jueves, 14 de mayo de 2020

La vida sigue y tú no vas a vomitar

Los paseos de las ocho por Madrid en época del coronavirus
Los paseos de las ocho por Madrid en época del coronavirus

Con los paseos ha vuelto la maravillosa sensación de volver a casa. La de haber estado dando una vuelta fuera, aunque no sea mucho tiempo quizá, y llegar a casa y poder decir "qué gusto", que es algo que a mi madre siempre le ha gustado mucho decir, sobre todo cuando volvíamos de vacaciones. Aquí no estamos volviendo de ningunas vacaciones, pero aún así me gusta tener esa sensación de volver al hogar.

Creo que tengo candidata a la frase más triste de todo el confinamiento. Se la dice Santi Balmes, cantante del grupo Love Of Lesbian, a Sara Navas en esta entrevista. Al ser preguntado por lo que hará cuando esto acabe, Balmes responde que "voy a ir a Barcelona, me voy a sentar en una terraza y alguna lágrima caerá encima del café". Planazo. Por favor, Santi, dinos algo más alegre. Además que nunca entenderé esa manía que tienen muchos catalanes con quedar a "hacer un café". Se queda a tomar cervezas, no a "hacer un café".

A propósito de lo de llorar, leo un tuit en el que alguien declara estar volviéndose un cínico con todo esto. Me identifico con lo que dice. Me refiero a que estamos viendo un derroche de sentimentalismo barato que pone de los nervios. Me tengo por una persona sensible, pero no puedo con tanto azúcar, de verdad. Todos los anuncios de tele son de lo mismo. Y que alguien le diga a los músicos que nadie les obliga a hacer una canción sobre el coronavirus, porque es que a lo mejor no lo saben.

Leo una entrevista que me gusta mucho con un escritor al que no conocía. Se llama Héctor Abad Faciolince. Ha sacado ahora un libro con sus diarios que seguramente me compre. En la entrevista dice muchas cosas interesantes. Me la he releído varias veces. Cuando algo me gusta soy muy compulsivo. Me quedo con lo que dice cuando afirma que "un escritor de novelas debe vivir. Estar rodeado de libros es bonito, pero si no vives, si las lecturas no las combinas con la calle, el cuerpo, el amor, la muerte, la enfermedad, la insatisfacción, el fracaso...". Me gusta que un escritor anime a vivir porque no siempre ocurre. Elvira Lindo se metía el otro día en su artículo con los escritores que están diciendo en muchas entrevistas que ellos ya estaban acostumbrados al confinamiento.

En estos momentos de crisis mundial, recordé a Kafka. El 2 de agosto de 1914, recién iniciada la I Guerra Mundial, el escritor anotó lo siguiente en sus diarios: "Hoy Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde fui a nadar". Siempre se me ha quedado grabada esta frase de Kafka porque me parece una forma de decirle al mundo que tú sigues con tu vida pase lo que pase. Me gusta ese mensaje de que la vida cotidiana continúa por encima de todo.

A Inés Arrimadas le dijeron de todo los ultras por apoyar al Gobierno en la prórroga del Estado de Alarma. Alguien recordó en Twitter una frase de David Trueba que decía que "qué sería de la vida sin los insultos de la gente que nos tiene que insultar". Me parece una gran frase que se puede aplicar muy bien a este momento y en general a la vida política española. Que los ultras te insulten debe honrarte, a ver si lo entendemos de una vez. Tratar de ser cauteloso para no ofender a los ultras suele acabar mal.

El viernes pasado vi a un grupo de gente en la calle mirando un altavoz. Desde el altavoz salía el Nessum Dorma. Menuda panda de chiflados. Yo supongo que el pobre señor colocó el altavoz en la ventana porque le apetecía, sin más. Y puso el Nessun Dorma a todo volumen porque era su manera de pasar el viernes noche, y yo en cómo pasa una persona un viernes noche no me meto, es algo muy personal. El caso es que las personas miraban desde la calle al altavoz como si fuese éste el que cantase. Lo peor es que al terminar se pusieron a aplaudir, menudos tarados. Tuve ganas de decirles que estaban tarados, pero no se lo dije porque Holden dice que a los tarados les revienta que alguien les diga que están tarados.

Este fin de semana vuelve la Bundesliga, la liga alemana. Éste ha sido un pensamiento muy recurrente en mi cabeza durante esta semana. Hace años que no veo partidos de ligas extranjeras, pero tengo tanta necesidad de fútbol que el sábado me sentaré a ver el Borussia-Schalke como si me fuese la vida en ello. Supongo que los futboleros tendremos que volver a escuchar que vuelve el opio del pueblo y esas cosas. Pero es que no es verdad. Puede gustarte el fútbol y estar comprometido con la sociedad. Incluso puedes terminar de ver un partido y ir y decir que "la hegemonía se mueve en la tensión entre el núcleo irradiador y la seducción de los sectores aliados laterales. Afirmación-apertura". Hasta se puede ser del Madrid y de izquierdas, imaginaros, que hay mucha gente que piensa que no.

Escuché a Pedro Sánchez decir que teníamos que mantener la distancia social con los seres extraños que nos cruzásemos por la calle. Eso es algo que yo ya hacía de antes. Tal vez el único problema que tengo yo es que pongo el baremo de "ser extraño" muy bajo. Entonces a la mínima yo ya voy y me cambio de acera. Al hablar de seres extraños, me acuerdo de la anécdota de mi padre en Berlín. Él viajó solo a la capital alemana antes de que cayese el muro. Al estar en la parte del este, en una calle, unos judíos le empezaron a hacer señas desde un local. Al parecer les hacía falta una persona para rezar. Mi padre se largó de allí porque consideró que eran unos seres extraños. Es que no me extraña. No sé por qué cuento esto, yo creo que venía a cuento, aunque esto depende de cada uno.

He visto la serie de la que tanta gente habla, Unorthodox. No me llamaba mucho, pero me animé al ver que eran solo cuatro capítulos. Y me gustó mucho, la verdad. Cuenta la historia de una comunidad de judíos ultraortodoxos en el barrio neoyorquino de Williamsburgh. Te quedas alucinado porque es una auténtica secta.

Hay una escena que me gustó mucho. La protagonista se escapa a Europa, a Berlín en concreto. Allí está en un bar con unos amigos que ha hecho y está comiendo un sándwich. Al enterarse de que es de jamón, sale corriendo fuera y se apoya en un árbol para vomitar. Pero no lo hace. Vuelve y le explica a su amiga que es que siempre había pensado que si comía jamón vomitaba. Me pareció ilustrativo de lo importante que es recibir una buena educación. Me hizo pensar también en las creencias que a veces tiene uno sobre sí mismo basadas en premisas equivocadas. Lo que trato de decir es que te puedes pasar la vida alimentando miedos infundados, hasta el punto de que te crees que si te pasa determinada cosa o haces algo que te da miedo vas a vomitar y de repente vas, lo haces, y descubres que no vomitas.

La otra serie que he visto es Run. El punto de partida me encanta. Un chico y una chica se dicen, con veinte años, que si más adelante en la vida a uno de los dos le iba mal escribiría al otro un mensaje en el que pusiese "RUN". Y si el otro contestaba con "RUN" se verían en la mítica estación Grand Central de Nueva York para coger el primer tren que saliese a las 17.30 tuviese el destino que tuviese. Pues resulta que se mandan el mensaje y se meten en un tren que va a Chicago y tiene dos paradas cortas de veinte minutos. Una es en Pittsburgh y otra en Cleveland. Yo pensé si aprovecharía esas paradas para bajarme a soltar las piernas. A veces pienso esas cosas. Y llegué a la conclusión de que en Pittsburgh no porque no me fiaría un pelo, pero que en Cleveland sí, sin duda, me bajaría tranquilamente a estirar las piernas y luego subiría de nuevo al tren. Supongo que hay gente que se bajaría en Pittsburgh y jamás se bajaría en Cleveland y los habrá que se bajarían en las dos y que no se bajarían en ninguna. Esto va en los gustos de cada uno. La serie está muy bien, que casi se me olvida decirlo.

jueves, 7 de mayo de 2020

Diarios del Confinamiento X: entre Formentera y Malasaña está el paraíso


Pasear por Madrid cuando se acaba el confinamiento
La felicidad de volver a las calles de Madrid


Nunca me hubiera imaginado queriendo vivir en Formentera hasta que el lunes por la mañana escucho a un tío en la radio que dice que se está tomando un café en una terraza al sol. Esos privilegios de la fase uno.

No sé vosotros, pero yo estoy muy nervioso por lo de las fases. Madrid ha pedido pasar a la fase 1 porque debe haber un coach por ahí diciéndoles que hay que atreverse a lo imposible y todo eso. A mí me divierte mucho los piques que puedan producirse entre ciudades y pueblos vecinos. Quiero decir que si por ejemplo Huesca pasa a la fase 1 y Zaragoza se queda en la 0, los de Huesca se podrán reír mucho de los de Zaragoza.

Por fin hemos vuelto a las calles. Oli y yo hemos salido todos los días desde el sábado. El primer día salí a correr y llegué hasta la Puerta del Sol. Los entusiasmos son peligrosos y a veces se pagan. No he podido volver a correr ningún día de las agujetas que tengo. Volviendo de Sol, me encontré en Fuencarral con Virginia, amiga de Oli. Virginia es de esas personas que dejan siempre alegría. Quiero decir que tú te despides de ellas y durante un rato te sientes muy alegre y no sabes por qué. Pues es porque acabas de estar con una de esas personas.

Dos amigos a los que quiero mucho me dijeron que no habían salido de casa ni tenían intención de hacerlo. No era por miedo, era porque pasaban de salir. Es decir, a ti te encierran dos meses en tu casa y cuando te dicen que por fin puedes salir tú vas y te quedas en casa. Les dije que no lo podía entender. Y yo lo que no puedo entender casi siempre me saca de quicio. Oli siempre me dice que no puedo ver todo desde mi prisma. Pero es que mi prisma, en este caso, coincide con el de mucha gente que se ha echado a la calle harta de no poder salir. Para mí, no salir de casa es perderse la vida.

En los paseos tienes una sensación de irrealidad que es imposible quitarte de encima. Todo parece una ficción. De repente, a las ocho, todos salimos de casa y nos ponemos a pasear un poco como zombies, sin saber muy bien qué rumbo tomar. "Pero dónde vamos" "No lo sé, tú anda y ya está" puede ser el diálogo más repetido estos días.

En el paseo del martes me encontré con mi amigo Luis y su novia Maria Ángeles. Me hizo un montón de ilusión. Es el primer amigo al que veo después de todo esto. Se hizo rarísimo el no poder darnos un abrazo. No sé si voy a aguantar mucho sin poder dar abrazos a la gente que quiero, la verdad.

El martes fue un gran día. Me lo pasé casi entero en la calle. Y de manera legal todo, por supuesto. Se me acaba de hacer muy raro escribir esto que acabo de escribir. Si hace unos meses leo "me pasé el día en la calle y de manera legal" no hubiera entendido nada de nada. Por la mañana me fui hasta mi librería favorita en Malasaña, Tipos Infames. Podía haber esperado a la semana que viene, sí, pero es que soy un poco ansias y necesito volver a hacer cuanto antes todo lo que no he podido hacer en dos meses. Pequeñas metas que ir conquistando en cada fase. Lo siguiente, ver a la familia y la cerveza en una terraza. "Esto ya no es lo que era" tiene ahora un sentido positivo.

Las compras. Soy una persona a la que le gusta cargar de significado determinados acontecimientos. Por eso, me parecía que el primer libro que debía comprar después de todo esto tenía que ser uno especial, un libro que al comprarlo sintiese que, ya sí, todo está terminando y que supusiese una especie de celebración. Así que me compré un libro de Salinger que aún no tenía y del que me han hablado maravillas, Franny y Zooey. Dicen que Franny es tremenda. Me lo leeré este verano. Me compré también Suave es la noche, de Fitzgerald, porque no he leído nada suyo y creo que va siendo hora.

En esa lucha por conquistar pequeñas metas, el lunes empecé a hacer lo que más me gusta en esta vida: planes. Cogí el móvil y les pregunté a Iván y a Eliana que cuando quedábamos. Oli ya se agobiaba. El solo acto de preguntarle a unos amigos que cuándo quedábamos me sentó la mar de bien, en serio.

Mi amigo Iván ha montado un podcast con un amigo suyo en el que van entrevistando a gente de su entorno. Me parece una idea genial porque todos vemos a los famosos en videoconferencias en la tele contándonos su confinamiento, pero a mí me gusta más saber cómo lleva el confinamiento la gente normal y anónima.

Hay personas que creen que ando paranoico perdido con el coronavirus. Vamos a ver, yo sólo soy paranoico con que un psicópata entre en mi casa de noche y me descuartice. Creo que eso puede suceder, y tomo mis precauciones. Pero en cuanto al coronavirus, no soy paranoico. No lavo la compra, por ejemplo. Hay gente que vuelve de comprar, se ducha, lava la ropa y se pone a lavar la compra. Es decir, hay gente que compra un frasco de lentejas y va y lo lava con lejía, de verdad.

El lunes fue nuestro aniversario. Ocho años juntos. A mí siempre me ha gustado más este aniversario que el de boda. Me parece más auténtico. Porque de alguna manera, al recordar un comienzo, estamos recordando la incertidumbre que acompaña a todos los comienzos. Y es una incertidumbre bonita. Yo siempre he tenido una pedrada con las historias de cómo se conoció la gente. Me encanta conocer los detalles, las casualidades que llevan a dos personas a cruzarse. Aunque el día de la boda es bonito, me interesan más los comienzos.

En el caso de Oli y mío, yo pasé de no haber tenido novia nunca a de pronto decirle a mis padres que me iba un mes a vivir a casa de una chica que iba conmigo al máster. Así, de repente, una cosa de locos. Pero Oli siempre me decía que cuando volviese a Barcelona eso se acababa. Cuando la chica que te gusta te dice que lo vuestro tiene fecha de caducidad te pones muy triste. Pero mi amigo Álvaro me dijo algo así como que de mí dependía que cambiase de opinión. Digo algo así porque igual no me dijo nada parecido porque es que yo me invento cosas a veces. Holden decía que la gente se cree que las cosas tienen que ser verdad del todo. La gente en general es agotadora.
  
Qué importante es tener a alguien que te aguante. Que te apoye, que te entienda, que comparta tus opiniones, que tenga tus mismas aficiones, que se ría contigo o que te haga reír mucho. Todo eso está muy bien, pero son tonterías al lado de tener a alguien que te aguante en tus peores momentos, cuando no te aguantas ni a ti mismo.
  
Con toda la libertad, aunque en pequeñas dosis, que hemos recuperado, no le veo sentido a seguir hablando de confinamiento. Así que este texto será el último de los diarios del confinamiento pero, agradecido y animado por algunos de vuestros comentarios, voy a continuar escribiendo este diario. Lo único que espero es seguir estando a la altura.

jueves, 30 de abril de 2020

Diario del Confinamiento IX: Por Córdoba bien, gracias

Interior de la Mezquita de Córdoba, de David Roberts. (Museo del Prado)

La semana comienza con los del #todomal muy venidos arriba, y yo alterado. No quiero insistir sobre el tema, pero creo que los españoles somos demasiado autodestructivos. Me parece que hemos cumplido el confinamiento de manera ejemplar. Y que cuatro fotos repetidas en bucle han querido ser utilizadas para crear una realidad paralela que ha dado pie a una negatividad muy tóxica. Juanma Castaño dijo algo en la Cope que me gustó mucho. Cuando la gente se pregunta: "¿Pero y quién va a controlar que estoy una hora en la calle?" Dijo Castaño "pues tú, lo controlas tú. Tú eres ciudadano y debes controlarlo tú". Casi me pongo a aplaudir en la cama de noche pero no quería despertar a Oli. Ya cree que estoy loco y no quiero hacer cosas que puedan confirmarlo.

Con lo de las famosas fases de desescalada pensé en las relaciones entre las personas. También hay desescaladas en las relaciones entre las personas cuando se sufre una decepción con alguien. De repente, retrocedes todas las fases que habías ido superando. Una por una. Lo haces con cierto dolor aunque también satisfacción. A lo mejor, con suerte , no se retrocede hasta la fase cero, pero sabes que nunca volveréis a la cuatro.

El sábado Oli se queda dormida en el sofá después de comer, pero se queda dormida demasiado rápido para mi gusto. Quiero decir que me quedo confinado en el sofá. Porque creo que cuando alguien se duerme la siesta, cualquier mínima alteración de las condiciones ambientales puede hacer que se despierte. Procuro bajar el volumen de la tele. Por supuesto, me olvido de cambiar de canal o ponerme una serie, y me quedo viendo Mentiras del pasado hasta el final. Me recuerda a cuando nos dijeron que tenían que quedarnos en nuestras casas y te habías dejado cosas que hacer. Yo me había dejado lavar los dientes y cogerme la radio o una tablet para ver alguna serie.

El lunes pude meter las cosas en el carro tranquilo por fin en el Mercadona. Estaba en una caja que habilitaron especialmente para mí. Una vez hube pagado, la cajera se fue. Los días anteriores había sido eso una agonía porque ahora el siguiente no puede empezar a dejar las cosas en la cinta hasta que el otro ha pagado. Y claro, a mí esa situación me ponía muy nervioso. No funciono bajo presión, nunca he funcionado. Y saber que hasta que yo no terminase de meter la compra en mi carro el siguiente no podía empezar a dejar su compra en la cinta me superaba. Cuando eres un sinsangre te pasan cosas así. Mi duda es si los del Mercadona habilitaron la caja solo para mí porque ya me han fichado.

Acabé la serie de Netflix Los asesinatos del Valhalla y me encantó. Sólo tiene una temporada y está genial. Además, ese ambiente nórdico me gusta mucho, con esos paisajes islandeses nevados y esa luz tan especial. Estoy a punto de acabar El Espía, de seis episodios, que cuenta la historia real de un espía israelí que se infiltró en Siria en los años 60. El creador es Gideon Raff, que es el mismo que hizo la serie original israelí en la que luego se basó Homeland. Estoy viendo también la octava de Homeland y es una de las mejores de toda la serie. Y veo que hay ya tercera temporada de Fauda, una serie israelí sobre una unidad antiterrorista del MOSAD, el servicio secreto de Israel. Crímenes y espías, mis series.

Évole entrevista a la filósofa Adela Cortina. Le pregunta el clásico "¿saldrá un mundo mejor o peor de esto?". Me encantó la respuesta seria de Cortina sin caer en sentimentalismos. Vino a decir que ni lo uno ni lo otro y que ella consideraba tanto al optimismo como al pesimismo como dos estados fugaces. Y lo remató diciendo que ella siempre prefiere hablar de esperanza, pero que ésta hay que construirla. Me gustó porque no cayó en el fácil "saldremos mejores" y cosas así que tanto se escuchan.

Como tanta gente, me he enganchado al #MerlosPlace, la historia del vídeo de Alfonso Merlos en una videoconferencia con Javier Negre y una chica que no era su pareja semidesnuda paseándose por su casa. El sábado por la noche en Twitter no se hablaba de otra cosa que del Deluxe. Lo que más gracia me hacía es que hablaban de ello hasta periodistas que siempre están hablando de política y temas muy trascendentales. Me gustó porque no todo tiene que ser siempre serio, hay que saber reírse. Y Marta López, la que era pareja de Merlos, dejó una frase que me pareció digna de una novela de Eduardo Mendoza: "ya que me pones los cuernos, pónmelos como un señor". Jorge Javier se está luciendo esta semana. Su frase "este programa es de rojos y maricones" es historia de la televisión. A propósito de Jorge Javier, os recomiendo a todos este artículo que escribió Ángeles Caballero en El Confidencial.

Sale un chico en el informativo de Tele5 y al ser preguntado por la posibilidad de que abran las terrazas pronto si todo va bien dice, textual: "sueño con la caña. Tengo la caña en mi mente todo el día". Y pienso que no lo ha podido expresar mejor y que me representa. A mí y a muchos otros que estamos deseando tomarnos una cerveza al sol en cuanto se pueda.

Booking me pregunta que qué tal mi estancia en el Hotel Riviera de Córdoba. Ni me había acordado de que el fin de semana pasado Oli y yo nos íbamos a Córdoba. Me dan ganas de responder que "bien, gracias". El mensajito de Booking me recuerda a cuando mi abuela Loli me preguntó muy emocionada que qué tal, que qué tal, que qué tal con la chica esa con la que estás hablando tanto, que ya me han dicho, y yo no sabía cómo decirle que la chica esa me había dado calabazas hacía pocos días. Me dio por imaginar una aplicación de móvil que te fuese preguntando qué tal, eh, cuéntame, con cada experiencia fallida de tu vida: el trabajo que te entusiasmaba y no conseguiste o los amores que no fueron.

jueves, 23 de abril de 2020

Diario del confinamiento VIII: Woody Allen y los gintonics de Esperanza Aguirre


Mi sofá es el Rastro en este confinamiento


En el Supersol hay una señora que va hablando por teléfono y al que sea con el que esté hablando le dice que ella de lo que tiene ganas es de ir y pegarle un garrotazo a alguien. Tal cual. La escucho y la miro atento. Se me pasa por la cabeza decirle que si puedo ir con ella a pegar garrotazos al que sea porque también tengo ganas. Sobre todo si ese alguien ha dicho algo como "éramos felices y no lo sabíamos".

Mi lado del sofá se parece cada día más al Rastro. En él, puedes encontrar desde una pelota de béisbol que me trajo mi hermana de Estados Unidos a una armónica, y muchas libretas también, claro. Tengo ahí todo lo que pueda necesitar. Es lo que mi madre ha llamado siempre "el despliegue" porque cuando vivía en casa de mis padres y decidía pasar una tarde en el sofá del salón iba ahí con todas mis cosas: el libro, la radio, etc.

Leo en unas instrucciones la típica frase de poner a "fuego moderado". Y me da por pensar que qué entiende el que escribe eso por "moderado". Hay gente que te dice que es moderada y de repente un día tomando una copa de noche van y te dicen que el capitalismo es la muerte.

Decía Bukowski que lo malo del alcohol es que se bebe para celebrar, se bebe para olvidar y se bebe para provocar que pasen cosas cuando no pasa nada. Siguiendo esta lógica en tiempos del confinamiento, la cosa puede acabar muy mal, porque beberemos para celebrar cuando nos dejen salir, bebemos mientras para olvidar que no podemos salir, y como no pasa nada encerrados en casa, bebemos con la esperanza de que pase algo, aunque no sepamos muy bien el qué.

La otra tarde tenía mucho sueño pero no me quería dormir. Me apetecía leer, ver alguna peli o serie, lo que fuese, me apetecía estar activo. Pero se me cerraban los ojos. Y me puse a pensar en qué hará la gente cuando tiene sueño pero no quiere dormir. Me gustaría poder salir a la calle y preguntárselo a todo el que me encuentre pero hay cosas que no se pueden hacer así por así porque enseguida a la gente le da por pensar que estás loco de remate. Pero a mí me obsesionan los detalles cotidianos de la vida de las personas y podría pasarme la vida haciendo este tipo de preguntas a todo el mundo.

Hablando de la vida cotidiana, el otro día en una videollamada con mi hermana, su amiga Deya, mi amigo Luis y una amiga de Barcelona, María, lo primero que me preguntaron fue: "¿has puesto cara de odio al ver la llamada? Es que sabemos que eres muy de horarios". Me conocen muy bien, no sé si decir demasiado porque "demasiado" tiene connotación negativa y a mí saberlo todo de alguien nunca me ha parecido algo malo. Y como me conocen tanto sabían que a esa hora yo ya podía pasar de videollamadas porque estaría o cenando o viendo alguna serie. Pero resulta que acepté la llamada y fue la mejor videollamada de todo el confinamiento. Me reí un montón. Nada como romper una rutina establecida para que ocurran cosas divertidas.

Hay cosas que me sacan de quicio, como que se me queme la pizza en el horno o que se me caigan los calcetines en el trayecto entre la lavadora y el tendedero. Creo que lo segundo me molesta incluso más porque es más real. Lo primero no me ocurre nunca, aunque yo siempre creo que el horno va a arder desde que en una nochevieja a mi madre se le incendió un poco el horno. Qué susto más grande, de verdad.

Escuché que iban a dar aprobado general. Lo primero que pensé fue lo bien que me hubiera venido a mí en alguna época de mi vida. Siempre se me atravesaron las matemáticas. Tenía siempre un profesor particular. Tuve unos cuantos, entre ellos el que tiempo después se convertiría en mi tío, Purdi. Se iban sucediendo. Y a mí me daba mucha pena a veces. Porque los cogía cariño y después se tenían que ir. Coger cariño a la gente es un rollo de mucho cuidado.

Oli suele ser la última en meterse en la cama y apaga la luz, claro. Y a veces hace una cosa que no me gusta nada. Apaga la luz y se queda ahí quieta en la oscuridad durante unos segundos. Y yo me muero de miedo porque no sé dónde está ni lo que va a hacer. Una vez en una casa rural, compartía habitación con mi amigo Luis. Antes de dormirme le dije que me daba miedo que me atacase durante la noche porque le viniese algo raro a la cabeza. Y cuando vivía en casa de mis padres, me daba miedo que mi hermana viniese a mi habitación por la noche y solía poner la portería que tenía como barrera detrás de la puerta. A veces no me siento a salvo con nadie porque creo que cualquiera puede convertirse en un psicópata. Pero es que yo estas cosas las pienso en serio.

Vi una charla de varios políticos, algunos de ellos actual y espero que temporalmente retirado, hablando de música, libros, series y películas. Eran Eduardo Madina, Borja Sémper, Andrea Levy, Íñigo Errejón y Gabriel Rufián. La conversación la organizó El País y está en Youtube. Y es un gusto escucharles. No conocía a más de la mitad de los artistas que mencionaban pero verles hablar y reírse me hizo sentirme bien. Porque pensé que la cultura une lo que parece que es imposible unir.

En esa charla, Madina decía que estos días de confinamiento estaba recurriendo a sus "certezas musicales". Me gustó la expresión. Mis certezas musicales serían Bruce y música de los 80 en general. Aunque estos días estoy escuchando cosas nuevas. Y así descubrí una canción de La Bien Querida que se me atravesó. Me gusta mucho ese momento en el que descubres una canción y se te atraviesa. Es la canción "¿Qué?" en la que habla de algo que creo que todos hemos vivido en el amor. Hay una frase del estribillo en la que dice: "Lo que me pasa contigo es que no distingo entre lo que es real y lo que me he inventado yo". 

Me estoy poniendo al día con Woody Allen. Ya había visto alguna, pero sus clásicos no. He visto Manhattan, Annie Hall, Desmontando a Harry. También Cafe Society. He visto Annie Hall a mis 35 años y me siento culpable. Porque además, me gustó mucho. Me hizo reír y es una comedia romántica muy realista. Cuando me siento mal por descubrir cosas así tan tarde, siempre pienso en Esperanza Aguirre. Aguirre le dijo una vez a Jordi Évole que se tomó su primer gintonic a los sesenta años, y que le gustó. Así que siempre se pueden descubrir cosas aunque sean tarde, ya sea Woody Allen o sean los gintonics. Aunque a mí estas cosas a veces me dan pena, porque es como cuando conoces a alguien y te llevas tan bien con él que te hubiera gustado que fuese tu amigo desde hace muchos años. A mí eso siempre me suele poner muy triste.