había reservado hace muchos meses, con plena confianza en su historia de amor moderna, para visitar La Alhambra.

Con los nervios, había olvidado el resguardo del billete. El conductor le dijo que con el DNI valía. Subió con su mochila y siguió por el pasillo. Había comprado el asiento al fondo, para poder estar a su aire. Quedaban diez minutos aún para salir, pero él ya se puso sus cascos para escuchar LN Granada de Supersubmarina y de esa manera ir entrando en ambiente soñando con el Paseo de los Tristes alegrar.

Había estado mirando a las personas que iban de un lado para otro de las dársenas de la Estación Sur. No se había dado cuenta de la melena rubia que asomaba en el asiento de delante. Siguió a lo suyo. El conductor arrancó. Le gustaba mucho viajar en autobús. Siempre había pensado que los trayectos en otros medios de transporte eran más o menos iguales para todos, pero que los viajes en autocar tenían un significado especial para cada uno.

Llevaban una hora de viaje cuando la chica de delante asomó la cabeza por el pequeño hueco entre la ventana y el asiento. Le pidió que bajase el volumen, porque a pesar de los auriculares ella también escuchaba la música. Aquello le irritó. Le respondió que no, que la buena música se escucha así o no se escucha. Ella le miró asombrada y se levantó de su asiento. Pablo se preguntó qué narices estaba haciendo. Observó sorprendido cómo se sentó a su lado. No pudo evitar fijarse en sus ojos verdes.

―Ponme dos canciones que cuando las escuches se te olviden todos los problemas. Y te diré si merece la pena ese volumen ―le pidió con una sonrisa ante el desconcierto que se dibujaba en la cara de Pablo.

―No te conozco de nada, no sé por qué te has sentado aquí conmigo. Aún así, te las voy a poner. No es fácil, no me has pedido mis dos canciones preferidas, sino dos canciones con las que olvide todos mis problemas, pero allá van. ―Y le prestó los cascos para que escuchase Emborracharme de Lori Meyers y Años 80 de Los Piratas.

Mientras las escuchaba, no podía dejar de observarla atentamente. No le estaba cayendo especialmente bien aquella desconocida, pero cuando daba su música a escuchar a otras personas sentía siempre un deseo muy fuerte de que también les gustase. Ella escuchaba con indiferencia hasta que terminó. Se le quedó mirando.

―Los primeros no estaban mal, aunque no los conozco. Y la segunda, por favor. ¿Escuchas a Ferreiro y se te olvidan todos los problemas? ¿De verdad? ¡Yo lo escucho y me aparecen hasta problemas nuevos que no tenía!― soltó.

―No tienes ni puta idea de música, así, con todo el respeto te lo digo  ―respondió visiblemente molesto Pablo. No conocía a Lori y encima despreciaba a Ferreiro. No podía consentirlo―. ¿Y qué te gusta a ti si se puede saber? Verás...

―Pues de todo. No puedes con esa respuesta, ¿eh? Se te revuelve todo, a que sí. Seguro que eres un festivalero intensito de esos que no soporta todo lo que no sea una definición más cuadriculada. Si te digo que me gustan Sabina, Amaral y Kings of Leon por igual, te peta la cabeza, estoy convencida ―dijo partiéndose de risa.

―Llegados a este punto, en el que acaba de quedar demostrado quién sabe de música y quién no, me doy por satisfecho y podemos continuar con nuestro viaje en este maravilloso autobús cada uno en su asiento. Por mí está resuelto el conflicto. Bajo la música y ya está, ningún problema ―respondió él intentando zanjar el episodio.

―Me parece perfecto. Voy a seguir leyendo, ahora igual puedo concentrarme si bajas el sonido de tus cascos tan modernos  ̶  se burló ella mientras regresaba a su sitio.

Qué petarda de tía, pensó Pablo. Con la tontería le había quitado media hora de ir mirando los paisajes mientras se imaginaba el encuentro con Celia. Aunque estaba convencido de que todo iría bien, también tenía miedo de que en persona no fuese lo mismo. A veces eso pasa y le podía ocurrir a él esta vez. No sabía si habían aplazado demasiado el conocerse en persona. Medio año ni más ni menos. Seis meses intentando estar seguros de algo, cuando a veces ni en una vida entera se está seguro de nada.

Sintió que le tocaban en el hombro. Se sobresaltó. Se había quedado dormido. Vio la melena rubia y los ojos verdes. Le agradeció el gesto. Ella se giró y bajó las escaleras. Recogió las cosas para no dejar nada dentro y salió él también. Siguió a la masa hacia el área de servicio. Tras pedir, se dedicó a buscar mesa. Ya estaba todo bastante ocupado. Se fijó en que la desconocida estaba comiendo sola en una mesa. Tuvo dudas, pero si ella había sido tan impertinente en una ocasión, él tenía todo el derecho de serlo ahora. Se sentó con ella, que le miraba divertida.

―Bueno, si voy a comer con un hipster, al menos me gustaría saber su nombre.

―Si sigues por ahí, me levanto. He venido sin ánimo de molestar. Me llamo Pablo. Y tú eres...

―Faina. Ya tienes el nombre de la insolente para contarle a tus amigos indies las barbaridades que han salido de mi boquita.

―Lo haré, no lo dudes. ¿Podemos pasar pantalla? ¿A qué vas a Granada? ―le preguntó para salir del bucle.

―Bueno...es complicado, no es algo que se cuente así tan alegremente a un desconocido. Pero tú has preguntado, tú tienes tu respuesta. Voy a dejar a mi novio. Tranquilo, no es ningún drama. Ya está más que hablado. Se trata de hacerlo oficial, digamos. Seis años lo merecen, digo yo ―confesó ella mientras bajaba la cabeza.

―Vaya, de verdad que lo siento. No escuches mucho a Sabina, mejor ― dijo intentando arrancar una sonrisa de su cara.

―Si te parece, puedo escuchar a Ferreiro, no te jode.

Se rieron a carcajadas. Fue de repente, sin esperarlo. Admiró que aún en un momento así tuviese esa capacidad para reírse de su situación y continuase vacilándole. Le transmitía un optimismo que a él le había faltado en más de una ocasión en la vida.

―Bueno, a qué vas tú. ¿Qué hay en Granada? Vas a golfear, lo llevas en la cara desde que me he montado en el autobús y te he visto ensimismado mirando por el cristal con tu música. Venga, suelta, cambio la pregunta: ¿quién hay en Graná?

―Hay...una chica. Pero no la conozco. Es raro. Pero tengo ilusión. Creo que puede salir bien. Tengo muchas ganas de conocerla ―intentó explicarse Pablo.

―Chico, qué entusiasmo, madre del amor hermoso. Espero que cuando la veas se te note esa ilusión que dices tener, porque yo soy ella y te digo que te des la vuelta para Madrid, que o vienes con todas las ganas o no vengas, que a medias en la vida no se va, hijo mío. Entiéndeme lo que quiero decir ― le reprendió ella.

―No, no, si yo quiero, y tal. Pero me gusta ser prudente. No se sabe. No se sabe nunca, es lo que intento decirte ―acertó a decir Pablo.

―Las putas cautelas son las que se cargaron mi relación. Y no voy a entrar en detalles. Pero la prudencia está sobrevalorada, créeme.

―Bueno, aún así las prefiero. Pero gracias. Oye, creo que se ha ido todo el mundo hacia el autobús. Vamos a darnos prisa.

Algo dentro de él se había torcido. No sabía qué era y eso era sin duda lo peor. Tenía urgencia por volver al refugio de sus canciones. Se lo había pasado bien en la comida y eso le preocupaba. Contemplaba la melena rubia de Faina ya sentados cada uno en su sitio y se preguntaba muchas cosas.

Se asustó porque a él no le pasaban estas cosas. Había tenido siempre una cierta estabilidad emocional. Los arrebatos de pasión no iban con él. Por eso mismo no entendía lo que le estaba ocurriendo. No se reconocía en esos síntomas. Por favor, si apenas había cruzado con ella dos conversaciones, se decía. En el monólogo que tenía consigo mismo, de repente localizó el motivo definitivo para poner freno a todo eso: había dicho, textualmente, de Lori, que "los primeros no estaban mal, aunque no los conozco". Ya está. Cerró los ojos para dormirse hasta llegar. Pero fue imposible.

¿Qué tenía Faina cómo para llegar al punto de que le diese igual que no conociese a su grupo fetiche? Intentó analizarlo todo de la forma más racional posible. Su descaro. Le había descolocado por completo. Todo había empezado por ahí. Su sentido del humor. Se había reído en su cara de lo más sagrado para él. Y además, se había reído al hablar de dejar una relación de muchos años. Quería conocer más esa personalidad.

Se levantó y se sentó a su lado. Ella sonrió y apartó la mochila.

―¿Cuál es la canción que más escuchas estos días? ― preguntó él con sincera curiosidad.

―Amor se llama el juego, de Sabina. No es de las más conocidas, no la conocerás. Es muy triste y muy melancólica. Empieza contando que hace demasiados meses que sus payasadas no provocan las ganas de reír de otra persona. Y creo que es lo que me pasó a mí con Fran. Supongo que también es lo que les pasa a tantas parejas. La gente lo deja cuando sus payasadas dejan de hacer reír al otro. Hay un momento en el que eso pasa. Y hay que estar preparado.

―¿Puedes repetir todo eso? Quiero apuntarlo y compartirlo en mi Instagram con una foto que mole. Tal vez un poco pesimista, pero joder, me ha gustado. ¿Te sueles expresar así de bien o es el desamor? ―dijo un Pablo ya entregado a la causa.

―Bueno, no sé. Cuando uno pasa por ciertas experiencias a veces se vuelve un filósofo. Mira toda la música que te gusta a ti. Todos esos grupos indies no existirían sin desamor. Creo que lo sabes, que no tengo que venir a decírtelo yo. ¿Podemos hablar de otro tema? Cuéntame cosas de ti  ̶  le pidió ella.

Le contó brevemente de su vida, de su barrio y de su trabajo como freelance precario escribiendo sobre música y yendo a conciertos. Ella le habló mucho de su familia, de su hermana pequeña en concreto. Le explicó cómo la habían despedido hacía medio año de la agencia de comunicación en la que estaba y cómo desde entonces iba enlazando un trabajo inestable con otro. En su forma de hablar había siempre entusiasmo ante la vida, aunque lo que contase no fuese a veces lo más alegre.

Conversaron otro rato de lo que significaba para ellos viajar en autobús. Él compartió con ella su teoría de que para las personas que viajan así el trayecto tiene un significado especial para cada una de ellas. Aseguraba que en los aviones y en los trenes no era lo mismo, que ahí, en el autobús, era todo más romántico, más auténtico. Ella le escuchaba atentamente, como había venido haciendo durante todo el trayecto cada vez que Pablo abría la boca para decir cualquier cosa. Era un loco, pero le hacía gracia.

Para ella, según le contaba, el viaje en autobús era su infancia. Casi cada fin de semana iba en el autobús con su familia hasta un pueblo de Burgos para visitar a su abuela. Eran viajes que hacía feliz. Por eso casi siempre elegía ese medio de transporte, porque le garantizaba transportarse a la mejor época de su vida. Iba jugando con su hermana a ver qué montañas de las que veían por el camino serían capaces de subir y cuáles no. Y al final, esperaba su abuela, la persona a la que más había querido. La época más feliz, sin corazones rotos y con chucherías.

Hubiera estado escuchando hablar a Faina horas. Se hubiera quedado en ese autobús dos días más si hubiera hecho falta. No sabía qué hacer. No sabía si a ella le pasaba algo parecido. Seguramente no, tenía la cabeza en otras cosas. Pero eso daba igual ahora mismo. El problema lo tenía él. Y era bien gordo. Se habían desvanecido sus ganas de conocer a Celia. Todo lo ocupaba Faina. Se imaginaba yéndose de cañas con ella por la Plaza del 2 de Mayo, llevándola a un concierto de Ferreiro entre risas, yendo él quizá a un concierto de Amaral, leyendo algún libro que ella le recomendase.

No, no, no. Tenía que parar todo eso. Celia iba a estar esperándole en la estación. Maldita sea, ¿qué iba a hacer? No había forma de salir de aquel embrollo. Así que, de perdidos al río, le pidió el teléfono a Faina. Si la vida se complicaba, que se complicase bien, a lo grande. El gesto de sorpresa en su cara le preocupó. Se preguntaría que qué demonios estaba haciendo, seguro. Pero después de un instante demasiado largo, como lo son tantos en la vida, se lo dio.

―No sé si alguna vez te apetecerá tomarte una caña cuando estemos en Madrid. Pero me gustaría, de verdad.

―No entiendo lo que estás haciendo, pero te salva que tampoco entiendo lo que yo estoy haciendo. Me parece bien. Y si esa caña se da bien, te vienes a una noche sabinera conmigo a la Galileo ― finiquitó ella.

―Oye, una última pregunta ―dijo Pablo de repente―, ¿qué ha significado para ti este viaje?

―Parecía un final, pero se ha convertido en un principio. ¿Y para ti?

―Un comienzo, también. Distinto al que pensaba, pero un comienzo.

El autobús enfiló la Avenida Juan Pablo II de Granada. Ya estaban ahí. Se despidieron con dos besos, una sonrisa y una caña pendiente, que acabó resultando la primera de muchas. Siempre hay una canción inesperada esperando en cualquier lugar. No importa lo que hayas vivido hasta ese momento. Llega y te lo cambia todo, sin previo aviso. Entra en ti y no puedes dejar de tararearla una y otra vez.

martes, 12 de junio de 2018

Los crímenes del padre


Un relato sobre un hijo que recuerda a su padre


Su padre estaba en el hospital, para morir seguramente. Tenía que ir a verle lo antes posible. Si se retrasaba, al llegar estaría ya todo lleno de infames periodistas buscando carroña sin respetar un momento tan íntimo. Había recibido la noticia hace pocos minutos. No había sentido nada. Sabía que tenía que ocurrir. Demasiado había durado, pensó. Una vida intensa la de su padre, llena de subidas al cielo y descensos al peor de los infiernos. Nunca en el gris, siempre en el blanco o en el negro. No supo quedarse callado en ningún momento. Quizá fuera ese uno de los peores pecados que pudo cometer.

Amado por tantos, odiado por tantos. Lo primero se trataba de algo escandalosamente lógico. Regaló alegría, hizo felices a muchos, a todo un pueblo y a millones de personas de otros pueblos. Por contra, muchos no le perdonaron el delito de ser el mejor. Ser el mejor nunca sale gratis y con él no sería una excepción. Son los que se alegraron cuando le partieron la pierna y cayó lesionado durante tanto tiempo. A todo eso había que añadirle el crimen antes mencionado de no callarse jamás. De denunciar las injusticias y cantarle las cuarenta a los que mandan.

Por todo eso, sabía que en el momento en el que se conociese la noticia de su fallecimiento tenía que estar preparado para que mucha gente lo sintiese como el día más triste de su vida, pero también, y sobre todo, para comprobar que sus enemigos serían capaces de alegrarse por su muerte. Nunca resultó fácil ser hijo de Diego Armando Maradona.

miércoles, 6 de junio de 2018

Los ruidos de la nueva casa


Relato breve sobre una chica fantasma y unos ruidos nocturnos


Otra vez los ruidos. Como cada noche durante la última semana. Los ruidos nocturnos no son algo que pueda estudiarse cuando uno visita un piso. No existe la posibilidad de pedirle al casero, o a la inmobiliaria, poder pasar una noche en la casa para ver qué sonidos hay por las noches en su interior. Y entras, claro que entras. Porque te has enamorado de ese pasillo, o ese salón, porque es lo que en tu imaginación aparecía como el piso ideal para pasar una temporada. Y entras. Y a las dos noches, los ruidos.

Aquella noche los ruidos fueron distintos. Más reales, digamos. Sentía claramente como si alguien estuviese paseando por su casa con toda la tranquilidad del mundo. No eran crujidos de paredes, ni de muebles. Ahí había una persona. O algo. No sabía qué le daba más miedo, que hubiese alguien o que hubiese algo. De las dos posibilidades extraía conclusiones terroríficas.

Tocaron a la puerta. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Claudio se tapó con todo lo que tenía a su alcance, sábana, manta y colcha, la reacción lógica y tan irracional de tantas personas en los momentos de susto por la noche. Se le aceleró el corazón de una manera que le asustó. Se dio cuenta de que intentaba moverse pero no podía. Una parálisis absoluta se había adueñado de su cuerpo. Toc, toc. Volvían a llamar a la puerta. Tenía el móvil debajo de la almohada. Quizá podía intentar llamar a la Policía o al 112.

TOC, TOC. Esta vez no tocaron la puerta, la aporrearon. Estaba muerto de miedo. Aguantar así era imposible. Se le iba a salir el corazón pero tenía que hacer algo. Decidió reunir todo el coraje y se levantó de la cama. Dio dos pasos hacia la puerta. Se paró. No sabía lo que se iba a encontrar. Estaba muy asustado. Otros dos pasos. Le temblaba todo. Dudó si no era mejor quedarse al otro lado de la puerta. No saber es siempre más cómodo que saber.

Puso su mano sobre el picaporte. Aguantó la respiración. Cerró los ojos. Se armó de valor. Tenía que abrir la puerta de golpe, no valía de nada abrirla lentamente. Miraba hacia el suelo, en busca de alguna marca que le hiciese intuir lo que podía encontrarse al otro lado. Levantó la mirada y se quedó sin respiración durante unos segundos. Todo se paralizó. No podía moverse, no era capaz de articular palabra. Se quedó mirando fijamente a la chica ensangrentada que le miraba.

Tuvieron que pasar minutos enteros hasta que pudo normalizar, si es que se podía normalizar algo así, la situación. Ella no hacía más que observarle. No le había atacado y podía haberlo hecho en su momento de pánico. Eso le tranquilizó en cierta manera. Se fijó en ella. Tenía manchas de sangre por toda la ropa. El cuello estaba morado. Sus ojos eran tristes, pensó. Estaba muy asustado, pero la intriga empezaba a poderle al miedo. Y se lanzó a intentar sacar algo de información.

Le preguntó quién era. Ella se movió y se sentó en el sofá. No le respondió. Pensó que igual debía acercarse. Así lo hizo. Volvió a preguntarle. Nada. Pero esta vez, ella desplazó su mano hacia el cubilete en el que tenía los bolis. Al intentar coger uno, vio como su mano traspasaba el objeto. Se le pusieron los pelos de punta al verlo. Se levantó rápidamente y se alejó de ella. Empezó a gritar, a pedirle que se fuese de allí, que él no le había hecho nada, que por favor dejase de atormentarle, que no se conocían de nada. Lo hizo desesperadamente, con la voz quebrada.

El fantasma empezó a llorar. Esto pilló desprevenido a Claudio, que se sintió mal por haberle gritado de aquella manera. Pero es que no entendía nada, y tenía muchísimo miedo. Se acercó lentamente a ella. Le preguntó qué podía hacer él por ella, que se lo contase, que intentaría hacerlo si estaba en sus manos, pero que si no le decía nada, él no iba a poder hacer nada tampoco. Se lo suplicó.

De repente, ella se levantó, movimiento que asustó a Claudio, que se echó hacia atrás tropezándose con la mesa. Ella entró en la habitación. Se fue directa a la mesilla del otro lado de la cama. Él intentaba no perderse detalle de sus movimientos, por si podía sacar alguna información valiosa que le ayudase a entender todo lo que le estaba ocurriendo aquella noche. Vio como se agachaba y abría uno de los cajones. Se acercó donde ella estaba para ver exactamente qué hacía, qué buscaba, qué intentaba decirle.

De repente, cayó en la cuenta de que el cajón tenía doble fondo. Era extraño, porque parecía como si ella lo supiese. Después de implorarle, ella había ido directamente allí. No había dudado en ningún momento. Estaba convencida de que tenía que ir a ese mueble, a ese cajón. ¿Cómo podía saberlo? Las preguntas empezaban a amontonarse en su cabeza pero las respuestas no llegaban.

Miró al suelo y vio que estaba mojado. Se acercó más y pudo ver como de la cara de la fantasma caían lágrimas. No era un gran llanto. Eran las lágrimas de nostalgia, de recordar algo que ya no estaba, casi peores que los llantos. Sintió pena y prefirió alejarse un poco detrás de ella. Veía que rebuscaba. Se giró súbitamente hacia él, pegándole un buen susto. Señalaba hacia el interior del cajón. Le dio miedo lo que tuviese que enseñarle. Pero no tenía más remedio que agacharse junto a ella y conocer lo que le estaba señalando.

Su dedo señalaba una fotografía que había en el cajón. La cogió, la vio y se le heló el corazón. En ella aparecía una pareja joven, en sus veintipocos, con una cerveza en la mano cada uno, cogidos de la cintura y haciendo el tonto, demostrando la felicidad de unos más que probables inicios de relación. Era ella, pero los ojos de ahora no tenían nada que ver con los de la foto. Qué distintos los ojos de las personas en cada época de la vida, pensó.

Después se fijó en él. Un chico moreno, alto, de complexión fuerte. Sus ojos hablaban de alguien que tenía ilusiones, quería contarle a todo el mundo lo feliz que era en ese momento junto a esa chica. Nada que ver con los ojos que tenía hace dos semanas, cuando le citó para visitar el piso. Esos ojos no querían contarle nada a nadie. Más bien, querían esconderlo todo. Para siempre.

lunes, 28 de mayo de 2018

Esos ojillos traviesos


Un relato sobre una pareja joven con un hijo pequeño


Lo que les voy a contar no es nada extraordinario. Es una historia de lo más frecuente en nuestra época. Siento la decepción. Sucedió un viernes 24 de noviembre. Era un día frío en la ciudad de Madrid. En la radio anunciaban chubascos para todo el fin de semana y una caída brusca de las temperaturas. Recién salido de la ducha, elegía la ropa para ir a trabajar. La noche anterior se había quedado dormido estudiando la importante reunión de la mañana siguiente y no pudo dejársela preparada como en él era habitual. Planificando, siempre planificando, cómo no podía ser de otra manera.

Comió lo primero que encontró al abrir el armario de la cocina, ya iba justo de tiempo y no era el día más adecuado para pegarse un homenaje. Si todo iba bien, se lo podría conceder el sábado por la mañana, acompañado de su mujer y su hijo. Ella se había ido ya al periódico, tenía una rueda de prensa a primera hora y quería pasar antes por la redacción. Él llevaría esa mañana a Nico al cole. Se preparó el café. Eso sí que no podía fallarle. Se trataba de algo sagrado para él. Mejor no cruzarse en su camino las escasas mañanas en las que se daba cuenta de que se le había olvidado comprar.

Salió de casa y dejó al niño en el cole. De camino a la oficina, pensó que no se había despedido lo suficientemente cariñoso. Tiene cuatro añitos, se dijo. La maldita reunión, pensó. Continuó conduciendo mientras abandonaba el barrio de Hortaleza, en el que llevaban viviendo cinco años, el tiempo en el que las cosas, por fin, habían empezado a ir bien. Logró ese puesto de consultor que tanto le costó conseguir. Con la posición estable de Vero en el periódico, decidieron dar el paso de tener a Nico y comprar la casa en ese barrio madrileño.

Durante aquellos años todo había ido sobre ruedas. Era valorado en la empresa y tenía un futuro prometedor. Pero a veces le venía a la mente la queja, "el maldito trabajo". Solía ser en momentos de mucho estrés, de reuniones con clientes, de proyectos que se complicaban. Notaba que le afectaba a nivel personal y no le gustaba nada. Se preguntaba si merecía la pena, si acaso no era un sacrificio inútil, si no habría otras formas de vivir más relajadas y otra felicidad posible. La respuesta siempre acababa siendo la misma: el dinero, necesitas el dinero.

Aquella mañana llegó algo más tarde de lo habitual. Saludó a sus compañeros. Se fijó en que no estaba David. Era extraño, pero no le dio más importancia. Cuando preparó lo que tenía que preparar, Carlos se fue a por el segundo café. En ocasiones llegaba a tres, pero intentaba evitarlo. Se asustaba con el temblor de manos. Quedaba poco tiempo para la reunión y David seguía sin estar. Lo necesitaba, aunque si no llegaba intentaría defender él solo la totalidad del proyecto ante el nuevo cliente. Se puso nervioso.

A la hora indicada, acudió a recepción. Allí, puntual, estaba Elena Ceballos, la representante de la empresa interesada en contratar sus servicios. Se estrecharon la mano y caminaron hacia la sala de reuniones. Le gustaba cuando el cliente al menos de entrada era amable y cordial, le parecía una manera agradable de comenzar cualquier cosa en la vida. Le preguntó si había llegado bien y hablaron del atasco de aquella mañana, uno más, en el nudo de Manoteras.

Entró su jefe por la puerta de la sala. Le comunicó que David no acudiría, sin ofrecer más detalle. Mientras ellos se saludaban, Carlos intentaba encajar la información. Le tocaba explicar absolutamente todo el proyecto a él y aunque habían trabajado juntos en aquella presentación, no conocía a fondo la parte que le tocaba exponer a David. Había aprendido a entrenar su mente para poner el foco en salir adelante de las situaciones complicadas. No únicamente en el terreno profesional. Al final, o te obligas a ti mismo, o ahí te quedas y te pasan por encima, se decía. Aún así, no le había pasado eso nunca en el tiempo que llevaba en la empresa. No se podía creer que no se lo hubieran comunicado. Esperaba al menos un capote del jefe si la situación se torcía.

Nada de eso ocurrió. Cuando iba por la mitad de la exposición, todo empezó a irse al traste. Ceballos comenzó a realizarle preguntas completamente lógicas y previsibles acerca de los costes y la logística de lo que pretendían hacer. Era la parte de David y se quedó totalmente en blanco. Respondió con unas vaguedades impropias de la empresa a la que pertenecía. Ella torció el gesto y lanzó una mirada hacia Alfredo, el jefe. Continuó como pudo, pero empezó a sudar, de repente le faltaba aire y, en un momento dado, tuvo que pedir permiso para salir. Se acercó a una ventana y cogió todo el aire que pudo. Se encontraba mejor.

Al volver a la sala, no había nadie. Fue a recepción y tampoco estaban allí. Bajó al parking y allí a lo lejos les vio hablando. Ella hablaba de manera enérgica y el jefe no hacía más que disculparse. No le gustó lo que observó. Se echó a temblar. Decidió subir antes de que Alfredo regresase al hall para evitar una incomodísima subida en el ascensor.

Se fue a su puesto a no saber qué hacer, pero al menos no estaría dando vueltas sin sentido. De repente, escuchó su nombre. Alfredo le llamaba para que le acompañase al despacho. Quiso llorar. Le siguió hasta que estuvieron dentro. Cerró la puerta y se sentó. Se le quedó mirando y golpeó la mesa. Le preguntó que cómo era posible lo que acababa de suceder, que sentía vergüenza, que era intolerable. Le anunció que estaba despedido. Que la decisión la había tomado la semana pasada y se la había comunicado a David la tarde anterior, el cual se había negado a realizar la presentación en protesta para intentar forzar un cambio de decisión en Alfredo. Pero era irrevocable. Y la catástrofe de la reunión lo confirmaba. "Has perdido reflejos, Carlos" le dijo con una voz gélida. Le concedió media hora para recoger sus cosas.

Se le cayó el alma a los pies. No entendía como en un día todo podía haber cambiado de aquella manera. En ningún momento notó que hubiese bajado la guardia, pero en la empresa así lo habían percibido. Y contárselo a Vero al llegar. Se le caían las lágrimas según arrancaba el coche. No podía ser, se repetía. No ahora, que todo iba bien. No tenía ganas de nada, ni de conducir. Se asustó y tuvo mucho vértigo de la vida.

Llegó a casa y se quedó tumbado en la cama mirando el techo durante horas hasta que llegaron Vero y Nico. Al entrar en el cuarto, ella se fijó en el maletín en el escritorio y en las hojas por los suelos. Le miró a los ojos, se acercó y le abrazó, como había hecho siempre en los momentos difíciles. Mientras se abrazaban en mitad de la habitación, Nico se asomó por la puerta con esos ojillos traviesos que tenía y al mirarle, Carlos, por un instante, tuvo algo de esperanza en el futuro.